25
No quisieron quedarse cerca de la playa de guijarros, sino que se internaron de nuevo en los bosques del Dirfis para pasar la noche.
Antes de que amaneciera, ya estaban en marcha, caminando con premura hacia la cala donde, según lo concertado, debía recogerlos la urca.
Llegaron a ella tras un largo día de caminata, a menudo sobresaltada, pero sin incidentes.
Cuando, al pisar la arena dorada, vieron cómo la urca aparecía y liberaba al batel para que los recogiera, se abrazaron y lloraron de alegría.
Habían triunfado, contra toda esperanza y después de tantas aventuras.
Ahora, al fin, iniciarían el largo viaje de regreso a Castilla.
Se oyó el relinchar de un poderoso caballo, y cuando Tello lo buscó, vio que era blanco y de largas crines, y que lo montaba María de Brienne, emperatriz de Constantinopla.
Se miran a los ojos. La emperatriz sobre su caballo blanco, arropada por la luz del ocaso, bella más allá de toda medida, y Tello, con las olas lamiéndole las botas y el rostro agotado.
María de Brienne alza la blanca mano y, a su izquierda y derecha, dominando la alta duna donde ella se encuentra, aparecen coronándola impetuosos hombres de guerra a caballo que van formando una larga línea de jinetes que aguardan las órdenes de su señora.
Tello no puede apartar la mirada de aquella mujer magnífica y fuerte que, pese a su fragilidad, nunca se rinde.
Entonces, detrás de Tello, la quilla del batel toca al fin arena para poder embarcarlos.
—Subid todos a la barca —ordena en voz queda y, como sabe que Sancha está inquieta, le aprieta con cariño la mano para que no tema y haga lo que le ha dicho.
Luego camina unos pasos en dirección a la emperatriz, quien, sobre su gran caballo y en lo alto de la dorada duna, le clava sus grandes ojos azules.
Tello se detiene a veinte pasos y espera a que ella hable. A los lados de María de Brienne, los inquietos caballos de los caballeros de Constantinopla patean la arena presintiendo matanza.
—¿Lo tenéis?
La voz de la emperatriz es armoniosa seda y en el tono de su pregunta brilla el deseo.
—Lo tengo. A salvo y ya en la barca, y, aunque ahora ordenarais a tus hombres que cargaran sobre mí, no podrían llegar a tiempo antes de que zarpara. No será vuestro.
Lo ha dicho sin alterarse. Con voz firme que destaca apenas sobre el rumor de las olas y el melancólico chillido de las gaviotas.
—Sin embargo, Tello, debería ser mío y no de ese rey vuestro. No os merece como vasallo, ¿lo sabéis? Sin duda que lo sabéis. Si le fuera necesario, os sacrificaría sin pestañear. Para él, para Alfonso, solo sois una pieza sin importancia en el tablero del gran juego del poder.
Es cierto. Tello sabe que es cierto. También él ha pensado en esas cosas y le han hecho daño, y ahora, puestas en la voz dulce de esta mujer hermosa y astuta, le duelen más todavía. Turbado, baja un instante la mirada y luego, al alzarla, ve una sonrisa en los labios de la emperatriz.
—Es cierto, Tello, sabéis que es cierto.
Un hombre como vos no se engaña —insiste, comprensiva, persuasiva—, no podéis negar la verdad cuando la conocéis —repite, tan segura, tan insistente, tan letal como las olas que tras él rompen—.
Os admiro, Tello. Sois un hombre fuerte y bueno como ningún otro que haya conocido, y he conocido a muchos.
Un caballero sin tacha ni mácula, de esos que cantan los trovadores y que, por alguna razón que se me escapa, Dios ha querido hacer verdad sacándolo de las canciones.
A mi lado, podríais hallar mejores recompensas que junto a Alfonso —sugiere, de manera tentadora y con una sonrisa en los labios, y Tello ve que las «recompensas» la incluyen a ella.
Vivir es elegir. Tello lo sabe. Ha elegido muchas veces: elegir ser fiel a los juramentos pronunciados; elegir afrontar el miedo y la desdicha para no fallarle a los tuyos y, sobre todo, para no fallarse a sí mismo, y ahora, en este momento, elegir amar del todo.
Difícil elección. Tello sigue guardando silencio.
María de Brienne se impacienta. En sus ojos de profundo mar brilla ahora una chispa de contrariedad. Es una mujer que está acostumbrada a que los hombres desesperen por ella, no a que la desdeñen.
—¡Entregadme el tesoro y os convertiré en uno de los duques del Imperio!
—ofrece incrementando el precio y, aunque sigue delante, alta sobre la duna dorada y montada sobre un magnífico caballo blanco, aunque es seda y gemas y el crepúsculo la envuelve en resplandores, en su voz hay una brizna de desesperación.
Tello sigue callado. Es difícil elegir... Siempre lo es.
—Mírate, ¿quién sois? Os lo diré: un simple caballero.
¡Solo un simple caballero, y ello pese a tantos años derramando sangre y derrochando valor en los campos de batalla al servicio de un rey que no os ha premiado, ni valorado!
¿De qué han servido esos años? ¿Cómo os ha recompensado vuestro rey por ellos?
¡Con nada, y eso, nada, será lo que siga dándoos!
—clama, y es tan bella, tan hermosa frente al mar y sobre el fogoso caballo, que parece imposible que nadie se le resista—.
¡Alfonso no os merece! ¡Alfonso nada os dará!
Por el contrario, yo, lo juro, os lo daré todo.
¡Todo! —le grita ahora con los ojos ardiendo en azules y los labios tan rojos, tan tentadores, como el más intenso gozo—.
¡Venid conmigo a Constantinopla y os alzaré por encima de todos!
¡Venid y os convertiré en césar del Imperio!
—Y como el poder y la gloria no parecen suficientes, añade algo más—: ¿No os dais cuenta de que os necesito?
Sois... Sois el hombre que necesito, Tello, el que debe estar a mi lado...
—confiesa bajando los ojos, para alzarlos de nuevo acompañados de la más sugerente de las sonrisas—.
¡Venid! —grita, extendiendo hacia él las blancas manos en un ademán que mezcla súplica, tentación y fuerza.
Todo ha sido dicho ya. Tello solo tiene que dar unos pasos y todo será suyo: los honores, el mando, las riquezas y ella, María de Brienne, emperatriz de Constantinopla.
—Soy Tello Bermúdez, caballero del rey Alfonso, y no necesito ser otra cosa que lo que ya soy. Guardaos lo que me ofrecéis. Lo único que necesito lo llevo conmigo. Regreso a mi tierra, volved a la vuestra y que Dios os perdone. Yo ya lo he hecho.
Ha elegido y, una vez más, ha elegido bien. Sin decir más, entrega una triste sonrisa de comprensión a aquella mujer bella, fuerte y desesperada, se da la vuelta y, sin temer que le claven una saeta por la espalda, da los pocos pasos que lo separan de la barca.
El mar lo recibe con sus olas, y Sancha, morena y verdadera, como la noche que ya se cierne sobre ellos, con los labios trémulos y los ojos húmedos, abre los brazos, y él, sin dudarlo, se acoge a ellos.
María de Brienne lo ve partir. El sol muere y su imperio también lo hará en breve. Lo sabe... Ha fracasado.
Una lágrima solitaria le recorre el rostro y le moja los labios. La saborea. La ha vertido por él, por Tello, no por el imperio.
—Deberías haber sido tú —susurra con infinita tristeza.
—Aún están a tiro. ¿Disparamos, mi señora emperatriz?
Se vuelve hacia el jefe de los arqueros y niega con la cabeza, antes de volver a mirar hacia la barca donde Tello, abrazado a Sancha, se empieza a confundir con las primeras sombras.