Capítulo 9
El viernes amaneció con un cielo bastante más claro que el de los días anteriores y un frío seco que dejaba las calles casi brillantes.
Conchi salió de casa poco después de las nueve, sin Lili esta vez, porque la perrita había decidido que una mañana de enero podía afrontarse perfectamente desde el cojín junto al radiador y no mostró el menor remordimiento cuando la vio ponerse el abrigo.
Tenía que pasar por la farmacia y comprar café.
Dos recados sencillos que, antes de lo ocurrido con Berta, le habrían ocupado poco más de media hora y que ahora podían alargarse indefinidamente si se encontraba con alguien dispuesto a explicarle por qué Andrés Roldán era culpable, inocente o ambas cosas a la vez, dependiendo de quién hablara y de cuánto tiempo llevara circulando la historia.
En la farmacia no ocurrió nada. Tampoco en la tienda. Conchi empezaba a pensar que, por una vez, conseguiría regresar a casa sin escuchar el nombre de Berta cuando, al cruzar la plaza con la bolsa de café bajo el brazo, vio a Marta Roldán salir de La Parra.
La reconoció enseguida. Marta era bastante más joven que su padre y llevaba años encargándose de buena parte del papeleo relacionado con las tierras familiares.
No vivía pendiente de Valdecerezos, pero tampoco podía considerarse una presencia ocasional.
Conchi la había visto en reuniones del ayuntamiento, entrando en la oficina de correos y hablando alguna vez con proveedores con esa manera suya de discutir sin necesidad de levantar la voz.
Aquella mañana llevaba una carpeta bajo el brazo y el móvil en la mano. En cuanto vio a Conchi, redujo el paso.
—Conchi.
—Hola, Marta.
Hubo un instante de vacilación que ninguna de las dos intentó disfrazar.
—¿Tienes un minuto?
Conchi estuvo a punto de responder que sí de forma automática, pero recordó la conversación con Álvaro de la noche anterior y prefirió dejar claro desde el principio hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
—Si es para contarme algo de la investigación, será mejor que se lo cuentes a ellos.
Marta la miró con sorpresa y, al cabo de un segundo, sonrió sin demasiado ánimo.
—No venía a confesarte nada.
—Me alegro.
—Solo quería preguntarte una cosa.
Conchi señaló con la cabeza hacia La Parra.
—Podemos tomar un café. Hace demasiado frío para quedarse aquí.
Entraron. Nuria estaba detrás de la barra colocando unas tazas y, al verlas llegar juntas, levantó la mirada apenas un instante antes de continuar con lo suyo. Conchi agradeció que no hiciera ningún comentario.
Se sentaron junto a una de las ventanas. Marta dejó la carpeta sobre la silla de al lado y colocó el móvil boca abajo en la mesa.
—He hablado con la Guardia Civil —dijo—. Varias veces.
—Eso suponía.
—Y también con mi padre.
Conchi esperó. Si Marta quería contarle algo, prefería que encontrara por sí misma la forma de hacerlo.
—Lo que quería preguntarte es si él te ha dicho algo de la discusión con Berta.
La pregunta la incomodó, no tanto por el contenido como porque volvía a situarla justo en el lugar del que estaba intentando apartarse desde el día anterior.
—He hablado con Andrés, sí. Pero si quieres saber lo que ha contado a la Guardia Civil, tendrás que preguntárselo a él.
—No quiero saber eso.
Marta empezó a doblar distraídamente una esquina de la servilleta.
—Quiero saber si te ha parecido que está empeorándolo todo.
Conchi se reclinó ligeramente en la silla.
—¿Por hablar?
—Por hablar como habla él.
En aquella frase había algo de hija cansada. No sonaba a alguien que dudara de su padre, sino a una persona acostumbrada desde hacía años a recoger las consecuencias de determinadas formas de expresarse.
—Tu padre no parece especialmente preocupado por sonar bien —dijo Conchi.
—Nunca lo ha estado.
—Entonces eso no es nuevo.
—No, pero ahora importa mucho más.
Nuria dejó dos cafés delante de ellas sin preguntar y se alejó hacia la barra después de que Marta le diera las gracias.
—Lleva varios días diciendo que estaba harto de Berta, que aquello tenía que terminar y que no piensa fingir ahora que eran amigos. ¿Tú sabes cómo suena todo eso?
—Sí.
—Pues él parece no saberlo.
Conchi acercó la taza, pero no bebió todavía.
—O quizá lo sabe y no quiere cambiar lo que pensaba de Berta solo porque haya muerto.
Marta levantó los ojos y, por primera vez desde que se habían sentado, apareció una sonrisa auténtica, pequeña y cansada.
—Eso también sería muy de él.
—No creo que tu padre sea culpable porque tenga mal carácter.
La sonrisa desapareció.
—Yo tampoco.
—Entonces, por ahora, estamos de acuerdo.
Marta respiró hondo.
—El problema es que no basta con que estemos de acuerdo tú y yo.
Conchi estuvo a punto de preguntarle qué quería decir, pero decidió esperar. Marta continuó sin necesidad de que la animara.
—Berta y nosotros llevábamos años con lo mismo. Tampoco era una guerra continua, como parece ahora cuando lo cuenta la gente. Había temporadas en que no pasaba nada y otras en las que bastaba una piedra, un cierre o una rama para empezar otra vez.
—Eso lo sabe medio pueblo.
—Sí. Y ahora ese mismo medio pueblo ha decidido que, precisamente por eso, mi padre tenía que querer matarla.
Marta volvió la vista hacia la ventana. Dos personas atravesaban la plaza con los abrigos cerrados hasta el cuello.
—Lo peor es que justo ahora parecía que por fin íbamos a terminar con aquella historia.
Conchi no dijo nada. La frase era importante precisamente porque contradecía el relato sencillo que llevaba dos días escuchando.
Marta tardó unos segundos en continuar.
—Berta y yo teníamos que vernos ayer.
Conchi apoyó la taza en el plato con cuidado.
—¿Ayer?
—A las diez de la mañana.
—No lo sabía.
—No tenía por qué saberlo nadie. Era una reunión para hablar de los lindes, nada más.
Conchi recordó a Andrés junto a la fuente, asegurando que solo quería que aquella pelea terminara. Y ahora resultaba que Berta, la tarde antes de morir, tenía concertada una cita que, según Marta, debía servir precisamente para intentar poner fin al conflicto.
—¿Habíais quedado antes de que muriera?
Marta la miró como si la respuesta fuera evidente.
—Claro.
—¿Desde cuándo?
La prudencia le llegó un instante tarde. Conchi se dio cuenta de que acababa de hacer exactamente aquello que llevaba días intentando evitar: transformar una conversación ajena en una sucesión de preguntas. Sin embargo, Marta no pareció molesta.
—El lunes fui a verla. Le llevé una propuesta para que alguien independiente midiera bien la zona y dejáramos de discutir cada vez que se movía una piedra. Quedamos en pensarlo y el miércoles seguimos hablando por mensajes.
El miércoles había sido el día de la muerte.
—¿Y aceptó la propuesta?
Marta cogió el móvil de la mesa, aunque no llegó a desbloquearlo.
—Me escribió por la tarde.
La forma en que lo dijo modificó sutilmente el ambiente de la mesa. Conchi no sabía a qué hora había enviado Berta aquel mensaje y se recordó que tampoco debía intentar adivinarlo.
—¿Qué te dijo?
Marta dudó.
—La Guardia Civil tiene el mensaje.
Conchi se echó ligeramente hacia atrás.
—Entonces no hace falta que me lo enseñes ni que me cuentes más.
—Ya.
Marta guardó el teléfono dentro del bolso, pero antes de cerrar la cremallera añadió:
—Decía que nos viéramos ayer a las diez. Y que lo dejáramos zanjado.
La palabra quedó suspendida entre ambas.
Zanjado.
Era una expresión completamente normal para referirse a una disputa, pero Conchi llevaba varios días comprobando lo fácil que resultaba convertir una frase corriente en algo distinto después de una muerte.
Marta debió de notarlo en su cara.
—No pongas esa expresión.
—¿Qué expresión?
—La misma que pone todo el mundo cuando escucha una palabra que ahora parece sospechosa.
Conchi soltó el aire lentamente.
—No estaba pensando que fuera sospechosa. Estaba pensando que, desde que Berta murió, todas las frases parecen tener un segundo significado.
Marta la observó unos segundos antes de asentir.
—Eso sí.
Conchi dio por fin un sorbo al café.
—Cuando dices que queríais dejarlo zanjado, ¿a qué te refieres exactamente?
Esta vez no sintió que la pregunta invadiera un terreno que Marta no hubiera querido abrir.
—A la delimitación. Queríamos que midiera la zona alguien que no estuviera ni de su parte ni de la nuestra, dejarlo después por escrito y acabar de una vez con los cambios de postes, las piedras y las discusiones por unos centímetros.
La explicación era sencilla y tenía sentido, pero Conchi se recordó que una explicación razonable no se convertía en cierta únicamente porque quien la daba pareciera convencido.
—¿Eso ya estaba decidido?
—Del todo, no. Ayer íbamos a concretarlo.
—Entonces todavía podía torcerse.
Marta frunció ligeramente el ceño.
—Supongo que sí. Pero Berta estaba más cerca de aceptar que nunca.
—¿Tu padre lo sabía?
—Sabía que yo estaba intentando arreglarlo. No le contaba cada conversación.
Conchi dudó un momento antes de hacer la siguiente pregunta.
—¿Y Óscar?
La reacción de Marta fue muy pequeña, apenas un movimiento de los ojos hacia la barra.
—Óscar sabía que yo estaba moviendo el tema, claro. En un pueblo como este esas cosas no duran mucho en secreto.
No había hostilidad especial en su voz, aunque tampoco simpatía.
—¿Se llevaba mal con vosotros?
—Con mi padre, regular. Conmigo depende del día. Óscar se toma todo lo relacionado con los lindes de una forma muy personal.
Conchi recordó lo que Mateo le había contado: para Óscar no se trataba simplemente de unos metros de terreno, sino de una disputa familiar heredada.
—Eso ya me lo han dicho.
Marta bebió otro sorbo.
—Él cree que ceder un centímetro equivale a admitir que su familia lleva décadas equivocada. Mi padre cree exactamente lo mismo desde el otro lado. Por eso intenté sacar a los dos de en medio y hablar directamente con Berta.
La forma práctica de decirlo hizo sonreír a Conchi.
—No parece una tarea sencilla.
—No lo era.
—¿Y Berta qué quería?
Marta tardó un poco en contestar.
—Estaba cansada. Al final creo que, de todos ellos, era la única que de verdad quería dejar de hablar del asunto.
Conchi reparó en que no era la primera persona que describía a Berta de aquella manera. Mateo también había dicho que, durante la última discusión, la había visto más cansada que enfadada.
Nuria pasó junto a la mesa y preguntó si querían otra cosa. Ambas negaron y esperaron a que volviera a alejarse.
—¿Por qué querías preguntarme por tu padre? —dijo entonces Conchi.
Marta bajó ligeramente la voz.
—Porque él te escucha más de lo que parece.
—No sé de dónde sacas eso.
—Te conoce de toda la vida. Y después de lo de Emilio...
Conchi cerró los ojos un instante.
—No empieces tú también.
Marta casi sonrió.
—No estoy diciendo que seas detective. Digo que, si tú le dices que deje de enfrentarse a todo el mundo, quizá te haga algo más de caso que a mí.
—Eso sí que no.
—¿Por qué?
—Porque una cosa es hablar con alguien y otra muy distinta convertirme en mediadora de vuestra familia. Bastante complicada está ya la situación.
Marta se quedó mirándola unos segundos y finalmente asintió.
—Vale. Tienes razón.
Conchi agradeció que no insistiera.
Pagaron los cafés por separado y salieron a la plaza. El aire frío borró de inmediato el calor de La Parra y Conchi se ajustó la bufanda mientras Marta permanecía junto a la puerta.
—Conchi.
—Dime.
—Lo del mensaje... no era una amenaza.
Conchi sostuvo su mirada.
—No he dicho que lo fuera.
—Ya. Pero sé cómo suena ahora.
—Precisamente por eso será mejor dejar que lo comprueben quienes tienen que hacerlo.
Marta asintió.
—Eso estoy haciendo.
Se despidieron y Conchi tomó la calle de las Moreras con la bolsa de café bajo el brazo.
Durante el camino pensó menos en Marta que en Berta.
La mujer que Valdecerezos había convertido durante años en una de las dos partes de una pelea interminable tenía, al parecer, una reunión pendiente para intentar terminarla.
Había escrito que quería dejar aquello zanjado y, unas horas después, había aparecido muerta.
El mensaje podía parecer comprometedor para Marta si alguien decidía leerlo de la peor manera posible. También podía significar exactamente lo que ella acababa de explicar: que Berta estaba cansada y quería solucionar por fin una disputa demasiado antigua.
Conchi no tenía ningún motivo para decidir todavía entre una interpretación y otra.
Y empezaba a aprender que, en una investigación, resistirse a elegir demasiado pronto podía ser tan importante como saber hacerse la pregunta adecuada.