Muerte en Toledo 21 #2
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Casi, porque en su ojo bueno, el de lobo, durante un parpadeo, reluce oscuro fuego.

Han pasado los días y Tello mira al canal del Euripo desde el resguardo que les presta un olivar. Ante sus maravillados ojos, el agua de mar comprimida entre el continente griego y la isla de Negroponte, bulle, espumea, se agita con fuerza.

Primero lo hace durante una hora o más, luego, de improviso, se encalma, a veces durante un momento, a veces durante todo un cuarto de hora, para, de repente, sin aviso, volver a correr con fuerza, a levantar olas feroces, a girar en fuertes torbellinos.

Y todo ello sin que nada pueda explicarlo.

Unas veces la poderosa corriente baja desde el norte y otras sube desde el sur.

Sin que ningún patrón o pauta pueda ordenar aquel caos de olas y acuáticas espirales que puede sostenerse durante largo tiempo en una dirección y luego en otra, y también alternarse, una y otra vez, en cuestión de brevísimos minutos.

—¡Estas aguas están embrujadas! —se maravilla Alvar.

Tello también lo cree, ya que, si no, no sabe cómo explicar tamaña maravilla. En cualquier caso, todo apunta a que explicar aquellas poderosas corrientes es imposible, y lo peor es que bajo ellas, según creen, duerme el tesoro que han venido a buscar desde Castilla.

Duda cómo van a sumergirse bajo aquel brazo de mar revuelto por corrientes que son más que capaces de volcar una embarcación.

También se plantea una y otra vez cómo sacarán cincuenta mil libras castellanas de plata del fondo marino si las aguas que tendrán sobre sus cabezas los arrastran, los empujan, los ahogan o los destrozan contra las rocas.

Quizá..., se le pasa por la cabeza sin poder apartar la mirada del canal del Euripo, que, de nuevo, espumea con un nuevo cambio de corriente.

Quizá no fue tan buena idea prescindir de la segunda parte del libro de Aristóteles oculto en el templo de Artemisa de Braurón.

Puede que contuviera la clave para escapar de los peligros que guardan el tesoro y ahora conoce en realidad, pues puede verlos con sus asombrados ojos.

—¿Así que esto era en verdad el monstruo de siete ojos y siete bocas que mostraba la miniatura? —medita en voz alta.

Aristóteles no podía tener mejor guardián para su tesoro.

—¿Cuándo creéis que llegarán los demás?

La pregunta de Alvar solo la podría haber hecho un muchacho de quince años.

Esa no es la pregunta que haría un adulto, sino que este último se interrogaría así: ¿vendrán o habrán sido capturados?

O ¿vendrán o yacerán bajo tierra, fríos y muertos?

Solo un joven puede mostrar tanta confianza como muestra Alvar, y él, su tío, no se la va a matar.

—Deberían aparecer hoy mismo o, a lo sumo, en un par de días —miente con aplomo.

En verdad está aterrado solo de pensar en que Isabel y Sancha, y con ellas los demás, puedan haber perecido o que estén penando, aherrojados y a oscuras, en las mazmorras de la acrópolis.

Ese miedo se ha ido incrementando día tras día.

Tras zafarse de los hombres de Juan de La Roche en las colinas que rodean Braurón y atravesar el monte Himeto, llegaron a la costa norte de Ática, junto a las lindes de Beocia y frente a la isla de Negroponte, y desde que arribaron a estas tierras, no han parado de ver partidas de hombres armados que los rastrean.

A esas bandas de caballeros y soldados de Atenas se sumó, hace cuatro días, una gran galera de guerra de Constantinopla. Sin duda, es la que tenía que recoger a la emperatriz, pero que ahora, como una pantera marina al acecho, zarpa cada día del puerto de Calcis para patrullar las aguas cercanas.

Le gustaría pensar que están buscando a la urca, pues sería prueba de que los suyos lograron escapar con bien del Pireo.

El canal del Euripo es estrecho en grado sumo.

Allí, donde ahora se encuentran, no tiene más de cincuenta varas, y en sus puntos más anchos no llega ni a media legua.

Es una estrecha lengua de agua de dos leguas de largo que comunica dos golfos, uno situado al norte y otro al sur, y separa las costas de Beocia y el Ática de las de Negroponte, la cual, según le han dicho, en tiempos de Aristóteles recibía el nombre de Eubea 2 .

Reciba el nombre que reciba, la isla de enfrente, a donde deben cruzar antes del 14 de septiembre, debe de ser un pequeño infierno, ya que desde el olivar en donde están escondidos pueden ver, de tanto en tanto, alzarse negras columnas de humo.

En la propia Calcis, la ciudad principal de la isla y a tiro de piedra de donde ellos están, no hay día en que no se vean hombres de guerra matándose en sus calles.

Negroponte o Eubea, elíjase el nombre que se quiera, es una tierra dividida entre tres grandes señores: los triarcas.

Tres señores de la guerra que no se llevan bien entre ellos y que, por si no les bastara con eso, también mueven batalla contra el ducado de Atenas.

Todo ello sazonado con conjuras venecianas que estimulan, lo que pueden y más, las matanzas y los combates que desgarran aquella triste tierra.

—Ese debe de ser el monte desde donde deberíamos medir las estrellas —dice ahora Alvar señalando la gran montaña que ocupa buena parte del centro y el norte de la isla.

Es el Dirfis, una gran mole cuyas cumbres y laderas se alzan de forma vertiginosa desde el mar. Aparecen cubiertas por densos bosques, y algunas de sus lomas y cumbres se precipitan justo sobre la sección más norteña del canal del Euripo.

—En efecto, ahí deberíamos estar encaramados la noche del 14 de septiembre si todo va bien...

Si todo va bien. Pero, para que «vaya bien», necesitan que la urca fondee en algún lugar secreto y cercano, de manera que permita desembarcar a los tres sabios de los que la búsqueda depende y a las tres mujeres sin las que ellos dos, Alvar y Tello, no sabrían ya vivir.

El capitán genovés es un diestro marino.

Preocupado por la vía de agua que le abrieron los espías griegos del joven señor Juan de La Roche, buscó fondeadero en una solitaria cala de la isla de Egina y, desde ella, una vez bien reparada la nave, no puso vela al cabo Sunio, que hubiera sido la ruta previsible y que, por lo tanto, temían vigilada, sino hacia las islas Cícladas.

Tras cargar agua y víveres en una de ellas, Naxos, retomaron su singladura hacia su verdadero destino: Negroponte.

Ahora tienen enfrente la gran isla 3 y no parece recibirlos con los brazos abiertos, pues muestra claras señales de estar inmersa en fiera guerra.

—No sería prudente echar amarre en el puerto de Calcis y, por lo que parecen decirnos esas negras humaredas que se alzan desde varios puntos de la isla, tampoco se ve recomendable fondear en cualquier otro puerto.

Así que rodearemos la isla por el norte y el este, y luego doblaremos hacia el oeste y el sur para buscar una cala solitaria donde echar el ancla —les explica el capitán genovés con esa manera suya directa, franca y segura de decir lo que va a hacer y que tanto cuadra a un hombre de su estampa: bonachón pero firme, grueso pero fuerte, alegre pero duro si es preciso.

Lo escuchan con atención. Están los seis juntos, los tres sabios y las tres mujeres, en el castillo de popa y junto al genovés.

Mientras oyen a este último, sondean con la mirada las costas de Negroponte como si así fueran capaces de ver alguna señal de lo que más ansían: saber si Tello y Alvar están vivos y libres.

Sancha tiene los ojos húmedos y, a su lado, Margarita llora abrazada a Isabel.

Yehuda, viejo, silencioso, se siente un poco turbado por la escena en que participa y ruega al dios de Israel que sus amigos sigan vivos, mientras que a su diestra Juan de Aspa baja la mirada y murmura una oración a Cristo, la enésima, por el caballero y su joven sobrino y escudero.

Al-Ricutí hace lo propio invocando al profeta y al clemente y misericordioso Alá.

Tres mujeres angustiadas, tres hombres que rezan a un mismo dios con tres nombres.

No muy lejos, frente a Negroponte, en la orilla continental del Euripo.