22 #2
Llega el crepúsculo en Negroponte. Detrás de ellos, monte cerrado, y, delante, el Euripo.
Tras las malignas aguas, las opulentas llanuras de Beocia y Ática preñadas de sembrados y olivares, y allá lejos, el horizonte encendido en cinco tonos de naranja y una línea de rojo llameante.
Sentados en su precario refugio entre los robles, Tello y Alvar sondean lejanías, aunque ya sin mucha esperanza.
Hace una hora vieron pasar bajo ellos a la galera imperial navegando sobre las bravías aguas para alcanzar el golfo norte y luego, saliendo a mar abierto, perderse en el azul.
Ahora todo es quietud y presagios de derrota.
Está claro que sus compañeros fueron apresados o muertos.
Alvar no habla desde hace un buen rato. Piensa en Margarita y se esfuerza por no ponerse a llorar.
Él es un hombre, se dice muy seguro, con esa adolescente convicción que uno pone a sus años y que de tan poco sirve.
Tello trata de no pensar. Porque, si lo hace, se quebrará, y porque su mente, a esas alturas, se niega a funcionar.
De todas formas, ¿para qué va a hacerlo? Sancha, Sancha, Sancha. Eso es lo único que tiene dentro en estos momentos de amargura y derrota. Y con el sol muriendo, la urca entra en el golfo norte.
El primero en verla es Alvar. Se queda tan impactado por lo que ve que no acierta a decir nada, sino que se limita a ponerse en pie, despacio, como si no diera crédito y, en cualquier momento, cuando afine la mirada, la contemple desapareciendo con la misma premura con la que ha aparecido.
Pero como la urca sigue allí, con velas a la brisa del crepúsculo y quilla surcando aguas tintadas de líquidos cobres, abre la boca y trata de gritar.
—¡Por todos los santos! —se le adelanta Tello, que acaba de verla también y se ha puesto en pie de un salto del que se arrepiente de inmediato, porque su cadera aún no está del todo restablecida.
—¡Están vivos, están vivos! —grita Alvar liberado del ensalmo.
Rápidos, con la fuerza que da la alegría de un feliz reencuentro que se les aproxima y del que ya desesperaban, bajan por la selvática ladera que se precipita al punto donde el golfo norteño se estrecha para desembocar en el canal del Euripo.
En la urca todavía no saben nada de ellos.
Una hora antes, cuando estaban anclados al fondo de una diminuta cala, han visto pasar a la gran galera constantinopolitana, la cual, por lo visto, los sigue buscando sin descanso.
Por lo pronto, la han burlado y el capitán genovés, audaz como es, ha decidido meterse en el Euripo y probar suerte.
La impaciencia los devora a todos y, puesto que solo quedan ya una noche y un día para el momento clave y siguen sin saber nada de los suyos, se lo van a jugar a esta carta, confiando en que no haya más naves de guerra en el estrecho que separa Negroponte del continente.
Para un barco tan grande como la urca, el canal del Euripo es un contratiempo, pero, si su capitán es diestro, no es un peligro grave. La corriente, cuando aparezca, que aparecerá, los zarandeará, los elevará y dejará caer, pero, si mantienen firme la espadilla, pasarán sin infortunio.
Allá van, confiando en que la galera tarde en volver y con todos los que no son necesarios para el gobierno del barco escrutando, incansables, las lomas y alturas del monte Dirfis: el lugar donde se había concertado el encuentro con Alvar y Tello.
Nada saben y mucho temen. Por eso, Sancha, Isabel y Margarita no apartan las inquietas miradas de las espesuras, mientras que al-Ricutí, Yehuda y Juan de Aspa hacen otro tanto mientras miran, maravillados, aquellos extraños parajes sobre los que tanto leyeron en Toledo y Sevilla mientras preparaban el viaje.
Sombras que se alargan, luz azul que gobierna el mundo, peñas, monte bravío, aguas turbulentas y un ascua de esperanza.
—¡Ahí están, por Dios que son ellos!
Ha sido al-Ricutí el primero en verlos. Tiene ojos penetrantes, como buen astrónomo, y el corazón le da un vuelco, ya que allí, apareciendo y desapareciendo entre robles y arbustos, se puede ver a Tello y a Alvar corriendo hacia la orilla del mar.
Sancha se echa a llorar e Isabel y Margarita, abrazándose, ríen entre lágrimas.
—¡Echad el batel al agua, debemos recogerlos antes de salir del golfo y entrar en el canal! —ordena el capitán.
Pronto, los marineros se aprestan a hacer lo que se les manda, pero se detienen en seco.
—¡La galera, la galera regresa! —advierte, aterrorizado, el niño que les sirve de vigía en la cofa del palo mayor.
Tello y Alvar no pueden creerlo: están a pie de mar y la urca, cuando se disponía a soltar los amarres del batel para ir a recogerlos, ha vuelto a poner vela y pasa ante ellos como una promesa incumplida.
Desde donde están, a escasos pasos del mar, ven, asomados sobre la regala, a sus amigos y a las mujeres que aman.
Alvar no puede hacer otra cosa que mirar a su madre y a Margarita.
Están juntas, abrazadas, y han mudado la alegría que las embargaba por una tristeza tan súbita como desoladora.
Alvar, sin poder remediarlo, se echa a llorar como un niño.
Tello no llora, ve a Sancha, que sí lo hace y que le tiende los brazos en un gesto de amor y súplica.
Entonces el viento cambia y les lleva los gritos que les lanzan desde la urca y, al mirar hacia donde les señalan, ven a la galera que rema a boga arrancada hacia ellos, mientras en su cubierta menudean ballesteros y arqueros aprestándose a batalla.
Entre tanta gente de guerra, la emperatriz de Constantinopla.
—¡Maldición! —ruge Tello, y, de pura rabia preñada de frustración, recoge una piedra del suelo y la lanza, inútilmente, contra la galera, que, boga a boga, acorta distancia.
La derrota en la esperanza. Eso es lo que están viviendo, y Tello lo sabe.
Pero él es acero de Toledo forjado en fragua y yunque de hombre, y nunca se quiebra.
Así que, desafiante, desenvaina la espada y mira hacia donde ve, ya claramente, a la emperatriz y su gente.
Sancha observa lo que hace Tello y se siente orgullosa de amar a ese hombre fuerte que nunca se rinde.
Lo ama desde el día en que lo vio por primera vez, cuando era muy niña y él le parecía un gigante.
Y por eso, porque lo ama, porque le despierta fiero orgullo en su pecho de mujer, tampoco ella se rendirá.
—¡Mañana, mañana estaremos juntos! —grita con todas sus fuerzas, y se jura que así será aunque tenga que cruzar a nado aquellas aguas salvajes o trepar descalza por las peñas de la montaña que tiene delante.
Tello la oye, espada en mano, y una sonrisa le acude a los labios. Porque, pese a la derrota que aniquila a la esperanza, pese a tan duro golpe, pese a que la urca se aleja llevándosela, sabe que ellos, Sancha y él, son más fuertes que la derrota, más que la esperanza, más que cualquier otra cosa.
Entonces se gira de nuevo hacia la galera. Allí se oyen gritos y las ballestas disparan, aunque están aún demasiado lejos, y sus negros virotes caen, cansados, a tres o cuatro varas de ellos, zumbando y levantando salpicaduras de agua marina.
—¡Fracasarás! —grita a la emperatriz—. ¡Fracasarás y quedarás maldita para siempre por tu traición! ¡Que Dios te castigue y te maldiga, pues tienes el corazón de piedra negra! —Y con aquella maldición, Alvar y él se giran y vuelven a perderse en los bosques del monte Dirfis.
María de Brienne lo ha oído. Ese hombre tan fuerte, tan bravo —se dice—, tenía que haber sido mío...
—Eso es lo que se le viene a la mente, y siente en las entrañas que es lo que desea en realidad y lo que nunca tendrá.
No porque no hubiera podido tenerlo, sino porque ella es quien es y, por eso, por ser fiel a su esencia, es, en verdad, una maldita traidora con corazón tan negro y duro como la piedra de Tournai 1 .
—¡Daos prisa en despachar hombres y perros a la orilla para apresarlos! —ordena a sus soldados con fiera determinación, pese a que se sabe muerta por dentro—. ¡Cogedlos vivos!
De inmediato, se cumplen sus órdenes y el esquife lleva veinte hombres y tres perros de guerra a tierra para que vayan tras las huellas de Tello y Alvar. En cuanto parte la barca, la galera, redoblando el ritmo de boga, retoma su persecución de la urca y le pisa con los remos la estela.
Viéndolo todo desde otra altura cercana del monte Dirfis, Egidio el Nigromante, Miguel y su grupo de rufianes se quedan perplejos.
Egidio y Miguel conocen de sobra a Tello Bermúdez y a los sabios del rey, y saben también a qué han venido a Negroponte.
Así que al verlos allí, en la boca del canal del Euripo, el uno en tierra y los otros en un barco, huyendo todos de una galera de guerra que enarbola las armas del Imperio latino de Constantinopla, y a una noche y un día del momento preciso en que se debe establecer la posición del tesoro, comienzan a sacar las evidentes conclusiones que cualquiera puede extraer.
—El caballero y los sabios del rey... —musita Egidio tan asombrado como todos los demás, pero dándose perfecta cuenta de lo que aquello implica—.
¿Sabes, Miguel?, a lo mejor esto va a ser más fácil de lo que pensábamos.
A lo mejor solo tenemos que sentarnos a esperar y recoger, ¿cómo decirlo?
¡Sí, eso es! Sentarnos a esperar para recoger los beneficios del peligroso trabajo que otros hagan por nosotros.