22
Don Nuño González de Lara asesta un tremendo puñetazo. El hombre que lo recibe cae al suelo y trata de detener con la mano la sangre que le mana de los labios. Hecho un sumiso ovillo, se queda muy quieto, con la mirada baja, aguardando a que pase la ira de su dueño.
—¡Cómo habéis tardado tanto en informarme de esto! —brama el conde.
—¡Pero, mi señor, no os enfurezcáis conmigo, os lo ruego! Buscamos durante semanas y nada hallamos. Y ha sido esta misma mañana cuando un pastor me trajo los... —No termina la frase.
Nuño González está furioso y lo está pagando con quien no tiene culpa, y lo sabe, mas le importa poco saberlo.
Presa de un nuevo estallido de ira, da una segunda patada al desgraciado que tiene tirado a los pies y vuelve a mirar lo que el imbécil acaba de darle y que él todavía aferra con la mano izquierda: los despojos —eso trataba de decirle el inútil que gime en el suelo—, una femenina calavera a medio mondar, pero que conserva íntegra una espesa, magnífica y brillante melena rubia. Justo la que lucía Beatriz la Loba.
Eso es lo que lo ha enfurecido. Eso, el miedo y la inquietud que se derivan del macabro hallazgo.
Creía que la Loba había desertado de su campo y la buscaba para taparle la boca y, por lo visto, alguien se le adelantó y, seguro que, antes de cerrarle la boca, se la «abrió» para que le contara todo lo que sabía sobre los asuntos del señor de la casa de los Lara.
Y vive Dios que era mucho lo que la muy zorra sabía.
Como que el hombre tiene muchos enemigos. Un hombre poderoso siempre los tiene, y, por eso, ahora que aferra por los largos y dorados cabellos la marchita calavera de Beatriz, está muy nervioso. La puta sabía mucho y eso lo intranquiliza en exceso, y, cuando está nervioso...
—¡Debería sacarte los ojos! —masculla entre dientes contra el desgraciado que tiene tirado en el suelo y, durante un instante, piensa en hacerlo.
Luego se serena un tanto. No por piedad hacia el hombre al que ha golpeado sin razón, sino porque sigue sopesando cuál de sus enemigos asesinó a Beatriz la Loba, y porque de ello pasa a otro asunto importante: le han llegado extraños informes.
Primero desde Pisa: de allí salieron dos, no tres, de sus hombres.
Miguel y Egidio embarcaron para Atenas y Negroponte, pero no así el canónigo Martín Pérez.
El otro informe ha venido desde Venecia: el rescate del hijo de la emperatriz fue pagado y, tras recoger al príncipe, la nave partió para Atenas.
Así que todo indica que Tello y los sabios estarán buscando el tesoro, y él, por su parte, solo tiene allí, en Grecia, a un brujo y a un monje de los que no se fía, y aquí, en Toledo, secretos enemigos que asesinan a los suyos.
Beatriz la Loba era «suya». Y aunque tenía decidido matarla para cerrarle los hermosos labios para siempre, que alguien se le adelantara y él no supiera de ello es una amenaza que no soporta.
Han robado una barca de pescadores y, no muy seguros de lo que hacen, se han metido dentro y bogado en dirección a la isla de Negroponte.
El canal, por una vez, parece en calma, y reman con fuerza y con toda la torpeza de dos hombres de tierra adentro para salvar cuanto antes las escasas cien varas que allí tiene el Euripo.
Ni siquiera se atreven a hablar. Es como si temieran alertar al dragón dormido que, cuando despierta, parece hacer hervir las aguas revolviéndolas, agitándolas, encrespándolas en olas violentas y en fatales remolinos.
Entonces despierta.
—¡No! —tan solo acierta a gritar Tello.
—¡Madre santísima! —exclama Alvar con los ojos posados en la estrecha porción de mar que están surcando y que, de repente, deja de ser un espejo tranquilo para empezar a agitarse como si fuera un titán acuático que regresa embravecido.
La corriente viene. Viene desde el golfo del sur, el que está más allá de Calcis.
Viene revolviendo las aguas, bramando, empujando maligna determinación en cada gota de mar que empuja delante y en cada salpicadura de espuma.
—¡Rema, Alvar, rema con todas tus fuerzas!
Reman como dos posesos, dos locos, dos hombres desesperados que ven cómo un remolino atrapa su frágil y pequeña embarcación.
La hace girar, alzándola como si fuera una hoja caída y el Euripo, gozoso de tener nuevas e incautas víctimas en sus acuáticas manos, quisiera, antes de ahogarlos, jugar un poco con ellos.
Ya no pueden remar. La fortísima corriente les ha arrancado los remos y han tenido que soltarlos para no romperse las manos, los brazos.
Aferrados a las bordas de la barquichuela, miran, atemorizados, impotentes, cómo la corriente y sus anárquicos remolinos los zarandean, los hacen girar, y amenazan con volcarlos y sepultarlos en las pelágicas profundidades.
Tello tiene el rostro salpicado de espuma y los dientes apretados. Está muerto de miedo y teme que, después de todo, vayan a morir ahogados.
Alvar, por su parte, no puede evitar gritar de puro pánico mientras intenta no salir disparado de la embarcación. La violencia de olas y torbellinos está creciendo, y todo parece indicar que allí, a no más de veinte varas de la orilla insular del Euripo, se van a ahogar.
—¡Nos vamos al agua!
Alvar lo grita con razón: la barca casi está volcada y una ola maliciosa les pasa por encima.
Entonces, de manera tan repentina como llegó, la corriente diabólica cesa y las aguas, como en un evangélico milagro, se encalman.
—¡Cristo bendito! —suelta Tello, y deja de aferrarse a las bordas de la barca para así poder persignarse.
Alvar no puede hacer ni eso, está descompuesto. Blanco como la cal y temblando como si fuera preso de la más violenta fiebre. No hay tiempo que perder. Y es que la caprichosa corriente, igual que se fue, puede volver en cualquier momento.
Una vez recuperados los remos que habían soltado, reman como endemoniados y en apenas unos momentos encallan la barca contra las rocas más próximas. Saltan de inmediato de la barca y trepan por las grandes piedras como cabras montesas para pisar cuanto antes tierra firme y seca.
Jadeantes, aún asustados, miran al canal y, como temían, contemplan de nuevo, hipnotizados por el inexplicable prodigio, cómo la calma, que esta vez casi ni ha durado tres o cuatro minutos, se rompe de nuevo, y la imparable corriente, esta vez llegando desde el golfo situado al norte, arrasa el canal con su fuerza brutal levantando chorros de espuma y haciendo temblar las aguas del Euripo como si estuvieran poseídas por una legión de demonios asesinos.
Viendo aquello, Tello no deja de hacerse, una y mil veces, la misma pregunta: ¿cómo van a sacar de ahí el tesoro?
Supone, porque es hombre animoso, que los sabios le darán respuesta.
Pero le den la solución que le den, sabe también otra cosa: no serán ellos, con sus libros, números y estrellas, los que se sumerjan en las infernales aguas del canal, sino que será él quien tenga que hacerlo y poner así a prueba si lo que los eruditos propongan funciona o no.
Mejor no pensarlo...
Subiendo por la ladera, se meten en el bosque y trepan hasta alcanzar una loma cubierta de robles. Desde ella, asomándose entre los enormes troncos, se puede ver una buena extensión del canal y, más allá de él, del golfo norte, e, incluso y en la lejanía, una porción de mar abierto.
El sol brilla con fuerza y, agotados, se sientan allí, entre las raíces centenarias, y recuperan ánimo y aliento.
—¿A qué día estamos? —pregunta al poco Alvar.
—A 13 de septiembre.
No hay que decir más: el fracaso se cierne sobre ellos.
Miguel come en silencio. El ciervo asado está bueno y tiene ese apetito voraz que surge cuando se combinan juventud, ejercicio y miedo.
Llevan días andando sin parar por las boscosas laderas del monte Dirfis evitando a las partidas de guerra de los triarcas de Negroponte.
También, desde hace poco y para su sorpresa, a las merodeadoras singladuras de una gran galera de guerra de los latinos de Constantinopla.
Estos, aquí y allá, en distintos puntos de los golfos del Euripo, desembarcan hombres armados que baten las espesuras y fatigan los montes, como si buscaran a alguien con mucho empeño.
—¡Ahí está de nuevo! —grita uno de los rufianes que les sirven de escolta.
Al mirar en la dirección en que señala el mercenario, Miguel ve la galera constantinopolitana soltando ancla en el golfo norte y, al poco, el esquife que le sirve de barca de desembarco es fletado con veinte hombres a bordo que, en cuanto tocan la arena de la playa, se despliegan tentando la fronda y los roquedales que quedan justo debajo de ellos.
—Debemos movernos de nuevo —suelta a su lado Egidio el Nigromante en un susurro resignado y fatigado.
Dejan el lugar con tanta prisa como pueden y arrean a sus mulas por una estrecha senda mientras cae la tarde.
—¡Ánimo, muchacho! —lo estimula Egidio, aunque el viejo nigromante parece también terriblemente cansado—.
Una noche y un día más y estaremos midiendo las estrellas del Delfín y, si tienes razón, eso nos permitirá establecer dónde debemos buscar exactamente.
¡Así que levanta el ánimo, que pronto serás inmensamente rico!
Eso trata de hacer Miguel: animarse. Pero no lo consigue. En verdad, la posibilidad de hallar un tesoro estimularía a cualquier otro joven de sus años, mas él sabe que, cuando lo encuentren, teniendo en cuenta los compañeros que tiene, habrá cola para cortarle el cuello.