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—Orpimento. Polvo de orpimento 1 . Lo reservaba, con cariño, para librarme de ti y del canónigo Martín Pérez cuando llegara el bendito momento de hacerlo.
Pero el canónigo ya no lo necesita, ¿verdad?
Lo dejaste bien muerto en Pisa. Y en cuanto a ti, chico con suerte, te has librado gracias a las circunstancias en las que nos hallamos metidos hasta el cuello.
Así que espabila y dale las gracias a esas, a las circunstancias, porque ahora este polvo que ves ya no estará destinado a envenenar tus jóvenes pulmones, sino que, cuando llegue el momento, matará de inmediato a cuantos sobrevivan a este entuerto.
Y cuando todos, granujas y adversarios, sean un bonito montón de cadáveres, tú y yo saldremos corriendo como liebres con el tesoro en las manos.
Miguel nunca se había sentido tan mal. La boca la tiene seca, mientras que la cara, no hace falta que nadie se lo diga, blanca como el yeso.
Y, para colmo, sus puñeteros ojos no quieren obedecerlo y, en vez de apartarse, siguen clavados en el polvo amarillo y brillante que Egidio le muestra en la mano.
—Venga, joven Miguel, deja de mearte encima y vamos a presentarnos ante ese esforzado caballero y su sufrido escudero. —El Nigromante echa a andar en dirección a Tello y Alvar.
Tello no puede apartar los ojos del cielo.
La noche ha caído y las estrellas, burlándose de ellos, lo gobiernan por entero.
En torno a ambos, el bosque guarda silencio, pero lejos, muy lejos, el melancólico ululato de un búho les llega apagado.
De tanto en tanto, se rima con el ladrido de los perros que guardan alguna de las granjas que se adivinan más allá de las orillas beocias del Euripo.
—Fue una buena liza —se concede Tello, empujado por la tristeza de aquella noche de fracaso y también para tratar de animar a Alvar, quien, tirado a su lado, tiene los ojos llorosos.
—Estuvimos tan cerca... —se lamenta el muchacho.
—¡Lo intentamos, y vive Dios que pusimos todo nuestro valor y nuestras fuerzas en ello! Pero Dios ha dispuesto otra cosa.
—Sí, tío, la derrota. Dios nos ha entregado la derrota.
—Quizá no, joven escudero.
Se vuelven sobresaltados y sus ojos, a la luz de la aún clara noche, se topan con el rostro de Egidio el Nigromante. Es, sin duda, un gran sobresalto. Nadie podría imaginarlo, pero ahí está: saliendo de la oscura espesura, sonriéndoles y escoltado por otras siete figuras.
—¡Te conozco! —logra al fin imponerse Tello a la sorpresa.
—Y yo a vos, caballero Tello Bermúdez y, aunque no sea de nuestro agrado, ahora somos aliados.
No les agradaba aquello, desde luego. ¿Qué remedio les quedaba?
Ninguno. Así que ahora, contra toda esperanza y lógica, pero en la noche y la hora fijados, están en el lugar adecuado, contando con un astrolabio y un sabio para usarlo.
¡El «sabio» es un muchacho, un monje con poco más de veinte años y manos temblorosas!
Lo rodean hombres armados y nerviosos, y un nigromante que guarda, vete tú a saber dónde, un puñado de polvo venenoso.
Con semejante compañía, manipular algo tan delicado como un astrolabio es cosa difícil y generadora de nervios y, claro, le sudan y tiemblan las manos.
—¡Ahí tienes al Delfín! —lo alerta Egidio el Nigromante señalando la constelación que, al fin, emerge de la noche para tomar su posición.
Miguel mira los astros que le señalan y luego traga saliva y después vuelve a tragarla. Nunca había tenido la boca tan seca.
A continuación, con la boca pastosa, coloca de manera correcta la oreja del astrolabio de bronce y logra así que el sistema de suspensión del artefacto lo sitúe en vertical.
Justo a tiempo. Las cinco estrellas de la constelación del Delfín son ya visibles en todo su esplendor: las cuatro primeras forman un rombo que los astrónomos conocen como «el ataúd de Job» y la quinta, rezagada, es la «cola» del Delfín, cuya cabeza y cuerpo se supone que son las cuatro que conforman la citada figura geométrica.
Tello está fascinado pese a la extraña situación en que se encuentran: junto a adversarios que, por lo que le han confesado, trabajaban para don Nuño González de Lara.
¡Así que siempre estuvo en lo cierto y el maldito conde era quien estaba detrás de tantas traiciones y muertes!
¡Cómo se quedará el rey Alfonso cuando se lo cuente!
Pero, al pensar en eso, en verse delante del rey revelándole, en efecto, que Lara es el gran y oculto traidor que temía y recelaba, algo le dice que Alfonso, pese a saberlo, no moverá un dedo contra don Nuño, sino que se limitará a guardarse de él y a vigilarlo con sumo cuidado.
El conde es demasiado poderoso y Alfonso es en exceso pragmático y astuto: mejor tener al señor de la casa de Lara bien cogido por los cojones que no cortarle la condenada cabeza. Eso, sin duda, será lo que decida hacer el rey... Pero ya llegará a ese río y ya verá si puede o no cruzarlo.
Ahora, por lo pronto, a dos pasos de donde está, el joven Miguel se pelea con el astrolabio para desvelar dónde está el condenado tesoro.
Para lograrlo, ajusta una aguja sobre una circunferencia llena de muescas para, a continuación, desplazar la segunda circunferencia del artilugio y girar los dos discos insertados en la parte delantera del astrolabio.
—¡Listo! —anuncia el nervioso muchacho y, de inmediato, con manos trémulas, enfila con el astrolabio la constelación del Delfín y luego, dándose la vuelta, busca la cumbre del monte Dirfis—. ¡Lo tenemos! —afirma al poco con voz emocionada—. ¡Tal y como decían los números!
—¿Qué quieres decir? —pregunta Egidio el Nigromante, subyugado por presentir tan cerca el objeto de su deseo: el tesoro.
—¡Veintinueve! ¡Veintinueve grados enlazan el Delfín con la cumbre del Dirfis, y eso quiere decir que no estamos equivocados y que este es el lugar y la noche que Aristóteles fijó! —grita con júbilo el brujo, que se imagina acariciando las gemas del tesoro.
—En efecto, veintinueve grados enlazando cinco estrellas y la cima de una montaña consagrada a la diosa Artemisa os confirman eso que decís. Y mirad por dónde, también serán veintinueve las partes en que deberemos dividir el canal del Euripo.
Todos se dan la vuelta, sobresaltados, pues quien ha hablado ahora es Juan de Aspa.
—Tu maestro, el pobre Julián de Ávila, estaría orgulloso de ti, joven Miguel —le dice el viejo monje al huérfano discípulo del descuartizado Julián—.
En cuanto a ti, nigromante, si estás aquí es porque hay gato, león y hasta lobo encerrados en lo que sea que en realidad tienes en mente y entre tus sucias manos.
—Siempre fuiste demasiado duro con los demás, maestre Juan de Aspa —le replica Egidio bajando los ojos y apretando los dientes, y así, con los ojos bajos y rechinando los dientes, calcula si tendrá suficiente polvo venenoso para matar a tantos.
Juan de Aspa no ha aparecido solo, sino acompañado de cinco hombres de armas que, exultantes por reunirse de nuevo con su jefe, Tello Bermúdez, lo rodean y lo abrazan con guerrero entusiasmo.
Ahora, concluye con rabia Egidio, sus seis rufianes nada tendrán que hacer, dado que, con los mesnaderos recién llegados, los de Tello los superan con amplitud en número.
—¡Tello!
Lo llaman, y el caballero, desembarazándose de sus hombres, mira emocionado en dirección al milagro: uno con cara de ángel moreno que se le echa encima.
—¡Alvar!
Otro «milagro», y el que ahora llega y corre hacia ellos es oro y alegría: Margarita.
A la niña le cuesta mantenerse en pie y va dejando huellas de sangre. Pero aun así, la animosa y rubia muchacha corre, y Alvar, adelantándose, la toma entre sus brazos y la alza en volandas para besarla, y, al fundirse sus bocas juveniles, al muchacho le parece tener estrellas en los labios.
—¡Venga, joven Miguel, no perdamos el tiempo, que la noche no espera! —ordena Juan de Aspa poniendo orden en tanto gozoso reencuentro y sumando el astrolabio que porta consigo al del desconcertado novicio.
—Bien, Miguel, te revelaré que Aristóteles observó que las estrellas de la constelación del Delfín señalaban a la cumbre del monte Dirfis.
Desde ella, triangulando, se podía establecer una segunda posición: esta cumbre donde nos hallamos, a veintinueve grados, y desde la cual, en cuanto se haga de día, podremos abarcar, en un solo golpe de vista, las dos leguas del canal del Euripo.
Siguiendo de nuevo al condenado Aristóteles, procederemos a dividir en veintinueve partes iguales.
Miguel está fascinado y satisfecho de sí mismo. De hecho, va a reventar de puro orgullo, ya que él, contando con menos información, había llegado a la misma conclusión.
Como el viejo Juan de Aspa no puede saber eso, considera, ufano, que son su erudición y sapiencia las responsables de haber dejado mudo al joven monje y, sonriendo con satisfecha suficiencia, prosigue ilustrándolo, mientras en torno a ellos todos los miran con expectación.
—Bueno, como veo que no puedes despegar los labios de tanto asombro ante mi desbordante sabiduría, te lo aclaro: esos veintinueve grados y esas veintinueve partes en que ha de dividirse el Euripo se justifican y enlazan con la expresión matemática de la configuración de planetas y constelaciones que encabeza el comienzo del Secretum Secretorum : «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable».
Aquellas palabras que tantas veces ha oído Tello a lo largo de todo aquel extraño y peligroso año, resuenan ahora, pronunciadas en el sitio donde Aristóteles las compuso, con más fuerza. Es como si los astros a los que estaban dedicadas y que brillan sobre ellos juntaran más luz al escucharlas.