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Sancha tiene tanto miedo que no quiere mirar.
Están en la orilla. Han bajado hasta una diminuta y pedregosa cala del canal y, por consejo de al-Ricutí, han atado una gruesa soga a la cintura de Tello, quien, medio desnudo y armado solo con una daga, se dispone a entrar en las traidoras aguas aprovechando un momento de calma.
—¿Qué busco? —pregunta, un poco tarde, por cierto.
—Una montaña de plata —le suelta sin más Juan de Aspa—. Seguro que es fácil de ver —le anima sin mucha convicción.
—¿Y cómo voy a sacarla de ahí abajo si la encuentro?
Otra buena pregunta que se queda sin respuesta, excepto por un silencio espeso quebrado solo por el graznido de las gaviotas y el chasquido de una rama que se parte en algún lugar del bosque extendido por encima de la pedregosa playa.
Como siempre existe la posibilidad de que aparezca una respuesta por muy difícil que sea la pregunta, Egidio el Nigromante advierte con una venenosa mirada a Miguel que selle sus labios.
A Miguel, que no puede apartar de la memoria la imagen del polvo brillante y amarillo, le empieza a temblar espasmódicamente una pierna. La mirada del brujo es promesa de castigo y muerte si abre la boca.
—Sin duda, no fueron los ochocientos talentos de plata lo que Aristóteles arrojó a estas aguas —comienza a explicarse Miguel, imponiéndose a su miedo y apartando los ojos del nigromante—. Eso habría sido de todo punto imposible.
—¿Por qué? Podría haberlos traído en un barco y luego hundirlo aquí —se apresura a sugerir al-Ricutí, interrumpiendo el razonamiento del novicio.
—Eso habría llamado mucho la atención de los enemigos del gran filósofo —le replica Miguel, con la timidez y el miedo entorpeciendo su lengua.
—El joven tiene razón —interviene Yehuda—. ¿Qué sugieres entonces, Miguel?
—Que antes de venir aquí, Aristóteles cambió su plata en Atenas por algo más ligero y precioso.
—¿Oro?
—Quizá, maestro Yehuda, aunque yo me inclino más bien por gemas de gran valor. El oro habría seguido representando un gran peso y volumen: ochenta talentos, mientras que las gemas, a lo sumo, supondrían uno solo.
—¿Cómo no se nos ocurrió esto antes? —exclama Juan de Aspa—. ¡Eres un zorro, muchacho, o un lince o, cualquier otro bicho de esos que tenemos por astutos!
Debe de serlo, pero Egidio el Nigromante mira al suelo y murmura maldiciones, sopesando cuándo y cómo usará la muerte en polvo que lleva escondida.
Puede que no sea suficiente para matar a tantos, pero, si escoge bien el momento, quizá le baste para causar la suficiente mortandad y conmoción como para robar el tesoro y salir corriendo.
Y también, que no se le olvide eso, para dejar bien muerto al condenado cabrón de Miguel.
—¿Qué busco entonces?
La reiterada pregunta de Tello, siempre pragmático y temeroso de que, entre tanto debate y diálogo de sabios, la calma del Euripo acabe y retornen sus remolinos y fuertes corrientes, le devuelve la atención de todos y, de paso, nuevamente los deja en silencio.
Silencio. Eso es lo que le dan por respuesta.
Todos miran al suelo, incapaces de mirar a quien se va a enfrentar a la muerte. Todos menos al-Ricutí, que no deja de observar las aguas del Euripo.
Lleva todo el día haciéndolo, como hipnotizado, y no es de extrañar, pues se dice que hasta el mismísimo Aristóteles quedó tan fascinado por sus misterios que perdió la salud y la razón.
—Ni idea, Tello, no tengo ni idea de lo que tendréis que buscar ahí abajo —termina por confesarle Juan de Aspa con un encogimiento de hombros.
—¡Las aguas siguen calmas, pero el tiempo pasa! —alerta Margarita.
Es cierto, no pueden perder más tiempo, y Tello murmura un «te quiero» a Sancha, se persigna y se tira al agua.
Nada hasta el centro del segmento veintinueve. Está aterrado, pero nada y, cuando considera que está en la posición correcta, se sumerge.
Bajo las aguas, Tello tiene la sensación de que se ha metido de cabeza en un ataúd líquido y le han cerrado la tapa.
Sin embargo, bucea y se sorprende al comprobar que el «monstruo del Euripo» sea tan poco profundo en aquel lugar: a lo sumo, trece o catorce varas y quizá todavía menos 1 .
Así que con unos pocos impulsos de sus brazos y pies llega al fondo. Es rocoso en su mayor parte, fangoso en menos lugares y, en apariencia, sin nada que destaque.
Desconcertado, sigue buceando, rastreando los fondos de la sección que los sabios han delimitado y, sobre él, de manera inquietante, las aguas siguen calmas. Poco dura.
Un fuerte y acuático empujón, no hay más aviso que ese.
Entrando en pánico, Tello bracea y patalea con desesperación tratando de emerger cuanto antes, pero un torbellino lo atrapa y lo hace girar como una peonza, después le da la vuelta y lo pone cabeza abajo, y lo desorienta y lo priva de su fuerza.
Es el terror más puro que ha sentido jamás. Tello ha combatido toda su vida contra hombres y contra bestias, contra el agotamiento y la derrota, contra el dolor y la maldad..., contra mil cosas.
Los pulmones le van a estallar y la vista se le nubla. Sabe, o mejor dicho, presiente, que sus amigos están tirando de la cuerda que lleva atada a la cintura para sacarlo a la superficie y llevarlo hasta la orilla, pero ¿podrán lograrlo?
No, no lo lograrán. Antes de que lo consigan, estará muerto, pues su boca quiere abrirse y él no puede impedírselo.
¿Es que está loco? No, puede estar «tranquilo», no está loco, es que se está ahogando.
Y mientras el pánico y la desesperación se lo llevan, no lejos de la orilla, en mitad de la lisa superficie de una roca verdosa, ve algo que lo mira.
—¡Está vivo!
Quien ha gritado es al-Ricutí, y quien se pone a vomitar agua, Tello.
Cuando lograron extraerlo del Euripo, Yehuda y al-Ricutí se pusieron a reanimarlo de inmediato.
—Ha tragado un poco de agua, pero ya vuelve en sí —informa Yehuda con el rostro alborozado mientras sigue ayudando a Tello a recuperar el sentido.
Sancha está arrodillada junto a él, y eso compensa de sobra resucitar allí, en la tierra y no en los cielos.
Tello sonríe y Sancha, sin dejar de llorar, le devuelve la sonrisa.
—El cielo existe y los ángeles son más bellos de lo que dicen los curas —murmura el caballero con voz quebrada y una sonrisa desmañada.
—¡Ja, este hombre es un león! —grita Juan de Aspa dándole un fuerte puñetazo debajo del esternón para sacarle una última bocanada de agua y bajarlo, de paso, del «cielo».
—Vi algo antes de desvanecerme... —musita cuando deja de vomitar.
Al oír aquello, todos se acercan y guardan silencio en concentrada atención.
—Un rostro maligno que me miraba. Eso fue lo que vi.
—Las alucinaciones son frecuentes cuando uno se ahoga —dictamina Yehuda con su habitual sensatez.
—¿Cómo era ese rostro? —se interesa Juan de Aspa.
—Tenía cabellos como de serpiente y una mirada terrible.
—¡Me lo temía, una jodida medusa! —confirma el viejo monje dándose una palmada en la frente—.
¡El tesoro debe de estar cerca de esa terrible imagen, pues para los antiguos griegos las medusas eran símbolo de protección, custodia, guardianas de lo que se quiere preservar!
¡Estoy seguro de que ese viejo chivo de Aristóteles ordenó a alguno de los miles de desdichados esclavos que poseía que se jugara la vida para tallar esa medusa en la piedra!
—Puede que no la esculpieran... —reflexiona Miguel en voz alta.
—¿Qué sugieres, muchacho?
—Considero, maestro Juan, que nadie, ni el más esforzado esclavo, tendría tiempo de esculpir una imagen así en un lugar como este. Así que esa imagen debe de ser una suerte de tapadera fabricada para taponar una grieta tras la que, sin duda, estará el tesoro.
Bocas abiertas. ¿De dónde sacaría este discípulo Julián de Ávila? Lo sacara de donde lo sacara, es listo como un zorro.
—Relieve o tapadera, habrá que bajar a comprobarlo... —murmura Tello resignado, y Sancha, mordiéndose los labios, baja la mirada, sabe que nada de lo que diga o haga apartará a su hombre de lo que considera su deber.
Y entonces, al-Ricutí, que no ha dejado de mirar y remirar las aguas del salvaje Euripo, hace aparecer en su cara una enorme sonrisa.
—Creo que lo he resuelto —dice sin más, en voz bajita y como si no tuviera la más mínima importancia.
Pero, al escucharlo, todos se vuelven a mirarlo, y ahí lo tienen: sonriendo como un niño travieso y orgulloso.
—¿Resolver? ¿Qué habéis resuelto? —le preguntan a la par Yehuda y Juan de Aspa.
—He encontrado el patrón que explica las corrientes de este maldito canal.
—¡Imposible, hasta Aristóteles fracasó en ese empeño!
—No estoy muy seguro de eso, maestro Juan de Aspa. En cualquier caso, sí puedo afirmar una cosa: cuando Tello se sumerja de nuevo, ya no tendrá que temer a malignas aguas.
Así es, o eso sigue afirmando al-Ricutí con imperturbable y matemática seguridad. Ha resuelto el enigma que decían que había llevado a Aristóteles a la desesperación y la muerte.
—No se trata, por supuesto, de un patrón astronómico simple como el que gobierna a las mareas de dos ciclos, puesto que en el Euripo las corrientes cambian muchas veces de dirección en un mismo día y lo hacen de forma irregular —explica, y añade luego una larga pausa—.
Irregular, pero no caótica —agrega al fin con tono triunfal—.
Observé este lugar con atención cuando pasamos por él con la urca y hoy, desde que salió el sol, no le he quitado el ojo.
Además, Miguel lleva aquí varios días y le he hecho al respecto no pocas preguntas.
En suma, os puedo decir que las corrientes cambian de sentido en el Euripo entre cuatro y ocho veces al día, y que antes de cada inversión se producen breves calmas, pero que solo dos de ellas son completas y duran lo suficiente como para que Tello se meta con seguridad bajo la superficie.
—Los griegos antiguos llamaban a esas pausas nesteía —recuerda Juan de Aspa—, pero nunca lograron establecer su pauta.