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Alfonso los espera sentado en un trono alzado sobre un podio de tres gradas alfombradas.
A los lados se han dispuesto ramas entrelazadas de ciprés y mirto, y, justo antes de llegar al monarca, se ha tendido un palio.
El pueblo de Sevilla grita de entusiasmo, y los tambores y las trompetas compiten con las campanas de las iglesias por colmar el aire frío con resonantes ecos de alegría.
Por lo pronto, Sevilla vibra de asombro y maravilla, ya que, por sus calles y desde el puerto, una comitiva como nunca fue vista en Espanna avanza con esplendor hacia el rey, que aguarda en su trono colocado entre la catedral y el Alcázar.
No solo bestias exóticas, el sultán mameluco de Egipto envía magníficos regalos al rey de Castilla: perlas del mar Rojo y de los mares de la India, oro en polvo de las minas de Nubia, turquesas del Sinaí...
Esos son los presentes de Baibars, sultán de Egipto, vencedor de los mongoles, enviados con pompa sin igual al rey Alfonso de Castilla.
Por lo pronto, junto al embajador, luciendo magníficamente al estar revestidos con relucientes armaduras y llevando al costado espadas de acero damasceno, van dos caballeros: Tello Bermúdez y su sobrino, Alvar; y a su vera, felices como niñas, espléndidas como ninfas envueltas en brocados y muselinas indias 3 , Sancha, Isabel y Margarita; y un poco más allá, sonriendo pero con digna apostura, como corresponde a los sabios y precedidos por un guapo niño de cabellos castaños que porta delante de ellos un libro, van Juan de Aspa, Yehuda y al-Ricutí.
Solo falta Miguel.