Capítulo 2
La palabra detergente seguía rodeada con bolígrafo en la lista de la semana anterior, como si Conchi hubiera querido dejar constancia por escrito de una pequeña derrota doméstica.
El papel estaba sujeto a la nevera con un imán y, cada vez que pasaba por delante, se acordaba de la broma que había hecho consigo misma al volver de aquel paseo por Valhondo.
Cinco días después, cuando abrió el armario bajo el fregadero y descubrió que la botella estaba prácticamente vacía, decidió que ya no quedaba margen para seguir confiando en la memoria.
—Hoy vienes conmigo —le dijo a Lili, que estaba tumbada junto a la puerta de la cocina—. Y como vuelva sin detergente, me lo recuerdas tú.
La perrita levantó la cabeza con una atención que Conchi consideró excesiva para alguien que, apenas media hora antes, había fingido no oír su nombre cuando tocaba salir al patio.
La mañana estaba fría, aunque mucho más limpia que la del paseo anterior.
Durante la noche había helado y, en las zonas a las que todavía no llegaba el sol, los bordes de algunas aceras conservaban una película blanquecina que obligaba a caminar con cierto cuidado.
Conchi fue hacia el centro con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la correa de Lili enrollada una vuelta alrededor de la muñeca.
No tenía ninguna prisa: solo necesitaba pasar por la tienda, comprar unas cuantas cosas y acercarse después a La Tahona antes de regresar a casa.
A aquellas horas Valdecerezos ya estaba completamente despierto.
Dos furgonetas ocupaban parte de la plaza, alguien barría la entrada del bar y, desde una casa cercana, llegaba el ruido irregular de una persiana que se resistía a subir.
Conchi saludó a Mateo desde la otra acera.
Él respondió levantando una mano, pero no se detuvo y continuó hacia la calle Mayor con una carpeta bajo el brazo.
En la tienda, Conchi fue directamente a por el detergente. Lo depositó en la cesta antes de coger ninguna otra cosa y contempló la botella con una satisfacción bastante desproporcionada para una compra tan corriente. Después añadió leche, papel de cocina y una bolsa de naranjas.
Estaba pagando cuando la mujer que esperaba detrás señaló el detergente.
—Por fin.
Conchi se volvió y encontró a Carmen Vela envuelta en un abrigo oscuro, con el mismo gesto divertido que había mostrado cinco días antes.
—No me digas que llevas control.
—Tú misma me contaste que habías ido a por eso y volviste sin comprarlo.
—No te lo conté. Te lo dije para demostrarte que no me acuerdo de todo.
—Pues mira, me acordaba yo.
Conchi guardó el cambio en el monedero antes de cerrar el bolso.
—Eso demuestra que en este pueblo el peligro no soy yo.
Carmen se echó a reír y ocupó su lugar junto al mostrador. Conchi salió con la bolsa de la compra en una mano y la correa de Lili en la otra, agradeciendo que la conversación hubiera quedado exactamente donde debía: en una broma sin más importancia.
Aun así, mientras cruzaba hacia la plaza, volvió a pensar durante unos segundos en aquella nueva costumbre de algunos vecinos.
Nadie la trataba como si esperase realmente que resolviera nada, al menos no todavía, pero el asunto de Emilio había dejado una especie de eco que aparecía cuando menos lo esperaba.
Bastaba con que alguien mencionara su memoria, las preguntas que hacía o las cosas en las que se fijaba para que Conchi notara un pequeño cambio en el tono.
No quería exagerarlo. En Valdecerezos siempre se había hablado de cualquiera que proporcionara un motivo para hacerlo, y un caso como el de Emilio había dado conversación para varias semanas.
Probablemente, si otra persona hubiera tenido la mala suerte de reparar en aquellos detalles, ahora las bromas irían dirigidas hacia ella.
Llegó a La Tahona poco después de las once. Pilar estaba detrás del mostrador colocando varias barras en una cesta de mimbre y, al verla entrar con Lili, señaló con la barbilla una esquina junto a la puerta.
—Déjala ahí un momento, que acabo de fregar.
—No te preocupes. Viene más limpia que yo.
—Eso tampoco tiene mucho mérito.
Conchi dejó la bolsa de la compra a sus pies y pidió una hogaza pequeña.
Pilar empezó a envolverla mientras hablaban del frío, del precio de las naranjas y de una gotera que había aparecido en el almacén de la panadería.
La conversación habría seguido seguramente por ese camino si un hombre que esperaba junto a la vitrina no hubiera comentado, sin dirigirse a nadie en particular, que otra vez se habían oído voces en la parte de Valhondo.
Pilar no respondió de inmediato. Terminó de doblar el papel alrededor de la hogaza y se la tendió a Conchi.
—¿Qué voces? —preguntó el hombre.
—Las de siempre. Los Velasco y los Roldán. Por los lindes.
Conchi conocía de sobra ambos apellidos y también aquella disputa, aunque nunca había sentido el menor interés por averiguar qué piedra pertenecía a quién.
En el pueblo se hablaba de ese conflicto desde hacía años, casi siempre porque alguien había movido un cierre, limpiado una cuneta o decidido que determinado árbol estaba medio metro más acá de donde debía.
—Eso no se acaba nunca —dijo Pilar.
El hombre hizo un gesto de resignación.
—Mientras sigan con las fincas pegadas, no.
Pilar se volvió hacia Conchi.
—¿Tú no pasaste por allí el otro día?
La pregunta era inocente, pero Conchi notó enseguida lo fácil que habría sido responder con más detalle del necesario. Volvieron a su memoria el poste de madera clara, el alambre más tirante y aquel enganche metálico que había recogido la luz de la tarde.
Nada de aquello tenía relación con unas voces ni con una discusión por los lindes. Al menos, no que ella supiera.
—Pasé por el camino —respondió—. Estaba paseando a Lili.
El hombre la miró con interés.
—¿Y viste algo?
Conchi sostuvo su mirada durante un instante y después se agachó para recoger la bolsa del suelo.
—Castaños. Unos cuantos.
Pilar soltó una carcajada.
—Déjala. Como sigamos así, dentro de poco no va a querer salir de casa.
—Eso sería lo peor —respondió Conchi—. Lili me denunciaría.
La conversación cambió de tema con la misma facilidad con que había empezado.
Pilar preguntó a otro cliente si quería una barra más hecha, alguien comentó que quizá llovería el fin de semana y, en pocos minutos, la disputa entre los Velasco y los Roldán quedó atrás sin que nadie sintiera la necesidad de seguir explicándola.
A Conchi le pareció mejor así.
Cuando salió de La Tahona, se quedó un momento en la plaza para recolocar las cosas dentro de la bolsa. Lili había decidido que una papelera merecía una inspección minuciosa y Conchi tuvo que apartarla con suavidad.
—Tú sí que preguntas poco. Vas directamente a las pruebas.
La frase le hizo gracia hasta que se oyó a sí misma. Negó con la cabeza, como si quisiera quitar importancia hasta a su propia broma, y emprendió el camino de vuelta.
En casa guardó la compra, metió el pan en una bolsa de tela y dejó el detergente en primera fila bajo el fregadero, en un lugar tan visible que parecía imposible olvidarse de su existencia.
Después abrió una ventana durante unos minutos para ventilar y se preparó un café mientras Lili ocupaba su cojín junto al radiador con la satisfacción de quien había cumplido una jornada completa de trabajo.
El teléfono sonó cuando Conchi estaba retirando unas hojas secas de una maceta del salón. Era Fernando.
—¿Te pillo ocupada?
—Muchísimo. Estoy salvando un geranio.
—Entonces llamo luego.
—Ni se te ocurra, que igual para entonces no sobrevive.
Fernando se rio al otro lado. Hablaron durante unos minutos de cosas que no necesitaban conducir a ninguna parte: una gestión que él tenía pendiente en Madrid, una chaqueta que creía haber dejado en casa de su madre y la posibilidad de acercarse al pueblo uno de los próximos fines de semana.
No fijaron ninguna fecha. Conchi le aseguró que allí todavía conservaba ropa suficiente para sobrevivir a una visita y Fernando respondió que aquella frase, por algún motivo, no le daba ninguna tranquilidad.
—Por cierto —añadió antes de despedirse—, ¿has comprado el detergente?
Conchi volvió la cabeza hacia la cocina.
—¿Tú también?
—Me lo dijiste por mensaje el otro día.
—Empiezo a arrepentirme de compartir información con la familia.
—Eso te pasa por documentar tus fracasos.
—Pues ya está comprado. Puedes dormir tranquilo.
—Me quitas un peso de encima.
Colgaron poco después. Conchi dejó el teléfono sobre la mesa y continuó ocupándose de la planta, todavía sonriendo.
Agradecía aquellas conversaciones precisamente porque no necesitaban tener un motivo importante.
Desde que había regresado a Valdecerezos, Fernando había encontrado una manera razonable de estar pendiente de ella sin convertir cada llamada en una comprobación, y Conchi procuraba hacer su parte evitando interpretar cualquier pregunta como una forma encubierta de vigilancia.
A la una y media calentó unas lentejas del día anterior y comió en la cocina con la radio encendida a un volumen tan bajo que apenas prestó atención a lo que decían. Después fregó el plato, puso una lavadora y permaneció unos minutos junto a la ventana, observando la calle.
El sol de la mañana había desaparecido y el cielo volvía a adquirir ese color uniforme de enero que parecía adelantar la tarde.
Conchi pensó que sería mejor sacar a Lili antes de que bajara más la temperatura.
No tenía ninguna intención de regresar a Valhondo; con una vuelta por las calles próximas bastaría.
Se puso el abrigo, comprobó que llevaba las llaves y estaba agachándose para enganchar la correa cuando oyó pasar un vehículo algo más deprisa de lo habitual.
Se incorporó casi por reflejo y se acercó a la ventana del pasillo.
Alcanzó a ver la parte trasera de un coche alejándose hacia la salida norte, aunque no distinguió a quien conducía.
Apenas un minuto después pasó otro vehículo en la misma dirección, esta vez con menos velocidad, y luego la calle recuperó su silencio acostumbrado.
Conchi no dio mayor importancia al asunto. En un pueblo pequeño, dos coches seguidos podían parecer una caravana si uno estaba mirando por la ventana en el momento oportuno.
—Vamos —le dijo a Lili.
Salieron de casa. Apenas habían avanzado hasta la esquina cuando se cruzaron con una vecina que venía desde la plaza caminando más deprisa de lo habitual. Conchi la saludó, pero la mujer se detuvo antes incluso de responder.
—¿No te has enterado?
En Valdecerezos, una pregunta así podía anunciar desde una avería de agua hasta una boda inesperada.
—No.
—Dicen que ha pasado algo en Valhondo.
El tono de la mujer bastó para que Conchi prestara atención. Todavía no era curiosidad, ni mucho menos miedo; simplemente había algo en su manera de hablar que no encajaba con una noticia corriente.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé bien. Acaban de salir dos coches para allí y alguien ha dicho que han llamado al 112.
Conchi volvió la cabeza casi sin querer hacia el extremo de la calle que conducía a la salida norte. Desde allí no podía verse Valhondo, solo las últimas casas del pueblo y, más allá, el cielo gris asentado sobre las laderas.
—¿Quién ha llamado?
La mujer negó con la cabeza.
—Ni idea. Me lo acaban de decir en la plaza.
Era exactamente el tipo de información capaz de transformarse en tres versiones distintas antes de llegar a la siguiente esquina. Conchi lo sabía demasiado bien y, precisamente por eso, decidió no preguntar nada más.
—Pues ya se sabrá.
La vecina siguió hacia su casa mientras Lili tiraba de la correa, impaciente por continuar el paseo. Conchi, sin embargo, permaneció inmóvil unos segundos, mirando hacia el final de la calle.
Cinco días antes había recorrido el camino de Valhondo sin encontrar nada más extraordinario que un cierre que parecía recién arreglado y una perra empeñada en meterse en todas las zonas con barro.
Ahora alguien había llamado al 112.
Apretó ligeramente la correa entre los dedos y echó a andar, pero no hacia la salida norte. Se dirigió hacia la plaza. Si realmente había ocurrido algo serio, Valhondo ya tendría bastante movimiento sin añadir curiosos al camino.
Mientras avanzaba, se dio cuenta de que aquello también formaba parte de lo que había aprendido después del caso de Emilio: enterarse de que algo había ocurrido no significaba tener derecho a acercarse para averiguar qué era.