Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 5
16%

Capítulo 5

A la mañana siguiente, Conchi descubrió que una noticia podía cambiar de forma mientras uno dormía.

Hasta donde ella sabía, durante la noche no había ocurrido nada nuevo.

Berta seguía muerta, Diego continuaba siendo quien había encontrado el cuerpo y la Guardia Civil trabajaba todavía en lo sucedido.

Sin embargo, en cuanto abrió la puerta para sacar a Lili, tuvo la sensación de que Valdecerezos entero había pasado horas ordenando las piezas por su cuenta y despertado con varias explicaciones ya preparadas.

La primera señal llegó antes incluso de doblar la esquina.

Dos hombres hablaban junto a una furgoneta aparcada y bajaron la voz cuando ella se acercó.

Uno la saludó con una inclinación de cabeza; el otro se limitó a mirar a Lili como si la perrita se hubiera convertido de pronto en algo mucho más interesante que la conversación que acababan de interrumpir.

Conchi siguió caminando sin volver la cabeza. Había aprendido hacía mucho tiempo que, cuando alguien quería hacerte saber que estaba hablando de ti, no mirar solía ser una forma bastante eficaz de confirmarlo.

—Ni caso —le dijo a Lili.

La perrita olisqueó una rueda y no mostró ninguna intención de implicarse en problemas humanos.

El aire de aquella mañana era seco y cortante.

Había helado de nuevo y el sol, aunque despejado, todavía no conseguía calentar las fachadas que permanecían a la sombra.

Conchi solo había salido a comprar pan y a dejar que Lili diera su vuelta habitual.

Podía haber ido a la tienda de la esquina y volver enseguida, pero terminó encaminándose hacia La Tahona casi por costumbre.

Solo fue consciente de haberlo decidido cuando ya distinguía el toldo desde la plaza.

La noche anterior había hablado con Álvaro y Lucía.

Les había contado lo del cierre, había intentado separar cuidadosamente lo que recordaba de lo que podía afirmar y se había acostado con la tranquilidad razonable de haber hecho lo que correspondía.

No tenía ningún dato nuevo y tampoco pretendía conseguirlo.

Precisamente por eso, entrar en La Tahona no debería haber significado nada.

Aun así, cuando empujó la puerta, tres conversaciones diferentes se interrumpieron durante una fracción de segundo.

Pilar levantó la vista desde detrás del mostrador y la miró con una expresión que Conchi conocía bien. No era sorpresa. Se parecía más a una advertencia.

—Buenos días —dijo Conchi.

Varias voces respondieron casi al mismo tiempo.

Había más gente de la habitual para aquella hora: Carmen Vela junto a la vitrina, un matrimonio del barrio de la Fuente, un hombre mayor al que Conchi conocía de vista y dos mujeres esperando cerca de la puerta.

Nadie parecía tener demasiada prisa, mientras que Pilar trabajaba con la eficacia de quien confiaba en vaciar el local antes de que alguien decidiera convertir la panadería en una reunión vecinal.

—Una hogaza pequeña —pidió Conchi.

—Te la estaba guardando.

Aquello podría haber sido el final de la conversación.

No lo fue.

—Conchi —dijo una de las mujeres que estaban junto a la puerta—, tú conoces a Andrés Roldán, ¿verdad?

Conchi se volvió despacio.

—De toda la vida, como a medio pueblo.

La mujer sonrió con cierta incomodidad.

—Ya me entiendes.

—No mucho, la verdad.

Carmen había permanecido escuchando hasta entonces, pero decidió intervenir.

—Están hablando de la bronca que tuvo con Berta hace unos días.

Pilar dejó las pinzas sobre el mostrador con algo más de fuerza de la necesaria.

—Carmen.

—¿Qué? Si eso lo sabe todo el mundo.

—Que lo sepa todo el mundo no significa que haya que organizar aquí una declaración de testigos.

El hombre mayor dejó escapar una risa, aunque nadie siguió la broma.

Conchi miró a Carmen.

—¿Qué bronca?

La pregunta le salió antes de decidir si realmente quería hacerla.

Se dijo que aquello no era una investigación.

Carmen acababa de afirmar que todo el pueblo conocía el asunto y, en principio, preguntar por una discusión no tenía nada de extraordinario.

Sin embargo, la conversación con Lucía seguía demasiado reciente y Conchi se obligó a escuchar sin rellenar ningún hueco por su cuenta.

—Discutieron —respondió Carmen—. Y fuerte. Hace tres o cuatro días, no sé exactamente. Por los lindes otra vez.

—¿Lo viste?

—Yo no. Lo vio gente.

—¿Qué gente?

Carmen abrió la boca, pero tardó un instante en encontrar una respuesta.

—Pues gente que estaba por allí.

Pilar deslizó hacia Conchi la hogaza ya envuelta.

—Eso es justo lo que te decía ayer.

Conchi asintió. La conversación estaba empezando a parecerse demasiado a las que había escuchado la tarde anterior: una persona había oído algo de otra, alguien conocía a alguien que se encontraba cerca y, después de varias repeticiones, la distancia entre un rumor y un hecho empezaba a volverse difícil de medir.

Una de las mujeres de la puerta intervino.

—Mi cuñada sí los oyó. Estaba pasando por el camino y dice que se escuchaban desde bastante lejos.

Carmen se volvió hacia ella.

—¿Qué decían?

—Eso no lo sé.

Pilar apoyó una mano en el mostrador.

—Pues entonces...

—Pero estaban enfadados —insistió la mujer—. Eso sí.

Conchi observó el intercambio sin intervenir. Aquello era justamente lo bastante concreto para inquietar y lo bastante impreciso para admitir casi cualquier interpretación.

—¿Cuándo fue? —preguntó al final.

La mujer frunció el ceño mientras intentaba recordarlo.

—A principios de semana. O quizá el fin de semana. Tendría que preguntárselo.

Carmen resopló.

—Vamos, que discutieron poco antes de que Berta apareciera muerta.

El silencio que siguió fue distinto de los anteriores. Nadie necesitó explicar por qué aquella cercanía temporal parecía importante.

Conchi miró a Pilar. Su amiga no dijo nada, pero la manera en que volvió a colocar una barra en la cesta bastó para dejar claro que tampoco le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.

El hombre mayor fue quien rompió el silencio.

—¿Y tú qué piensas?

Conchi tardó un segundo en comprender que se dirigía a ella.

—¿De qué?

—De Andrés.

—No pienso nada de Andrés.

El hombre pareció decepcionado.

—Pero tú te fijas en estas cosas.

Aquella frase provocó algo más que incomodidad. Conchi sintió una especie de cansancio anticipado, como si acabara de descubrir que el caso de Emilio había dejado detrás una obligación que nadie le había preguntado si quería asumir.

—Me fijo en que no sé qué pasó —respondió—. Y en que haber discutido con alguien no convierte a nadie en asesino.

Durante unos segundos nadie contestó.

Carmen fue la primera en hacerlo.

—Nadie está diciendo eso.

Conchi la miró.

—Lleváis diez minutos hablando de Andrés después de que haya muerto una mujer.

—Porque discutió con ella.

—Y eso puede ser importante. Pero no sabemos cuánto, ni por qué discutieron exactamente, ni quién estaba delante, ni qué ocurrió antes o después.

Pilar aprovechó la pausa para cobrar a una clienta que llevaba un rato esperando. El simple movimiento devolvió algo de normalidad al local y, durante unos instantes, todos parecieron recordar que estaban dentro de una panadería y no alrededor de una mesa de investigación.

Conchi pagó su hogaza y decidió que lo más sensato era marcharse antes de que la conversación volviera a ponerse en marcha.

No llegó a hacerlo.

La mujer de la puerta se acercó un poco más.

—Mi cuñada dice que Berta llevaba meses diciendo que los Roldán se estaban pasando con el terreno.

—Eso también lo ha dicho más gente —añadió Carmen.

—Y Andrés estaba harto de ella —dijo el hombre mayor.

Pilar levantó la vista.

—Andrés estaba harto de la pelea. Que no es lo mismo.

La diferencia podía parecer pequeña, pero Conchi agradeció que la hubiera señalado. En los últimos días estaba empezando a comprender hasta qué punto una palabra mal colocada podía cambiar el sentido de una historia.

Carmen se volvió hacia Pilar.

—¿Tú sabes algo?

—Sé que llevaban años discutiendo por lo mismo y que cada uno estaba convencido de tener razón. Eso no es precisamente un secreto.

—¿Y la bronca de esta semana?

—He oído hablar de ella, como vosotros. Yo no estaba allí.

Pilar guardó unas monedas en la caja y después miró a Conchi.

—Y antes de que preguntes, no pienso decirte qué creo porque no creo nada.

Conchi sonrió.

—No iba a preguntarte.

—Ya. Pero así damos ejemplo.

Aquello consiguió relajar por fin el ambiente. Alguien comentó que Pilar despachaba con la misma rapidez el pan y las opiniones ajenas, y esta vez sí se escucharon algunas risas.

Conchi recogió la bolsa y se agachó para comprobar que Lili seguía donde la había dejado. La perrita permanecía junto a la puerta, completamente concentrada en una miga que solo ella parecía capaz de ver.

Conchi estaba a punto de marcharse cuando una voz la detuvo.

—Pero algo tendrás que haber visto.

Era una de las mujeres que hasta entonces apenas había intervenido.

Conchi se incorporó.

—¿Por qué tendría que haber visto algo?

—Porque pasas mucho por Valhondo.

Aquella afirmación la sorprendió más que las anteriores.

—Paseo por muchos sitios.

—Ya, pero justo por allí pasaste el otro día, ¿no?

Conchi sintió una punzada de irritación.

Recordó que Pilar se lo había preguntado delante de varias personas la mañana anterior.

No había nada secreto en ello, pero comprobar la velocidad con la que una información completamente inofensiva se había incorporado a la historia del pueblo le resultó desagradable.

—Pasé por el camino público con Lili. Eso es todo.

La mujer pareció esperar algo más.

—¿Y no viste a nadie?

—No.

Era verdad en lo que importaba. No había visto a nadie trabajando en el cierre, ni a Berta, ni a Andrés, ni a ninguna persona relacionada con la muerte. Lo que había observado ya se lo había comunicado a la Guardia Civil, y no tenía ningún motivo para repetirlo allí.

—Pues yo pensaba que igual... —empezó la mujer.

Conchi la miró.

—¿Que igual qué?

No había dureza en su voz, pero la pregunta bastó para que la otra se encogiera de hombros.

—Nada. Como te das cuenta de las cosas...

Esta vez nadie se rio.

Conchi buscó a Pilar con la mirada y vio en su expresión algo que hasta entonces no había querido reconocer del todo. No era únicamente preocupación por la muerte de Berta. Pilar también estaba preocupada por ella.

—Me doy cuenta de algunas cosas —dijo Conchi—, y de otras no. Como todo el mundo.

No esperó a que alguien encontrara otra manera de formular la misma expectativa.

Salió de La Tahona y el aire frío de la plaza le resultó casi agradable después de tantos minutos dentro. Había menos gente que antes y el sol empezaba por fin a alcanzar los bancos del lado este.

Conchi permaneció unos segundos quieta mientras Lili olisqueaba el borde de una jardinera. Sentía una necesidad absurda de respirar profundamente, como si en la panadería hubiera faltado aire.

No le molestaba que los vecinos recordasen lo ocurrido con Emilio, y tampoco todas las bromas que habían venido después.

Lo que empezaba a incomodarla era algo distinto: que algunas personas parecieran creer que su presencia podía transformar cualquier comentario en una pista y cualquier pregunta en una investigación.

Precisamente para evitar algo parecido había llamado a Álvaro la noche anterior.

Había contado un detalle concreto y había dejado que la Guardia Civil decidiera si merecía alguna atención.

Sin embargo, dentro de La Tahona la frontera entre observar y acusar parecía haberse estrechado hasta casi desaparecer.

Lili terminó su inspección y tiró suavemente de la correa.

—Sí, nos vamos.

Conchi decidió dar una vuelta algo más larga antes de regresar a casa.

Al pasar cerca del Centro Cultural vio a dos personas colocando unas cajas junto a la puerta, aunque no se detuvo.

Más adelante se cruzó con una pareja que la saludó con absoluta normalidad y, para su sorpresa, agradeció aquel encuentro más de lo razonable.

Cuando estaba llegando a la calle de las Moreras oyó unos pasos detrás. Era Pilar, que venía con el abrigo abierto sobre la ropa de trabajo.

—Te has dejado esto.

Le tendió un pequeño monedero de tela.

Conchi se llevó la mano al bolsillo y descubrió que estaba vacío.

—Ni me había dado cuenta.

Pilar sonrió.

—Menos mal que eres la mujer que lo ve todo.

Conchi soltó una carcajada, la primera completamente sincera de la mañana.

—Como vuelvas a decir eso, te denuncio.

Pilar también sonrió, aunque enseguida recuperó un gesto más serio.

—No les hagas caso.

—No se lo hago.

—Un poco sí.

Conchi guardó el monedero antes de responder.

—Me molesta que esperen una respuesta que no tengo.

—Porque con Emilio acertaste en cosas que otros no habían visto.

—No acerté. Vi unas cosas y luego resultó que encajaban con otras.

—Ya lo sé.

—Ellos no.

Pilar se cerró el abrigo con ambas manos.

—Pues tendrán que aprenderlo.

Conchi volvió la cabeza hacia la plaza, que quedaba oculta al final de la calle.

—Y yo también.

Pilar no le preguntó qué quería decir. Tal vez porque lo había entendido o quizá porque, a diferencia de casi todos los que habían hablado con ella aquella mañana, no sentía la necesidad de sacar una conclusión de cada frase.

Se despidieron en la esquina.

Conchi entró en casa con Lili, dejó la hogaza sobre la mesa y colocó el monedero junto a las llaves. Mientras se quitaba el abrigo, volvió a pensar en Andrés y Berta.

Habían discutido hacía poco y el conflicto entre ambas familias venía de muchos años atrás. Eso era cierto.

Pero no sabía nada más.

Y empezaba a comprender que, mientras durara aquella investigación, tendría que aprender a cuidar no solo las preguntas que hiciera, sino también las respuestas que diera, porque ya había demasiada gente pendiente de unas y de otras.