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—Eso dice la línea de los cojo... —Juan de Aspa retoma la conversación, y se muerde la lengua a tiempo—.
Disculpad, soy monje y es mejor que me sujete un poco, y además, hay damas presentes...
Bueno, que me disperso. Te decía, Miguel, que, si ponemos esa configuración astral en números conforme al sistema establecido por el propio Aristóteles, obtendremos que Mercurio en Virgo nos da 2 más 6 igual a 8; la Luna en Géminis se correspondería con 1 más 3 igual a 4, y Saturno en Capricornio con 7 más 10 igual a 17.
Y sumando los tres resultados obtenidos llegamos a 29.
Y puesto que la constelación del Delfín acaba de marcarnos el lugar exacto desde donde debemos comenzar a dividir el canal en 29 segmentos iguales, tantos como grados marcan las estrellas del Delfín en los cielos, obtenemos el punto exacto donde se encuentra sumergido el tesoro.
Miguel, que vuelve a tener maestro y que se siente bien, pues cree que se está librando del mal que se le estaba metiendo dentro del alma por culpa de las maldades del canónigo Martín Pérez y de la fría ambición y doblez del descreído Egidio, sonríe desde el corazón y, por primera vez en más de siete meses, sin miedo.
—Lo que es arriba es abajo —responde con una sonrisa verdadera.
—¡En efecto, muchacho, eres condenadamente listo! ¡Abajo y arriba: en las estrellas y bajo las aguas del Euripo!
Fue una noche como ninguna otra que hubieran vivido o que vivieran después. En lo alto de un promontorio, sobre las aguas belicosas del Euripo, midiendo posiciones de estrellas y recelando unos de otros.
Entre estrellas y recelos, también hubo tiempo para el amor: el que enlazaba a Tello y Sancha, el que ardía en los jóvenes corazones de Alvar y Margarita, y el que estaban aprendiendo a compartir un viejo maestro y un joven discípulo.
Aquella noche se forjó entre Juan de Aspa y Miguel un fuerte vínculo.
Sí, uno que, como un lobo, acechaba Egidio el Nigromante.
—Una palabra más de lo necesario, muchacho, y te echo a la cara el polvo amarillo —amenazó Egidio el Nigromante a Miguel en un aparte, dedicándole un maléfico susurro.
Como la noche había sido sorprendente, la mañana no quiso quedarse rezagada y, al clarear, al promontorio llegaron, extenuados, con los ojos desbocados, al-Ricutí y Yehuda con sus cinco guardianes. Al ver aquello, Egidio el Nigromante siguió desesperando.
—¡Es hora de recurrir a Euclides! —señaló Juan de Aspa a al-Ricutí tras trasladarle los resultados de las mediciones nocturnas.
Al-Ricutí era el mejor matemático con el que pudiera soñarse y, en verdad, harían falta muchas matemáticas euclidianas para dividir en veintinueve segmentos iguales el largo, dispar y sinuoso canal del Euripo.
Para ello echaron mano de uno de los astrolabios al que acoplaron una alidada, es decir, una regla con mirillas, y añadieron una tablilla de agrimensor, un cuadrante geométrico, una escuadra, cordel y un bastón de Jacob para medir ángulos.
Los instrumentos los habían traído al-Ricutí y Yehuda.
Conforme se asentó la triunfante luz de la mañana y tuvieron el Euripo a la vista, se pusieron manos a la obra.
La tarea de triangular es laboriosa en extremo, pero a partir de ella se podía trazar un mapa del canal y, una vez lo tuvieran, señalar en él los veintinueve segmentos y confirmar bajo cuál de ellos estaría el tesoro.
Para proceder a ello, Yehuda y al-Ricutí caminaron hasta un segundo punto de observación situado justo a quinientas varas del primero, distancia que midieron con precisión, mientras que Juan de Aspa y Miguel se quedaron en el promontorio.
Una vez correctamente situados y enlazados los dos equipos por señales visuales y por jóvenes mesnaderos que corrían de uno de los puntos de medición al otro para llevar cifras y mensajes, establecieron puntos fijos en el paisaje a partir de los cuales tomar mediciones del ancho y largo del canal.
Y así, ángulo a ángulo, medición a medición, triangulando y dibujando, en la tablilla de agrimensor fue apareciendo el mapa del canal del Euripo y este, a su vez, cuando ya reinaba el mediodía, fue dividido por al-Ricutí en veintinueve segmentos iguales.
Tal y como habían sospechado, el que hacía veintinueve estaba debajo de ellos: al pie del promontorio.
—¡El muy hijo de puta! —clamó Juan de Aspa contra su admirado Aristóteles.
En ese momento, el instante decisivo, todos se miraron, pues todos sabían lo que ahora venía: el tiempo de los sabios había terminado y el de los locos, comenzado.
Tello, que sabía de lo que era capaz el Euripo, no quiso más locura que la suya.
—Seré yo quien se meta en esas endemoniadas aguas —anunció.
Alvar hizo amago de protesta y el resto de los hombres presentes, tanto mesnaderos como rufianes, miró al suelo.
Llevaban horas viendo cómo, debajo de ellos, las aguas cambiaban de rumbo de forma tumultuosa y sin patrón aparente, y nadie quería nadar o bucear en lo que, a todas luces, sería una tumba de olas y corrientes.
No obstante, alguien tiene que hacerlo, y Tello se ha hecho hombre haciendo eso: lo que cree que es su deber. Además, un señor de hombres, y él se tiene por uno, no envía por delante a nadie a donde él no quiera meterse.