Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

La plaza estaba más concurrida de lo normal para aquella hora y, sin embargo, nadie parecía tener demasiado que hacer allí.

Había varias personas junto a la puerta de La Tahona, otras delante del bar y dos mujeres permanecían detenidas en mitad de la acera con las bolsas de la compra todavía en la mano, como si algo las hubiera sorprendido antes de llegar a casa.

Conchi lo comprendió incluso antes de alcanzar la plaza.

La noticia que aquella vecina le había contado en la esquina ya había empezado a recorrer Valdecerezos y, como ocurría siempre que sucedía algo fuera de lo habitual, la gente había ido acercándose al centro sin necesidad de ponerse de acuerdo.

Lili, ajena a cualquier urgencia que no tuviera relación con algún olor interesante, intentó desviarse hacia un alcorque. Conchi le concedió unos segundos y después siguió caminando despacio, sin acercarse todavía al grupo más numeroso.

No necesitó preguntar.

Las conversaciones llegaban a trozos, unas por encima de otras, y bastaron unas pocas palabras para que aquel impreciso «ha pasado algo en Valhondo» adquiriera por fin un nombre.

—Es Berta Velasco —oyó decir a alguien—. La han encontrado en la finca.

Conchi se detuvo cerca del borde de la plaza.

Durante un instante quiso creer que aquella frase no significaba necesariamente lo que parecía, porque en los pueblos también se decía que habían encontrado a alguien cuando una persona se había caído, se había desorientado o llevaba varias horas sin responder al teléfono.

Otra voz acabó enseguida con esa posibilidad.

—Dicen que está muerta.

Sintió que el frío se le colaba de repente por la abertura del abrigo.

Conocía a Berta desde siempre, como se conocía en Valdecerezos a muchas personas sin que aquello significara necesariamente amistad.

Habían coincidido en la tienda y en la plaza, alguna vez en misa por un funeral y varias veces durante los últimos meses desde que Conchi había regresado definitivamente al pueblo.

No hablaban demasiado, pero Berta pertenecía a esa clase de vecinos cuya presencia uno daba por hecha.

No necesitabas verlos todos los días para saber que seguían formando parte del lugar.

Ahora, de pronto, alguien decía que estaba muerta.

Al otro lado de la calle, Pilar salió de La Tahona con el delantal todavía puesto y permaneció unos segundos junto a la puerta. Sus ojos encontraron los de Conchi, aunque ninguna hizo ademán de acercarse a la otra.

Había algo incómodo en aquella concentración de personas. La preocupación parecía sincera, pero se mezclaba con una necesidad casi física de saber qué había ocurrido, y esa combinación conseguía que cualquiera que se moviera hacia uno de los grupos pareciera estar buscando información.

Conchi prefirió continuar caminando.

No había avanzado ni diez pasos cuando Carmen Vela se separó de varias mujeres y fue a su encuentro.

—¿Te has enterado?

—Solo de que es Berta.

Carmen bajó la voz, aunque a esas alturas resultaba difícil imaginar qué podía proteger todavía hablando en tono confidencial.

—Ha muerto. La han encontrado en el cobertizo.

Conchi la miró con atención.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Lo está diciendo todo el mundo.

—Eso no es lo mismo.

Carmen frunció los labios. No parecía ofendida; más bien daba la impresión de que Conchi acababa de obligarla a establecer una diferencia en la que cinco minutos antes ni siquiera había pensado.

—Pues... dicen que la encontró Diego Soria y que fue él quien llamó al 112.

—¿Eso también lo dice todo el mundo?

—Lo ha contado uno que venía de la carretera. Había ambulancia y Guardia Civil, y creo que Diego estaba allí.

Aquello ya era algo más concreto, aunque Conchi seguía sin saber cuál era el origen exacto de la información.

Diego Soria trabajaba en distintas fincas de la zona y no tenía nada de particular que hubiera estado en Valhondo.

Todo lo demás, de momento, parecía una historia construida con varias piezas que quizá fueran ciertas por separado pero que nadie podía asegurar que formasen todavía un conjunto.

Carmen miró alrededor antes de acercarse medio paso.

—Y ya sabes lo que están diciendo.

Conchi tenía una idea bastante aproximada, aunque prefería que Carmen no se la confirmara.

—No.

—Lo de los Roldán.

Lo dijo con la naturalidad de quien menciona el siguiente paso lógico de una conversación, y eso fue precisamente lo que incomodó a Conchi.

Apenas había transcurrido tiempo desde que se había sabido que Berta estaba muerta y el pueblo ya intentaba rellenar el hueco entre la desgracia y una explicación.

—Que llevaran años discutiendo no significa que sepamos qué ha ocurrido hoy.

—Ya, mujer. Yo no digo que hayan sido ellos.

—Acabas de decir «ya sabes lo que están diciendo».

Carmen soltó aire por la nariz.

—Contigo últimamente hay que medir las palabras.

Unos meses antes la frase quizá le habría molestado.

Ahora le produjo más cansancio que otra cosa.

Lili había conseguido enredarse la correa alrededor de una pata y Conchi se agachó para liberarla, aprovechando aquellos segundos para decidir que no tenía ningún sentido empezar a discutir con Carmen en mitad de la plaza.

Cuando volvió a incorporarse, habló con más calma.

—No hace falta medirlas. Solo no convertirlas en hechos.

Carmen guardó silencio un momento y después señaló con la barbilla hacia el pequeño grupo que se había formado delante del bar.

—Andrés es el nombre que más se oye.

Aquello sí coincidía con lo que Conchi llevaba escuchando desde que había llegado. Roldán, lindes, broncas, finca pegada. Las mismas palabras aparecían una y otra vez en conversaciones diferentes, como si repetirlas pudiera proporcionarles un valor que todavía no tenían.

—Pues que un nombre se oiga mucho tampoco lo convierte en verdad.

Carmen la observó con una mezcla de resignación y curiosidad.

—¿Y tú qué piensas?

La pregunta llegó demasiado pronto, no porque Conchi tuviera una respuesta que quisiera reservarse, sino precisamente porque no tenía ninguna.

Aun así, reconoció en el tono de Carmen algo que llevaba varios días empezando a percibir: la expectativa de que, después de lo ocurrido con Emilio, ella fuera capaz de encontrar una segunda explicación allí donde los demás solo veían lo evidente.

—Pienso que Berta ha muerto y que no sé por qué.

Carmen pareció esperar algo más.

—Ya.

—Eso es todo.

Finalmente aceptó la respuesta con un gesto pequeño y regresó con las otras mujeres.

Conchi continuó hacia La Tahona. Pilar seguía cerca de la puerta y, al verla aproximarse, le indicó discretamente que entrara.

Dentro todavía olía a pan caliente, aunque el horno llevaba un rato apagado. Dos clientes permanecían junto al mostrador en un silencio poco habitual para personas que, cualquier otra tarde, habrían comentado el tiempo, alguna receta o cualquier detalle sin importancia del pueblo.

Pilar esperó a que Conchi se acercara.

—Menuda tarde.

—¿Sabes algo seguro?

—Seguro, poco. Que Berta ha muerto, sí, y que Diego la ha encontrado. Eso me lo ha dicho su cuñado, que se ha cruzado con él cuando llegaba la ambulancia. Todo lo demás cambia dependiendo de quién lo cuente.

Conchi agradeció aquella manera de separar lo que parecía confirmado de lo que todavía circulaba únicamente de boca en boca. Miró de reojo a los otros dos clientes, que estaban pendientes de la conversación sin esforzarse demasiado por aparentar lo contrario.

—¿Y Diego?

—No sé. Imagino que seguirá con la Guardia Civil.

Uno de los hombres intervino desde el extremo del mostrador.

—Normal. Si ha encontrado el cuerpo, tendrá que explicar qué hacía allí.

Pilar giró la cabeza hacia él.

—Trabajar, probablemente. Diego lleva media vida entrando y saliendo de fincas.

El hombre levantó ambas manos.

—Yo no digo nada.

—Pues menos mal.

La respuesta de Pilar consiguió arrancar a Conchi una sonrisa. El hombre se encogió de hombros y volvió a guardar silencio, aunque no parecía menos interesado en lo que pudieran seguir diciendo.

Pilar apoyó las manos en el mostrador.

—Esta mañana estábamos hablando aquí mismo de los lindes.

—Ya.

—Y ahora parece que todo el pueblo llevaba años esperando que ocurriera esto.

Conchi sabía exactamente a qué se refería.

Aquella mañana, el conflicto entre Berta y los Roldán había sido únicamente otra de esas historias que Valdecerezos conocía desde hacía tiempo y comentaba porque formaba parte del paisaje humano del pueblo.

Habían discutido por piedras, por cierres, por árboles y por unos metros de terreno, igual que otras familias discutían por una herencia, una pared medianera o cualquier asunto capaz de prolongarse durante años.

Unas horas después, esas mismas discusiones parecían haberse transformado en antecedentes inevitables de una muerte.

—Es más fácil cuando una historia ya tiene malos —dijo Conchi.

Pilar levantó los ojos.

—No digas eso muy alto, que todavía te van a pedir nombres.

Conchi sonrió, pero no respondió.

A través del cristal vio pasar un vehículo de la Guardia Civil en dirección contraria a Valhondo, hacia el centro del pueblo.

No pudo distinguir quién viajaba dentro, aunque tampoco hizo falta.

Varias personas se giraron al mismo tiempo y, durante unos segundos, todo el movimiento de la plaza pareció concentrarse alrededor del coche.

Pilar siguió las miradas desde detrás del mostrador.

—Ya verás. Ahora empieza la segunda parte.

—¿Qué segunda parte?

—La de los que van a saber algo porque han visto pasar un coche.

Esta vez Conchi sí se rio. La risa duró poco, pero agradeció que Pilar hubiera conseguido aliviar durante unos segundos el ambiente de la panadería.

Una mujer entró a comprar y Conchi decidió marcharse.

Dejó a Pilar atendiendo y salió de nuevo a la plaza, donde el cielo había oscurecido con una rapidez propia de enero.

A aquella hora, una tarde podía parecer todavía entera y, apenas unos minutos después, dar la impresión de que estaba a punto de terminar.