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Por cierto, ahí viene. Regresa de Acre, a donde ha ido para negociar con el rey de Jerusalén y sus barones y consejeros.
Los cruzados, exceptuando los de Antioquía, han decidido mantener una neutralidad un tanto extraña: no enviarán caballeros a combatir junto a los mamelucos contra los mongoles, pero permitirán al sultán Qutuz atravesar sus tierras y lo proveerán de víveres.
A cambio, si los mamelucos obtienen la victoria, los francos de Acre podrán comprar a bajo precio los caballos mongoles capturados en la batalla.
Singular acuerdo para ser suscrito por unos cruzados que se ponen del lado de los musulmanes contra un general cristiano: Kitbuqa.
William es ya lo suficientemente mayor como para saber que la fe, ya sea en la Cruz o en la Media Luna, es solo una excusa cuando quien habla es el acero o el oro.
Son ellos, el frío hierro y el codiciado dinero, los que han firmado el acuerdo entre Acre y los mamelucos contra los mongoles.
Baibars va escoltado por cien de sus hombres y, al pasar junto a William, sus fríos ojos azules centellean antes de dejarlo atrás.
Por delante tiene una batalla. Una como no ha conocido el mundo, y, cuando la libre y la gane, ya ajustará cuentas con Qutuz y con su condenado frany .
Kitbuqa ha recuperado la salud. Se lo debe a la extraordinaria mujer que tiene a su diestra, Magistra Hersend; es ella quien le aconseja piedad para con estos extranjeros que tiene delante y, según dicen, son embajadores de un reino lejano llamado Castilla.
Eso está bien, son muchas las embajadas que vienen buscando al Gran Kan para ofrecerle su completa sumisión.
Pero estos extranjeros no traen eso, sino que buscan la sanación de una de sus mujeres y, aunque dicen que no son francos, sino castellanos, él, Kitbuqa, recela de lo que cuentan, ya que desconfía de cualquier occidental.
Ya lo han desdeñado los francos de Acre, esos perros que se llaman a sí mismos cruzados: en vez de aliarse con él, el general cristiano de los mongoles, han preferido entenderse con el sultán de los mamelucos de Egipto, y le han permitido libre paso por sus tierras y han entregado víveres a su ejército.
¡Ya castigará a los francos a su debido tiempo! Pero, mientras tanto, desconfía de todos. Tal vez los que tiene delante son espías. O peor aún, ¿y si son asesinos que se ocultan bajo una excusa tan peregrina como la de que han cruzado medio mundo para buscar a Magistra Hersend?
Magistra Hersend tiene cuarenta años, es menuda, de facciones regulares, cabellos castaños y ojos tiernos.
Lleva toda la vida luchando contra el mundo, ya que por supuesto que le resultó difícil convertirse en el médico más famoso de su tiempo.
Pero lo logró. No es que no hubiera otras mujeres sabias, doctas o poderosas.
Médicos, filósofas, teólogas, historiadoras, influyentes abadesas, reinas y hasta guerreras han parido de sobra los siglos y las tierras.
Pero siempre fue y es difícil para ellas.
Mas aquí está. Tras tantos años de estudio, de ejercicio de la medicina, de convertirse en la garante de la salud del rey Luis IX de Francia y de su esposa, la reina Margarita, ahora ha salvado la vida de este hombre extraño, un tanto brutal, pero valiente como un león, que es Kitbuqa.
La mira con sus extraños ojos rasgados demandándole una última razón que lo decida a perdonar la vida de los castellanos que tienen ante ellos.
—Mi señor Kitbuqa —comienza a decir Magistra Hersend—, no tenéis por qué desconfiar de esta gente.
Dicen verdad y puedo atestiguarlo: el maestre al-Ricutí me escribió hace dos años desde Toledo, una ciudad situada muy al oeste.
Se interesaba por la posible cura que debía dispensarse a una dama.
La misma que, después de tanto tiempo, ha llegado hasta mí, poderoso señor.
Miradla —dice señalando a la postrada Isabel, que, desde las parihuelas, mira, pálida y agotada, a la mujer que, según cree, es su última posibilidad de salvación.
Kitbuqa observa a su vez a la mujer que le señala Magistra Hersend.
Sin duda, está al borde de la muerte. Tiene el rostro casi cadavérico de tan consumido y pálido, y, sin embargo, en sus ojos hay valor y, cuando sus miradas se cruzan, ve algo más, algo que lo desequilibra: piedad.
Sí, la mujer al borde de la muerte lo mira con piedad, como si fuera él y no ella quien necesitara auxilio inmediato.
Se levanta y camina hasta la dama postrada y, siguiendo un impulso, se arrodilla para poder así mirarla mejor a los ojos.
En ellos se queda suspendido; son castaños, casi dorados, y la fuerza, la verdad y la dulzura se encuentran en sus pupilas de manera pura.
Haciendo una seña, llama a Magistra Hersend, y la mujer, presta, acude a su lado.
—Pregúntale por qué me mira así.
Magistra Hersend, extrañada, pregunta, e Isabel, haciendo un esfuerzo que la deja exhausta, le contesta en un susurro.
—Estoy en el umbral de la muerte. Junto a la puerta de los cielos... Y siento piedad por ti. Has cometido muchos males y rezo para que te sean perdonados.
Kitbuqa creció en las estepas de Mongolia, allí donde la bóveda celeste se aferra a la tierra con manos de horizonte infinito.
Como todo su clan, es cristiano nestoriano y siempre ha sabido que Tengri, el cielo eterno, envió a Cristo al mundo para salvar a los hombres de los demonios.
Su fe es sencilla, primitiva, mezclada con las creencias ancestrales de los chamanes y las fuerzas salvajes de la tierra indomable de Mongolia, y, por eso, ante aquella mujer que se muere, siente miedo.
Se pone en pie y durante un largo instante, sentado sobre su sitial, reflexiona en profundidad.
—Sánala —dice al cabo a Magistra Hersend—, sánala si puedes. Luego la dejaré libre y la enviaré de vuelta a su rey con un mensaje exigiéndole sumisión al Gran Kan.
Al oír aquello, Tello siente que el suelo se vuelve a cerrar bajo sus pies. Había creído que el bárbaro, después de todo, ordenaría que los decapitaran allí mismo y, ahora, al fin, podrán dejar a Isabel al cuidado de Magistra Hersend.
¿Podrá curarla? Esa es su esperanza, y ahora que, a lo que parece, todo ha sido aclarado, renace en él la fe en la cura y, con ella en el corazón, se inclina para dar las gracias y salir cuanto antes de la peligrosa presencia de Kitbuqa.
—Aún no he terminado —lo detiene el jefe mongol—.
La mujer enferma queda bajo mi protección y, con ella, sus compañeras y el sabio.
Pero los demás sois guerreros y, puesto que también os concedo la gracia de la vida y puesto que mantendré bajo mi protección a vuestras mujeres, según la ley de mi pueblo, estáis en grave deuda conmigo y exijo que paguéis conforme a la costumbre.
Tello casi suspira con resignación: como siempre le ocurre, salir bien de allí no podía ser tan fácil.
—Parto mañana a la guerra contra los mamelucos. Pagaréis vuestra deuda peleando a mi lado contra los musulmanes —sentencia Kitbuqa.
Y el destino, siempre presto a reírse de los hombres, en esta ocasión lo hace a carcajadas.
3 de septiembre de 1260. Junto a los manantiales de Goliat
Isabel mira con atención a Magistra Hersend. La médico se afana en preparar una suerte de brebaje que luego, alzándole la cabeza, le hace beber. La pócima es amarga, pero Isabel siente que le calma el estómago y destierra la náusea que la atormentaba.
—Lo que os he dado es una infusión de ajenjo y genciana.
Por eso os sabe tan amargo —le dice Magistra Hersend—.
A cambio, os asentará el estómago y os permitirá digerir los alimentos.
El mal que padecéis no puede curarse, pero sí combatirse a base de hierbas y dieta.
Si seguís mis indicaciones, recuperaréis fuerza y peso, y podréis llevar una vida plena. ¿Entendéis lo que os digo?
Isabel asiente. Percibe una extraña calma: tras tantos años de enfermedad, tras tanto tiempo preparándose para morir, tiene la convicción de que la puerta de la vida, la puerta que se cerraba tras ella, vuelve a abrirse, y que la de la muerte, por el contrario, al fin se cierra.
—El secreto es evitar las comidas grasas, la carne de cerdo y de caza, el pan recién horneado, la leche, el queso y cualquier verdura o cereal que no haya sido bien hervido o cocido —sigue explicándole Magistra Hersend—.
No sabemos por qué, pero algunas personas, como os ocurre a vos, no toleran las grasas ni los alimentos poco hechos.
Por el contrario, podéis tomar caldo de gallina, verduras muy hervidas, avena, cebada y trigo cocidos y hasta pan, de vez en cuando y en pequeñas cantidades, y siempre que lo tostéis mucho y que no esté recién hecho.
En cuanto a las frutas, tomadlas siempre cocidas, asadas o secas, pero nunca crudas.
Y mirad esto —y aquí le muestra un cuenco con un brebaje espeso, blanco y de aspecto lechoso—, lo llaman yogur y se fabrica con leche.
Os daré la receta, ya que este brebaje también os hará bien. Tomad un poco ahora.
Isabel, con precaución ante el extraño sabor y textura, bebe un poco y descubre que le gusta.
—Poco a poco, mi buena dama, despacio y con moderación —le susurra Magistra Hersend con una sonrisa repleta de bondad—.
Debéis habituaros a comer poca cantidad, pero muchas veces.
A partir de ahora, nada de dos o tres comidas al día.
Por el contrario, comeréis seis veces desde que salga el sol hasta que os vayáis a la cama.
Seis veces, pero cada una de ellas será provista de pocos alimentos y estos serán escogidos y preparados como ya os he dicho.
Solo así recuperaréis el vigor que os ha robado padecer durante años los efectos de una debilidad del calor natural 2 .
Así fue. Día tras día, con aquella dieta y con las infusiones de ajenjo, genciana, menta, manzanilla, hinojo y anís, Isabel fue recuperando fuerza, peso y salud, pero no tranquilidad.