Muerte en Toledo 20 #3
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20 #3

Alvar abre los ojos. Le duele la cabeza de forma insoportable y se siente mareado y con náuseas, pero ahí está su tío, sonriéndole, animoso, sin prestar la más mínima atención a los dolores que, sin duda, sufre. No puede haber mejor hombre que su tío, ni podía tener mejor maestro.

Entonces, antes de que Alvar pueda decir algo, se oye el inconfundible y sordo trueno que producen docenas de caballos al trote.

Sobre ese retumbar ominoso, gritos de hombres de armas y ladrar furioso de perros de guerra.

Vienen a por ellos. Los acosarán, acorralarán y matarán antes de que medie el día. Tan sencillo como eso.

Alvar cierra de nuevo un instante los ojos, pues sufre una náusea que amenaza con desembocar en arcada. Cuando consigue reprimirla, los abre de nuevo y trata de parecer sereno, valiente, como su tío.

—¿Qué haremos, tío? —pregunta sin más, pues sabe que Tello le dará lo que más necesita ahora: esperanza.

—¿Tú? Por lo pronto, te vas a morir —le contesta con una sonrisa y una palmada en el hombro.

Juan de La Roche está contento. Le encantan los caballos, le apasionan los perros y le subyuga la caza.

Y de entre todas las piezas que batir, sus favoritas son los hombres.

Ahora tienen dos ahí delante, en las colinas, agazapados, asustados y ocultos en los bosques.

Dos a los que van a acorralar como a ciervos.

O se entregan y confiesan todo lo que saben, o quedarán como comida para sus canes.

La banda de guerra que encabeza se ha desplegado en abanico para batir bien las quebradas colinas. Son casi un centenar de jinetes y veinte buenos perros. Así que ese caballero castellano y su sobrino no pueden esperar escapar de la red de cazadores que han tendido en torno a ellos.

Se inicia la cacería de hombres. Un cuerno resuena a la derecha, otro contesta a la izquierda.

Dicen que no se ve a las «piezas», así que deben de tener a esos dos malditos delante de ellos.

Animado por la idea, Juan de La Roche talonea los ijares de su gran caballo blanco y sube con facilidad una loma seguido por treinta de sus hombres y media docena de los perros, que, venteando a las presas, redoblan ladridos y pugnan con las correas con las que los sujetan los perreros.

Bajan y suben. Caballos que relinchan, perros que ladran, sonar de cuernos de caza y guerra, hombres que gritan, polvo y un sol aún tierno. En suma, una magnífica jornada de caza.

Entonces ven el humo de una hoguera y la emoción se acelera en sus venas.

Por lo visto, son ellos. Así que arrean a los caballos, suben una nueva loma y desde allí, para su sorpresa, pueden ver, debajo y a la derecha, un barranco y, en su centro, junto a un gran amontonamiento de rocas y troncos quebrados, está Tello, el caballero castellano, al calor de una hoguera encendida.

Y a la vera de esta, también puede verse lo que parece un cuerpo tendido envuelto en un manto.

Sin duda, su joven sobrino, quien, por lo visto, o yace muerto o herido de gravedad.

—¡Los tenemos! —grita Juan de La Roche—. ¡Mirad, alza la mano en señal de rendición!

En efecto, Tello parece rendido, agotado, desanimado y, así, vencido, dedica una triste mirada al cuerpo, al cadáver de Alvar que yace envuelto a sus pies.

A todo correr, espoleados por su fácil triunfo, un tropel de hombres, caballos y perros baja hacia el barranco levantando una nube de polvo y atronando el aire ceñido por las paredes del desfiladero, con relinchos, ladridos y clamores.

Ante ellos, Tello, detenido, con el rostro demudado, sigue con la mano derecha en alto.

La baja justo cuando los caballeros y sus perros están a veinte pasos de él, con el amontonamiento de rocas y árboles a su izquierda.

Y cuando baja la mano, arriba, en lo alto de la desmoronada ladera, se alza Alvar, y de un salto aferra la punta del largo tronco de pino encajado entre dos rocas como si fuera una palanca naturalmente dispuesta.

Cuando el joven se cuelga de ella, la madera alza, mueve, empuja las grandes piedras, que se desprenden y ruedan ladera abajo arrastrando con ellas otras rocas y otros troncos.

Un alud que ruge, una avalancha de muerte que la esparce entre los treinta caballeros y la media docena de perros entrampados por Tello.

Tello salta hacia atrás, se aleja todo lo posible del alud y, en lo alto del barranco, como un demonio, Alvar grita de triunfo. A veinte pasos por debajo, arrollados, arrastrados, aplastados por la avalancha, Juan de la Roche y sus hombres sucumben y son sepultados.

—¡A los caballos ahora, Alvar, a los caballos! —grita Tello, y, aunque le duele la cadera y se atraganta con el polvo, una carcajada salvaje se le viene a los labios.

Una vez más, la fortuna se ha encaprichado de ellos.

—¿Y ahora, tío?

—¡Ahora, Alvar, galoparemos de nuevo, pero sin temor, pues los que hayan quedado vivos demandarán el auxilio de los demás y eso nos dará tiempo de sobra para escapar!

Eso hacen, dejando atrás el desastre que han convocado y en el que Juan de La Roche, tan prometedor, tan cruel, tan calculador, se ha dejado la pierna izquierda aplastada con brutalidad por una roca. Le será amputada esa misma noche.