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La suerte de Alvar y Tello se está decidiendo lejos de ella, en Palestina. Allí, Kitbuqa ha acampado en el valle que los lugareños, los cristianos de lengua aramea y árabe de aquellos parajes, conocen como Ain Yalut. Es decir, los manantiales o piscinas de Goliat.
Lleva con él a casi diez mil jinetes mongoles y entre sus tropas se cuentan también dos millares de jinetes turcos corasmios, un millar largo de caballeros armenios y georgianos, algunos cientos de francos y turcópolos 3 antioquenos, un puñado de árabes y curdos, y ahora, también, catorce castellanos.
Tello los ha formado en un conroi : una compacta formación de caballeros que, rodilla con rodilla, lanzas en ristre, carga como una sola masa y de cuya efectividad tuvo más que pruebas en las guerras de Italia.
Van a necesitar mucha «efectividad», pues, ante ellos, surge de las colinas una nube negra: la vanguardia mameluca llega y el suelo tiembla bajo los innumerables cascos de sus caballos.
Son veinte mil como poco. Kitbuqa tiene consigo catorce mil a lo sumo.
Pero diez mil de ellos son mongoles, y esos bárbaros jinetes son los más fieros del mundo y cada uno de ellos vale por diez enemigos.
Así que el noyan , el general mongol, no duda un momento: si los mamelucos están llegando, es hora de ir a su encuentro para matarlos.
Kitbuqa cabalga a lo largo de la línea de su ejército. Va montado sobre un espléndido «caballo celestial» 4 , una bestia magnífica y atigrada que parece flotar sobre la hierba reseca de aquel rincón de Palestina.
—¡Hombres del Gran Kan, guerreros de Hulagu, ahí enfrente están los que vienen a que les deis muerte! —los arenga, y un ronco bramido surge de catorce mil gargantas.
Tello y los suyos callan y, cuando Kitbuqa, al pasar ante ellos, se percata, refrena su caballo atigrado y lo mira de frente.
—¿No tenéis gritos de guerra en vuestra tierra? —pregunta hoscamente con ojos de piedra.
Tello, antes de contestar, dedica una nueva mirada a los veinte mil jinetes mamelucos que, a su bajada de las colinas, aúllan como demonios mientras se les echan encima. Luego, fijando sus ojos leonados en los de Kitbuqa, sonríe y habla.
—En Castilla gritamos poco, general. Allí, en nuestra tierra, preferimos que sea «esto» quien clame por nosotros —responde mientras que torvamente palmea con la mano izquierda el acero de su desenvainada espada.
Al escuchar la traducción de lo que Tello le ha dicho, Kitbuqa sonríe a su vez satisfecho.
—¡Estos hombres de poniente son leones! —exclama—.
¡Hablad, pues, con vuestras armas y clamad con ellas hasta que estén saciadas de sangre humana!
—ordena mientras pone de nuevo a galope a su caballo celestial para encabezar la contracarga que debe frenar la que ya lanzan sobre ellos los veinte mil mamelucos que encabeza Baibars.
Baibars es el tigre y el lobo que cabalgan juntos y en un mismo cuerpo.
Grande, macizo, astuto, inquebrantable, y manda la vanguardia de Egipto.
Sabe con certeza que el sultán Qutuz le ha entregado ese puesto de honor, este mando principal, porque espera que muera en la batalla.
¡Que crea lo que se le antoje! Él, Baibars, como siempre, triunfará y, cuando sea de nuevo invicto, la hora de la venganza llegará.
Ahora cabalga al frente de veinte mil centauros, de veinte mil mamelucos.
Hombres de muchas naciones y razas, hombres que fueron hechos esclavos y que, después de ser comprados por el trono de Egipto, han sido transformados en la espada del islam.
Acero son y vuelan hacia los mongoles, que, al fin, cargan también contra ellos. Al verlo, Baibars sonríe.
Tello embraza la lanza y da la orden a su conroi de avanzar.
Lo hacen con mayor lentitud que los mongoles y turcos corasmios que forman el grueso de la hueste de Kitbuqa, pero casi a la par que los más o menos dos mil caballeros armenios, georgianos y antioquenos que militan también bajo los salvajes estandartes de colas de caballo del imperio de los mongoles.
La tierra tiembla y el aire está saturado de polvo y gritos de guerra, y Tello Bermúdez guía a trece castellanos hacia la muerte que aúlla ante ellos con voz de trueno parida por veinte mil gargantas.
Entonces chocan. Los dos ejércitos se embisten y Baibars alza el sable y lo descarga sobre un jinete mongol. El tajo es tan desolador que su enemigo casi es partido en dos desde el hombro hasta el ombligo.
Mientras, a su alrededor se generaliza la batalla: una muchedumbre de hombres a caballo, como furiosas y oscuras hormigas, colma el valle de Ain Yalut en un frenesí de matanza.
Cuando el cielo y la tierra se mezclan en sangre y horror, el viento de la batalla cambia de dirección.
—¡Atrás, atrás, a las colinas! —grita con todas sus fuerzas Baibars, y los cuernos de guerra y los estandartes replican su inesperada orden de retirada.
Kitbuqa ve cómo los mamelucos se retiran.
¿Sería una trampa? No hace ni media hora que ha comenzado la batalla, y la tierra, ansiosa de sangre, apenas ha podido tragarla.
Pero no. No es una trampa. Simplemente, los mamelucos han perdido los nervios y, conducidos por ese perro de Baibars, se retiran a toda prisa hacia las colinas.
—¡Matadlos a todos! ¡No les deis tregua! —ruge con el entusiasmo y la confianza de quien no ha perdido nunca una batalla.
Tello clava su lanza en un mameluco. La punta, bien templada, destroza la cota de malla del guerrero y le parte en dos la espina dorsal, la cual le sale por la espalda.
Rota la lanza, la arroja al suelo y echa mano de la espada.
A su lado, manteniendo el buen orden del conroi , Alvar y los demás hombres de armas barren con todo lo que se les opone como si, en vez de hombres y caballos, fueran viento destructor enviado por Dios a la tierra.
La batalla parece perdida para Egipto. Baibars galopa al frente de miles de jinetes mamelucos que parecen espantados ante el empuje de los mongoles y sus aliados.
Galopan, con los caballos desbocados, con los guerreros de Kitbuqa pisándoles los cascos, hacia un horizonte estrecho agobiado de colinas y barrancos.
Allí, escondidos tras las alturas o metidos en el fondo de las vaguadas, aguardan, silenciosos como un castigo inadvertido, otros cuarenta mil mamelucos.
Al pasar entre las dos altas colinas que marcó como inicio de su genial emboscada, Baibars grita como un endemoniado y, tirando con fuerza de las riendas de su caballo, lo detiene y lo hace girar, para encararlo de nuevo hacia sus perseguidores mongoles: la danza cruel de la batalla no ha terminado, simplemente cambia de ritmo y paso.
No mira atrás. No comprueba siquiera si lo siguen sus hombres o cabalga solo. Él es Baibars y, a su lado, aunque nadie pueda verla, siempre galopa la muerte sobre un esquelético caballo.
Cae sobre Kitbuqa y sus mongoles: desde detrás de las dos colinas, mientras Baibars y su vanguardia cargan de nuevo contra ellos tras su fingida fuga, surgen miles de jinetes mamelucos que destrozan los flancos de la formación mongola.
Pronto, los enemigos son enjambre y las flechas entoldan el cielo como un presagio negro, y en torno a Kitbuqa los mongoles mueren como tigres acosados.
Por cada uno de ellos hay cinco mamelucos. Demasiados hasta para los conquistadores del mundo. Pero a Kitbuqa le dan igual los números, a él solo le importa el valor, y lo tiene de sobra.
Es el comienzo de una jornada roja. De un vendaval de muerte.
De masas de caballería que cargan, que se retiran y regresan para volver a cargar.
Es un día de arqueros que disparan sus arcos hasta romper todas las cuerdas, de lanceros que atraviesan pechos y destrozan rostros, de sables que se alzan y caen como maldiciones de acero. Es, en suma, el verdadero infierno.
Y en su centro, Tello suma muerte a la muerte.
Son doce los que quedan. Doce castellanos en una batalla que no es suya. Con dueño o sin él, Tello mata. Su espada es fuego blanco y, a su lado, Alvar es un joven dios de la guerra, y los que lo enfrentan temen su rostro aniñado y su brazo tenso armado con malévolo hierro afilado.
Zumbido letal y otro castellano cae con la garganta atravesada por una flecha mameluca y una segunda saeta vuela tras ella para clavarse en el hombro de Tello.
El impacto lo desequilibra y un lancero enemigo aprovecha para darle un golpe de lanza.
Pero el caballero castellano lo desvía un tanto con el revés de un golpe de espada, y Alvar, atento, obliga a su caballo a dar dos zancadas y decapita al lancero.
Más hombres caen. El combate es caos. Ya no están peleando junto a armenios, georgianos y francos de Antioquía, sino entre los últimos mongoles que resisten en torno a Kitbuqa, quien, herido muchas veces, rojo de tanta sangre propia y enemiga, sigue batallando sin tregua, agrupando a los supervivientes y lanzándolos, una y otra vez, contra los mamelucos.
Pero son demasiados. Una tempestad que colma colinas y valles, que los agobia, los envuelve, los acuchilla desde todos lados.
—¡Esto es el fin! —grita Alvar, y Tello, haciendo girar sobre sí mismo a su caballo, para así lograr algo de espacio, sabe que su sobrino tiene razón.