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Alfonso X está muy lejos, de regreso en Toledo, y allí, en el alcázar, está haciendo cuentas y no le salen.
Estimulado por la euforia de la resolución de los primeros enigmas del códice de Aristóteles, creyó segura la empresa del tesoro y decidió que la mejor tapadera que podía proporcionarle era la embajada de su prima, la emperatriz de Constantinopla.
Y tenía razón, era una excelente forma de ocultarla a la mirada de sus enemigos, pero le salió muy caro: cincuenta quintales de plata como rescate para el hijo de la emperatriz y, con ellos, la excusa perfecta para que una escolta castellana viajara a Venecia y a Oriente.
Una escolta en la que también figuraban algunos sabios que deberían comprar o copiar cuantos libros antiguos hallaran.
Pero ahora, sin noticias de Tello y los sabios desde hace semanas, comienza a dudar. ¿Y si la empresa fracasa? Entonces habrá gastado una fortuna para nada y en un momento en el que necesita cada moneda, cada pellizco de plata.
Aunque no quiere, en la mente le aparece el seductor fogonazo de la imagen de la emperatriz, de su prima María de Brienne, desnuda en su cama. Tiene mala conciencia por eso... Pero sigue soñándola, deseándola, gozándola en su recuerdo.
Sabe, no se engaña al respecto, que ella vino a él, porque no le quedaba más remedio.
Se siente un poco sucio por eso..., pero volvería a hacerlo.
Entonces decide que, después de terminar con las cuentas, irá a confesarse.
Necesita estar a buenas con Dios para luego poder pedirle que Tello y los suyos triunfen y le traigan el tesoro.
No puede perder la fe, no ahora, cuando las conjuras y las traiciones lo cercan y su pugna por la corona imperial arrecia. No, no perderá la fe, Dios está a su lado.
Egidio el Nigromante mira a la constelación del Delfín y tiene un pensamiento absurdo: el de obligar a las estrellas que la componen a apresurarse a alcanzar la posición que deben ocupar en la noche del 14 de septiembre.
Inútil, las estrellas nunca tienen prisa, ni se dejan sobornar, y bien lo sabe él, que es docto en nigromancia y astrología.
A su lado, Miguel pugna con el astrolabio y repite, una y otra vez, como si fuera un conjuro, la frase que los ha traído hasta aquí: «14 Daisios...
14 heliostásion... Delphinus ad litora tormenti mei signat atque praevalet».
Bueno, esa frase, las miniaturas y un puñado más de palabras que lograron rescatar de la miserable y censurada copia del códice de Aristóteles que su llorado y descuartizado amigo, Julián de Ávila logró hacer antes de «desperdigarse» corporalmente en exceso y de forma irreparable.
—¿Te haces ya con el astrolabio? —pregunta impaciente al joven monje.
—Estoy terminando de disponerlo, maestre Egidio.
Entre las manos tiene un precioso astrolabio planisférico de bronce grabado y está manipulando la parte superior, la «oreja», esto es, el sistema de suspensión del artilugio, para disponerlo de forma vertical y así comenzar a trabajar.
Lograda la posición correcta, a continuación ajusta una aguja sobre la circunferencia llena de muescas que sirve de base del astrolabio y luego desplaza la segunda circunferencia del artilugio.
Enseguida, con suma concentración y cuidado, gira los dos discos insertados en la parte delantera del astrolabio.
Afinado el artefacto, lo alza hasta enfilar con él la constelación del Delfín y luego se da la vuelta y busca la cumbre del monte Dirfis, el mismo en cuya ladera se hallan y que, irguiéndose sobre el canal del Euripo, lo domina por completo.
Fijados de tal manera los dos puntos de medición, Miguel dedica ahora toda su atención a la parte trasera del astrolabio, la «araña», una maravillosa filigrana de metal provista de punteros o «garfios», útiles para «fijar» estrellas y ponerlas en relación con los símbolos zodiacales que también la adornan y sobre los que se disponen una aguja y dos pínulas 1 o mirillas con las que el joven monje pugna un buen rato.
Tras algunos ajustes más y después de efectuar una nueva medición, Miguel termina y comunica los datos obtenidos a Egidio, que se apresura a anotarlos en una tablilla.
—Creo poder establecer la zona inicial de búsqueda con base en la división del canal conforme a los números que podemos extraer de la configuración astral que se cita en la primera línea del códice de Aristóteles —dice Miguel.
Pero Egidio no lo está escuchando, sino que está mirando en dirección a Calcis, la ciudad principal de Negroponte, y preguntándose qué diablos hará en ella la gran galera de guerra que llegó por la mañana.
Llevaba el estandarte del imperio de los latinos de Constantinopla, y es lo que les faltaba, ya que la isla es un hervidero de gente en guerra y por eso les está costando lo suyo permanecer ocultos y con vida en el monte Dirfis.
—¿Maestre? —insiste Miguel, extrañado—. ¿Os pasa algo?
—Me pasa que me pone nervioso tener que estar todos los jodidos días escondido en esta condenada montaña viendo desde sus alturas cómo las mesnadas de los señores de la guerra negropontinos van de un lado a otro con ganas de matar a todo aquel con quien se tropiecen.
—¿Creéis que la galera constantinopolitana tiene algo que ver con nuestra búsqueda?
Egidio lo piensa un buen rato y luego, tras dar una patada a una piedra, se queda un rato viendo cómo, a la luz de la luna y las estrellas, rueda pendiente abajo y se precipita al abismo que lleva a las turbulentas aguas del Euripo.
—No lo sé, muchacho, no lo sé... Pero sí sé una cosa: es una nave de guerra, y eso significa que vendrá cargada de soldados, y esta isla rebosa, por así decir, de gente armada.
¿Cómo vamos a buscar el tesoro con tanta gente matándose en torno a nosotros?
Además, otra cosa me preocupa también —Y como Miguel lo mira con expectación, se explica—: Se supone que el tesoro consiste en ochocientos talentos de plata.
Eso, ya lo sabes, es una auténtica montaña de metal precioso.
Una cantidad tan grande que harían falta muchos carros tirados por fuertes bueyes para poder cargar con ella.
¿Cómo vamos a sacarla del fondo del mar?
Buena pregunta, y una que uno, de forma inevitable, debía hacerse antes o después. Pero Miguel tiene la respuesta y se la da al nigromante portugués con otra pregunta.
—¿Cómo creéis que Aristóteles pudo llevarse semejante tesoro de Atenas?
Egidio se queda helado. Nunca lo había pensado. Para llevárselo habría necesitado, como poco, veinte o treinta carros de bueyes, y eso, claro está, le habría impedido escapar de los atenienses que querían juzgarlo y condenarlo a muerte.
—¿En un barco? —dice al fin, y le parece la única respuesta lógica.
—Supongo que sí, maestre, pero el problema persiste: aunque hubiera usado un barco para llevarse su plata y huir, cargar semejante tesoro habría implicado que docenas de estibadores dedicaran horas enteras a cargar plata hasta las bodegas de la nave ,y de ser así, toda Atenas se habría enterado y alarmado.
—¿Qué propones entonces?
—Lo único que tiene lógica y, por ende, lo único que haría Aristóteles. Tuvo que cambiar sus ochocientos talentos de plata por algo mucho más ligero y precioso. Algo que pudiera llevarse con facilidad de Atenas sin llamar la atención.
Egidio se queda con la boca abierta y se pregunta cómo es posible que no pensara antes en ello. Este joven es astuto como un zorro.
—¿Y por qué otra cosa cambiaría su plata Aristóteles?
—Bueno, puede que por oro —propone Miguel—.
En tiempos de Alejandro y de sus sucesores, la relación entre oro y plata era de uno a diez.
Es decir, que Aristóteles bien pudo trocar sus ochocientos talentos de plata por ochenta de oro.
Una cantidad pesada, desde luego, pero que hubiera podido llevarse de Atenas a lomos de una recua de veinte mulas.
—Sigue siendo demasiado... —murmura Egidio buscando otra respuesta.
—¿Y si hubiera cambiado su plata por gemas? —sugiere Miguel.
Eso sí tiene sentido y despierta en Egidio el Nigromante el recuerdo de una de sus lecturas juveniles: la de la Historia natural, de Plinio 2 .
Allí, en alguna parte, leyó que Alejandro Magno ordenó al hábil lapidario Pirgóteles, uno de los tres artistas autorizados para representar su efigie —los otros dos fueron el escultor Lisipo y el pintor Apeles—, que grabara su retrato en esmeraldas de enorme belleza y valor.
Se dice que Pirgóteles inventó el camafeo y, en cualquier caso, Alejandro estaba tan contento con las gemas grabadas por su lapidario que se las enviaba como regalo a sus mejores amigos.
¿Y acaso Aristóteles, su admirado maestro, no lo era en grado sumo?
Lo cierto era, según recogían Plinio y otros autores antiguos, que esas rutilantes obras de arte tenían precios que podían estimarse en un talento, en cinco, diez, ochenta y hasta en cien.
Así que si Aristóteles entregó sus pesados ochocientos talentos de plata a cambio de unos puñados de gemas grabadas por Pirgóteles o de copas talladas en una descomunal esmeralda o en cualquier otra clase de piedras preciosas, se habría podido llevar todo su condenado tesoro metido en una simple bolsa de cuero o en un cofrecillo que poca atención reclamaría de los desconfiados atenienses.
En el rostro de Egidio el Nigromante se va abriendo paso una sonrisa. Sin duda esa es la respuesta: el tesoro de Aristóteles se transmutó de montaña de plata a puñados de gemas. Algo fácil de llevar. Algo tan fácil que podrá cargar él solo con todo el tesoro.
—¿Qué os hace sonreír así, maestre?
—Me siento dichoso de poder contar contigo, joven Miguel, eso es todo. Muy dichoso.
Noche en el mar. La urca, velas al viento y a la luna, navega por el golfo Sarónico en busca de un puerto donde ocultarse. No han visto ninguna embarcación que los persiga, pero la prudencia debe ser extremada.