24 #2
—Yo, maestre, sí he podido establecer esa pauta: acontecen al amanecer y al anochecer.
Aunque la hora varía en función del estado en que se encuentre la luna.
Hoy estará llena, y por eso el flujo y reflujo de las aguas es tan violento, pero, por eso mismo también, la breve pausa que entre la inversión de corrientes acontece será más completa y durará más tiempo.
—¿Cuánto? —pregunta Yehuda del todo convencido por la sagacidad del andalusí.
—Bueno, esas pausas de aguas calmas tienen una duración variable que podemos situar entre un mínimo de ocho minutos y un máximo de quince, y mucho me equivocaría si la siguiente que podemos esperar, la que sin duda acontecerá justo antes de que anochezca, no es particularmente completa y larga, y alcanza, por tanto, el cuarto de hora.
Y os diré algo más, pues Aristóteles me lo ha revelado —y entonces sí que los deja a todos con la boca abierta—: la pausa de calma que necesitamos, la que será completa y durará un cuarto de hora, acontecerá con la luna llena en levante y el sol en poniente.
Justo dentro de una hora, cuando el crepúsculo se inicie y se complete la tercera inversión de corrientes desde el mediodía.
—¿Todo eso os ha dicho Aristóteles? —pregunta con sorna Juan de Aspa.
—Sí, y también podéis escucharlo vosotros mismos si miráis ahí.
—Y al-Ricutí señala una roca que, justo sobre sus cabezas, a la derecha, forma un saliente sobre las aguas y, en ella, sobre la gris y lisa superficie, ahora pueden ver, con la luz tardía que cae en el ángulo preciso, una desvaída pero reconocible medusa—.
Dentro de una hora, cuando llegue el momento de la calma completa y larga, el sol moribundo tocará la medusa y, de esa manera, Aristóteles dirá a Tello cuándo debe zambullirse para buscar su tesoro.
Fiarse de Aristóteles no le da mucha seguridad a Tello.
Es normal que así sea: desde hace meses han seguido los acertijos y desafíos que el gran filósofo dejó ocultos en las páginas de su Secretum Secretorum o escondidos en viejos templos paganos.
Y a cada paso del camino, vez tras vez, el peligro y la muerte los han querido atrapar con sus codiciosas manos.
Sin embargo, al-Ricutí está muy tranquilo, seguro de sí mismo, y el resto de sabios presentes, exceptuando al malencarado Egidio el Nigromante, se muestran encantados con sus explicaciones y, por lo que parece, tan convencidos como el murciano de que, mil quinientos ochenta y un años atrás, Aristóteles dejó grabada en la roca la marca de la medusa para señalar con ella el momento justo en que sería factible sumergirse en las aguas del Euripo con tiempo suficiente como para rescatar su tesoro.
—Así que ese viejo cabrón, después de todo, sí resolvió el enigma de las aguas del Euripo —comenta Juan de Aspa a los demás.
—Sí, lo hizo. Pero le convenía que todo el mundo pensase que había fracasado, pues así mantenía mejor guardado el secreto sobre el tesoro —conviene al-Ricutí—. ¿Quién podría imaginar que estaba escondido justo aquí, en el lugar que, supuestamente, había amargado los últimos días de Aristóteles?
—Seguro que por eso mismo también hizo ver que se había suicidado arrojándose a estas aguas —concluye Yehuda.
—Sí, sin duda fue una mentira interesada —concede Juan de Aspa—, ese demonio disfrazado de filósofo nunca se habría quitado la vida.
Debió de mentir sobre eso, como sobre tantas otras cosas...
¿Sabéis? Llevo toda la vida estudiándolo y nunca he tenido claro cuándo escribía verdad y cuándo nos tomaba el pelo a sus futuros lectores.
—Con esa medusa no nos tomó el pelo —señala el joven Miguel, y sus palabras sobrecogieron al resto.
Mientras hablaban, el tiempo pasaba y el sol que muere casi roza con sus rayos el rostro demoniaco de la medusa grabada en el saliente de roca.
Está llegando la hora. Tello se prepara. A su lado, Sancha no resiste más y lo abraza con fuerza para besarlo. Después de todo, piensa la muchacha, tiene la suerte de no ser una dama. Así que al infierno con los que los miran.
Quienes los contemplan no se escandalizan. Llevan meses y meses jugándose la vida, y eso, quieras que no, ayuda un poco a ser pacientes con las faltas de los demás.
—Recordad, Tello —dice al fin al-Ricutí tras un carraspeo que interrumpe el largo beso de Sancha. El tiempo apremia y el sol ya casi enciende el rostro de la medusa—; a lo sumo tendréis quince minutos. Eso os dará margen para tres inmersiones como mucho.
—¡Y no os fieis de la medusa del fondo!
Quien le advierte, para sorpresa de todos, es Margarita. La niña baja los azules ojos, intimidada por tanta atención.
—¿Por qué? —pregunta Tello, tan desconcertado como los demás.
—No lo sé... Es un presentimiento, y no suelo equivocarme con ellos.
¿Por qué las mujeres hacen estas cosas?, se pregunta Tello en el incómodo silencio que sigue a la extraña advertencia de Margarita.
Lo certero es que disponerte a hacer algo peligroso y que alguien te diga que tiene un mal presentimiento al respecto da...
de todo menos seguridad. Luego recuerda por qué lo hacen: para que se les haga caso y les salves la vida.
Así que ofrece una cálida y agradecida sonrisa a la muchacha, y la joven, a la que Alvar no suelta de la mano, se la devuelve con el último rayo de sol.
Con las sonrisas, ese último rastro de sol ilumina a la medusa del saliente y Tello salta al Euripo. Nada y, cuando cree estar sobre la medusa sumergida, bucea hacia el fondo y, vara a vara, siente un nudo en el estómago. Es el jodido miedo.
Lo vence, desde luego, lleva toda la vida haciéndolo y hoy no va a ser distinto. Así que sigue braceando bajo el Euripo y, al fin, pasa sobre la gran roca verdosa. A la escasa luz del crepúsculo, ve de nuevo, cara a cara, a la tétrica medusa.
Prevenido por el femenino presentimiento de Margarita, no la toca, sino que la observa con detenimiento mientras el aire comienza a faltarle.
En apariencia no hay nada sospechoso en la monstruosa efigie.
Se trata, apostaría, de una medusa de terracota que fue fijada con brea y mortero a la roca.
Sin duda, aunque no puede saberlo, fue colocada allí para impedir el acceso a algún hueco natural situado tras ella.
Ya no aguanta más, así que sube a toda prisa y alcanza la superficie buscando aire con apremio.
Sacude la cabeza para apartarse el agua de los ojos y trata de gobernar el ansia de oxígeno de sus desesperados pulmones.
—Tres minutos —le informa al-Ricutí en cuanto lo ve emerger.
Los matemáticos son así, siempre pendientes de los números.
—¡He localizado la medusa! —les informa nada más que recupera algo de resuello—. ¡Es de barro cocido y sella lo que parece una grieta o agujero!
—¡Eso es muy prometedor! —anima Juan de Aspa.
Bueno, puede que lo sea, pero lo que a él le sigue preocupando es la advertencia de Margarita y una pregunta relacionada con ella: ¿cómo comprobar que, en efecto, la medusa sella el acceso a una grieta o agujero sin tocarla siquiera? Tiene la respuesta justo antes de volver a sumergirse.
—¡Cinco minutos! —vuelve a gritar al-Ricutí, que sigue contando el tiempo que se ha consumido ya.
Tello de nuevo bucea hasta quedar sobre la medusa, que parece recibirlo con la más sombría de las miradas.
Una vez allí y dejándose guiar por el instinto, se coloca detrás, para así no tener que mirarla a los malvados ojos, y, tras desenvainar la daga, con todo el cuidado posible, mete la punta del arma justo entre la efigie y el mortero de cal y brea que la ancla a la roca.
Un chasquido, y con él, el mayor susto de su vida, ya que no «hirió» bien con su daga a la medusa. De los ojos de yerta terracota han salido disparadas dos agujas de oro que, de haber estado frente al demoniaco rostro, le habrían atravesado la cara o el cuello.
El sobresalto ha sido tan grande que Tello pierde el control sobre el aire que guarda en los pulmones y se ve obligado a subir de nuevo.
Emerge y, cuando logra enfocar a los suyos, busca a Margarita.
—¡Teníais razón, dama Margarita! —informa a la asombrada joven—. ¡En cuanto toqué con la daga a esa horrenda cara, dos agujas doradas salieron disparadas de sus ojos!
—¡Deben de estar envenenadas! —le informa, a su vez, Juan de Aspa. Si pretendía aportar tranquilidad, ha fracasado de forma lamentable.
—¡Ocho minutos! —grita al-Ricutí haciendo su particular «contribución» a que reine el sosiego—. ¡A partir de ahora la corriente puede volver en cualquier momento! ¡Creo que no lo hará hasta dentro de siete minutos, pero no es seguro que así sea!
Viva la calma. Tello busca ahora a Sancha y le dedica su mejor sonrisa.
La mejor, por si acaso es la última. Y se sumerge por tercera vez.
Tello bucea hasta quedar de nuevo junto a la medusa.
Puede ver con claridad las dos agujas doradas que proyectaron los ojos del monstruo y, cuando las examina con el mismo cuidado que pondría si estudiara a dos víboras, advierte que, en efecto, el metal precioso parece impregnado con una sustancia trasparente y pegajosa: veneno de alguna clase, sin duda.