Capítulo 10
Al salir de la farmacia, Conchi tardó unos segundos en darse cuenta de que llevaba el recibo en una mano y el monedero todavía abierto en la otra. Se detuvo junto al escaparate, guardó las monedas con calma y cerró el bolso antes de continuar hacia la plaza.
Era casi mediodía y el sol, aunque débil, había conseguido limpiar un poco el gris de la mañana.
No pensaba quedarse por allí. Había comprado lo que necesitaba y en casa la esperaba una lavadora a medio tender, además de Lili, que había aceptado quedarse sola con la resignación de quien daba por supuesta alguna compensación alimenticia cuando su dueña regresara.
Al pasar frente al pequeño tablón de anuncios del ayuntamiento vio a Marta Roldán hablando con Mateo. No estaban solos. Una mujer mayor esperaba a un lado con una carpeta azul entre las manos y otro vecino consultaba uno de los papeles colocados junto al horario de atención municipal.
La escena era tan corriente que Conchi habría seguido de largo si Marta no hubiera levantado la vista.
—Conchi.
El saludo fue correcto, aunque algo menos cálido que el de la mañana anterior.
—Hola.
Mateo levantó una mano a modo de saludo y continuó revisando unos documentos sujetos con una pinza. Marta tenía delante varias hojas dobladas y un sobre de tamaño grande.
—Al final he conseguido la copia de la referencia catastral —dijo, quizá más para Mateo que para Conchi—. La antigua y la nueva.
—Déjamela luego en el despacho —respondió él—. La revisaré con lo que tenemos archivado.
Conchi entendió que estaban hablando de tierras y la palabra catastral la llevó inmediatamente a la conversación del día anterior en La Parra: la medición neutral, el acuerdo por escrito y aquella reunión con Berta que nunca había llegado a celebrarse.
Podría haber seguido caminando.
En lugar de hacerlo, preguntó:
—¿Eso es de Valhondo?
Marta levantó la vista.
—Sí.
La respuesta fue breve y habría bastado para cerrar el asunto, pero a Conchi se le ocurrió algo que el día anterior no había terminado de comprender.
—Entonces, si ya teníais esas referencias, ¿qué quedaba por decidir en la reunión con Berta? Pensaba que quizá faltaba elegir quién hacía la medición o cómo se organizaba.
Mateo dejó de mirar sus papeles.
No hizo ningún movimiento brusco, aunque Conchi lo percibió inmediatamente. Marta también.
—¿Perdona?
—La reunión que ibais a tener. Me dijiste que queríais medir la zona y dejarlo todo por escrito. Si la documentación ya existía, pensaba que quedaría por concretar alguna cosa.
Marta tardó unos segundos en contestar. La mujer de la carpeta azul miró hacia ellas y después volvió la atención al tablón con una rapidez poco convincente. El otro vecino ni siquiera se esforzó demasiado en disimular.
—¿Y por qué necesitas saberlo? —preguntó Marta.
No había elevado la voz, pero el tono había cambiado lo suficiente para que Conchi comprendiera que aquella conversación estaba tomando un rumbo que no había previsto.
—No lo necesito. Solo te he preguntado.
—Ya.
Marta dobló una de las hojas y la introdujo en el sobre.
—Ayer me preguntaste por el mensaje. Hoy por la reunión. Supongo que mañana querrás saber quién iba a pagar al técnico.
—Marta, no estoy haciendo una investigación.
—Pues empieza a parecerlo bastante.
Mateo intervino entonces, con la misma calma con la que hablaba casi siempre.
—Estamos en mitad de la calle. No hace falta discutir esto aquí.
La observación era razonable, pero tuvo el efecto contrario al que probablemente pretendía. La mujer de la carpeta azul bajó completamente la mirada y el otro hombre avanzó un paso hacia el tablón, aunque estaba claro que ya no estaba leyendo nada.
Conchi notó calor en la cara.
—Tienes razón. No era el sitio.
Marta soltó el aire.
—No es solo el sitio.
Conchi la miró.
—¿Entonces qué es?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla y se arrepintió casi en el mismo momento en que la oyó.
Marta cerró el sobre con más cuidado del necesario.
—Que todo el pueblo lleva dos días mirándonos como si mi padre y yo tuviéramos que justificar cada frase que hemos pronunciado durante los últimos diez años. Y ahora tú también vienes preguntándome por documentos, reuniones y mensajes.
—No te he preguntado por los documentos.
—Acabas de hacerlo.
—He preguntado qué os quedaba por decidir.
—Exactamente.
Conchi estuvo a punto de responder que no era lo mismo, pero la diferencia empezó a parecerle mucho menos importante que unos segundos antes. Miró a Mateo. Él no tomaba partido y tampoco parecía dispuesto a hacerlo; simplemente esperaba a que las dos terminaran de entenderse.
—No te considero sospechosa —dijo Conchi.
Marta arqueó las cejas.
—Eso no ayuda demasiado.
—¿Por qué?
—Porque significa que has pensado si lo soy.
El vecino que fingía leer el tablón tosió y se apartó unos pasos. Conchi deseó que se marchara de una vez.
—Todo el pueblo está hablando de todo el mundo —respondió—. Precisamente intento no hacer eso.
—Entonces pregunta menos.
Marta no necesitó elevar la voz ni acompañar la frase de ningún gesto. Quizá por eso le dolió más de lo que habría dolido una discusión abierta.
Conchi guardó silencio.
Marta pareció darse cuenta de que había sido brusca, aunque no retiró lo dicho.
—Mira, no tengo nada contra ti. De verdad. Pero ayer entré en La Parra a tomar un café contigo y acabé contándote una conversación con Berta que ya había explicado a la Guardia Civil. Hoy me encuentro contigo y me preguntas qué quedaba por cerrar. No sé qué esperas que piense.
Conchi sintió el impulso de defenderse. Podía explicar que no esperaba nada, que la curiosidad le había surgido de manera natural y que, si Marta no hubiera mencionado la referencia catastral, probablemente ni siquiera se habría acordado de la reunión.
Todo aquello podía ser verdad.
También podía no cambiar en absoluto la manera en que Marta había recibido sus preguntas.
—Tienes razón en una cosa —dijo finalmente—. He preguntado donde no debía.
Marta apretó los labios.
—No quiero montar un problema.
—No lo estás montando.
—Pues lo parece.
Conchi miró alrededor. La mujer de la carpeta azul se había alejado hacia la puerta del ayuntamiento. El otro vecino seguía allí, ahora consultando el móvil con una concentración exagerada.
—No voy a insistir.
Marta asintió, aunque todavía parecía incómoda.
—Gracias.
Mateo recogió las hojas que había estado revisando.
—Marta, cuando quieras me dejas eso dentro.
—Ahora voy.
Su tono volvió a ser práctico, casi profesional.
Conchi comprendió que la conversación había terminado.
—Me voy.
Marta hizo un pequeño gesto con la cabeza.
—Hasta luego.
No había hostilidad abierta entre ellas, pero tampoco quedaba ya la naturalidad del día anterior.
Conchi cruzó la plaza despacio. Durante los primeros metros se sintió más molesta que arrepentida.
Le parecía injusto que una pregunta sencilla pudiera convertirse en una especie de acusación solo porque alguien hubiera decidido interpretarla así.
Ella no había dicho que Marta tuviera nada que ver con la muerte, no había pedido ver el mensaje ni había intentado sonsacarle información que la Guardia Civil no conociera ya.
Sin embargo, al llegar a la esquina de la calle Mayor, aquella irritación empezó a perder fuerza.
Recordó a Pilar explicándole que ahora una pregunta suya no sonaba igual que tres meses atrás.
Recordó también a Álvaro pidiéndole que no se convirtiera en intermediaria y, sobre todo, recordó a Marta sentada frente a ella en La Parra, intentando justificar por qué una expresión tan corriente como «dejarlo zanjado» había empezado a parecer distinta después de la muerte de Berta.
Quizá el problema no estuviera realmente en aquella pregunta concreta.
El problema podía ser que Conchi siguiera formulando algunas preguntas como si su curiosidad continuara siendo un asunto privado, cuando hacía días que había dejado de serlo.
Entró en la tienda de ultramarinos para comprar una botella de aceite que había olvidado por la mañana. Había dos personas delante y se colocó al final de la pequeña cola, todavía pensando en Marta, cuando escuchó su nombre detrás.
—Conchi.
Se volvió.
Era Carmen Vela, con una bolsa de patatas entre las manos.
—¿Qué tal?
—Bien.
Carmen se acercó un poco.
—Te he visto hablando con Marta.
La frase confirmó en menos de diez segundos todo lo que Conchi acababa de pensar.
—Sí.
—¿Te ha contado algo?
Conchi miró hacia el mostrador. La mujer que estaba pagando parecía demasiado concentrada en guardar unas monedas dentro del bolso.
—Hemos hablado.
—Ya. Pero ¿te ha dicho algo del caso?
—Carmen...
—¿Qué?
Conchi respiró antes de contestar.
—Si Marta quiere contar algo relacionado con el caso, se lo contará a la Guardia Civil. Y si yo hablo con ella, eso no significa que luego vaya a repetir la conversación por el pueblo.
Carmen abrió mucho los ojos.
—Yo no te he pedido eso.
—Me has preguntado si me ha contado algo.
—Por curiosidad.
Conchi la miró unos segundos.
—Precisamente.
Carmen se quedó sin respuesta durante un momento y después bajó la voz.
—Te estás poniendo muy seria.
—Puede ser.
—Antes no eras así.
Conchi sintió que aquella frase podía doler más de lo necesario si le permitía crecer.
—Antes tampoco había una mujer muerta y medio pueblo pendiente de cada conversación por si contiene una explicación escondida.
Carmen apretó la bolsa de patatas contra el pecho.
—Yo no he dicho que Marta tenga nada que ver.
—Ya.
—Ni Andrés.
—Ya.
—Solo estaba preguntando.
Conchi esbozó una sonrisa que no llegó a ser alegre.
—Eso también digo yo.
La respuesta dejó a Carmen callada y, casi de inmediato, hizo que Conchi se sintiera incómoda consigo misma.
No quería aprovechar la discusión con Marta para dar lecciones a nadie. Carmen, al fin y al cabo, hacía lo mismo que estaba haciendo buena parte del pueblo: preguntar porque una muerte había roto la normalidad y todos querían llenar los huecos que todavía quedaban abiertos.
Cuando llegó su turno, Conchi pagó el aceite y salió a la calle.
La plaza continuaba prácticamente igual que antes.
Mateo entraba en el ayuntamiento y Marta ya no estaba fuera.
Nadie parecía prestar una atención especial a Conchi, pero ella tenía ahora la desagradable sensación de que las conversaciones dejaban de pertenecerle por completo en cuanto ocurrían delante de otros.
Regresó a casa algo más despacio.
Lili la recibió con un entusiasmo que duró exactamente hasta que comprobó que la bolsa no contenía nada para ella.
—No pongas esa cara —dijo Conchi mientras dejaba el aceite sobre la encimera—. Hoy ya tengo bastante con las caras de la gente.
Se quitó el abrigo y abrió unos centímetros la ventana de la cocina. Entró una corriente fría que olía a humo de chimenea y movió ligeramente una de las cortinas.
Mientras guardaba la compra, volvió a pensar en Marta, aunque ya no en lo que había dicho sobre la reunión ni en los documentos que llevaba bajo el brazo.
Lo que regresó a su cabeza fue el momento exacto en que la conversación había cambiado: una pregunta hecha delante de otras personas, unas miradas ajenas y el tono de alguien que llevaba varios días sintiéndose observado.
Conchi podía seguir sabiendo que no había pretendido investigar a Marta.
Lo que empezaba a comprender era que sus intenciones ya no bastaban para decidir cómo recibían los demás sus preguntas.