Capítulo 8
Pilar cerró La Tahona a las ocho menos cuarto, quince minutos antes de lo habitual.
Durante toda la tarde no había dejado de entrar gente, aunque casi nadie parecía necesitar realmente pan.
Compraban una barra, media docena de magdalenas o cualquier cosa que justificara quedarse unos minutos junto al mostrador, escuchar lo que decían los demás y añadir después su propia versión.
Conchi llegó cuando Pilar estaba recogiendo las últimas bandejas.
No había ido a comprar nada. Al salir con Lili había visto todavía encendida la luz de la panadería y se había acercado para devolverle un recipiente que Pilar le había prestado semanas atrás.
Lo llevaba dentro de una bolsa de tela, limpio y con la tapa colocada al revés para que no se cerrara del todo.
—Te lo dejo y me voy —dijo desde la puerta—. No vengo a pedirte pan fuera de hora.
Pilar levantó la cabeza desde detrás del mostrador.
—Entra. Como me quede sola cinco minutos más, voy a empezar a discutir conmigo misma.
Conchi dejó a Lili junto a la puerta y pasó al interior. Dentro hacía demasiado calor para el abrigo. Pilar cogió el recipiente, lo colocó sobre una estantería y terminó de guardar unas pinzas metálicas en un cajón.
—Hoy ha sido peor.
—¿Peor que qué?
—Que ayer. Y mañana será peor que hoy.
Conchi supo enseguida que no hablaba de las ventas.
Pilar apagó una de las luces del escaparate y se apoyó en el mostrador.
—Han venido tres personas distintas a contarme cosas de Andrés. Tres. Y ninguna estaba delante cuando discutió con Berta.
—Eso no les habrá frenado mucho.
—Nada.
Conchi se quitó los guantes y los dejó sobre el mostrador. Después del frío de la calle, el calor empezaba a resultarle agradable.
—Esta tarde he hablado con él.
Pilar levantó las cejas.
—¿Porque fuiste a buscarlo?
—No. Me lo encontré en la plaza.
—Menos mal.
La respuesta le hizo gracia.
—¿Tú también vas a vigilarme?
—Alguien tendrá que hacerlo, porque ya hay suficientes personas esperando que hagas de adivina.
Conchi dejó escapar una sonrisa.
—No exageres.
—No exagero. Esta mañana una mujer me preguntó si tú habías dicho algo sobre Andrés. Esta tarde otro quiso saber si te había visto hablar con Mateo. Y hace una hora ha entrado uno diciendo que debería contarte una cosa para que tú «la miraras».
Pilar marcó las comillas con dos dedos en el aire.
Conchi sintió una molestia difícil de dirigir contra alguien concreto.
—¿Mirar qué?
—Ni idea. No se lo pregunté.
—Bien hecho.
—Eso pensé.
Pilar salió de detrás del mostrador y empezó a colocar las pequeñas sillas que utilizaba a veces cuando esperaba a algún proveedor. No necesitaba ayuda, pero Conchi levantó una de ellas y la acercó a la pared.
—Lo raro —continuó Pilar— es que no todos hacen lo mismo.
—¿Qué quieres decir?
—Que algunos vienen a contarte cosas sin que se las pidas y otros, en cuanto te ven, cambian de tema.
Conchi se quedó quieta con la silla todavía entre las manos.
—¿Eso ha pasado?
—Dos veces hoy.
—¿Quién?
La pregunta salió demasiado deprisa.
Pilar la miró en silencio durante un segundo. No hizo falta que dijera nada.
Conchi dejó la silla en su sitio.
—Vale. Ya.
—Eso es justo lo que te decía.
—No iba a investigarles.
—No digo que fueras a hacerlo. Digo que ahora una pregunta tuya ya no suena igual que hace tres meses.
La frase le recordó demasiado a la conversación con Lucía la noche anterior. Conchi bajó la mirada hacia sus guantes.
—Ya me estoy dando cuenta.
Pilar se sentó en el borde del mostrador.
—Antes preguntabas por algo y eras tú, Conchi, preguntando. Ahora haces una pregunta y algunos piensan que estás buscando una pieza.
—Eso es absurdo.
—Claro que lo es. Pero también es verdad.
Conchi se quedó pensativa. Desde que había regresado a Valdecerezos había disfrutado precisamente de lo contrario: poder hablar con cualquiera sin que cada conversación pareciera tener una consecuencia.
El pueblo tenía muchos inconvenientes, pero también una familiaridad que hacía fáciles los encuentros.
Ahora esa normalidad empezaba a deformarse.
—Andrés me dijo algo parecido esta tarde —admitió.
—¿Sobre ti?
—Sobre la gente. Sobre cómo lo miran.
Pilar asintió despacio.
—No me extraña.
—No sé si creerlo todo, Pilar.
—No tienes que creerlo todo.
—Ya.
—Ni dejar de creer algo solo porque le caiga mal a medio pueblo.
Conchi sonrió.
—Eso también.
Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del frigorífico del fondo. Pilar se levantó y recogió un paño del mostrador.
—¿Te dijo por qué quería que terminara la pelea?
Conchi pensó en Andrés junto a la fuente, en el cansancio con que hablaba y en la manera en que había reconocido que algunos días también estaba harto de Berta.
—No de una forma que lo explique todo. Dijo que estaba cansado de la disputa.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sí.
—Entonces no sabes más.
Conchi negó con la cabeza.
—No.
Pilar volvió a pasar el paño por una superficie que ya estaba limpia.
—Pues mira qué bien.
—¿Qué tiene eso de bien?
—Que puedes decir «no sé». Últimamente parece que a la gente le cuesta muchísimo.
Conchi soltó una risa breve.
—A mí me está tocando practicar.
El móvil vibró dentro de su bolso. Lo sacó pensando que sería Fernando, pero en la pantalla aparecía el nombre de Álvaro.
Pilar lo vio y levantó una mano.
—Yo no estoy aquí.
—No seas tonta.
Conchi contestó.
—Hola.
—Conchi, soy Álvaro.
—Ya lo veo.
—¿Te viene mal?
—No. Estoy con Pilar en la panadería.
Hubo una pausa mínima.
—Entonces te digo solo una cosa y ya hablaremos con más calma si hace falta.
Conchi se apartó un poco del mostrador, aunque Pilar había empezado a colocar unas bolsas de papel con un interés demasiado evidente.
—Dime.
—Estamos comprobando horarios y movimientos de varias personas. Quiero que no des por buena ninguna de las versiones que están circulando, sobre todo las que presentan a Andrés como si la discusión resolviera por sí sola el caso.
Conchi miró a Pilar. Ella fingía no escuchar.
—Eso ya intento hacerlo.
—Lo sé. Te lo digo porque probablemente mañana oirás cosas nuevas.
Conchi dudó apenas un instante.
—¿Habéis comprobado dónde estaba Andrés?
La pregunta salió con cuidado, pero salió.
Álvaro tardó muy poco en responder.
—Estamos comprobándolo.
No añadió nada más.
Conchi entendió el límite.
—Vale.
—Y otra cosa. Si alguien te cuenta algo que sea un hecho concreto —que vio a alguien, que estuvo en un sitio, que oyó directamente una frase—, dile que nos lo comunique a nosotros. No hace falta que tú hagas de intermediaria.
Aquello encajaba demasiado bien con lo que Pilar acababa de explicarle.
—Precisamente estábamos hablando de eso.
—Mejor, porque puede parecer una ayuda y acabar convirtiéndose en un problema.
—¿Por qué?
—Porque la información cambia cuando pasa por varias personas. Y porque, si empiezan a pensar que hablar contigo equivale a hablar con nosotros, se crea una confusión que no beneficia a nadie.
Conchi apoyó una mano en el borde del mostrador.
—Entendido.
—No es un reproche.
—Ya.
—De verdad.
—Álvaro, lo he entendido.
Él soltó una respiración que sonó casi a risa.
—Vale. Mañana hablamos.
Colgaron.
Pilar esperó un par de segundos antes de volverse.
—No he oído nada.
—Claro.
—Pero por tu cara, imagino que tampoco te han nombrado jefa de la investigación.
—Todavía no.
Pilar se echó a reír.
—Menos mal.
Conchi guardó el móvil y le resumió únicamente lo imprescindible: la Guardia Civil estaba comprobando horarios y no daba por buenas las conclusiones que circulaban por el pueblo. No añadió nada más porque, en realidad, Álvaro tampoco le había contado nada más.
—Eso no va a gustar —dijo Pilar.
—¿A quién?
—A la gente que ya tiene el caso resuelto.
—Pues tendrán que sobrevivir.
Pilar apagó otra de las luces. La panadería quedó iluminada solo por los fluorescentes del fondo y una lámpara pequeña sobre el mostrador.
—¿Sabes qué creo que te está pasando?
Conchi suspiró.
—A ver.
—Que antes la gente hablaba contigo porque eras tú. Ahora algunos hablan porque esperan algo de ti.
La frase resultó más desagradable de lo que Conchi habría querido admitir.
—Y otros dejan de hablar.
—Exacto.
Conchi miró hacia la puerta de cristal. Lili seguía tumbada junto a ella, tranquila, con la cabeza apoyada sobre las patas.
—Eso me gusta todavía menos.
—Ya.
—No quiero que nadie piense que estoy tomando nota de cada conversación.
—Entonces no lo hagas.
—No lo hago.
Pilar negó con la cabeza.
—Quiero decir que no intentes compensarlo preguntando más o explicándote todo el tiempo. Sigue hablando como siempre. Y cuando no tengas que preguntar, no preguntes.
Conchi arqueó una ceja.
—Te estás poniendo muy sensata.
—Es la hora. Después de cerrar me pasa.
Las dos sonrieron.
Pilar fue al fondo a buscar su bolso mientras Conchi volvía a ponerse los guantes. Cuando abrió la puerta, el aire frío entró de golpe y Lili se levantó con evidente desgana.
—Mañana abrimos a la hora de siempre —dijo Pilar mientras apagaba la última luz—, aunque venga medio pueblo a explicarme quién mató a Berta.
—Cobra por escuchar.
—No es mala idea.
Salieron juntas y caminaron unos metros hasta la plaza. Allí se separaron. Pilar tomó la calle de la Fuente y Conchi siguió hacia las Moreras.
Durante el trayecto no pensó en Andrés como sospechoso ni en aquella frase que medio Valdecerezos repetía desde hacía horas.
Pensó en algo menos espectacular y, precisamente por eso, más inquietante: en la cantidad de conversaciones que podían cambiar simplemente porque los demás creyeran que ella estaba buscando una respuesta.
Eso era lo verdaderamente nuevo.
Y empezaba a comprender que, si quería ayudar de verdad, tal vez tendría que hacer justo lo contrario de lo que muchos esperaban de ella.