Muerte entre castaños (Los misterios de Valdecerezos 2)
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Capítulo 1
A Lili le daba exactamente igual que el termómetro de la cocina marcara seis grados.
En cuanto Conchi cogió la correa del perchero, la perrita abandonó su cojín junto al radiador y apareció en el recibidor con una disposición que no había mostrado cinco minutos antes, cuando tocaba salir de debajo de la manta.
—Claro. Para esto sí que no hace frío.
Lili movió la cola y se colocó junto a la puerta, pendiente de cualquier movimiento que pudiera retrasar la salida.
Conchi se abrochó el abrigo, se enrolló la bufanda alrededor del cuello y miró por la ventana del pasillo antes de salir.
La mañana había amanecido gris y húmeda, pero después de comer las nubes se habían abierto lo suficiente para dejar una franja de luz sobre las laderas.
En enero, aquello contaba casi como una invitación, así que decidió aprovecharla antes de que el cielo volviera a cerrarse.
Pensaba dar la vuelta habitual por el pueblo.
Al menos, eso se dijo al cerrar la puerta de casa.
Sin embargo, al llegar al final de la calle de las Moreras, Lili tomó con entusiasmo el camino contrario al que solían seguir y Conchi no encontró ninguna razón seria para corregirla.
Llevaban varios días reduciendo los paseos a las calles y caminos más próximos porque había llovido bastante, y la perra parecía decidida a recuperar de una vez todos los olores que se había perdido.
—Como vuelvas llena de barro, te bañas tú sola.
La amenaza no produjo ningún efecto. Lili continuó adelante con la seguridad de quien sabía que aquello no iba a ocurrir y Conchi la siguió, resignada.
A esa hora había poca gente fuera. Una mujer cerraba las contraventanas de una casa de La Cuesta antes de que volviera a caer la temperatura y, cerca de la salida norte, un hombre descargaba sacos de pienso de una furgoneta.
Conchi saludó a ambos sin detenerse y siguió hacia Valhondo, agradeciendo que la tarde estuviera lo bastante tranquila como para caminar sin prisa.
El camino público bordeaba primero algunos huertos y, poco después, comenzaba a internarse entre parcelas de castaños.
En otoño, cuando aún quedaban hojas en las copas y el suelo se cubría de erizos abiertos, aquella zona tenía bastante más movimiento; en enero parecía un lugar distinto.
Los troncos desnudos dejaban pasar una luz pálida que permitía ver más lejos entre los árboles, y el terreno conservaba manchas oscuras de humedad allí donde el sol apenas alcanzaba a secarlo.
Conchi avanzaba despacio, no porque le costara caminar, sino porque Lili necesitaba comprobar con extraordinaria seriedad cada piedra, mata y poste que encontraba.
Hacía unos años, cuando todavía vivía en Madrid y regresaba al pueblo solo durante unos días, habría sentido la obligación de aprovechar el tiempo de otra manera.
Ahora podía dedicar veinte minutos a recorrer quinientos metros sin tener la sensación de estar desperdiciando la tarde.
Le había costado aprenderlo. El regreso definitivo a Valdecerezos había cambiado muchas cosas, aunque no siempre de la forma que había imaginado antes de volver.
Durante los primeros meses todavía se sorprendía calculando cuánto tardaría en llegar a un sitio si encontraba tráfico o pensando que debía hacer la compra antes de cierta hora para evitar unas colas que allí ni siquiera existían.
También había necesitado tiempo para dejar de organizar las mañanas como si, en cualquier momento, fuera a sonar el timbre de un colegio y tuviera que estar en alguna parte.
Últimamente, en cambio, los días empezaban a adquirir una forma propia.
Pasear a Lili, tomar un café con Pilar si coincidían, hacer la compra sin convertirla en una operación logística, ocuparse de la casa y aceptar que una conversación en mitad de la calle podía prolongarse un cuarto de hora sin arruinar ningún horario.
No era una vida espectacular, pero había empezado a descubrir que tampoco necesitaba que lo fuera.
Lili tiró de la correa hacia la cuneta y la obligó a volver al camino.
—Por ahí no. Bastante barro llevas ya.
La perra insistió unos segundos antes de ceder con esa falta de entusiasmo con la que aceptaba todas las decisiones que consideraba equivocadas. Después retomó la marcha, aunque se volvió una vez hacia la cuneta como si quisiera dejar claro que allí había quedado algo importante.
Más adelante, el camino se estrechaba entre dos fincas.
Conchi conocía aquella parte desde niña, aunque la distribución de algunas parcelas había cambiado y ya no habría sabido decir qué familia conservaba cada trozo de terreno si no fuera porque, desde que había vuelto, había ido poniéndose al día casi sin proponérselo.
La finca de Berta Velasco era fácil de reconocer por el cobertizo que asomaba entre los castaños, algo retirado del camino.
La entrada quedaba cerrada con un tramo de alambre sujeto a postes de madera y, durante años, Conchi había pasado por delante sin prestar demasiada atención a algo que formaba parte del paisaje de la misma manera que los árboles o las piedras de los márgenes.
Aquella tarde tampoco tenía intención de detenerse.
Lili, en cambio, se acercó al borde del camino y comenzó a olisquear la hierba húmeda junto al acceso.
—Vamos.
La perrita levantó la cabeza, avanzó dos pasos y volvió atrás. Conchi esperó sin tirar de la correa y fue entonces, mientras aguardaba a que Lili terminara de decidir qué tenía de interesante aquel rincón, cuando miró el cierre con algo más de atención.
No había nada espectacular en él. Precisamente por eso tardó un momento en comprender qué le había llamado la atención.
Parecía cambiado.
El poste de uno de los lados tenía la madera más clara de lo que recordaba.
No parecía recién comprado ni mucho menos, pero sí estaba menos castigado que el anterior, que Conchi recordaba bastante más oscuro y envejecido por la intemperie.
El alambre también daba la impresión de estar más tirante y, en el punto donde se sujetaba el acceso, un enganche metálico recogió la poca luz que quedaba aquella tarde.
—Mira. Lo han arreglado.
Lili no mostró el menor interés por la reparación. Había encontrado algo mucho más importante junto a una mata y volvió a bajar el hocico con una concentración que habría resultado admirable aplicada a cualquier otra actividad.
Conchi tampoco concedió al asunto más importancia de la que parecía tener.
Berta iba a la finca con frecuencia y contrataba trabajos cuando los necesitaba; que hubiera cambiado un poste o mandado tensar una alambrada no tenía nada de particular.
Aun así, la diferencia le había llamado la atención porque recordaba bastante bien el cierre anterior.
En uno de sus paseos de diciembre, incluso había pensado que el enganche viejo estaba tan oxidado que cualquier día terminaría por ceder.
No había comentado nada, por supuesto. No era su finca y Berta no necesitaba que ella llevara un registro del estado de sus alambradas.
Siguió andando y, un poco más arriba, el camino ganó altura, permitiéndole ver parte de las parcelas entre las ramas desnudas.
No había nadie trabajando cerca. Desde otra zona del castañar llegaba, muy amortiguado por la distancia, el ruido del motor de alguna máquina, y de vez en cuando se oía el agua correr por una cuneta.
Conchi agradeció haberse puesto la bufanda. En los tramos donde el camino quedaba a la sombra, el frío parecía subir directamente desde el suelo y colarse por cualquier abertura del abrigo.
Continuaron todavía unos minutos, hasta que Lili se empeñó en explorar otro desvío y Conchi decidió que ya habían alargado bastante el paseo.
—Hasta aquí. Si seguimos, luego te tengo que llevar en brazos y no pienso hacerlo.
Lili se volvió hacia ella con una expresión expectante que no prometía obediencia.
—Ni lo intentes.
Emprendieron el regreso por el mismo camino.
Al pasar otra vez frente a la parcela de Berta, Conchi apenas miró el cierre.
El brillo del gancho había desaparecido al cambiar el ángulo de la luz y el poste se confundía ahora mucho más con los demás.
Desde unos metros de distancia no había nada allí que invitara a una segunda observación, de modo que continuó andando sin volver a pensar en ello.
La vuelta se hizo más rápida porque Lili ya había agotado buena parte de su catálogo de olores.
Al acercarse al pueblo, Conchi notó que el cielo volvía a cerrarse.
Esa claridad breve de enero empezaba a retirarse y algunas ventanas de las casas más próximas ya estaban encendidas, anticipando una tarde que no tardaría demasiado en convertirse en noche.
En la entrada de La Cuesta se cruzó con Carmen Vela, que avanzaba con una bolsa pequeña en una mano y el cuello del abrigo subido casi hasta las orejas.
—Hija, ¿de dónde vienes con este frío?
—De Valhondo. Hemos alargado un poco el paseo.
Carmen miró a Lili, que llevaba las patas salpicadas de barro, y soltó una risa.
—Un poco, dice. Esa perra te va a hacer andar más ahora que cuando trabajabas.
—Eso tampoco es difícil. Cuando trabajaba pasaba demasiadas horas sentada corrigiendo cuadernos.
—Pues mira, te viene bien.
Un coche apareció por la calle y Carmen se hizo a un lado para dejarlo pasar. Cuando el ruido del motor se alejó, volvió a mirar a Conchi y añadió con una sonrisa que parecía anunciar una broma:
—Además, así te enteras de todo lo que pasa por los caminos.
Conchi tardó un instante en responder. No porque la frase tuviera nada especialmente desagradable, sino porque llevaba varias semanas oyendo variaciones de la misma idea.
—He salido a pasear al perro, Carmen.
—Ya, mujer. Si lo digo de broma.
—Ya lo sé.
Carmen ajustó mejor la bolsa contra el abrigo, pero no parecía tener prisa por marcharse.
—Después de lo de Emilio, como viste lo que no vio nadie...
—Yo no vi lo que no vio nadie.
La corrección le salió más deprisa de lo que pretendía. Carmen alzó ligeramente las cejas y Conchi, consciente de que había sonado más brusca de lo necesario, suavizó el tono antes de continuar.
—Me acordé de algunas cosas y las conté. La Guardia Civil hizo el resto.
—Bueno, pues eso. Que te acuerdas de todo.
—Ojalá. Ayer fui al supermercado por detergente y volví sin detergente.
Carmen soltó una carcajada.
—Eso sí que me tranquiliza.
—Me alegro de haberte arreglado la tarde.
Se despidieron en la esquina. Carmen continuó hacia la plaza y Conchi tomó la calle de las Moreras, aunque el comentario siguió acompañándola durante unos metros.
No estaba molesta exactamente. Desde que había terminado el asunto de Emilio había escuchado varias cosas parecidas, ninguna especialmente desagradable: alguna broma en La Tahona, una frase de alguien que no sabía muy bien si felicitarla o preguntarle algo, incluso una vecina que una mañana le había dicho que tendría que fijarse en quién dejaba bolsas fuera del contenedor.
Conchi le había respondido que para eso ya existían otras personas y que, además, ella tenía mejores maneras de perder el tiempo.
Lo que realmente le incomodaba era que el caso anterior pudiera haberse convertido, a ojos de algunos vecinos, en una especie de habilidad nueva que ahora le atribuían.
Ella no sentía haber hecho nada extraordinario.
Había observado algunas cosas, había recordado otras y, sobre todo, había aprendido una diferencia que entonces no le había parecido tan evidente como ahora: recordar algo no significaba demostrarlo.
Aquella lección le parecía bastante más importante que cualquier fama que pudiera haber ganado en el pueblo.
Al llegar a casa, Lili intentó entrar directamente en el salón, pero Conchi cerró la puerta detrás de ellas y señaló la cocina antes de que la perrita pudiera alcanzar la alfombra.
—Ni hablar. Ven aquí.
Lili se quedó inmóvil en mitad del pasillo, como si no comprendiera a qué podía referirse.
—Lili.
Dos segundos después avanzó con una resignación tan exagerada que Conchi tuvo que contener la risa. Sacó una toalla vieja del armario, se agachó y empezó a limpiarle las patas, donde se había acumulado bastante barro. También encontró una hoja seca pegada cerca de una de las uñas.
—Te lo he avisado. Ahora no pongas cara de víctima.
La perra soportó la operación sin colaborar demasiado. Cuando Conchi terminó, dejó la toalla en el cesto de la ropa y se quitó el abrigo. La casa conservaba el calor de la calefacción y, después del aire húmedo de Valhondo, la cocina le pareció especialmente agradable.
Puso agua a calentar y abrió el armario donde guardaba las infusiones. El móvil estaba sobre la mesa y tenía un mensaje de Fernando enviado hacía casi una hora.
¿Has salido o estás hibernando?
Conchi sonrió. Le respondió que acababa de volver de pasear y que, a diferencia de ciertos madrileños, en Valdecerezos la gente era capaz de salir de casa en enero sin convertirlo en una hazaña.
La contestación llegó mientras servía el agua.
Eso lo dices porque no tienes que coger el metro a las siete.
Conchi apoyó la taza sobre la encimera y escribió:
Eso lo digo porque tu abuela me enseñó a ponerme un abrigo.
Los tres puntos aparecieron en la pantalla, desaparecieron durante unos segundos y volvieron a surgir.
No pienso discutir contra la abuela. Juego sucio.
Dejó el teléfono junto al frutero, todavía sonriendo, y llevó la taza al salón. Lili ya se había instalado otra vez cerca del radiador, como si el paseo hubiera sido una imposición ajena y no una decisión tomada por ella con absoluto entusiasmo apenas una hora antes.
—Tienes una cara muy dura.
La perrita ni siquiera abrió los ojos.
Conchi se sentó con la taza entre las manos y miró un momento hacia la ventana.
Fuera empezaba a oscurecer de verdad y, mientras bebía el primer sorbo, volvió a acordarse de la conversación con Carmen.
Decidió que no merecía darle más vueltas.
En un pueblo pequeño las cosas se comentaban; lo sabía desde mucho antes de marcharse a Madrid y seguía siendo verdad después de volver.
Mientras nadie esperase de ella nada que no quisiera hacer, una broma podía quedarse simplemente en eso.
Sobre la mesa baja estaba la lista que había preparado aquella mañana: detergente, bombillas para la lámpara del pasillo y llevar un abrigo a la tintorería.
El detergente continuaba en primer lugar.
Conchi dejó la taza, cogió un bolígrafo y rodeó la palabra con decisión.
—Pues tan buena memoria no será.
Lili abrió un ojo durante un instante antes de cerrarlo otra vez. Conchi dejó el bolígrafo sobre la mesa, recuperó la taza y se acomodó en el sofá.
Afuera, la poca luz que quedaba sobre Valdecerezos terminó de apagarse mientras ella bebía la infusión, convencida de que, esta vez sí, cuando volviera al supermercado regresaría a casa con el detergente.