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El ballestero lo tiene todo preparado: sabe dónde viven, sabe que tienen el libro y, más aún, sabe que tienen tanto oro con ellos que se permiten derrocharlo.
Por tanto, tiene ya suficientes estímulos para ejecutar un asesinato.
Por eso está allí, en la noche, aguardando a que salgan.
Pues sabe que los sabios saldrán esta noche a mirar las estrellas con eso que llaman astrolabio.
Sin embargo, uno nunca conoce del todo dónde anida su destrucción: un niño. Un miserable mendigo lleva días y noches observándolo. Porque los extranjeros son generosos con él y le dan monedas y comida, así que suele esperar en la calle donde está la casa en que se alojan.
El niño tiene los ojos de un verde desvaído, los cabellos castaños, y su rostro sería hermoso si estuviera limpio.
Huérfano por la espada, ha vagabundeado mucho y ha bastado un poco de cariño, unas palabras amables, comida caliente, algunas monedas y sonrisas para que, en su infantil mente, tenga ya por amigos a los extranjeros.
Así que no va a consentir que ese hombre grande y malo los asesine esta noche.
Es como un ratón. Pequeño, ágil, ignorado.
Se cuela en la casa y, desde la planta de arriba, ve a los tres sabios, a sus «amigos», los que cada día le sacan un plato caliente a la calle y le entregan una moneda junto a una sonrisa o una caricia.
Durante unos instantes que se le hacen largos, los niños siempre tienen prisa, aguarda a que los tres hombres terminen de hablar. Lo hacen en torno a un viejo libro.
Se decide al fin, pues no concluyen su charla, así que avanza hacia ellos esperando a que el ruido de sus pasos los alerte y lo presenten.
Entonces, el más viejo de ellos alza el libro y él, el niño que escapó de Bagdad, se queda helado: es el mismo por el que, dos años y medio atrás, le dieron unos puñados de harina y un poco de carne seca.
El ballestero no tuvo buena muerte: le rebanaron el cuello mientras esperaba cortárselo a sus supuestas víctimas. Mientras se moría, tuvo la visión fugaz de un niño. Nunca supo por qué, pues los muertos no tienen respuestas y, además, en el infierno no hay niños que te lo expliquen.
Semanas más tarde, todos se reunieron en la tienda del sultán. Baibars, tan impasible como siempre, no les dijo nada con su rostro de piedra. Pero sí con su voz ronca:
—El poder de Egipto llega lejos. Tengo ojos y oídos en todos los reinos de la tierra y dicen que Ricardo de Cornualles, príncipe de Inglaterra y aspirante al trono del Sacro Imperio, prepara una cruzada para así ganar fama e imponerse a vuestro rey, Alfonso de Castilla, en su disputa por la corona.
Eso les dijo. Además, les habló de otras cosas...
Como que también ofrecía a Alfonso una alianza contra los benimerines, pues un imperio como el suyo, el de Egipto, no quería tener vecinos poderosos en sus fronteras africanas.
En cualquier caso, lo único que pedía a Alfonso a cambio de dejarlos partir con el tesoro y de agregar a este último espléndidos regalos era que su rey, Alfonso, arreciara cuanto pudiera su disputa con Ricardo de Cornualles.
—Que lo mantenga ocupado en el poniente —sentenció.
Así fue como los despachó a Espanna: como emisarios suyos.
Ahora están en Sevilla y caminan hacia Alfonso, que los aguarda mirándolos con atención con sus ojos castaños, reflexivos y algo tristes, mientras detrás, susurrándole algo al oído, está don Nuño González de Lara.
Don Nuño sonríe. Ha vencido, y eso es bueno.
Así que se puede permitir sonreírle incluso a ese necio de Tello Bermúdez que tan ufano camina hacia ellos.
Ahora, con el tesoro en su poder, volverá a poner en marcha sus planes y, poco a poco, conjura discreta tras discreta conjura, cercará a Alfonso y lo obligará a plegarse a su voluntad.
Está tan feliz porque, después de tanta amargura, de tanto sacrificio, ha obtenido el triunfo. Y de manos de quien menos lo esperaba: del joven monje, Miguel.
El maravilloso muchacho le envió una inesperada carta, tres semanas atrás, y en ella le informaba de que, tras muchas aventuras, habían terminado siendo capturados por Tello Bermúdez y obligados a ir con él y los suyos a Egipto.
Atrás, muertos, dejó al canónigo Martín Pérez y a Egidio el Nigromante, pero él, contra toda esperanza, había logrado ganarse la confianza de Tello y los sabios, para luego engañarlos y arrebatarles el tesoro.
De ahí que ahora viajara en una coca pisana con las bodegas repletas de riquezas que desembarcaría de manera secreta en Cartagena para entregárselas a su señor, el conde Nuño González de Lara.
Así que bien pueden estos imbéciles presentarse ante el rey trayéndole bestias exóticas y un puñado de oro, perlas y gemas, que él, señor de la casa de los Lara, tiene en sus manos el verdadero tesoro.
Por todo ello, nada ha hecho contra aquellos.
Han fracasado, y él, triunfado. Que vengan ante el rey y le digan la verdad: hallamos el tesoro, pero nos lo arrebataron mediante engaño. Te hemos, pues, fallado.
Fanfarria de trompetas y redoble de tambores, y el embajador del sultán, y a su lado, Tello y los demás, se detienen a tres pasos del trono real.
El caballero, alto, fuerte, mira a los ojos de su rey, y luego, a los de don Nuño González de Lara, que le devuelve la mirada con una sonrisa aviesa y perversa. Tello asiente de forma enigmática, casi como dándole la razón al noble. Luego vuelve a enfocar a su rey y le hace una reverencia.
—¿Habéis triunfado, Tello? —pregunta, impaciente, Alfonso.
—Hemos triunfado. ¡Por Santiago que hemos triunfado!
Al oír aquello, don Nuño se lleva un sobresalto y el rostro se le queda blanco cuando advierte que uno de los sirvientes del embajador egipcio, quitándose el turbante y mostrándole la mutilada oreja, se le evidencia no como un mameluco, sino como el joven Miguel.
Y con supremo descaro, le dedica una triunfal sonrisa que le revela que, en efecto, Tello y los suyos lo han derrotado.