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—¡La galera constantinopolitana zarpa de nuevo! —alerta Alvar, quien, subido a un alto olivo, estaba vigilando.
En efecto, la poderosa nave de guerra ha levado anclas y pone rumbo al sur buscando aguas abiertas.
Al poco de salir y sin parar de calar palamenta para vencer a la fuerte corriente del Euripo, la nave imperial vira y cruza el estrecho canal para quedarse a pocas varas de la orilla y a menos de doscientos pasos a la derecha de donde ellos la observan.
De inmediato conocen el motivo: una comitiva se acerca a la orilla. La componen cincuenta hombres de guerra bien montados y armados, y entre ellos va un destello de gemas y sedas: María de Brienne, emperatriz de Constantinopla.
Al verla, Tello no sabe qué sentir. Está confuso. Por lo pronto, la bellísima e imperial prima de su rey está ya en la orilla aguardando a que la barca que han despachado desde la gran galera toque playa para embarcarla.
—Vamos a tener problemas —vaticina Alvar.
No necesita ser vidente para acertar, ya que, conforme la emperatriz sube a bordo de la galera, la mayor parte de los caballeros y hombres de armas que la escoltaban se dispersan y se ponen a batir los olivares y campos que ciñen la orilla continental del canal.
Tello y Alvar, de inmediato, corren hasta donde están atados sus caballos.
Montan en ellos y galopan hacia la sección del Euripo que queda bajo las últimas estribaciones del monte Dirfis.
Mientras se alejan del nuevo peligro, la gran galera imperial pone rumbo a mar abierto y, en su proa, mirando de frente con sus ojos azules, María de Brienne es ahora cazadora en busca de presa.
Una hora más tarde.
—¡Galera a la diestra!
El aviso del vigía encaramado a la cofa de la urca pone a todos en alerta. De inmediato corren a asomarse a ver de qué nave se trata.
La galera constantinopolitana de María de Brienne con velas desplegadas y palamenta calada navega como un colosal dardo y, al avistarlos, arría de inmediato todo el trapo, señal inequívoca de que va a por ellos, ya que una galera no adopta orden de combate con las velas izadas, sino que las arría, pone todos los remos en el mar y marca boga arrancada 4 para ir a por su presa y clavarle su broncíneo espolón.
Eso es lo que está haciendo esta: calar toda la palamenta y, al ritmo que marcan el cómitre, el látigo y el infernal tambor, poner proa hacia ellos para abordarlos.
—¡Por Moisés y todos los patriarcas de Israel! —grita Yehuda al ver cómo el naval monstruo los enfila.
—¡Virad en redondo, muchachos, que no traen buenas intenciones! —ordena a sus marineros el capitán genovés, más práctico y sin tiempo para la piedad.
Todo es premura entonces: caballeros y soldados de Castilla que se arman a toda prisa, y marineros de Génova y Sevilla que despliegan hasta la última vara de trapo de las velas de la urca buscando con ello viento que ponga distancia entre ellos y la galera constantinopolitana, la cual, boga a boga, recorta olas con su espolón siniestro.
En la crujía de la gran nave de guerra, erguida, deslumbrante como una diosa, va María de Brienne, y, durante un sobrecogedor instante, es como si ella y Sancha cruzaran miradas.
La una está en la proa de la belicosa galera y la otra en la popa de la perseguida urca.
Sin embargo, están todavía muy lejos la una de la otra.
Sancha, sin darse cuenta, quién sabe si atendiendo a un presentimiento, se lleva la mano a los pendientes que le regalara la emperatriz.
A su lado, Isabel, que esa mañana ha tenido otra de sus crisis, apenas se sostiene en pie y se aferra con manos pálidas a la regala de la popa desde donde mira, desafiante y frágil a un tiempo, cómo se les aproxima la nave enemiga.
—¡Doblad la boga! —ordena en su nave la emperatriz y, de inmediato, el capitán de la galera transmite la orden al cómitre, que hace restallar el látigo sobre los galeotes e indica al tambor que aumente aún más el ritmo.
Bajo la quilla, las olas, partidas, espumean y, ante los tripulantes y soldados constantinopolitanos, la urca, desesperada, trata de alargar distancia con ellos.
Lo logra. Braza a braza, la pesada nave mercante, pese a ser manca 5 , consigue, gracias a su mucho trapo, coger viento de sobra como para no ser alcanzada y, poco a poco, dejando estela liberada tras ella, se escapa.
María de Brienne la ve alejarse. Es extraño, piensa, pero está aliviada, ya que se siente partida en dos.
En verdad, no se ha sentido de otra manera desde que traicionó a los que consideraba y se consideraban sus protectores y amigos.
Pero este mundo es así de perro, y ella, antes que mujer, es emperatriz, y también madre de un príncipe que, si no consigue plata suficiente, se quedará sin imperio sobre el cual reinar.
Sin que en su rostro perfecto se marque la más mínima expresión, se impone disciplina y desecha los remordimientos, la tristeza y el asco por ella misma, y se dice con determinación que, aunque hoy hayan escapado, volverán y ella los estará esperando.