Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

La tarde había oscurecido antes de tiempo.

No llovía, pero el cielo llevaba horas cubierto por una capa gris uniforme y el aire tenía esa humedad capaz de colarse por las mangas aunque uno saliera bien abrigado.

Conchi dejó la casa poco después de las cinco con la intención de caminar apenas veinte minutos y regresar antes de que terminara de anochecer.

Lili recibió el plan con un entusiasmo que no parecía tener ninguna relación con la temperatura.

Nada más llegar a la esquina tiró hacia la plaza, como si hubiera pasado toda la tarde esperando una nueva oportunidad para inspeccionar árboles, papeleras y portales que conocía perfectamente desde el día anterior.

Conchi no tenía especial interés en encontrarse con nadie, aunque tampoco estaba dispuesta a empezar a modificar sus recorridos por miedo a las conversaciones.

Eso habría significado conceder demasiada importancia a una situación que, se repetía, todavía podía manejar con normalidad.

Solo tenía que acordarse de lo que se había prometido aquella mañana: escuchar más, opinar menos y evitar que cada frase ajena terminara convertida en una pregunta suya.

Cuando se acercaron a la plaza comprobó que había bastante menos gente que al mediodía.

La mayoría de los comercios empezaba a cerrar y las ventanas del bar estaban empañadas por el contraste entre el calor interior y el frío de la calle.

Del Centro Cultural llegaban algunas voces y el ruido seco de unas sillas que alguien movía dentro, pero Conchi continuó sin mirar hacia allí.

Fue Lili quien la obligó a detenerse junto a la fuente.

—No me digas que ahora también tienes sed.

La perrita se acercó al borde y olfateó la piedra húmeda sin mostrar el menor interés por el agua. Conchi esperaba a que terminara cuando escuchó una voz a su espalda.

—A ella también le gusta mandar, por lo que veo.

Se volvió.

Andrés Roldán se encontraba a pocos metros, con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta de trabajo.

Conchi lo había visto muchas veces desde que regresó a Valdecerezos, aunque nunca habían mantenido una conversación que fuera más allá de un saludo o de algún comentario breve.

Tenía el rostro anguloso, endurecido más por los años que por el gesto, y aquella tarde parecía sobre todo cansado.

—Tiene mucha práctica —respondió Conchi—. Yo llevo menos.

Andrés miró primero a Lili y después hacia la calle que quedaba detrás de ellos.

—Mejor así.

La frase podía haber servido como una simple broma, pero el tono no acompañaba. Conchi percibió el cambio y decidió no rellenar aquel silencio con una pregunta.

Lili terminó de olfatear la fuente y regresó junto a ella. Conchi recogió un poco la correa.

—Bueno, vamos.

—Conchi.

Andrés la llamó antes de que pudiera dar el primer paso.

Ella se detuvo.

—Dime.

Él tardó unos segundos en hablar. La plaza estaba lo bastante vacía como para que el silencio entre ambos resultara más visible de lo habitual.

—Supongo que ya te habrán contado lo que dicen de mí.

Conchi pensó en La Tahona, en la conversación con Mateo y en aquella frase que llevaba buena parte del día apareciendo una y otra vez en su cabeza.

—He oído cosas.

—Claro.

Andrés sacó las manos de los bolsillos y se pasó una por la cara. No parecía esperar de Conchi ninguna reacción concreta; más bien daba la impresión de estar cansado de encontrarse las mismas miradas y las mismas preguntas desde que se había sabido lo de Berta.

—Ahora resulta que discutir con alguien es casi lo mismo que matarlo.

Conchi no respondió enseguida.

—No para todo el mundo.

—Para bastante gente, sí.

Su voz era áspera, aunque no alta. A Conchi le sorprendió comprobar que la irritación no iba dirigida exactamente contra ella. Parecía algo acumulado durante horas, quizá durante días, y repartido entre demasiadas personas para necesitar un destinatario concreto.

—¿Quieres que te diga que no deberías hacer caso?

Andrés la miró por primera vez de frente.

—No. Porque tú sabes que eso es muy fácil de decir cuando no eres el nombre que repite todo el pueblo.

Conchi aceptó el comentario sin tomárselo como un reproche. Andrés tenía razón. Ella podía volver a casa y dejar atrás las conversaciones de la plaza. Él, en cambio, no podía librarse de ellas mientras su nombre siguiera viajando por delante.

—Eso sí lo entiendo.

Andrés soltó una risa breve, sin humor.

—No sé si lo entiende alguien.

Una pareja cruzó la plaza a cierta distancia. Los dos saludaron primero a Conchi y después a Andrés, aunque el segundo saludo llegó un instante más tarde y con mucha menos naturalidad. Cuando se alejaron, él siguió sus pasos con la mirada.

—¿Ves?

Conchi no necesitó preguntar a qué se refería.

—Sí.

—Y mañana será peor.

—O no.

Andrés negó ligeramente con la cabeza.

—Será peor.

Volvió a meterse las manos en los bolsillos. Lili, quizá aburrida de una conversación en la que nadie llevaba comida ni parecía dispuesto a moverse, se sentó junto a las piernas de Conchi.

—Es verdad que discutimos —continuó Andrés al cabo de unos segundos—. No voy a decir ahora que Berta y yo nos llevábamos estupendamente porque sería ridículo.

Conchi permaneció callada y dejó que siguiera.

—Estaba harto. Muy harto. De las piedras, de los cierres, de que cualquier rama terminara convirtiéndose en una discusión. Dabas un paso por aquella zona y parecía que estabas declarando una guerra.

Aquello coincidía con lo que Mateo le había contado al mediodía. Conchi recordó además una precisión de Pilar que cada vez le parecía más importante: una cosa era estar harto de la disputa y otra muy distinta estar harto de Berta.

—¿Estabas harto de ella o de la pelea?

En cuanto formuló la pregunta se preguntó si acababa de volver a cruzar la línea que se había prometido respetar.

Andrés, sin embargo, no pareció molestarse.

—Sobre todo de la pelea. De ella también algunos días, no te voy a mentir. Y seguro que ella de mí. Pero lo que de verdad me tenía harto era esa historia absurda que no terminaba nunca.

Conchi asintió antes de continuar.

—Mateo me contó que dijiste que aquello se iba a terminar de una vez.

La reacción fue inmediata. Andrés cerró los ojos un instante y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Claro. Ya ha llegado eso también.

—No me lo contó como una amenaza.

—Da igual cómo te lo cuenten. Ahora suena a lo que suena.

Conchi sostuvo la mirada.

—¿Y qué querías decir entonces?

Andrés bajó de nuevo la cabeza. Durante un momento pareció que no iba a contestar.

—Que estaba harto. Solo eso.

Podía ser verdad o una respuesta preparada después de varios días escuchando la misma acusación. Conchi no tenía ninguna forma de distinguir una cosa de la otra y precisamente por eso decidió no insistir.

Andrés siguió hablando sin necesidad de más preguntas.

—Cada piedra se convertía en una guerra.

Un poste medio metro más allá, una rama que caía hacia un lado, una rueda que pisaba donde no debía...

Siempre lo mismo. Llegó un momento en que ya daba igual lo que hubiera ocurrido de verdad porque cada uno empezaba la discusión convencido de que el otro tenía la culpa.

La frase hizo pensar a Conchi en lo que estaba ocurriendo ahora en el pueblo. Berta había muerto y demasiadas personas parecían haber elegido una explicación antes de disponer de hechos suficientes.

—Y tú querías que aquello terminara —dijo.

—Sí.

—Eso has dicho.

—Y lo vuelvo a decir.

Andrés sostuvo la mirada de Conchi. Había cierta dureza en el gesto, aunque no la interpretó como amenaza. Parecía más bien el cansancio de alguien consciente de que cualquier matiz podía ser utilizado en su contra.

—Lo que no voy a hacer —añadió— es fingir que ayer me caía estupendamente porque hoy esté muerta.

La frase era dura, pero Conchi entendió lo que quería decir.

—No creo que nadie te pida eso.

—La gente sí. Parece que cuando alguien muere hay que reescribir los últimos veinte años.

Una ráfaga de aire movió las ramas desnudas de los árboles que rodeaban la plaza. Conchi se cerró mejor el abrigo y miró a Lili, que empezaba a mostrar con bastante claridad que ya estaba cansada de permanecer quieta.

—No voy a preguntarte nada más.

Andrés arqueó una ceja.

—¿Más?

—Ya te he preguntado bastante.

Por primera vez desde que habían empezado a hablar, él sonrió de verdad, aunque apenas duró un instante.

—Eso dicen de ti, ¿no?

Conchi notó la pulla, pero no había verdadera malicia detrás.

—Últimamente dicen demasiadas cosas.

—En eso estamos de acuerdo.

Andrés se apartó de la fuente y miró hacia una calle lateral que conducía a su casa.

—Solo quiero que todo esto termine.

La frase provocó en Conchi una reacción inmediata. Era casi la misma idea expresada de nuevo, pero ahora, después de la muerte de Berta, cualquier forma de decirla parecía adquirir otro significado.

Andrés debió de verlo en su cara.

—¿Ves? Ya no puedo ni decir eso.

Conchi no intentó negarlo.

—Puedes decirlo. Otra cosa es lo que haga cada uno con tus palabras.

—Pues ese es precisamente el problema.

Se despidió con un gesto breve y se alejó por la calle. Conchi permaneció unos instantes observándolo hasta que dobló la esquina.

Aquella conversación no le había permitido saber nada nuevo sobre la muerte de Berta. Si quería ser estricta, apenas había descubierto algo sobre Andrés: que estaba cansado, que se sentía observado y que no pensaba convertir a Berta en una amiga simplemente porque hubiera muerto.

Nada de aquello bastaba para demostrar que fuera inocente, pero tampoco servía para convertirlo en culpable.

Lili tiró de la correa y Conchi reanudó el paseo. Rodeó la plaza y tomó una calle más tranquila mientras volvía mentalmente sobre la conversación, procurando no concederle más valor del que realmente tenía.

La frase de Andrés seguía resultando incómoda. «Esto se iba a terminar de una vez». Pronunciada antes de la muerte de Berta podía tener varios significados; escuchada ahora, en cambio, parecía inevitable que el pueblo eligiera el peor.

Sin embargo, Andrés acababa de expresar delante de ella prácticamente la misma idea aun sabiendo lo mal que podía sonar.

Conchi no sabía si aquello era sinceridad, torpeza o simplemente una forma de ser poco preocupada por las apariencias. Lo único que podía afirmar era que el hombre con quien acababa de hablar resultaba bastante más difícil de encajar en la historia sencilla que circulaba por Valdecerezos.

Cuando llegó a la calle de las Moreras, el alumbrado público ya estaba encendido. Una vecina asomada a una ventana la saludó y Conchi respondió sin detenerse, mientras Lili aceleraba en cuanto reconoció la puerta de casa.

Ya dentro, al quitarse el abrigo, Conchi se quedó unos instantes con la correa todavía en la mano.

Andrés quería que la disputa terminara, eso era evidente. Lo que todavía no sabía nadie era hasta dónde habría estado dispuesto a llegar para conseguirlo.