Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Conchi esperó casi veinte minutos antes de coger el teléfono.

No porque hubiera cambiado de idea, sino porque quería asegurarse de que no llamaba únicamente para librarse de la incomodidad que le producía aquel recuerdo.

Mientras se decidía, recogió la taza que había dejado en el salón, cambió el agua del cuenco de Lili y abrió dos veces el armario de la cocina sin buscar realmente nada.

Por mucho que intentara ocuparse, la imagen del cierre volvía una y otra vez.

No tenía nada de espectacular. Precisamente por eso le costaba quitársela de la cabeza: un poste que le había parecido más nuevo, el alambre tensado de otra manera y el brillo de un enganche metálico que no recordaba haber visto antes.

Cinco días atrás, mientras paseaba con Lili por el camino público de Valhondo, todo aquello había tenido la importancia de cualquier reparación en una finca.

Ahora Berta Velasco estaba muerta y la Guardia Civil trabajaba allí.

Conchi acabó sentándose a la mesa de la cocina con el móvil delante. Conservaba el número de Álvaro desde el caso de Emilio, aunque durante los meses siguientes no había tenido ningún motivo para utilizarlo. Buscó su nombre en la agenda y permaneció unos segundos mirando la pantalla.

—Si no sirve, no sirve —murmuró.

Desde su cojín, Lili levantó una oreja.

—Y no, no te estoy pidiendo opinión.

Marcó antes de seguir dándole vueltas.

Álvaro tardó en responder lo suficiente para que Conchi empezara a pensar que quizá había elegido mal momento. Cuando por fin escuchó su voz, sonaba cansado, aunque no especialmente sorprendido.

—Conchi.

—Hola. Perdona la hora.

—No pasa nada. ¿Ocurre algo?

Aquella pregunta tan sencilla la obligó a ordenar de golpe todo lo que llevaba varios minutos intentando colocar en su cabeza.

—No lo sé. Me he acordado de una cosa de Valhondo y prefiero contártela antes de decidir yo si importa.

Al otro lado hubo una pausa breve.

—Cuéntame.

Conchi volvió la vista hacia la ventana. Fuera ya era noche cerrada y la luz de la cocina se reflejaba en el cristal, devolviéndole su propia imagen.

—El viernes pasado estuve paseando con Lili por el camino que bordea la finca de Berta. No entré en ningún momento; fui por el camino público.

—¿El día diecisiete?

Necesitó un instante para calcularlo.

—Sí. El diecisiete por la tarde.

—Sigue.

—Me fijé en el cierre de entrada y me pareció cambiado.

La frase quedó suspendida unos segundos antes de que Álvaro respondiera.

—¿Qué significa exactamente «cambiado»?

La primera contestación que acudió a la cabeza de Conchi fue que no estaba como siempre. Sonaba suficientemente clara hasta que intentó precisar qué significaba exactamente ese siempre.

—Había un poste que me pareció nuevo. O, al menos, más nuevo que el que yo recordaba. El alambre estaba más tirante y había un enganche metálico que se veía brillante.

—¿Puedes asegurar que antes no estaba así?

Conchi apoyó los dedos en el borde de la mesa.

—Puedo asegurar que me llamó la atención porque yo no lo recordaba de esa manera.

—Eso no es exactamente lo mismo.

La voz que acababa de intervenir no era la de Álvaro.

Conchi reconoció a Lucía antes incluso de que él se lo explicara.

—Estoy con Lucía —dijo Álvaro—. Te he puesto en manos libres.

—Ya me había dado cuenta.

Lucía volvió a hablar sin dureza, aunque con esa precisión que a Conchi siempre le hacía sentir que una conversación normal podía transformarse de pronto en un interrogatorio perfectamente ordenado.

—No intento llevarte la contraria. Necesito separar lo que viste de lo que deduces a partir de ello. ¿De acuerdo?

Conchi miró el teléfono.

—De acuerdo.

—Empezamos por el poste. ¿Lo viste desde el camino?

—Sí.

—¿Entraste en la finca?

—No.

—¿Te acercaste al cierre?

—Lo suficiente para pasar por delante. No me paré a examinarlo.

—Bien. Entonces dime exactamente qué viste.

Conchi respiró despacio antes de contestar. Entendió que no servía responder deprisa y trató de volver mentalmente a aquella tarde sin rellenar los huecos con lo que sabía ahora.

—Un poste de madera de color más claro que los que había alrededor. El alambre estaba bien tensado y había una pieza metálica, un gancho o algo parecido, que brillaba porque me pareció nueva.

—¿Sabes si el poste era nuevo?

—No.

—¿Sabes si se había colocado ese mismo día?

—No.

—¿Viste a alguien trabajando allí?

—No.

—¿Alguna herramienta, un vehículo, material o cualquier otra cosa que permitiera saber quién había hecho el arreglo?

Conchi negó con la cabeza por reflejo y solo después recordó que no podían verla.

—Nada.

Lucía dejó pasar unos segundos antes de continuar.

—Entonces, ¿por qué te pareció que el cierre había cambiado?

La pregunta era distinta a las anteriores. Conchi se levantó y fue hasta la encimera, más por la necesidad de moverse que porque tuviera algo que hacer allí.

—Porque he pasado por ese camino más veces desde que volví al pueblo. No todos los días, claro, pero sí bastantes. Y el cierre me pareció distinto de como lo recordaba.

—¿Recuerdas la posición exacta que tenía antes?

—No.

—¿Podrías señalar dónde estaba el poste antiguo?

Conchi frunció el ceño. Durante un instante estuvo a punto de responder que aproximadamente sí, hasta que comprendió que aquello no era una certeza.

—No con seguridad.

—Eso es importante.

—Ya.

—¿Sabes hacia qué lado estaba el límite legal entre las fincas?

—Sé cuáles son las fincas. No sé por dónde pasa exactamente el límite sobre el terreno.

—¿Y sabes si el cierre que viste coincidía o no con ese límite?

—No.

Lucía guardó silencio.

Conchi sintió una irritación leve, casi automática.

Le molestaba que alguien pudiera desmontar una observación que en su cabeza parecía bastante clara hasta dejarla reducida a tres o cuatro hechos muy concretos.

Sin embargo, la molestia se desvaneció enseguida porque comprendía perfectamente por qué lo estaba haciendo.

Álvaro retomó la conversación.

—¿Se lo comentaste a alguien ese día?

Conchi recordó la vuelta al pueblo, la conversación con Carmen y la broma del detergente.

—No como algo importante. La verdad es que ni siquiera pensé que lo fuera.

—¿Lo apuntaste en algún sitio?

—No.

—¿Hiciste alguna foto?

—Tampoco.

—Vale.

La palabra no sonó a decepción, sino simplemente al cierre de una serie de comprobaciones.

Conchi volvió a sentarse.

—Entonces no sirve.

—Yo no he dicho eso —respondió Álvaro.

—Tampoco parece que os haya solucionado la noche.

Lucía dejó escapar una respiración que sonó casi divertida.

—Eso tampoco sería buena señal.

Conchi sonrió.

—Ya sé que no es una prueba. Precisamente por eso os he llamado.

—Y has hecho bien —dijo Álvaro—. Lo importante es que lo viste el diecisiete, antes de que ocurriera lo de Berta. Ese dato puede comprobarse en contexto. A partir de ahí, lo demás ya es trabajo nuestro.

La última frase llevaba un límite bastante claro, aunque no sonara a reproche.

—¿Vais a mirar el cierre?

—Estamos trabajando en la finca y en todo lo relacionado con el acceso —respondió Lucía—. No hace falta que vuelvas para enseñárnoslo.

—No pensaba hacerlo.

—Mejor.

La pausa que siguió no le resultó incómoda. Esta vez Conchi no sintió necesidad de llenarla con otra pregunta.

Álvaro le pidió después que intentara concretar la hora aproximada del paseo.

Conchi calculó que había salido de casa a media tarde, pero no pudo precisar mucho más sin empezar a inventar una exactitud que no tenía.

Lo dijo tal cual. También explicó desde qué parte del camino había visto el cierre y cuánto tiempo se había detenido delante: apenas lo suficiente para que Lili olisqueara la zona y ella reparara en el cambio.

Lucía regresó a una de las primeras frases.

—Antes has dicho que el alambre estaba «más tirante». ¿Más tirante que qué?

Conchi cerró los ojos un instante.

—Que como yo lo recordaba.

—Perfecto. Eso sí podemos anotarlo así.

La palabra la sorprendió.

—¿Perfecto?

—Perfecto porque distingue un recuerdo de un hecho físico comprobado. Si mañana vemos el alambre tenso, eso no demuestra que estuviera igual el día diecisiete. Tú únicamente puedes decir que aquel día te pareció más tensado de lo habitual.

Conchi apoyó la espalda en la silla y dejó que la explicación terminara de encajar.

—Entendido.

Esta vez lo decía de verdad.

Durante el caso de Emilio había aprendido que una observación podía resultar importante cuando acababa encajando con otras.

Ahora estaba descubriendo la parte menos cómoda de lo mismo: recordar algo no le daba derecho a completar lo que no había visto.

La muerte de Berta convertía cada palabra en algo bastante más serio que una conversación en La Tahona.

Recordó a Carmen preguntándole qué opinaba y el nombre de Andrés repitiéndose de un grupo a otro por la plaza. Bastaba muy poco para transformar una disputa antigua en un motivo y, a partir de ahí, un motivo en una acusación.

—Hay otra cosa —dijo.

—Dime —respondió Álvaro.

Conchi dudó un momento antes de continuar.

—No es sobre la finca. Es más bien sobre lo que se está diciendo por el pueblo.

—¿Qué se está diciendo?

—Que todo ha sido por los lindes. Y el nombre de Andrés Roldán aparece mucho.

Lucía no preguntó quién había empezado a decirlo.

—Eso ya lo sabemos.

—Ya imaginaba.

Álvaro intervino.

—Los comentarios del pueblo no son una línea de investigación por sí solos. Si alguien conoce un hecho concreto, se comprueba. Si únicamente repite que dos personas se llevaban mal, entonces estamos hablando de otra cosa.

Conchi miró de nuevo hacia la ventana, donde solo se veía ya el reflejo de la cocina.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No te acostumbres —dijo Lucía.

La frase fue tan seca que Conchi necesitó un segundo para entender que estaba bromeando. Después se rio.

—Me tranquiliza saber que sigues igual.

—Y a mí saber que esta vez has llamado antes de salir a buscar respuestas por tu cuenta.

Aquello sí era una referencia directa al caso anterior.

Conchi podría haber protestado, porque técnicamente aquella tarde no había salido a buscar ninguna respuesta, pero sabía que Lucía no se refería únicamente a ese día.

—Estoy aprendiendo.

—Eso esperamos todos —respondió Álvaro, y por el tono estaba claro que también sonreía.

La conversación terminó pocos minutos después. Álvaro le pidió que, si recordaba algún otro detalle concreto del paseo del diecisiete, se lo comunicara sin intentar comprobarlo por su cuenta. Conchi aceptó y colgó.

Permaneció un rato sentada con el teléfono todavía en la mano.

No tenía la sensación de haber descubierto nada, aunque tampoco creía haber perdido el tiempo.

Había contado lo que recordaba y, al hacerlo, había comprobado hasta qué punto una imagen aparentemente nítida podía volverse mucho menos segura cuando alguien empezaba a preguntar qué parte de ella había visto realmente.

El poste le había parecido reciente, el alambre más tenso y el enganche nuevo o, por lo menos, brillante. Eso era lo que podía afirmar. Todo lo demás pertenecía todavía a las suposiciones, a comparaciones imperfectas con otros paseos y a recuerdos que ni siquiera podía fechar con precisión.

Se levantó para bajar la persiana. Lili seguía tumbada junto al radiador y apenas reaccionó cuando Conchi pasó a su lado.

—Muy útil tú también esta noche.

La perrita movió una sola vez la cola contra el cojín.

Conchi dejó el móvil cargando sobre la encimera y apagó la luz del salón. Antes de irse a su habitación permaneció unos segundos en el pasillo, escuchando el silencio de la casa.

Lo importante era que había hecho lo que debía: contar exactamente lo que recordaba y dejar en manos de Álvaro y Lucía la tarea de averiguar si aquel detalle servía para algo.

Por el momento, no necesitaba saber más.