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La batalla y el sultán
Los mongoles eran el terror a caballo. Tras pasar a fuego y espada Bagdad, las ciudades de Irak cayeron una tras otra. Nadie podrá contar jamás los inocentes que murieron esos días, pues fueron millones.
Entonces llegó una inesperada noticia. Lejos, muy lejos al oriente, en Mongolia, el Gran Kan, Möngke, hermano de Hulagu, había muerto y había sido convocado el Kuriltai, la gran asamblea, para elegir a un nuevo gran kan.
Así que Hulagu abandonó Siria, se llevó con él a la mayor parte de su hueste y dejó tras él solo un tumen, una división de diez mil mongoles, al mando de su noyan favorito: Kitbuqa el cristiano.
Aunque el kan Hulagu ya no estaba, Kitbuqa se bastaba para seguir sembrando el horror. En marzo entró en Damasco y, aunque la ciudad se había rendido y abierto sus puertas para evitar la destrucción, los mongoles violaron, robaron y asesinaron a placer en sus calles.
Mas tampoco se detuvo ahí el espanto que llevaban en sus sables y arcos los nómadas mongoles.
En verano, como una ráfaga de viento destructor, saquearon buena parte de Palestina y luego cayeron sobre Sidón, en el Líbano, para castigar a su señor, quien, creyendo que podía zafarse del castigo, se había atrevido a saquear tierras que ahora pertenecían al kan Hulagu.
Con Bofor y Sidón aún humeando, con Galilea devastada y Nablus ardiendo, los mongoles cabalgaron hasta las fronteras de Egipto y entraron a fuego y espada en Gaza, sembrando el pánico en el país del Nilo.
A fines de julio, Kitbuqa cayó enfermo y, además, quería contar con el auxilio de las tropas enviadas por los vasallos cristianos del kan: los armenios, los georgianos y los francos de Acre y Antioquía, antes de invadir Egipto a la cabeza de un ejército lo suficientemente numeroso y poderoso como para enfrentar con éxito el desafío que representaban los mamelucos.
Así que retrocedió a Baalbek y aguardó en ella a la médico más célebre de las tierras que estaba conquistando: Magistra Hersend.
La misma a la que el rey Luis IX de Francia había confiado su salud y que ahora debía restablecer la suya: la de Kitbuqa, descendiente del rey mago Gaspar, noyan principal de Hulagu Kan y azote del islam.
Tello y los suyos cabalgaban hacia Damasco buscando también a Magistra Hersend mientras iban a la guarida del terror para encontrar en ella la sanación de una Isabel que se moría.
Kitbuqa había levantado su campamento en Baalbek para ir a Damasco, en donde una sublevación de los musulmanes había derivado en represalias contra los cristianos.
Muy lejos, en Castilla, mientras Tello y los suyos cabalgaban hacia Damasco, Nuño González de Lara perdió toda esperanza.
Había jugado fuerte y había perdido. Rota su secreta alianza con Ricardo de Cornualles, se había centrado en la consecución de un tesoro que había resultado ser un espejismo: nada sabía ni de sus hombres en Oriente ni de los del rey.
Pasado todo un año, estaba claro que ni los unos ni los otros habían sobrevivido al azaroso viaje.
Nuño les había perdido la pista en Atenas.
Desde ella le llegaron las últimas noticias: solo Egidio el Nigromante y Miguel, el joven monje, habían hecho escala allí camino de Negroponte, en donde se perdía su rastro.
De Atenas provenían también las últimas nuevas que pudo averiguar de Tello Bermúdez y los suyos, quienes, en efecto, habían rescatado al hijo de la emperatriz y conducido a esta hasta el ducado de Atenas.
Pero, una vez allí, la información de don Nuño se tornaba confusa e increíble, ya que se notificaba de un enfrentamiento sangriento entre la comitiva castellana que había escoltado a María de Brienne y los hombres y vasallos de esta última en Oriente. ¡Imposible! Eso no tenía sentido.
En cualquier caso, la posición política del conde era más precaria que cuando dio inicio a aquel peligroso juego: volvía a ser consejero principal del rey, cierto, pero sus sueños de poder absoluto habían quedado desechos.
Debería conformarse con lo que tenía... ¿Para esto, para estar donde estaba, se había convertido en un traidor y sacrificado a su hija Juana?
A veces, la impotencia y la rabia lo consumían durante días enteros.
Entonces, en la callada derrota, se permitía soñar con algo imposible: con que recibía una carta de Egidio el Nigromante diciéndole que, al fin, el tesoro era suyo y que en breve llegarían con él a Castilla para entregárselo y resucitar, con una montaña de plata, sus moribundas ambiciones.
Tello cabalga en cabeza junto a Alvar, y detrás va un carro en el que, en una camilla, viaja una moribunda Isabel, asistida por Sancha y Margarita, mientras que en el pescante del carro, junto al conductor, se sienta un deprimido al-Ricutí y, tras el carro y a sus costados, van doce hombres de armas de la mesnada.
Yehuda, Juan de Aspa, Miguel y el resto de la escolta han quedado en Acre junto con el tesoro.
Tras cuatro días y medio de marcha forzada, avistan los paradisiacos huertos del oasis de Damasco.
Se aproximan a ellos enarbolando ramas verdes y una gran cruz, ya que por todas partes han oído decir que Kitbuqa es cristiano y que se muestra bien dispuesto hacia sus correligionarios.
Ojalá que así sea. A galope tendido, viniendo sobre ellos como un bárbaro relámpago, cien jinetes mongoles se les echan encima.
—¡Mantened la calma y no echéis mano de las armas si no lo hago yo antes!
Aguardan nerviosos, tensos como cuerdas de ballesta. Sobre esos que se les vienen encima, los mongoles, se cuentan tantas historias de crueldad y salvajismo que más que hombres se les antojan seres míticos.
Tello los evalúa con mirada de guerrero: cien jinetes armados con arcos, lanzas, lazos y sables.
Algunos llevan extrañas armaduras, otros, simplemente, se revisten con pieles y cuero, y todos, sin excepción, ofrecen un extraño aspecto con sus caras anchas, ojos rasgados y narices chatas.
Hombres de otro mundo montados sobre caballos greñudos, de cabeza grande y patas finas, pero extraordinariamente veloces, que, en apenas unos segundos más, los sobrepasan, los rodean y los atosigan haciendo chocar sus monturas contra las de Tello y los suyos, aullando, gritando, mostrándose belicosos con los sables desenvainados, los arcos tensados y los ojos encendidos con una chispa de malicia.
El que parece el jefe de los guerreros mongoles se aproxima al carro y levanta la capota.
Desde dentro lo miran Sancha y Margarita.
Sin embargo, es Isabel, que en ese momento despierta de su postrado estado, quien atrae la atención del guerrero de las estepas.
Ve un fantasma. Isabel es un esqueleto pálido, de ojos desenfocados que tratan de ver y, al toparse con los del salvaje, creen estar soñando y sonríen.
Quizá fue eso lo que les salvó. Lo cierto es que aquella partida de jinetes mongoles los condujo a Damasco y su jagun , su oficial, los llevó ante su mingghan , quien, a su vez, comunicó a su noyan , Kitbuqa, la llegada de aquellos extraños extranjeros llegados desde un reino situado en el confín occidental del mundo 1 .
Ahora están ante él, ante Kitbuqa, terror del islam, debelador de ciudades, y los mira con ojos de águila.
Yehuda, Juan de Aspa y Miguel miran al mar desde las murallas de Acre.
Temen por sus amigos y tratan de distraerse paseando por aquella urbe extraña llena de prodigios y de peligros.
En la torre que queda a pocos pasos de ellos, alguien los reconoce: el ballestero.
El mismo que trató de matarlos en la garganta de los Carneros; el que, temiendo el castigo de don Nuño González de Lara, huyó a Oriente para tratar de reunirse en Acre con su hermano, un mercenario al servicio del rey de Jerusalén.
Ahora, sus ojos de depredador no pueden creer lo que están viendo, pero, astuto, termina por aceptarlo y sacar conclusiones: si están aquí, en Acre, llevarán con ellos el maldito libro.
El ballestero no tiene claro por qué don Nuño estaba tan decidido a hacerse con él, pero sí sabe dos cosas: que no le gusta Acre y que, si le lleva al conde la cabeza de alguno de aquellos sabios y agrega al regalo el condenado libro, será perdonado y premiado.
Se permite una sonrisa. Siempre fue un tipo con suerte, y parece que sigue siéndolo.
Cuando los sabios dejan la muralla, el ballestero los sigue. William de Amesbury, o el Frany, como ahora lo llaman los mamelucos, contempla las murallas de Acre con un poco de nostalgia. Es lo más cerca que va a estar de la cristiandad en lo que le queda de vida.
Por supuesto, se ha convertido al islam y ahora es un mameluco de los pies a la cabeza, y uno poderoso, por cierto: el sultán Qutuz confía en él tanto que lo ha nombrado lugarteniente de su guardia personal.
Así que oro, mujeres y honores no le faltan, ¡pero ay, la nostalgia por volver a Inglaterra! Esa, pese al oro y las bellas, nunca lo abandona.
El gran ejército mameluco busca batalla contra los mongoles.
En vanguardia va Baibars y, tras él, el resto de la gran hueste: sesenta mil guerreros.
William no podía creer que pudiera juntarse en la tierra un ejército tan grande.
Pero ahí lo tiene delante, acampado a las puertas de Acre, ocultando con sus innumerables tiendas las huertas de la urbe.
Baibars y Qutuz no se fían el uno del otro, pero, mientras los mongoles sean una amenaza, no les queda más remedio que estar juntos. Luego, si vencen, echarán cuentas y las cobrarán o las pagarán, según el caso, con traición y sangre.
Desde luego que así será, eso nadie lo duda.
El problema es anticipar quién ganará al final.
¿Qutuz o Baibars? William está tranquilo al respecto.
Sin duda, el «caballo ganador» en la futura carrera por el trono y la vida será Qutuz, y él, como hombre de confianza del sultán, ocupará el puesto que ahora tiene ese perro rabioso de Baibars.