Muerte en Toledo 2
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La ciudad es Oriente y Occidente. La ciudad es el mundo en una minúscula porción de tierra acosada.

Franceses, borgoñones, flamencos y alemanes, italianos e ingleses y hasta noruegos y aragoneses, recorren sus estrechas calles mezclándose con cristianos nativos: melquitas de Palestina, maronitas del Líbano, griegos, jacobitas sirios, nestorianos, armenios y georgianos llegados desde Cilicia, el Cáucaso, Mesopotamia y Persia, y hasta negros de Abisinia.

Calles estrechas, altas torres y gruesas murallas, bastiones engalanados con coloridos pendones de tafetán y seda, palacios asomándose al mar, monasterios buscando una soledad que, en aquella ciudad colmada de muchedumbres, es del todo imposible.

E iglesias antiguas y otras recién construidas que parecen traídas desde Francia y, sobre todo, concurridos mercados, tiendas y, por todas partes, banqueros ofreciendo cambio y préstamo en sus mesas; comerciantes pisanos, amalfitanos y venecianos voceando sus mercancías o comprando azúcar, seda, marfiles, tapices, dátiles, especias...

, y también campesinos que vienen a vender los frutos de sus huertas, trabajadores de los talleres de seda, de los telares, de los ingenios de azúcar que se alzan a las afueras.

Acre, en verdad, es Oriente y Occidente a la par y en un mismo lugar.

Llegar a ella no fue fácil. Tras embarcar en la urca, pusieron vela a Rodas y, de allí, al reino armenio de Cilicia y al de los francos de Chipre.

Dios dispuso otra cosa: apenas levaron ancla en Rodas, una tempestad los sorprendió y los obligó a refugiarse en Halicarnaso.

Yehuda, Juan de Aspa y su nuevo y joven discípulo, Miguel, lo celebraron.

Pudieron contemplar una de las tres maravillas del mundo que aún se conservaban: el Mausoleo.

Pero el capitán genovés no estaba tan contento, la urca había sufrido severos daños y tardaron dos meses en repararlos.

Para entonces, salir de nuevo al mar era locura. El invierno se les echaba encima y, puesto que Halicarnaso no era puerto seguro, se arriesgaron a hacer la breve singladura que los separaba de la isla de Cos y allí invernaron.

Al-Ricutí no fue a ver el Mausoleo. Se pasaba los días y las noches junto al lecho de Isabel. La dama, simplemente, se moría.

Cuando regresaron a la urca, los ojos negros del andalusí la buscaron como quien busca el agua en el desierto, pero ella, más pálida que nunca, más delgada aún si eso era posible, más frágil que la alborada, solo le ofreció una triste sonrisa.

—Ahora que os tengo de nuevo a los tres... —dijo en un susurro—, puedo morir tranquila.

Se derrumbó como un lirio segado por la hoz.

Corrieron hacia ella los tres: su hijo Alvar; su hermano Tello y su amor al-Ricutí, y recuperó el sentido. Pero no las fuerzas.

El mal que llevaba años devorándola por dentro la había consumido casi por entero y ya no la dejaba vivir, sino solo languidecer en la cama.

Al-Ricutí se conformaba con eso, con que siguiera viva, que no lo dejara solo para siempre.

Con eso y con la esperanza. Pero el invierno les impidió llegar a Acre y poner a Isabel bajo los cuidados de la célebre médica Magistra Hersend, no ha mucho médico personal del rey Luis IX de Francia y de su esposa, la reina Margarita, ahora en Acre, desde donde había respondido a al-Ricutí y le había asegurado que podía salvar la vida de su amada.

Si hubieran llegado a tiempo, quizá. Pero los meses de invierno fueron largos, y ella, día tras día, se apagaba. Llegó la primavera, Isabel casi no podía hablar, apenas comía y, sin embargo, pese a su postración, siempre recibía a todos con una sonrisa.

Al-Ricutí solo se permitía llorar y desesperar cuando no estaba con ella. Entonces, como un niño pequeño, se derrumbaba en los brazos de Tello o de Alvar.

Aunque ya no había esperanza, zarparon hacia Acre. Tras abordar los puertos de la Cilicia armenia y los de Chipre, llegaron a Sidón y Tiro y desde esta última, y, al fin, al puerto de San Juan de Acre.

Bajaron a Isabel de la urca más muerta que viva, tendida sobre unas parihuelas, y acudieron a toda prisa a la casa de Magistra Hersend.

Llamaron a su puerta con el apremio de quien sabe que cada minuto cuenta y respiraron aliviados cuando se abrió y un viejo sirviente apareció en ella.

—Magistra Hersend está lejos. Puede que en Baalbek o quizá en Damasco, creo —dijo—. Mi ama, por orden del rey de Jerusalén, ha ido a atender al general mongol Kitbuqa. Dicen que es cristiano y que ha detenido su marcha sobre Jerusalén y Egipto porque ha caído enfermo 1 .

Al oír aquello, se miraron con desesperación. Isabel no había llegado a oír nada, estaba inconsciente. Débil más allá de toda medida.

Al-Ricutí se mordió los labios; Alvar, que veía morir a su madre y quien, después de todo, solo tenía dieciséis años, se echó a llorar; Tello, con la rabia de la desesperación, le dio un puñetazo a una de las jambas de la puerta, lo cual sobresaltó al sirviente, que dio un temeroso paso atrás.

Habían llegado tarde. Tan sencillo como eso.

—¡Iremos a Damasco entonces! ¡Por Dios que no nos detendrá ningún contratiempo!

Eso era Tello, un hombre que no se rinde. Uno que nunca deja a los suyos en la estacada. Puede que Isabel estuviera a punto de morir, pero no lo haría sin que él, su hermano, siguiera intentando salvarle la vida.