Muerte en Toledo 21
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William está delante del sultán Qutuz. De nuevo, como ocurriera días atrás en el patio de adiestramiento, se miran a los ojos y, una vez más, se reconocen como lo que son: dos hombres capaces de sobreponerse a todo y seguir adelante pisoteando a cuantos se les opongan.

Por si eso no bastara, está también el extraño parecido físico que comparten.

¿Cómo pueden ser tan iguales dos hombres nacidos en los extremos de la tierra?

Qutuz vino al mundo en las estepas que se dilatan al norte del mar Negro, y William, en la verde Inglaterra.

Sin embargo, cuando se miran, ven los mismos ojos verdes, el mismo rostro fuerte, la misma complexión de luchador...

Junto a Qutuz hay otro hombre. Uno con el ojo izquierdo velado y sin vida como consecuencia, sin duda, de la herida que le dejó la cicatriz que le cruza el rostro.

Pero si uno de sus ojos es de inerte plata, el otro es un reservorio de oscura fiereza y dispensa miradas tan duras como las de un lobo.

Se trata de Baibars, nacido en las estepas, como el propio Qutuz, pero, si bien en este último dominan los rasgos propios de la sangre sogdiana, eslava y urálica presente en buena parte de los pueblos turcos, en Baibars predominan por completo los turco-mongoles de la mayoría.

Por eso su cara es ancha, su nariz algo chata, su barba rala y oscura, su cuerpo el de un poderoso gigante de miembros de infatigable acero.

Un coloso ambicioso y, sobre todo, peligroso.

—Levántate, frany —ordena Qutuz a William usando el nombre que los árabes dan a las gentes de Francia, Inglaterra y Alemania—.

Te he hecho llamar porque he cruzado una apuesta con mi amigo Baibars —le dice en un tono que mezcla gozosa crueldad y torcida astucia—.

Verás, nos han contado lo que eres capaz de hacer con ese arco largo con el que te apresaron, allá lejos, en el país de los moros de Tremecén, pero el emir Baibars afirma que su arco de las estepas puede superar al tuyo.

¿Y sabes qué? He apostado con él cinco mil dinares de oro a que serás tú, y no él, el vencedor.

William se tensa. No le gustan las apuestas.

—¿No dices nada? No es necesario. En una hora se llevará a cabo la prueba y cinco mil monedas de oro cambiarán de manos, y, dependiendo de a cuáles manos vayan, conservarás o no la cabeza.

Sol egipcio. El sol de Egipto quema. Y bajo ese fuego que viene del cielo, William traga saliva para luego tensar y enconchar su largo arco inglés.

Es un buen arco, hecho de madera de cornejo curada durante tres años y tan largo como un hombre alto.

Hace falta mucha fuerza para tensar un arco como este, y él, William de Amesbury, la tiene.

A su lado, impasible, Baibars prepara su arco compuesto.

Una máquina hecha de madera, hueso y tendones.

Un arma prodigiosa que, desde que la inventaron los hunos, rige medio mundo y hoy se medirá con el norteño arco largo.

—¡Cien pasos! —anuncia el heraldo del sultán Qutuz—. ¡Cien pasos y tres flechas! ¡Quien logre más aciertos, quien sea más certero, ganará la apuesta!

Mientras grita, se aparta y los espectadores, un centenar o más de jefes y oficiales mamelucos, comienzan a cruzar apuestas bajo los doseles de seda que han sido tendidos para su resguardo.

El patio de adiestramiento se ha convertido en palestra y, a la par, en derroche oriental: palios de rico brocado, estandartes de seda al viento, cojines mullidos para sentarse, alfombras bordadas en oro, mesitas de ébano, nácar y marfil...

, y entre todo aquello, docenas de esclavos sirven bebidas y manjares entre los presentes.

Entonces, a una señal de Qutuz, un tambor de piel de hipopótamo hace temblar la tierra y, cuando calla, un grito ordena a William que dispare su primera flecha.

William ha puesto todo su ser en la flecha y la larga saeta inglesa vuela llevando su esperanza. Es un tiro largo y difícil, y William y todos los que han apostado por él contienen la respiración.

Impacta con fuerza y muy cerca del corazón de la silueta humana que sirve de diana.

Un clamor se alza entre los oficiales mamelucos que asisten como espectadores.

Qutuz ruge y se pone en pie, presa de bárbara alegría, acompañada por apuestas que se elevan o se retiran, entre animadas conversaciones.

Baibars ni se ha inmutado. Cuando el clamor se apaga, coloca su flecha en la cuerda, tensa, y, como al descuido, la suelta.

Es un suspiro de muerte que vuela directo al centro, al corazón de la silueta.

Un rugido se alza de cien gargantas porque Baibars, el rey de los arqueros, ha vuelto a hacerlo.

Sin embargo, pese al griterío, pese a los gritados elogios que le lanzan, Baibars no celebra su acierto, sino que sigue impasible como la estepa que lo parió.

Tras Baibars, en su trono, el sultán Qutuz echa fuego verde por los ojos. Le gusta apostar y soporta mal perder.

—¡Mide mejor tu puntería, frany , o despídete de tu cabeza! —«anima» a William imponiendo su ronca voz al griterío.

De nuevo reina un expectante silencio y el inglés coloca su segunda flecha mientras reza pidiendo a san Jorge que mueva su santo trasero y le eche una mano.

El aire es apenas respirable bajo el sol inmisericorde.

William toma una bocanada ardiente, la retiene, tensa el largo arco, apunta y suelta.

Allá va la flecha, que vuela y se clava vibrando como una avispa furiosa junto a la flecha de Baibars.

—¡Ahí lo tenéis, ahí lo tenéis! —clama, alborozado, Qutuz y, de nuevo, se desata el entusiasmo de los espectadores.

Corre el oro entre los presentes y los esclavos se apresuran a llenar copas vacías y a reponer los platos de exóticas frutas y de carnes sazonadas con especias llegadas de la India.

Baibars, como ocurriera antes, permanece callado, hierático.

A su lado, sus oficiales más cercanos parlotean sin parar, pero él ni se inmuta.

Su ojo lisiado parece acumular destellos de plata, y el otro, afilado como hierro, se limita a mirar la diana mientras las manos de su dueño preparan el arco y la flecha.

Dispara. Zumbido de madera y acero. Acierto perfecto.

Aquello es el delirio. Muchos son los que cantan la gloria del arquero de Baibars, pero no el sultán, quien, una vez más, gruñe enfadado en su trono portátil. El aire calmado que reinaba hasta ese momento se transforma en viento de fuego.

Eso es lo que le faltaba a William: viento que haga más difícil aún, si cabe, superar el último disparo de Baibars.

William sabe que en este disparo final apuesta su cabeza.

Así que se toma su tiempo. Separa bien los pies, tensa con calma, apunta sin prisa y suelta la larga flecha en el intervalo que queda entre dos latidos de corazón.

Vuela la flecha y él cierra los ojos y murmura el nombre de su madre y de su hermano, los dos únicos seres con los que fue bueno.

Entonces un alarido de entusiasmo le obliga a abrirlos: su flecha está clavada más al centro que ninguna de las ya disparadas. ¡San Jorge se lo ha pensado mejor!

Mientras el centenar de espectadores comenta exaltado el último disparo y se incrementan las apuestas entre risas y juramentos, por el rabillo del ojo William observa la reacción de su rival, pero Baibars no deja acudir a su rostro ningún sentimiento, es como si en vez de hombre fuera piedra.

El condenado cabrón ya tiene el arco presto para su tercer y último disparo. Baibars se funde con su arco: hombre, flecha y viento; ojo muerto y ojo oscuro tentando el blanco y mano de hierro que suelta la saeta.

La flecha cruza los cien pasos como un cuervo hecho rayo y se clava junto a la de William y le arranca chispas.

El tiro ha sido tan ajustado que los aceros, las puntas de las dos saetas, se han besado.

Es la locura. En torno a ellos más de cien jefes y oficiales mamelucos gritan, saltan, se abrazan, cambian entre sí bolsas con oro, cantan alabanzas a Baibars y a Qutuz, y, entre tanto griterío, entre tanta emoción, se oye también cómo exaltan la hazaña de William: ¡Frany, frany!

, claman. Y es que ha logrado lo imposible: empatar con el rey de los arqueros, con Baibars.

Qutuz se levanta de su trono, satisfecho, orgulloso. Hace una señal y uno de sus esclavos le trae una pesada bolsa que contiene cinco mil dinares de oro que entrega al impasible Baibars.

—Hermano, sigues siendo el mejor arquero, pero ya no estás solo —le dice a Baibars en un tono en el que, bajo el elogio, oculta la rivalidad—. Ahora compartes tu «trono» con William el Frany.

William aún está aturdido. No puede creer que haya conseguido salvar la cabeza... Bueno, mejor no cantar victoria todavía, ya que Qutuz se dirige hacia él. Al verlo venir, se arrodilla como le han enseñado y aguarda su destino.

—No has ganado, frany . Cinco mil dinares de oro me has costado —dice con severidad, y William se muerde los labios; se pregunta cuánto tardará el sable del sultán en decapitarlo—.

¡Te pedí lo imposible y por Alá que lo has hecho!

¡Te pedí no ser derrotado por el emir Baibars y así ha sido!

Y yo, escuchadme todos, ¡premio a los hombres que logran lo imposible!

—Un rugido de entusiasmo sigue a sus palabras y, de nuevo, en el patio de adiestramiento, se oye, atronador, ¡frany, frany, frany!

William abre los ojos y sabe que va a vivir. El sol sigue descargando martillazos de calor sobre sus rubios cabellos y Qutuz, sultán de Egipto, le sonríe.

—¡Álzate, William el Frany, pues ya no eres un esclavo que aspira a ser un simple mameluco, sino que ahora eres miembro de la guardia del sultán Qutuz! ¡Sírveme con tu arco largo y te cubriré de oro!

Los grandes tambores de piel de hipopótamo retumban de nuevo y parecen hacer estallar el aire caliente que los sofoca. Bajo el sol implacable de Egipto, William, aliviado, feliz, triunfante, bendice a san Jorge, mientras dos pasos más allá Baibars permanece casi impasible.