Muerte en Toledo 19 #4
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—No voy a dejarte solo —dice Sancha con la voz temblando tras un instante de silencio.

—¡No hay tiempo para eso! —le replica Tello cogiéndola en volandas, montándola sobre la cruz del caballo de Juan de Aspa e instando a Alvar a hacer lo mismo con Margarita, quien, en un parpadeo, se ve subida a la grupa del caballo de Yehuda.

—¿Preparado, Alvar?

—Listo, tío.

—¡Recordad que Alvar y yo cargaremos sobre esos perros de ahí delante y, cuando estén tratando de matarnos, pasad entre ellos sin mirar atrás y no os detengáis hasta llegar al puerto y subir a la urca!

No hay más que decir, pero, si lo hubiera, no habría tiempo, dado que a treinta pasos de caballo tienen a treinta hombres que cabalgan con ganas de prenderlos.

Espoleados por sus perseguidores que gritan como demonios creyendo que ya los tienen, Tello y Alvar, primero, y luego los demás, brincan hacia delante y cargan.

La tarde es calurosa, y el cielo, azul. A lo lejos, entre olivos, se ve el mar brillar como un zafiro y el suelo retumba bajo el golpear de los cascos de muchos buenos caballos.

Es un buen día para morir, y Tello lo sabe, lo siente, lo acepta: será su última carga, pero está feliz.

Quizá sea un loco de esos que están dispuestos a dar su vida por los que aman y que lo hacen con esa alegría profunda de saberse ángeles custodios.

Pues morir es inevitable, y todos, hasta el más necio y el más cobarde, al cabo perecen, pero morir bien es un don que solo los héroes escogen y que solo a ellos pertenece.

Allí, ahora, dos hombres han elegido morir bien. Dos contra cuarenta. Hermosa locura que algún trovador debería cantar algún día.

Los hombres del ducado de Atenas los ven venir: decididos, con las espadas recogiendo fulgores solares, montados sobre bravos caballos cubiertos de espumeante sudor y dispuestos a cosechar gloria y honor.

Disparan los ballesteros y el silbido de los virotes tienta los oídos de Tello y Alvar, pero no se detienen. Cabalgan, cabalgan como guerreros centauros porque han escogido la buena muerte.

Entonces alzan frente a ellos picas y escudos, y los caballeros que están dispuestos entre los infantes, maravillados de tan gran valor y locura, pican espuelas y salen a enfrentarlos.

Con ello les salvan, por el momento, la vida, ya que, al interponerse entre los dos locos que cargan y sus ballesteros, impiden a estos últimos seguir afinando la puntería.

Sin embargo, chocan. Tello y Alvar se enzarzan con los primeros borgoñones de Atenas que les han salido al paso: alaridos de guerra, centelleo de aceros y caballos que chocan con frenesí equino y guerrero.

El caballo de Tello derriba al del primero de sus oponentes y lo hace rodar por el suelo, de tal modo que le quiebra los huesos a su jinete.

A su lado, Alvar, chillando como un demonio, flexible y fuerte como vara de fresno, se ha echado hacia delante y metido dos palmos de hierro castellano en el pecho de un caballero ateniense que le cerraba el paso.

Sangre y rabia de Castilla en Oriente. Tello brama, ruge, da golpes a diestro y siniestro con el filo de la espada, abre un camino de muerte y espanto para que pasen por él Sancha, Isabel, Margarita y los tres sabios.

Mientras los suyos pasan, junto a Tello está Alvar, peleando como un joven león, sin dejar de dar tajos y estocadas.

Y así, metido de lleno en el torbellino del combate, es como ve, fugaz como una aparición, la grácil espalda y los dorados cabellos de Margarita, quien, montada tras el viejo Yehuda, lleva cerrados los ojos azules para rezar con más devoción por la salvación del muchacho a quien traicionó y al que ama con todo su corazón.

Peleando como dioses de los días antiguos, con los caballos de ambos dándose resguardo, Tello y Alvar son furia en torbellino y, en torno a ellos, infantes y caballeros tratan de desmontarlos mediante golpes de lanza, espada o maza.

Hierro golpeando sobre hierro, y valor que se derrocha haciendo brotar roja sangre, y dos que nacieron lejos, en la brava tierra de Espanna, matan, acosados como leones por una jauría de perros, vendiendo cara su vida y la libertad de los que aman.

—¡Ahora, Alvar, ahora! —grita Tello, y da un fuerte tirón de las riendas de su garañón ruano para que, poniéndose a dos patas, gire y caiga sobre un infante al que pisotea y tritura con los cascos, mientras que su jinete azota el aire con la larga espada aventando sangre y entrañas.

Contra toda esperanza, rompen el cerco y cabalgan, no hacia donde huyen los suyos, sino hacia el este, hacia Braurón.

Olivares y montes sobre los que galopan dos jinetes de Castilla en tierra extraña, y tras ellos, una manada de lobos, de hombres airados, heridos en su orgullo, que no atienden a razones y dejan de lado perseguir a las mujeres y a los viejos para ir tras los caballeros que los han vencido y burlado.

Cae la tarde. El cielo arde y el mar recoge fuego a la vez que el sol se hunde, y mientras el astro muere, dos son perseguidos por muchos, y delante de ellos, bajo los cascos de sus caballos, se despliega la tierra donde los antiguos héroes forjaron los mitos.

Cabalgan sobre las mismas tierras que pisó Teseo, las mismas que fatigó Perseo y que transitó Hércules.

Pero ellos, Alvar y Tello, no son mito ni leyenda, sino caballeros de Espanna, vasallos del rey de Castilla que no saben rendirse y llevan en las espadas desenvainadas la roja marca de su valor sin medida.

La noticia llegó a la emperatriz con la noche. Habían escapado y, al saberlo, una misteriosa confusión de emociones la turbó. No sabía si se alegraba o se sentía derrotada. Admiraba, quería a aquella gente brava de Espanna, pero necesitaba la plata y sabía dónde buscarla.

—¿Mi señor Juan de La Roche?

—Decidme.

—Que no os turbe en exceso la fuga de esos castellanos.

Sabemos a dónde van: a Braurón primero y luego a Negroponte.

Allí me debe estar aguardando una galera constantinopolitana y, si vos partís con vuestros caballeros hacia Braurón y yo hago otro tanto hacia Negroponte, antes o después los atraparemos y nos haremos con el tesoro —expone y, como ve que el joven noble no está muy seguro de hacer lo que le pide, añade—: Pensadlo, señor, ochocientos talentos de plata.

¿Sabéis cuánto es eso en buena moneda francesa?

Os lo diré: ochenta y cinco mil seiscientos marcos nos están aguardando si logramos apresarlos a tiempo 1 .

Las palabras de la emperatriz son la tentación encarnada. Juan de La Roche solo consigue resistirse un segundo más a la fuerza y seguridad que emana de aquella mujer.

—De acuerdo, vos partiréis para Negroponte escoltada por treinta de mis hombres, que, con los vuestros, sumarán cincuenta.

Cabalgaréis hacia el norte, hasta las orillas del canal del Euripo y allí pasaréis a Calcis para reuniros con vuestra galera.

Yo, por mi parte, iré a Braurón, a la cabeza de algunas tropas y, si allí no me encuentro con los fugitivos, me dirigiré también a Negroponte para cercarlos allí.

—¿Y la urca que ha logrado escapar con los sabios y las mujeres?

Juan de La Roche se queda un rato mirando los ojos azules de su emperatriz. Aquella mujer, tan bella como dulce y a la par tan inteligente e inflexible, no deja escapar ningún detalle.

Él tampoco.

—No os preocupéis por eso, mi señora emperatriz.

Soy joven, es cierto, pero prevenido: la urca llegó al Pireo falta de marineros y su capitán genovés tuvo que contratar a dos griegos.

¡Y qué terrible casualidad! ¿Sabéis para quién trabajan en realidad?

—pregunta con una lobuna sonrisa—. En cuanto comencé a sospechar de esos castellanos, me propuse guardarme una carta en la manga.

Ahora la jugaré: di orden a esos dos griegos de que hundieran la nave si zarpaba sin mi permiso.