Muerte en Toledo 23
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Amanece. Catorce de septiembre y cielo despejado, y, en los bosques del Dirfis, dos hombres corren como ciervos acosados.

Llevan persiguiéndolos toda la noche, batiendo tras ellos el bosque, antorcha en mano, y soltándoles perros de guerra que olfatean su rastro para señalárselo a los cazadores con sus estruendosos ladridos.

Agotados, resentidos aún de las heridas que encajaron en su fuga del castillo de la acrópolis de Atenas y un tanto desanimados tras haber perdido la oportunidad de reunirse con los suyos, se dejan caer junto a un manantial para beber y recuperar el aliento.

El ladrido de los perros llega hasta ellos como una amenaza que va creciendo.

Beben y se miran a los ojos: un joven de quince años y un hombre maduro.

Dos que comparten sangre y, a lo que parece, un mismo destino.

Tello sabe mucho de estas cosas, de lo que se te pasa por la cabeza cuando sientes que todo está perdido.

Esos momentos son los que deciden si mueres o sigues vivo, porque, si te abandonas, pereces, y si te levantas y sigues luchando cuando nadie lo espera, puede, solo puede, que sobrevivas contra todo pronóstico.

—No vamos a seguir corriendo —le dice a Alvar.

Alvar cierra los ojos, aliviado, pues no puede más.

Piensa, mejor así, esperar a que todo termine de una vez y dejar de sufrir.

Y es que, aunque el ladrido de los perros se acerca a ellos más y más, su cuerpo y su voluntad ya no pueden seguir librándolo de la derrota y la muerte, y prefiere esperarlas resignado.

—¡Venga, muchacho, arriba, que ahora nos toca a nosotros!

—¿A nosotros? ¿No habíais dicho que no íbamos a correr más?

—Y así es, Alvar, no vamos a correr más —le confirma para su desconcierto—, sino que vamos a ir andando a matarlos.

El muchacho pasa del desánimo a la seguridad que lleva en el corazón el león cuando se detiene para enfrentarse a los perros.

Perros. Son tres. Tres molosos griegos nacidos en los montes del Pindo.

Grandes, feroces, adiestrados para rastrear y matar hombres.

Tras ellos corre su perrero y, junto a este, cinco soldados latinos provistos de ballestas y arcos.

El resto de la partida, compuesta por catorce hombres y desembarcada por orden de María de Brienne, ha quedado un poco rezagada debido al terreno quebrado y al cansancio por la larga persecución.

No obstante, estos seis, el perrero y sus compañeros, sienten cercanas las presas y redoblan el paso con la esperanza de ganar el premio que, sin duda, la emperatriz les entregará cuando le lleven a los fugitivos.

Robles. Grandes, milenarios y seculares árboles, majestuosos robles por todas partes.

Extienden sus ramas y retienen bajo ellas sombras, incluso en lo más vivo de la luz del mediodía.

Robles del monte Dirfis vigilan sus pasos como guardianes celosos.

Algunos deben de llevar allí desde los tiempos en que centauros, titanes, gigantes y héroes recorrían las tierras de los antiguos griegos, en aquellos días arcanos y lejanos en que todo era posible y los dioses se divertían poniendo a prueba a los hombres.

Pero estos que corren tras los perros no saben nada de esas cosas y, aunque supieran de ellas, no les prestarían atención.

Ellos son soldados de Constantinopla y siguen huellas que los llevarán hasta hombres agotados, vencidos, a los que, después de que los perros se diviertan un poco con ellos, apresarán para cambiarlos por buena plata.

Entonces los canes salen disparados hacia un gigantesco tronco caído y redoblan sus ladridos hasta llevarlos al paroxismo y mezclarlos con agresivos gruñidos.

Los soldados se animan, pues aquello significa que, al fin, los tienen acorralados.

Corren hacia los perros, que ladran desaforados, aunque ya no los pueden ver, pues el tronco quebrado es colosal y los canes están al otro lado de la inmensa mole de madera semipodrida, fieramente enloquecidos.

—¡Vamos! —anima uno de los ballesteros, apresurándose hacia donde los perros, cada vez más nerviosos y enloquecidos, ladran y enseñan los dientes.

De un salto se sube al gran tronco caído y, al otro lado, para su sorpresa, lo único que ve son los perros ladrándole al roble muerto donde está subido.

Así, sin entender nada, muere atravesado por una estaca afilada que sale debajo de la larga grieta que recorre la parte superior del gran árbol abatido, y se le mete por la entrepierna hasta llegarle a lo más profundo de las entrañas.

Los que vienen detrás se quedan helados: ante ellos, su compañero ha sido, literalmente, empalado. Pero no se ve a nadie y los perros, enajenados, ladran y ladran como endemoniados.

Uno de los soldados pierde la cabeza. Tal cual, la pierde, porque Tello surge de la espesura blandiendo acero.

Y Alvar, rodando dentro del tronco medio podrido, en cuyo hueco corazón se había metido, da un fuerte alarido y clava su espada en el hocico de uno de los perros, que, enloquecidos por su olor, ladraban sin freno porque sabían que su presa estaba allí, aunque no pudieran verla.

Por mucho que ladraran, por muchas fieras dentelladas que lanzaran, no podían alcanzarla, porque, una vez que Alvar se metió dentro del roble caído, su tío había tapado con una gruesa corteza la grieta por la que se había introducido.

Ahora ya es tarde. Bueno, al menos para los perros y para los hombres que iban con ellos.

Tello, antes incluso de que la cabeza que ha cercenado toque el suelo, ha dado muerte a otro de sus enemigos.

También Alvar, sin parar de aullar como lobo desquiciado, sigue lanzando estocadas a las caras de los perros, que, espantados, gimiendo, se apartan del tronco con el rabo entre las patas y dejan salir a su presa, que, con la cara manchada por el barro y la podredumbre del corazón del roble, parece un espíritu maligno del bosque.

Sin dejar de gritar, el animal salta para sumarse a la matanza.

No dura mucho, por cierto. Tello ha matado ya al tercero de los desconcertados cazadores y Alvar, saltando desde el tronco, se lleva por delante al asustado perrero.

Cuando uno de los canes, haciendo acopio de valor, salta sobre él para vengarlo, lo recibe esquivándolo y asestándole un golpe de espada que casi lo parte en dos.

Sangre de hombre, sangre de perro empapan el suelo de un bosque milenario, y el único cazador que queda con vida corre ladera abajo y pide ayuda.

De pronto abandona, ya que uno no puede hablar si una daga bien lanzada le atraviesa la nuca.

Tello va dando zancadas hasta el desgraciado que se ha derrumbado.

Al llegar, le pone un pie en la espalda y le desclava el arma de la destrozada nuca.

Para cuando regresa junto a Alvar, el joven ha dado muerte a un segundo perro, y el tercero, herido en el hocico, se ha perdido en la floresta. Todo ha concluido.

—Sin los perros, los que quedan lo tendrán difícil. Además, vamos a prepararles un mal rato que les quitará las ganas de seguir persiguiéndonos.

—¿Prepararles un mal rato?

—En la guerra, Alvar, si el enemigo te acosa, hay que romperle no solo el cuerpo, sino también, y sobre todo, los nervios.

Quince minutos más tarde, entre los gigantescos árboles aparece el resto de los cazadores enviados por María de Brienne y, en efecto, se les rompen los nervios. Ante ellos ven seis cabezas de hombre y dos de perro, alineadas sobre un tronco caído; los miran con ojos yertos.

Ni siquiera tienen que hablarlo: los catorce, casi al unísono, se dan la vuelta y salen corriendo.

Lejos de allí, la urca navega alejándose de la isla de Negroponte. Ha puesto vela a Samotracia, y la galera que la persigue, a su vez, vira en redondo, pues es mucha la ventaja que le sacan y da por perdida la partida.

Al menos, no podrán ayudar a Tello, y el caballero, abandonado a su suerte y acosado, más pronto que tarde será capturado.

Se consuela María de Brienne mirando desde la proa de su galera cómo se pierde la urca en la azul lejanía.

Entonces, ante ella se presentarán dos posibilidades: la de sacarle cuanta información posea y emprender sin más dilación la búsqueda del tesoro.

O, si Tello no sabe lo suficiente como para afrontar la empresa con garantías de éxito, usarlo como rehén a cambio de la información necesaria para obtenerlo.

En cualquier caso, no abandonará su propósito, ella sabe de contratiempos y paciencia.

Nunca desiste, sino que aguarda a que sea la derrota la que se rinda ante su voluntad de hierro para ser sustituida por la victoria.

La urca sigue alejándose rumbo a Samotracia. Lejos, muy lejos de Tello y Alvar.

Antes, durante las horas de la pasada noche y al breve resguardo de una diminuta cala, desembarcó en ella, a toda prisa y sin que nadie lo advirtiera, a los tres sabios y a diez mesnaderos castellanos para guardarlos, y también, y no hubo forma de retenerlas, a Sancha y a la joven Margarita.

Isabel, cada vez más débil, casi no se sostenía en pie y tuvo que desistir contra su voluntad.

El resto, quince figuras apresurándose por entre campos y montes, pugnan por regresar cuanto antes a las vertientes del monte Dirfis que miran al canal del Euripo.

Así que la carrera ha empezado, aunque la están perdiendo. Las horas pasan, y Tello y Alvar, pese a estar en el sitio indicado, poco pueden hacer sin un astrolabio, y aunque lo tuvieran, no les serviría de nada sin sabios que supieran usarlo.

Sin embargo, aunque no lo saben, dos sabios con astrolabio los vigilan agazapados no muy lejos de ellos en la espesura. En efecto, Egidio el Nigromante y Miguel, el joven monje.