Muerte en Toledo 24 #3
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24 #3

No hay tiempo para más, excepto para arriesgarse: usando la daga, perfora la terracota con una, dos, tres cuchilladas, y el barro cocido se va soltando.

Pero es más duro de lo que podía creer y aguanta el castigo del acero.

Desesperado, queriendo acabar de una vez por todas para no verse obligado a tener que volver a meterse en este infierno acuático, clava profundamente la daga entre la efigie y la llaga de brea y mortero, y hace a continuación palanca con todas sus fuerzas.

Tello es fuerte como un toro, pero el acero de su daga parece impotente pese a los músculos de hierro que lo empuñan. La medusa se suelta de su anclaje y, tras un último esfuerzo, se desprende dejando a la vista, en la escasa luz de aquella penumbra que se torna noche, un agujero profundo.

Le falta el aire. El hueco que ha revelado la medusa es tan grande o más que la cabeza de un hombre, y es oscuro y profundo.

Tello duda. ¿Subir o jugársela? Grave dilema.

Decide jugársela. Mete la mano y, cuando el hombro le topa con el borde del agujero, toca algo.

Algo duro, recio. Madera y metal. Con el frenesí de sentir que se ahoga, busca un asidero y, nada más que lo encuentra, tira del objeto hacia fuera.

Pesa como un demonio y, cuando al fin lo saca, ve que es un cofre de madera y herrajes de bronce.

Lo agarra con fuerza. No sabe si podrá subir con algo tan pesado y los pulmones le arden.

Hay que intentarlo, siempre hay que intentarlo.

Es un optimista incurable y combativo, de esos que nunca desisten.

La corriente regresa. La siente como una mano invisible que le golpea el pecho y lo zarandea como un muñeco.

Una mano que parece querer quitarle el pesado cofre.

Lucha con todas sus fuerzas y la soga que tiene atada a la cintura se tensa y tira de él hacia arriba.

Un segundo, dos, tres, cuatro. ¿Para qué seguir contando? De todas formas las corrientes y torbellinos del Euripo ya no lo soltarán. Tampoco sus amigos.

—¡Tello! —los oye gritar. A todos. Un grito de aliento que le devuelve el coraje y las ganas de luchar.

Cuando saca la cabeza del agua, aunque la fuerte corriente que acaba de invertirse sigue pugnando por llevárselo al fondo, sabe que él será más fuerte. Y lo es. Tira con fuerza, lo sacan entre todos y lo ponen a salvo junto con el cofre.

Durante largo rato permanecen así: mirando a Tello, que, sentado sobre las piedras de la diminuta playa, observa a su vez el cofre que casi le cuesta la vida.

Hay algo mágico en aquel momento. El Euripo sigue rugiendo, como enfadado por no haberse llevado consigo al hombre, sepultándolo para siempre en su seno; mientras que, a la par, una brisa fuerte despierta y baja desde el norte, refrescándoles los rostros y revolviéndoles los cabellos.

Brisa. Egidio el Nigromante la esperaba y ya la tiene. Así que se coloca de espaldas a ella y de cara a los demás.

—Voy a abrir el cofre —les anuncia entonces Tello, y los despierta del ensalmo que se había apoderado de todos.

El sol ya ha muerto, pero aún queda esa última luz que delinea el mundo con la precisión de un artista.

La luna, llena como la copa de un rey, presta también su resplandor azul y, con su guía, Tello suelta los cierres de bronce, los cuales, rechinando, oponiendo metálica resistencia, se quejan de forma lastimosa y ceden liberando al fin la tapa que el caballero abre con un nudo en el estómago.

Mil resplandores iluminan sus asombradas caras: el cofre contiene un talento de magníficas gemas de la Bactriana, Sogdiana y la India: esmeraldas, zafiros, rubíes, amatistas y topacios...

, todos ellos de enorme tamaño, soberbiamente pulidos y refulgentes.

Tanto que a las piedras preciosas les ha bastado la luz de aquella tarde que agoniza para tornarla de nuevo mañana engalanada.

Entre tantas gemas, entre tantas piedras preciosas, aquí y allá, bajo estas o sobre aquellas, Alejandro Magno, rey de Macedonia y del mundo, discípulo predilecto de Aristóteles, los contempla.

—¡Los camafeos de Pirgóteles! —grita el joven Miguel al reconocer aquellas legendarias obras de arte del famosísimo lapidario del gran rey.

Tello no tiene ni idea de quién es el tal Pirgóteles, pero adora las historias que se cuentan sobre el gran Alejandro y sonríe satisfecho, mientras toma en la mano uno de aquellos «Alejandros» que parecen mirarlo con resplandores insondables.

La gema que ha escogido es una soberbia esmeralda primorosamente convertida en deslumbrante camafeo.

—¡Es tuya! —dice lanzándosela a Sancha.

—¡Es mía! —grita a su vez y con rabia Egidio el Nigromante, sobresaltándolos y alzando la mano apretada en un ominoso puño.

—¡Cuidado, lleva veneno apresado en la mano! —advierte Miguel.

De nada sirve, la brisa sopla en dirección a los que han de morir, pero es tarde para que Egidio arroje su mortífero polvo amarillo, pues, en un fulgor de acero y sangre, el puño se le separa de la muñeca y cae al suelo.

Ha sido Alvar quien los ha salvado. En la mano tiene la espada manchada de rojo, y Egidio, que aún no entiende qué ha pasado, se mira, alternativa y estúpidamente, el puño amputado y el muñón que le ha quedado.

—¿Así que esto es todo? —pregunta el brujo mientras la sangre le mana de la muñeca.

—¡Lo es! —contesta Alvar, y la cabeza del nigromante cae junto a su amputado puño.