Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

A mediodía, Valdecerezos parecía haber decidido que el frío no era motivo suficiente para quedarse en casa.

Había gente entrando y saliendo de la tienda, dos coches aparcados en doble fila junto a la plaza y un pequeño grupo frente al Centro Cultural que hablaba con la animación de quien tiene algo que organizar.

Conchi pasó de largo con una bolsa de verduras en una mano y Lili caminando a su lado, procurando no detenerse allí donde hubiera demasiadas conversaciones juntas.

La mañana en La Tahona le había dejado una sensación incómoda, no tanto por lo que se había dicho de Andrés como por la facilidad con la que todos habían esperado que ella añadiera algo.

Desde que había regresado a casa se había entretenido con tareas que no necesitaban demasiada atención: ordenar un cajón, llamar a Fernando para preguntarle por una fecha que ninguno de los dos recordaba bien y revisar una factura de la luz que podía haber esperado perfectamente hasta otro día.

Cualquier cosa servía con tal de apartar durante un rato de la cabeza a Berta, Valhondo y las miradas de la panadería.

No había funcionado del todo.

Al llegar a la esquina del ayuntamiento vio a Mateo apoyado junto a una furgoneta municipal, hablando con un hombre que Conchi no conocía. Pensó en continuar sin interrumpirlos, pero Mateo la vio antes de que pudiera decidirlo.

—Conchi.

Ella levantó una mano.

—Hola.

El hombre se despidió de Mateo y cruzó la plaza. Mateo guardó varios papeles en la carpeta de plástico que llevaba bajo el brazo y se acercó a ella.

—¿Cómo estás?

La pregunta era demasiado amplia para aquella mañana.

—Bien. Un poco cansada de que todo el mundo me pregunte qué pienso.

Mateo dejó escapar una media sonrisa.

—Ya me imagino.

—No sé si te lo imaginas del todo.

—En un pueblo pequeño, cuando pasa algo, siempre hay dos investigaciones: la de la Guardia Civil y la de la gente.

Conchi sonrió.

—Y la segunda tiene más personal.

—Muchísimo más.

Mateo miró a Lili, que se había sentado junto a una papelera con la paciencia de quien ya había asumido que los humanos podían pasar bastante tiempo hablando sin llegar a ninguna parte.

—¿Vas hacia casa?

—Sí.

—Te acompaño un tramo.

Echaron a andar despacio por la calle que bajaba desde la plaza. Mateo llevaba la carpeta pegada al costado y no parecía tener ninguna prisa. Durante los primeros metros hablaron del hielo que todavía quedaba en algunas zonas y de una tubería que se había roto en una casa de la calle Real.

Conchi agradeció que no sacara el tema de Berta hasta que dejaron atrás la plaza.

—Supongo que has oído lo de Andrés —dijo al fin.

—He oído versiones.

—Eso es lo que hay ahora mismo.

Conchi lo miró de reojo.

—¿Tú sabías que habían discutido hace pocos días?

Mateo tardó un poco en responder, como si quisiera decidir con cuidado hasta dónde podía llegar.

—Sabía que llevaban años discutiendo. Eso no es ningún secreto. Y sí, hace unos días hubo otra bronca.

—¿La viste?

—No. Llegué después.

Aquella precisión le gustó a Conchi. No porque resolviera nada, sino porque Mateo dejaba claro el punto exacto en el que terminaba lo que sabía de primera mano.

—¿Después de qué?

—De que dos vecinos me avisaran de que estaban otra vez a voces por el camino de Valhondo. Cuando llegué, ya se habían separado.

—¿Tuviste que intervenir?

Mateo se encogió ligeramente de hombros.

—Hablar con ellos, sí. Intervenir como tal, no. No hubo pelea ni nada parecido. Era una discusión.

Bajó un poco la voz, aunque no hubiera nadie cerca.

—Una discusión fuerte, eso sí.

Conchi recordó a la mujer de La Tahona que aseguraba que su cuñada los había oído desde lejos. Al menos aquella parte del relato tenía ahora una fuente algo más concreta.

—¿Por los lindes?

—Por lo de siempre. Piedras, cierres, árboles, metros de más o de menos... Cada vez cambiaba el detalle, pero el fondo era el mismo.

Conchi dejó pasar unos segundos antes de volver a hablar. Se había prometido a sí misma controlar mejor sus preguntas, aunque también sabía que guardar silencio por miedo a parecer curiosa podía resultar tan poco natural como preguntar por todo.

—¿Andrés dijo algo especial?

Mateo apretó la carpeta contra el costado antes de responder.

—Dijo que aquello se iba a terminar de una vez.

La frase quedó entre los dos con un peso que seguramente no había tenido cuando Andrés la pronunció.

Conchi sintió el impulso inmediato de relacionarla con la muerte de Berta y, precisamente por eso, decidió no hacerlo.

Mateo la miró.

—Ya sé cómo suena ahora.

—Sí.

—Y también sé que una frase dicha en mitad de una discusión no explica por sí sola lo que pasó después.

Conchi asintió.

—Eso mismo llevo diciendo toda la mañana.

—Pues sigue diciéndolo.

La respuesta consiguió tranquilizarla más de lo que esperaba. Durante unos segundos había temido que Mateo fuera a reforzar la versión que el pueblo ya parecía haber construido, pero estaba haciendo justo lo contrario: aportar información y, al mismo tiempo, negarse a convertirla en una conclusión.

—¿Berta dijo algo?

—Que estaba harta de que le discutieran cada palmo. Andrés decía exactamente lo mismo desde el otro lado. Nada que no se hubieran dicho antes de otras maneras.

Conchi pensó un momento en la discusión tal como se la estaban contando. Dos personas convencidas de que la otra llevaba años invadiendo, moviendo o reclamando lo que no le correspondía. Era fácil imaginar que cualquier gesto terminara interpretándose como una provocación.

—¿Y Óscar estaba?

Mateo volvió la cabeza hacia ella.

—¿Por qué preguntas por Óscar?

Conchi se encogió de hombros.

—Es sobrino de Berta. Y todo el mundo dice que la ayudaba bastante con la finca.

—Sí. Mucho. Sobre todo con trabajos pequeños, arreglos, mantenimiento... ese tipo de cosas.

Mateo se detuvo un instante para dejar pasar una furgoneta que salía de una calle estrecha. Cuando retomaron la marcha, continuó hablando.

—Ese día llegó cuando la discusión ya había terminado. Estaba bastante molesto.

—¿Con Andrés?

—Con todo. Con Andrés, con el conflicto, con la situación entera. Óscar siempre ha llevado muy mal ese asunto.

La frase era demasiado amplia como para construir nada a partir de ella. Conchi lo supo y evitó convertirla en algo que Mateo no había dicho.

—¿Porque era una cuestión de familia?

—Porque para él nunca fue solo una discusión por unos metros. Lo veía como algo antiguo entre los Velasco y los Roldán. Ya sabes cómo funcionan esas cosas cuando alguien hereda un conflicto sin haberlo empezado.

Conchi sí lo sabía. En Valdecerezos existían enfrentamientos capaces de sobrevivir durante décadas, incluso a las personas que los habían iniciado.

Con el tiempo se convertían en relatos familiares perfectamente ordenados: quién había hecho qué, quién tenía razón, quién había cedido demasiado y quién no debía hacerlo nunca.

—Berta parecía cansada —añadió Mateo—. Más que enfadada, diría yo. Óscar, en cambio, seguía con la idea de que no había que dejar pasar ni una.

Conchi recordó algo que Pilar había señalado esa misma mañana: Andrés podía estar harto de la pelea sin estar necesariamente harto de Berta. Quizá con Óscar convenía hacer el mismo esfuerzo y no confundir su forma de vivir el conflicto con ninguna otra cosa.

—¿Has hablado con él hoy?

—Un momento. Lo suficiente para saber que está afectado.

Mateo no añadió nada más y Conchi decidió no preguntar.

Estaban llegando a la calle de las Moreras cuando una voz los llamó desde atrás.

—Mateo.

Ambos se volvieron.

Óscar Velasco venía desde la plaza.

Conchi lo conocía de vista y había hablado con él alguna vez desde que regresó al pueblo, aunque siempre de cosas menores: una rama caída, el barro de un camino, el estado de una pared.

Era un hombre de poco más de cuarenta años, de movimientos normalmente rápidos, con las manos de quien trabajaba a menudo al aire libre y una manera de mirar que parecía estar siempre pendiente de algo práctico.

Aquella mañana, sin embargo, caminaba más despacio.

—Te estaba buscando —dijo al llegar junto a ellos.

Mateo se apartó ligeramente hacia un lado de la calle.

—Dime.

Óscar saludó a Conchi con un movimiento de cabeza.

—Hola.

—Hola, Óscar.

Tenía el rostro cansado. No había nada teatral en ello, pero tampoco nada que permitiera saber si aquel cansancio provenía del duelo, de una noche sin dormir o de las horas que probablemente llevaba contestando preguntas.

—Me han dicho que quizá mañana necesitéis abrir el acceso de arriba —continuó, dirigiéndose a Mateo—. La llave de la cadena la tengo yo.

—Eso tendrás que hablarlo con la Guardia Civil. Yo no estoy coordinando la investigación.

—Ya, ya. Solo quería dejarlo dicho porque Berta me confiaba esas cosas. Para que luego no parezca que falta una llave o que nadie sabe dónde está.

Mateo asintió.

—Haces bien en decirlo.

Conchi permaneció en silencio. Parecía una conversación que podía terminar ahí, pero Óscar la miró y después dirigió la vista hacia la calle, como si acabara de recordar algo.

—Tú pasaste por Valhondo el viernes, ¿no?

La pregunta la sorprendió menos de lo que lo habría hecho el día anterior. A esas alturas, parecía que medio pueblo conocía ya su recorrido de aquella tarde.

—Sí. Por el camino.

Óscar señaló vagamente en dirección a Valhondo.

—Pues entonces verías que aquello estaba como siempre.

Conchi recordó de inmediato el poste claro.

—¿Qué cosa?

—El acceso. El cierre.

Mateo volvió la mirada hacia Óscar, aunque no dijo nada.

Conchi eligió las palabras con cuidado.

—Me fijé en que había un poste que me pareció reciente. Y el alambre estaba más tirante de lo que yo recordaba.

Óscar frunció ligeramente el ceño, aunque no pareció alarmado.

—Ah, eso. No, mujer. Eso llevaba ya semanas así. Berta quiso que se arreglara porque estaba vencido.

Lo dijo con absoluta naturalidad, como si estuvieran comentando una teja cambiada o una bisagra nueva.

Conchi no supo qué responder de inmediato.

No recordaba haber visto aquel poste antes del día diecisiete, pero tampoco podía afirmar cuándo se había colocado.

La conversación con Lucía la noche anterior acudió a su cabeza justo a tiempo: que algo le hubiera parecido reciente no significaba que realmente lo fuera.

—Puede ser —dijo—. Yo solo sé cuándo me llamó la atención.

Óscar asintió.

—Claro. Además, con ese cierre siempre había historias. Que si estaba un poco más acá, que si el paso, que si el alambre... Mi tía se cansó y me dijo que lo dejara decente.

Mateo levantó la vista.

—¿Lo arreglaste tú?

—Sí. Alguna cosa hice. Nada especial: cambiar el poste, tensar un poco el alambre y poner un gancho nuevo. Pero eso fue bastante antes de...

Óscar no terminó la frase. Bajó la mirada durante un instante y se pasó una mano por la nuca.

Mateo completó la idea sin cambiar de tono.

—Antes de lo de Berta.

Óscar asintió.

—Sí.

Conchi dejó que la información se colocara junto al recuerdo de su paseo.

No encajaba ni dejaba de hacerlo.

Óscar afirmaba que el arreglo llevaba semanas terminado. Ella sabía únicamente que el día diecisiete le había parecido reciente. Existía una diferencia entre ambas cosas, pero todavía no una contradicción que pudiera sostenerse.

Mateo fue quien continuó.

—¿La Guardia Civil sabe que lo arreglaste tú?

—Sí. Me preguntaron ayer.

—Entonces ya está.

Óscar parecía dispuesto a marcharse, aunque todavía se quedó un momento allí.

Miró de nuevo a Conchi.

—Berta no tenía paciencia con estas cosas. Si veía algo torcido, quería que se arreglara. Yo iba mucho por allí, ya lo sabes.

—Sí —respondió Mateo.

—Y ahora parece que cualquier cosa que alguien haya tocado en esa finca tiene que ser rara.

La frase llevaba cansancio y quizá también cierta necesidad de defenderse. Conchi no intentó decidir cuál de las dos cosas pesaba más.

—Supongo que estarán comprobándolo todo —dijo.

—Ya. Lo entiendo.

Óscar miró un momento hacia el suelo, se despidió y dijo que iba a pasar por casa de un familiar. Después siguió en dirección a la calle de la Fuente.

Mateo y Conchi permanecieron quietos unos segundos, hasta que Óscar se alejó lo suficiente.

Conchi fue la primera en hablar.

—Eso del cierre...

Mateo la interrumpió con suavidad.

—Ya se lo ha contado a la Guardia Civil. Y tú también les contaste lo que viste.

—No iba a investigar nada.

—Ya lo sé.

—Solo iba a decir que él asegura que llevaba semanas.

—Y tú dices que el día diecisiete te pareció reciente. Las dos cosas ya están dichas. Ahora que comprueben lo que puedan comprobar.

Conchi asintió. Era exactamente la clase de límite que necesitaba escuchar.

Mateo se despidió poco después y continuó hacia la plaza. Conchi entró en casa con Lili, dejó la bolsa de verduras sobre la encimera y se quitó el abrigo sin prisa.

Mientras guardaba las patatas en un cajón, volvió a recordar la frase que Andrés había pronunciado durante la discusión: aquello se iba a terminar de una vez.

No era difícil entender por qué el pueblo la había convertido en algo oscuro. Después de una muerte, muchas frases parecían adquirir un significado que probablemente no habían tenido cuando fueron pronunciadas.

Luego pensó en Óscar diciendo que el cierre llevaba semanas arreglado y que Berta le había pedido que lo dejara en condiciones.

Eran dos conversaciones distintas alrededor del mismo conflicto y, de momento, ninguna permitía explicar lo que le había ocurrido a Berta.

Conchi cerró el cajón y permaneció un instante mirando por la ventana de la cocina.

La versión más sencilla seguía siendo la que ya circulaba por todo Valdecerezos: que Berta había muerto por culpa de los lindes y que solo hacía falta decidir quién había estado más enfadado con ella.

Precisamente por eso empezaba a desconfiar de lo fácil que resultaba creerla.