Muerte en Toledo 20 #2
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20 #2

La pena ya lo es. En cubierta, mirando en dirección al Ática, tres mujeres sufren en silencio.

Tres. Isabel, Sancha y Margarita no pueden apartar sus pensamientos de dos, Tello y Alvar.

La primera sufre como madre y hermana, las otras dos, por los hombres que aman, y todas desesperan de volver a verlos.

Habría sido un milagro que hubieran logrado escapar con vida, y, por si acaso ocurrió, rezan para que se siga operando.

Mientras las mujeres anhelan a los que aman y oran por ellos, un marinero griego, uno recién alistado en el Pireo, hace una discreta seña a un compañero y luego baja a las entrañas del barco.

Sancha no sabe que morirá ahogada. Sus ojos sondean el infinito buscando de forma inútil a Tello y la pena le anuda la garganta.

Cumplir su sueño y ahora... ahora es el dolor y, aunque se revuelve con todas sus fuerzas para luchar contra la desesperación que la embarga, su mente no la ayuda y evoca una terrible imagen: la de su amor destrozado, ensangrentado sobre la tierra reseca y cubierto por una ola negra de buitres y cuervos.

Un gemido se le escapa y, entre sollozos, le parece escuchar algo.

Bajo la misma luna, resguardados de sus perseguidores por la misma noche, Tello y Alvar tratan de curarse las heridas como mejor pueden.

Están en los espesos bosques de las colinas que se alzan sobre el valle del Erasinos.

Este acoge las ruinas de Braurón y su antaño famoso templo de Artemisa.

Allí abajo, en el valle, desde donde están ellos, se ven docenas de antorchas y varias hogueras de campamento.

Con la luz de las primeras, algunos de los hombres del ducado de Atenas, tozudos, siguen buscándolos, mientras que a resguardo de las segundas, el resto de la tropa se dispone a darse descanso para poder retomar la cacería con el nuevo día.

Alvar tiene un feo tajo de espada que le arrancó el yelmo y le marcó la frente.

Sin hilo con el cual coser la herida de su sobrino, Tello se conforma con lavársela con agua de un manantial cercano y luego untársela con resina de pino.

Lo mismo ha hecho con otra herida que el muchacho tiene en la pierna derecha y con las tres que luce él: una en la barbilla, abierta por un virote de ballesta que lo alcanzó de refilón; otra en el brazo izquierdo, y una tercera en el hueso de la cadera, a donde fue a clavarse la saeta de un arquero, sin mucha fuerza, gracias a Dios.

La cosa pinta muy mal: heridos, agotados y con los caballos medio muertos de agotamiento, lo tendrán difícil cuando amanezca y los atenienses encuentren sus huellas.

Una nueva oleada de dolor le sube desde la cadera y, para encajarla, Tello cierra los ojos y ruega a Dios que Sancha e Isabel estén a salvo.

El griego ha terminado su trabajo. Ha barrenado una cuaderna del pantoque de la urca y el agua entra a raudales.

El capitán y los marineros que tripulan la nave tardarán en darse cuenta del desastre y, para cuando eso suceda, estarán perdidos, se irán a pique en medio del mar y la mayoría, quizá todos, perecerán ahogados.

Sonríe en la oscuridad mientras el agua fría que entra sin freno en las entrañas más profundas del barco le lame los pies descalzos.

El señor Juan de La Roche estará contento y le pagará bien.

Con ese pensamiento sale del pantoque para reunirse con su compañero y abandonar la urca en el batel 3 que lleva la nave a remolque.

En ese momento, Tello aprieta los dientes, la cadera le duele cada vez más, tanto que se olvida por completo de sus otras dos heridas.

Para tratar de serenarse, se concentra en los ruidos de la noche: entre los árboles, aquí y allá, a lo lejos, se ven breves fulgores.

Son las antorchas que empuñan los hombres de Atenas mientras los buscan.

Aún están lejos, pero se acercan. Reprime otro relámpago de dolor y frena como puede su creciente desesperación.

Mira a su sobrino, el muchacho se ha quedado dormido de puro agotamiento.

Con ternura y cuidado, le toca la frente para comprobar si tiene fiebre.

Gracias a Dios, todavía no. Luego, para seguir velando, se acerca a los dos caballos que tienen trabados y ocultos a pocos pasos.

Los animales, cubiertos de una costra de sudor seco, ramonean y pastan lo que pueden.

Los abrevaron y manearon en el improvisado refugio que todos ocupan en las colinas boscosas, y eso es todo lo que pudieron hacer por los dos nobles brutos a cuya fuerza y rapidez encomendaron su salvación.

Fue una loca galopada, y vive Dios que Isabel no podía haber escogido mejores caballos que estos.

Pero la potencia de los poderosos equinos tiene sus límites, y estos dos, pese al descanso nocturno, los han sobrepasado.

Angustiado, Tello mira al cielo buscando estrellas que le den la hora, pero las ramas de los árboles no lo dejan y, chasqueando la lengua, regresa junto a Alvar y se permite llorar en silencio.

Le duele la cadera, porque está desesperado y porque todo indica que, cuando llegue la mañana, los encontrarán y les darán muerte. Eso le hace daño. No quiere que muera Alvar y dejar solas a Sancha e Isabel. Sin embargo, ha vivido mucho y por eso sabe que «querer» que no ocurra algo sirve de poco.

En la urca entra el agua a raudales. El griego le ha hecho una buena vía de agua y el mar la reclama a cada borbotón salado que la penetra.

Mientras, en la popa, los dos marineros griegos que sirven al señor Juan de La Roche se preparan para deslizarse por un cabo hasta la cubierta del batel y así abandonar la nave.

Gente sensata, pues eso es lo que debe hacerse cuando un barco se hunde y este, por san Nicolás y san Demetrio, es lo que está haciendo sin que nadie se percate.

El primero de los griegos baja por el cable, y el segundo, inquieto, mira a un lado y a otro mientras aguarda su turno.

Seguirá aguardándolo eternamente: un virote de ballesta silba y le atraviesa la garganta.

Se lo ha disparado el capitán genovés de la urca que, alertado por Sancha, ha acudido a tiempo y que, deteniéndose un instante junto al muerto para volver a montar el mecanismo de su arma, se asoma por la borda.

Cuando el segundo de los traidores griegos mira hacia arriba para apremiar a su compañero, le dispara en la cara.

—¡Hijos de puta! —masculla con todo el rencor y toda la ira que un buen genovés pone cuando han intentado hundirle el barco.

Por suerte, la chica morena se percató de lo que estos dos cabrones se traían entre manos y ya tiene despachado en el pantoque de la urca a un buen puñado de hombres achicando agua y reparando la brecha. Aun así, deberán tomar tierra por la mañana para proceder a una reparación como Dios manda.

A dos pasos del capitán, Sancha mira en silencio al muerto con la garganta atravesada por la saeta de la ballesta y tiene un oscuro pensamiento: «Confórmate, Parca, con las muertes de estos dos y deja en paz a los nuestros».

Pensamiento de bruja, es cierto. Pero, si tuviera que vender su alma a los infiernos por salvar a Tello, no lo dudaría.

Va a amanecer. La luz, esa tan especial y tan fría que perfila el mundo justo antes de que la aurora empuje al sol a salir de nuevo a escena ofrece a Tello un triste retrato: el de Alvar dormido, exhausto por la pérdida de sangre, el dolor y la fatiga.

—Dios mío, solo tiene quince años... —se le escapa. Es triste saber que alguien a quien tanto quieres y que tan poca vida ha vivido morirá en apenas unas horas.

Que duerma un poco más entonces. Lo deja descansar, así Tello examina a los caballos: las pobres bestias casi acaban reventadas por la loca galopada del día anterior, pero una noche de descanso y algo de agua y pasto han reparado una parte de su vigor.

—Buenos muchachos, buenos muchachos —susurra dándoles unas cariñosas palmadas en el cuello.

Siempre ha amado a los caballos, y estos son magníficos.

A continuación, Tello se asoma entre los árboles para espiar a sus perseguidores.

Los ve, allá abajo, en el valle, afanándose en ponerse en pie para reiniciar la cacería.

Sesenta o más jinetes. Demasiados... Tantos que podrán abrirse en abanico y peinar montes y bosques hasta encontrarlos.

En ese instante se oye algarabía de perros y trotar de caballos que se acercan al campamento de los atenienses y, al poco, saliendo de un pinar, aparecen otros treinta jinetes más y, con ellos, una jauría de veinte perros.

Es una nueva partida y la encabeza el joven señor Juan de La Roche, primogénito del duque de Atenas.

—¡Maldición, lo que nos faltaba! —maldice, y escupe al suelo antes de darse la vuelta para regresar junto a Alvar.

Por el camino, apenas treinta pasos, algo llama su atención: allá, a la derecha, un barranco de abruptas paredes que en un punto concreto se han desmoronado.

Sin duda, el agua que por allí bajara en torrentera provocó tal derrumbe y, de paso, amontonó sobre las rocas caídas y en precario equilibrio montones de troncos de árboles arrancados por la violencia de la avenida.

Uno de esos árboles desgajados del bosque por la furia de la tormenta era un joven y prometedor pino.

Su tronco, largo y recto, ha quedado inclinado y encajado entre dos de las rocas que coronan la montaña de escombros.

—Puede que funcione... —musita mirando aquello y, aunque la cadera le duele como si se la estuviera mordiendo el demonio, le aparece una sonrisa en los labios.

—Despierta, Alvar, despierta, muchacho —llama a su sobrino con ternura masculina.