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Mira en derredor: cadáveres de hombres y caballos, moribundos que se arrastran tratando de retener sangre o de sujetar entrañas, animales que agonizan relinchando con espanto...
En suma, el combate brutal y fiero que le llena los ojos, que le colma el olfato, que le ensordece los oídos.
Pero esto, el combate, ha sido siempre su «casa», el horrendo «hogar» donde, desde los catorce años, ha crecido como hombre.
Sí, este espanto del que ahora participa es lo que lo ha forjado.
Así que, si ha de morir, que sea aquí, en el corazón de la batalla más terrible y grande.
—¡Hombres de Castilla, a la gloria nos vamos!
—grita con todas sus fuerzas, pues ha aceptado su muerte y quiere que sea buena—.
¡A la gloria os digo, y esos perros infieles, que se vayan al infierno!
—aúlla y, abriéndose paso como un oso, lleva a su caballo junto al de Kitbuqa y tras él, peleando como héroes, van Alvar y los que quedan de los suyos.
Fue una hora como nunca hubo otra. Carga tras carga, docenas de miles de mamelucos descargaron sus arcos sobre ellos o los golpearon con saña con sus sables y mazas.
De modo que el acero retumbaba con fuerza y echaba chispas que parecían encender los fuegos de aquel rojo ocaso en el que los muertos se amontonaban a sus pies como muros siniestros.
Kitbuqa, pese a sus heridas, y Tello, pese a que estaba allí por capricho del destino, eran un remolino de espanto, y su valor acrecentaba el de sus hombres; estos, cada vez más menguados, no pedían, sin embargo, cuartel.
Tampoco se lo habrían dado, ya que es Baibars quien encabeza los ataques contra ellos y, como se le ha quebrado la espada, ha echado mano de su pesada maza de guerra y con ella aplasta cabezas y hunde pechos.
No lejos de él, pues el destino no se cansa nunca de sus funestos juegos, pelea William de Amesbury, que está bien enseñado.
El sultán Qutuz lo aleccionó al respecto y, viendo la batalla ganada, no quiere que Baibars se lleve la gloria de haber sido quien la ha planeado y conseguido. Por eso ha ordenado a William que, en la confusión del final de la gran matanza, dé muerte a su rival apuñalándolo por la espalda.
Tello está agotado y sangra por muchas heridas.
La excelente cota de malla y el gambesón de cuero lo libran de la mayor parte del daño, pero, aun así, la sangre perdida es ya mucha, y los brazos, hartos de tanto matar, le pesan como plomo fundido.
El final se acerca. Alvar, a su vera, casi no se sostiene sobre el caballo, y de los doce mesnaderos con los que entraron en combate, solo cuatro permanecen vivos y a su lado.
A cuatro pasos, Kitbuqa resiste junto a lo que queda de su guardia personal. Eso es todo: el resto del ejército mongol ha sido borrado a base de hierro afilado.
Baibars talonea su caballo y lo hace brincar sobre el atigrado semental que monta Kitbuqa.
Suya será la gloria de cobrarse la cabeza del jefe enemigo.
Pero no la tendrá. William, sigiloso, fiero, rápido, prepara su espada para acuchillarlo por la espalda.
En ese momento, Tello ve al gran mameluco de ojos azules y rostro brutal que es Baibars cargando sobre Kitbuqa.
Lo ha visto antes, en otras fases del largo combate, y lo reconoce como un hombre valiente y diestro como pocos.
Un enemigo, pero uno que vale por muchos.
Así que pica espuelas y se lanza contra él para enfrentarlo.
Mientras carga contra el gran mameluco, ve cómo detrás de su enemigo un guerrero rubio y de ojos verdes prepara la espada para acuchillar a su compañero por detrás.
Y Tello lo reconoce en un destello de memoria: es el inglés que secuestró a Isabel y Sancha, el mismo que los persiguió hasta África al frente de una galea pirata.
No sabe qué hace ahí, pero va a obtener venganza: dejando de lado al enorme mameluco de los ojos azules, detiene el golpe traicionero de William y lo desmonta de una patada.
William cae al suelo. La tierra está tan colmada de muertos y heridos que no la toca y, sobre ellos, rápido como lobo, se levanta.
Tello ya está de nuevo sobre él y alza la espada.
En ese momento, el inglés lo reconoce y casi le dan ganas de reír.
Pero es difícil reír cuando te separan la cabeza del cuello.
Mientras la cabeza de William es cortada, Baibars no da crédito: el caballero occidental que peleaba junto a Kitbuqa como lo haría un león le ha salvado la vida. No sabe el porqué, pero siempre ha pagado sus deudas.
—¡No matéis a estos! —ordena a sus hombres—. ¡No los matéis! ¡Hacedlos cautivos y traedlos a mi presencia cuando termine la batalla!
Terminó al poco. Kitbuqa, capturado, medio muerto por tantas heridas encajadas, fue obligado a arrodillarse.
Él, cuyo antepasado, según creía, había sido un rey mago, uno de los que se postró ante Cristo en el pesebre, fue forzado a arrodillarse ante un miserable esclavo convertido en sultán.
Pero un hombre de rodillas no tiene por qué ser un hombre vencido: desafiante, escupió a sus captores y les hizo una ominosa profecía antes de que le cortaran la cabeza:
—¡Muero como un valiente, como un hombre leal a mi kan, pero vosotros sois perros y viviréis como traidores acuchillándoos unos a otros!
Tenía razón. Unos días más tarde, Baibars traicionó a Qutuz y lo asesinó con sus propias manos. La venganza cobrada endulzaba los labios de Baibars. Ahora era el sultán de Egipto y se acordó del extraño caballero de poniente que le salvó la vida en Ain Yalut.