Muerte en Toledo 19 #3
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19 #3

—¡Maldita sea! —clama Juan de La Roche golpeando con el puño sobre el pretil de la muralla—. ¡No importa! ¡Que corran! ¡Sabemos a dónde van, y ya he enviado hombres por el camino más breve para que les corten el paso!

Tello cabalga a rienda suelta junto a Sancha.

Aún no comprende cómo no se han despeñado con los caballos o cómo es posible que no los haya alcanzado de muerte ninguna de las flechas y virotes que con ansia maligna silban en derredor.

Pero el caos de todo combate tiene sus extrañas normas, y una de ellas es que, a veces, si la fortuna así lo quiere, lo imposible acontece.

Lo imposible sucede: escapan. Pero incluso lo «imposible» tiene sus límites: Sancha, que casi no sabe montar a caballo, está perdiendo el control del suyo, y el animal, desbocado pese a los esfuerzos de la muchacha, se dirige hacia uno de los abismos que ciñen el empinado sendero que comunica la ciudad con el castillo de la acrópolis.

Sancha grita de espanto y tira con todas sus fuerzas de las riendas. Pero su caballo está enloquecido de terror y no se refrena, sino que, suicida, espantado como está, redobla su galope en dirección al precipicio.

Entre sus piernas siente la fuerza descomunal del gran bruto y también cree poder oír el golpeteo de su corazón empavorecido.

Es una ilusión, desde luego, porque lo que en realidad escucha es su propio corazón.

Se va a matar. Sin duda. Su caballo se acerca al precipicio y ella, aferrada a sus crines, pues ha perdido por completo el control y se abandona a su destino, cierra los ojos antes de morir y dedica su último pensamiento a Tello.

—Vive —ruega y, al decirlo, vuela por los aires.

Hasta los brazos de Tello y el lomo de su caballo, que, relinchando de puro terror, se alza de manos justo al borde del precipicio.

Sancha grita espantada y oculta el rostro, como una niña, en el ancho pecho de varón de Tello, mientras que este, tirando de forma salvaje de las riendas, obliga a su bestia a asentar de nuevo las cuatro patas, a girar y a retomar la disparatada fuga, y todo ello a la par que abajo, en el fondo del precipicio por donde se ha despeñado el corcel de Sancha, quebrado por la bárbara caída, relincha de manera agónica.

Tello cabalgaba tras ella. Azotando, espoleando sin piedad a su caballo para alcanzarla antes de que se precipitara al vacío y, en el último segundo, inclinándose, alargando la mano, la apresó como con garra de águila y la alzó para salvarla.

Ahora la tiene con él, envuelta por sus fuertes brazos de caballero, y ella, todavía asustada, llora mientras él le besa los negros cabellos y da gracias a Dios.

Es mejor que siga rezando, porque, aunque la última revuelta los libra del azote de las flechas y virotes que les disparan desde las almenas del castillo de la acrópolis, una numerosa partida de caballeros de Atenas les pisan los talones.

Ahora están en las escuálidas calles de Atenas: un laberinto de chozas, cabañas y casas de adobe y piedra, salpicado por las torres de los caballeros y señores francos, las descomunales ruinas de los templos y edificios de los días antiguos.

Si galopar ladera abajo era locura, esto de meterse con caballos desbocados por entre un dédalo de viviendas y gentes es pregonar la muerte.

A su paso, los ciudadanos se apartan o se tiran al suelo con la esperanza de no ser arrollados por los cinco caballos.

Los dos primeros, montados por Tello y Alvar con sus respectivas damas, son ruanos poderosos, y sus jinetes esgrimen frío acero en las manos, y un fuego decidido en los ojos, por eso, aunque se cruzan con varios caballeros y soldados del duque de Atenas, ninguno reúne valor suficiente como para oponerse a ellos.

Detrás cabalga Isabel, pálida, bellísima en su frágil arrojo. Guía con maestría a su yegua, y en la grupa de esta última, abrazado a la cintura de la mujer que ama, dolorido pero orgulloso del femenino valor de quien ha salvado la vida, va al-Ricutí.

Tres zancadas de caballo por detrás, casi a la par, cabalgan los dos viejos sabios y amigos: Juan de Aspa y Yehuda.

El primero, por alguna razón que el hebreo no logra descifrar, no para de reírse a carcajadas, mientras que Yehuda, más sensato que su compañero, lleva la mejor cara de miedo que uno pueda imaginar al verse seguido muy de cerca por veinte o treinta caballeros borgoñones del ducado de Atenas.

Uno de ellos, aprestando la espada, arrecia el galope de su montura y se acerca por el flanco a Yehuda.

—¡Dios de Israel! —exclama el médico judío sabiéndose morir.

La espada se alza ya sobre su cabeza, y si se libra de la Parca es porque la fortuna quiere que, en ese justo momento, al doblar la cuesta y enfilar una nueva calle, esta se estreche de repente y el caballo de su inminente asesino se estampe contra el muro de una casa.

Yehuda, tan digno, tan sobrio por lo general, ahora grita de alivio, de triunfo, de vete tú a saber qué, pero grita y a dos largos trancos por delante, su amigo, el viejo Juan de Aspa, deja de reír a carcajadas para dar un fuerte alarido de victoria, pues, por lo visto, esto de tentar la muerte le está gustando.

Así salen de la pequeña Atenas para cabalgar por sus desmañados suburbios entreverados de casas y campos, de olivares y torres, de ruinas y solitarias higueras que se van desparramando por las colinas y llanos que caen hacia el puerto del Pireo.

—¡Debemos llegar al puerto antes que ellos! —grita Alvar a Tello, pues acaba de girarse para ver cómo se les aproximan los hombres de Juan de La Roche.

Tello hace lo propio y, con ojo diestro, evalúa la fuerza de los caballos de sus perseguidores y su maestría como jinetes.

Se les aproximan, sin duda, pero Isabel ha elegido bien a los corceles sobre los que galopan y, aunque tres de ellos cargan con dos jinetes en vez de uno, el de Alvar con Margarita, la yegua de Isabel con al-Ricutí, y su garañón ruano con Sancha, todo indica que lograrán su objetivo: alcanzar el puerto y embarcar en la urca para poner rumbo a Braurón y, tras hallar allí la segunda parte del Secretum Secretorum , levar anclas y poner vela a Negroponte en busca del tesoro.

—¡Espolead a los caballos, reventadlos si es preciso, pero debemos mantener la distancia! —grita a los demás para que todos se exijan un último esfuerzo y se lo arranquen también a sus monturas.

Ya han dejado atrás las últimas casas dispersas de los suburbios atenienses y ahora galopan entre amplios olivares.

Al salir de uno de ellos y retomar el camino que lleva al puerto, lo ven cerrado por cuarenta o cincuenta hombres a caballo y a pie que los aguardan con las armas listas para detenerlos o, si les es preciso, matarlos.

Desconcertados, refrenan los caballos y se arremolinan en torno a Tello, que trata también de comprender cómo es posible que los hayan adelantado.

—Sin duda —concluye en voz alta—, debieron de salir de la acrópolis por una segunda ruta más corta y menos dificultosa.

¿Qué importa la razón? Nada. Lo único que importa es que les cierran el paso y que tras ellos vienen más hombres del hijo del duque.

—¡Atrapados! —grita Alvar, rabiando de frustración e ira.

—¿Podemos prescindir de ir a Braurón y a su templo de Artemisa?

La pregunta de Tello es lo último que esperaban oír antes de que les caigan encima treinta o cuarenta hombres de guerra.

Un breve silencio de asombro y en él, el trueno del galope de sus perseguidores aproximándoseles más y más. Ante ellos, a trescientas varas como mucho, una línea de hombres de guerra cerrándoles el paso. En suma, un panorama poco propicio para meditar sobre tales asuntos.

—Bueno... —comienza a hablar Juan de Aspa sin tener muy claro qué decir y sin poder apartar los inquietos ojos de los caballeros que ya están a un par de minutos.

—Creo que podemos ahorrarnos ese paso, Tello. ¿Por qué preguntáis eso ahora? —responde al-Ricutí con increíble aplomo y seguridad.

—¿Decís que podemos ahorrarnos ir a Braurón? —tercia Juan de Aspa antes de que Tello pueda decir algo.

—Perfecto, maestre. Pensadlo: la segunda parte del Secretum Secretorum , de seguir existiendo, no nos dirá dónde está el tesoro, pues eso ya lo sabemos gracias a la primera parte que obra en nuestro poder y hemos descifrado. Tan solo encontraremos en ella cómo enfrentar los peligros que aguardan.

—¿Y os parece poca cosa?

—El peligro que os aguarda, maestre Juan, siempre es menos perentorio que el que se te echa encima —dictamina con un viejo dicho árabe.

Al-Ricutí, aunque sea musulmán, convengámoslo, tiene más razón que un santo del cielo cristiano.

—¡Pues entonces al diablo con eso de ir a Braurón!

—sentencia Tello, y nadie logra entender por qué le parece ahora eso tan importante—.

Os diré lo que vamos a hacer: nos dividiremos en dos grupos.

Alvar y yo cargaremos sobre los que están ahí delante y os abriremos paso a los demás a golpe de espada.

Así que quiero que todos, y digo todos, vosotros tres, maestres y las tres damas, galopéis hasta el puerto y allí embarquéis sin demora en la urca.

Si lo lográis, zarpad de inmediato y no pongáis vela a Negroponte, sino en dirección a cualquier otra isla, y esperad en ella a que se aproxime el 14 de septiembre.

—¿Y tú y Alvar? —pregunta Isabel.

—Si todo va bien —dice, pero todos entienden: si no nos matan—, huiremos en dirección a Braurón.

Pensadlo. Creen que queremos ir allí a toda costa y, si nos ven cabalgar en esa dirección, la mayoría irá tras nosotros y vosotros tendréis así la oportunidad de escapar.

—Y como lo miran con el rostro demudado y el trueno del galope de quienes se les vienen encima, añade para alentarlos—: No temáis por nosotros: si logramos zafarnos de ellos, nos adentraremos en el Ática y cabalgaremos hacia el canal del Euripo para ocultarnos allí y, si Dios lo quiere, reencontrarnos con vosotros en la fecha acordada.

Fácil, claro, suicida. Lo que suele denominarse «un buen plan».