Capítulo 3 #2
Lili empezó a tirar de la correa en dirección a casa, quizá porque se había cansado del paseo o simplemente porque consideraba que ya habían dedicado suficiente tiempo a los asuntos humanos. Conchi siguió su ritmo, agradeciendo alejarse poco a poco del murmullo.
No tenía ninguna intención de acercarse a Valhondo ni de buscar a Diego para preguntarle nada. Si realmente se había iniciado una investigación, las personas que debían estar allí ya estaban haciendo su trabajo.
Al doblar por una calle lateral escuchó unos pasos detrás de ella. Mateo la alcanzó unos metros más adelante.
—Conchi.
Ella se volvió.
—Hola.
Llevaba bajo el brazo la misma carpeta que le había visto por la mañana, aunque ahora la sujetaba del lado contrario. Su expresión no tenía nada de la curiosidad que dominaba la plaza y eso, antes incluso de que empezaran a hablar, tranquilizó a Conchi.
—¿Ya lo sabes?
—Que Berta ha muerto y que la ha encontrado Diego.
Mateo asintió.
—Eso es lo que hay, sí.
La forma en que lo dijo le dejó claro que tampoco él pensaba añadir ninguna de las versiones que circulaban de grupo en grupo.
—¿Se sabe algo más?
—Nada que yo pueda decirte como cierto. Hay Guardia Civil en Valhondo y han limitado el paso por la zona de la finca. Lo mejor es que la gente no se acerque.
—No pensaba hacerlo.
Mateo la miró un instante, quizá sorprendido por la rapidez de la respuesta.
—No iba por ti.
—Ya. Es que llevo media hora escuchando y parece que todo el pueblo está deseando subir.
—Pues alguno ya lo ha intentado.
Siguieron andando juntos. Mateo le contó que había tenido que advertir a dos personas de que el camino de acceso no era ningún mirador y que, si la Guardia Civil había limitado el paso, no era precisamente para que los vecinos se acercaran a ver qué ocurría.
Conchi sintió una mezcla de vergüenza ajena y alivio. Cuando la vecina la había avisado, su primera decisión había sido ir a la plaza en lugar de dirigirse hacia Valhondo, y ahora se alegraba aún más de haberlo hecho.
—También están diciendo que ha sido por los lindes —añadió Mateo.
—Están diciendo muchas cosas.
—Eso también.
No pronunció el nombre de Andrés y Conchi se lo agradeció. Ya lo había escuchado suficientes veces aquella tarde como para notar que empezaba a ocupar un lugar en su cabeza que, por el momento, ningún hecho justificaba.
Mateo se despidió poco después, en la esquina que llevaba hacia su casa. Conchi continuó sola con Lili y, a medida que dejaba atrás las últimas voces de la plaza, el silencio le permitió ordenar un poco lo que sabía.
Berta había aparecido muerta en el cobertizo de su finca. Diego Soria había encontrado el cuerpo y había avisado al 112. La Guardia Civil estaba allí y había limitado el acceso a la zona.
Hasta donde podía asegurarlo, eso era todo.
Lo demás pertenecía a una disputa antigua entre dos familias y a la extraordinaria facilidad con la que una historia conocida podía convertirse en una explicación cuando aparecía un hecho nuevo.
Fue entonces cuando recordó el cierre.
La imagen surgió sin que Conchi la buscara: el poste de madera más clara, el alambre que le había parecido más tenso y aquel enganche metálico que había recogido la luz de la tarde.
Cinco días antes todo aquello le había parecido una reparación reciente y nada más.
Había continuado caminando con Lili y, antes incluso de regresar al pueblo, el detalle había perdido importancia.
Ahora Berta estaba muerta en aquella misma finca.
Conchi redujo ligeramente el paso mientras intentaba colocar ese recuerdo en su sitio.
La coincidencia bastaba para inquietarla, pero no para construir una explicación.
No sabía quién había arreglado el cierre, cuándo exactamente lo había hecho, por qué motivo ni si guardaba la menor relación con la muerte de Berta.
Podía ser, sencillamente, lo mismo que había pensado aquella tarde: una reparación rutinaria.
Lili se detuvo a olisquear la base de una pared y Conchi esperó sin tirar de la correa.
Le volvió entonces a la cabeza la pregunta de Carmen: «¿Y tú qué piensas?».
Comprendió que el problema no estaba únicamente en lo que los demás pudieran empezar a esperar de ella.
También estaba en sí misma, en lo fácil que resultaría volver la vista hacia los últimos días y transformar cualquier detalle recordado en una señal solo porque ahora sabía que había ocurrido algo grave.
No quería cometer ese error.
Cuando Lili terminó y reanudaron el camino, las farolas acababan de encenderse.
Conchi llegó a casa con la extraña sensación de llevar fuera mucho más tiempo del que indicaba el reloj.
Soltó a la perrita, se quitó el abrigo y dejó las llaves en el cuenco de la entrada mientras la imagen de aquel cierre regresaba una vez más a su memoria.
Esta vez no intentó apartarla, pero tampoco buscó darle un significado que todavía no tenía.
Si aquel detalle no significaba nada, contarlo no perjudicaría a nadie. Y, si por alguna razón sí tenía importancia, no era ella quien debía decidirlo.
No pensaba volver a Valhondo ni preguntar por el pueblo quién había trabajado en aquella entrada. Lo único sensato era hablar con Álvaro y contarle exactamente lo que había visto cinco días antes, sin añadir nada que no pudiera asegurar.
Eso haría aquella noche.