Muerte en Toledo 23 #2
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23 #2

Lejos aún de todos ellos, de amigos y adversarios, al-Ricutí, Yehuda, Juan de Aspa, Sancha, Margarita y los diez mesnaderos se apresuran cuanto pueden.

Sin embargo, es difícil progresar por una tierra sobresaltada de manera constante por gente armada y, de continuo, se ven obligados a esconderse donde pueden para aguardar a que las bandas de guerra pasen de largo.

Caminan, se esconden, avanzan a toda prisa, legua tras legua, ocultándose cuando es preciso y cuando no lo es.

Retoman su marcha forzada, fatigando montes y valles y llevando en el atribulado corazón angustia a raudales.

Y es que, cada vez que miran al cielo, el sol devora con su fuego las horas del día y, tras ellas, llegará la única noche para poder medir la posición de las estrellas y revelarse dónde duerme el tesoro.

Mientras, arriba, en las cumbres del Dirfis, Tello y Alvar se sientan sobre las raíces de un viejísimo roble y miran abajo, a las tumultuosas aguas del canal del Euripo, preguntándose si, después de tantos meses de aventuras y peligros, todo habrá sido en vano.

Entonces el sol comienza a declinar. Sancha alza los ojos mientras trata de mantener el paso feroz que se han impuesto.

Tras ella, Margarita sufre muchísimo, ya que no deja de ser una joven damisela que nunca ha tenido que forzar su cuerpo, mientras que, por el contrario, ella, Sancha, creció trabajando y fatigándose con mil tareas de casa y campo.

Aún peor que Margarita lo están pasando los sabios.

Al-Ricutí, pese a ser un hombre en la vigorosa plenitud, nunca ha terminado por restablecer del todo la fuerza de sus torturadas extremidades; mientras que Yehuda, viejo y corpulento como es, camina sin resuello, trastabillando y, si no fuera por el auxilio que le prestan dos mesnaderos, hace tiempo que se habría desplomado, roto y vencido.

Tampoco lo está pasando mejor Juan de Aspa, quien, aunque algo más joven, no deja de tener sesenta y tres años que le pesan en las piernas como plomo fundido.

—¡No vamos a lograrlo! —se desespera al-Ricutí. Sus resentidas articulaciones le gritan que tiene que parar y darse descanso.

—Yo no puedo más... Si sigo esforzándome, reventaré como un caballo llevado al límite —se lamenta a su vez Yehuda, y, en verdad, tiene el rostro abotargado y parece a punto de sufrir un infarto.

Así que se detienen. Otra vez. Y no para ocultarse de posibles enemigos, sino porque no pueden más. Están, simplemente, derrotados.

—¡Levantaos, maestros, tenemos que seguir! —los anima Sancha, y se vuelve hacia los sabios, quienes, exhaustos, se han dejado caer al suelo sobre un reseco rastrojal limitado por olivos centenarios y agobiado por el incesante estridular de miles de invisibles grillos.

La muchacha, tan bella, morena y brava, los mira como lo haría un desafío.

Juan de Aspa lo recoge.

—¡Me duele hasta el alma, pero por Dios y su corte celestial que esta muchacha tiene razón! —dice con rabia mientras se pone de nuevo en pie, y se lleva las manos a la dolorida cintura y se masajea las agotadas piernas.

—¡Bien por vos, maestre Juan de Aspa! —celebra Sancha—.

Tal y como sabemos, hace falta que al menos uno de vosotros llegue a tiempo junto a Tello y Alvar —les explica Sancha, que se ha transmutado de sirvienta en capitana—.

Así que esto haremos: el maestre Juan de Aspa seguirá camino para poder hacer uso, en la hora que se precisa, del astrolabio.

Yo iré con él, y con nosotros, cinco de los soldados.

Los demás repondréis algo de fuerzas y luego nos seguiréis con el resto de los instrumentos y pertrechos.

Sin esperar a que lo que dice pueda ser discutido, Juan de Aspa echa a andar y, empujado por tanta femenina gallardía, trota tras ella seguido de cinco hombres de armas.

—¡Esperadme, voy con vosotros! —chilla tras ellos Margarita.

—¡Vuélvete, tienes los pies desechos! —le espeta Sancha girando la cabeza hacia ella sin detenerse.

Es cierto, la chica tiene el calzado destrozado y los pies ensangrentados, y allí, en aquel rastrojo requemado por los últimos soles del verano griego, ofrece un patético aspecto: la cara sucia, los largos cabellos dorados apelmazados por el sudor y el polvo, las vestiduras rasgadas por los espinos y zarzales con los que se han ido enganchando durante aquella interminable caminata.

—¡Al infierno con mis pies y al infierno con todo! —grita la muchacha, y se sacude los zapatos para quedarse descalza. Tras arrebatarle la daga a uno de los soldados, se corta el bajo de las faldas para así poder andar más ligera.

Los ha dejado a todos boquiabiertos con aquel arrebato inesperado de furia y decisión. Es la primera vez que la joven dama, tan exquisita, tan educada, pronuncia palabras tan poco apropiadas para una noble constantinopolitana.

Ahí la tienen: apretando el paso, con las piernas al aire y rechinando los dientes para imponerse al dolor. Sancha, al verla, le entrega una sonrisa y, tras esperar a que se les una, retoman el camino a toda prisa.

Hacen bien en apresurarse. Las horas no se detienen, el sol las empuja hacia el horizonte y, aunque ya se internan en los umbríos bosques del monte Dirfis, la noche, aunque todavía invisible, está agazapada en algún lugar de Oriente, preparándose para saltar sobre el poniente.

Tello se pone en pie. El sol quiere besar ya la lejanía del Occidente.

En apenas una hora será de noche y las estrellas de la constelación del Delfín se alzarán para señalar dónde se debe buscar el tesoro que Aristóteles, mil quinientos ochenta y un años atrás, escondió bajo las caóticas y peligrosas aguas del Euripo que tanto lo intrigaron.

En apenas una hora..., pero nadie estará allí para fijar su posición en los cielos nocturnos.

—Esto se está poniendo feo.

Quien habla es Egidio el Nigromante, y Miguel, que, aunque listo como un demonio, en el fondo sigue siendo un novicio inocente, no lo entiende.

—¿A qué os referís, maestro?

—A que vamos a tener que hacer el trabajo nosotros.

Por lo que me dijiste, solo esta noche, de entre todas las del año, será válida la medición de la posición de las estrellas del Delfín y, por lo que podemos ver, esos dos pasmarotes de ahí abajo, el caballero Tello Bermúdez y su joven sobrino, ni tienen astrolabio ni sabrían usarlo.

Miguel tarda en responder. ¿Qué está proponiendo el nigromante?

Desde Pisa, es decir, desde que asesinó al canónigo Martín Pérez con el auxilio de Egidio, este último ha tratado de ganarse su confianza e, incluso, su cariño.

Pero Miguel no se engaña: Egidio el Nigromante lo matará en cuanto lo considere oportuno.

Por eso, mide y sopesa cada palabra, cada gesto del oscuro mago, pues pueden ser pistas, indicios de que se apresta a asesinarlo.

—Bueno, ese es su problema, maestre. Nosotros sí podemos hacerlo. Estamos aquí, en la ladera adecuada del Dirfis, tenemos un astrolabio y sabemos usarlo. Antes de que termine la noche, confirmaremos si tenemos razón.

—Claro, mi inteligente muchacho, pero, una vez que tengamos la posición de las estrellas y la pongamos en relación con el Euripo, no llegaremos al tesoro, sino al siguiente problema.

—¿Al siguiente problema? No entiendo...

—¡Mira ahí abajo! —le dice señalándole las aguas del canal que, justo en ese momento, comienzan a revolverse de nuevo y a espumear de forma amenazante—. ¿Te meterás tú ahí? Yo no, desde luego, ¡ni por todo el oro del mundo!

Miedo, eso es lo que Miguel ve en los ojos del brujo. Es normal, él también lo tiene. Nadie en su sano juicio bucearía bajo esas aguas caóticas y asesinas.

—¿Y nuestros hombres? —propone Miguel señalando de forma discreta con los ojos a los seis rufianes que, tirados en el suelo, aguardan masticando tocino salado y charlan, aparentando una despreocupación que desmienten las desconfiadas y malévolas miradas que les lanzan en cuanto los creen distraídos.

—¿Nuestros hombres? No, muchacho, te equivocas, porque esos malnacidos no son «nuestros hombres», sino una pandilla de asesinos que nos protegen solo porque calculan que nos sacan más oro vivos que muertos.

Piénsalo de esta manera, joven Miguel: según acabas de proponer, ahora vamos y le decimos a esos hijos de puta que están ahí sentados comiendo tocino que se levanten y que bajen al Euripo para echarse a sus aguas y bucear en ellas hasta que alcancen el infierno.

Dado que eso, el «infierno», es el único lugar al que uno llega cuando se mete en ese condenado canal.

¿De verdad crees que se van a entusiasmar con la idea?

Supongamos que sí, que nos hacen caso y se juegan la vida tirándose a las aguas del Euripo para bucear en ellas hasta dar con el tesoro y sacarlo del fondo.

Llegados a ese punto, vendría lo mejor: una vez con el tesoro en sus sucias manos, tú y yo vamos y les decimos con una sonrisa «¿Os importa entregárnoslo?

». ¡Una mierda y un par de cuchilladas es lo que nos van a entregar!

—Vos mismo dijisteis... —comienza a decir un cada vez más desconcertado Miguel.

—¡Que aguardaríamos a que esos de ahí abajo, Tello Bermúdez y su joven escudero, se jugaran el pellejo por nosotros y que luego, cuando menos lo esperaran, les arrebataríamos el tesoro!

—Sigo sin comprender, maestre... ¿Por qué cambiar de plan entonces?

—Hijo, es fácil de entender. Lo que quería decir es que, para quitarles el tesoro, les echaríamos encima a nuestros seis rufianes, y, ya sabes, que si un espadazo por aquí, que si una cuchillada por allá, y muerte a muerte irían menguando los números, los de nuestros granujas y los de nuestros adversarios.

Entonces, cuando esos «números» fueran lo suficientemente bajos, yo entraría en escena con esto —y diciendo aquello, como buen nigromante, abre la mano y en ella, por arte de magia negra o de ilusionista, elíjase lo que se quiera, aparece un puñado de polvo brillante y amarillo.

—¿Qué es?