19 #2
Ojos rojos. Pequeños, malignos. La rata le sube por las piernas y él, impasible, aguarda y, cuando la tiene en el pecho, cuando la bestezuela se detiene para asegurarse de que está dormido, la agarra de un manotazo y le rompe el espinazo al reventarla contra la pared.
Trucos de cautivo. Mañas que aprendió en otras mazmorras —aunque todas son iguales— en las que pasó tres meses: las del rey moro de Granada.
Hace tantos años de aquello y era tan joven entonces...
Ahora tiene treinta y cuatro años. ¿O son ya treinta y cinco?
Qué más da... Lo que importa no son los años, sino lo que haces con ellos, y en este momento, Tello quiere dedicar toda su energía, toda la experiencia acumulada en treinta y cinco años, a una sola cosa: salir de ese lugar infecto.
No puede saber si es de noche o de día. La oscuridad reina de forma absoluta y solo se quiebra de tarde en tarde, cuando les abren la puerta y un soldado entra a dejarles pan mohoso y una jarra con agua.
Sin embargo, en el silencio negro que lo envuelve, oye hablar a los guardias. No entiende lo que dicen, los muros son gruesos, pero se pone alerta y, con un siseo, avisa a los demás.
Callan y aguardan. En efecto, al otro lado, en la sala de guardia, se habla, incluso se ríe con estruendoso regocijo.
¡Por todos los santos! Se oye el chirriar de un oxidado cerrojo al ser descorrido, el chasquido metálico de llaves abriendo una cerradura y, tras todo eso, la puerta se abre.
Entonces una luz cegadora penetra en la celda y los obliga a cerrar los ojos.
Y sin tenerlas todas consigo, cuando Tello logra ver de nuevo, tiene ante sí a Sancha sonriendo como una niña y con las pesadas llaves de los grilletes en las manos.
—¿Cómo lo has hecho? —Tello no consigue decir más.
—Es mejor que no lo sepas —le dice ella, y se pone a liberarlo de los hierros que lo apresan y pasa luego a hacer lo mismo con el resto de sus compañeros.
—¿Y ahora? —pregunta Tello a Sancha mientras se incorpora y se frota las doloridas muñecas y las entumecidas piernas.
—Se me ocurre que sería buena idea que tú y Alvar os vistieseis con las ropas de esos dos de ahí fuera —dice señalando a los dos soldados que hay tirados en el suelo de la sala de guardia.
—¿Los has matado?
—La culpa es del maestro al-Ricutí —responde ella con una deslumbrante y descarada sonrisa—. Fue él quien me enseñó cómo preparar una pócima de mandrágora, y no, no están muertos, o eso espero.
Tampoco se van a detener a averiguarlo. Tello y Alvar los desnudan, se ponen sus ropas y toman sus armas, adoptando el papel de guardias, mientras que los tres sabios siguen haciendo de lo mismo que hacían antes, cuando estaban en el interior de la mazmorra: de cautivos.
Así salen: sin llamar la atención. Solo se trata de unos guardias que llevan a unos prisioneros hacia las caballerizas.
Isabel entra en ellas. Es una mujer delgada, frágil, pero muy hermosa.
Ese tipo de mujeres suele parecerles muy atractivas a la mayoría de los hombres, y el soldado encargado de atender a los caballos no es una excepción.
Isabel se le acerca sonriente, sugerente como una ninfa de los días antiguos.
El caballerizo terminó inconsciente y con un buen dolor de cabeza, e Isabel, excelente amazona desde niña, con siete magníficos y ensillados caballos, los mejores que ha podido encontrar en los bien surtidos establos del duque de Atenas.
Desde la entrada de esos mismos establos, ahora los ve. Ahí van Tello y Alvar vestidos con las armas del duque de Atenas, conduciendo a tres cautivos y, tras ellos, un poco apartada, una discreta sirvienta. Nada que pueda llamar la atención en el castillo de la acrópolis.
Se miran, los dos hermanos se miran y sonríen. Ya no son niños, es cierto, pero saben que nunca se soltarán de la mano.
Diez minutos más tarde, siete jinetes están ante las puertas de la acrópolis.
—¡Abrid! —exige Tello, y lo hace con ese tono y esas maneras de quien está acostumbrado a mandar.
No obstante, los seis guardias apostados en los grandes portones se le quedan mirando desconfiados.
—¿Y tú quién eres y a dónde vas con estos? —suelta el que parece jefe de la guardia de la puerta, señalando a los cautivos tan soberbiamente montados—. No te he visto antes y nadie me ha dicho que fueran a llevarse unos prisioneros de alto rango.
—Tengo una orden del señor Juan de La Roche.
—Muéstramela.
—Aquí la tienes. —Y rebusca bajo el gambesón.
Cuando el jefe de la guardia de la puerta se le acerca, le endosa una brutal patada en la cara y, antes de que caiga al suelo, Tello tiene ya la espada en la mano.
Picando espuelas, echa el caballo hacia delante, arrollando a otro de los guardias y descargando un formidable tajo de espada en el rostro de un tercero.
Todo ha sido un relámpago, uno de acero y sangre.
Alvar, que tiene buen maestro, añade el rayo al relámpago para completar la tempestad: azota su montura con las riendas, embiste a su vez a un cuarto guardia y, con la espada, detiene el lanzazo del quinto y, de revés, lo derriba asestándole en la nuca un terrible golpe.
Brota alta y roja la sangre arterial y la cabeza del lancero queda colgando de manera grotesca, pues casi ha sido cercenada.
Ante tan macabra estampa, el sexto de los guardias echa a correr en busca de refugio.
Entonces, como resortes activados por un mismo mecanismo, Tello y Alvar saltan de sus caballos y se precipitan hasta la enorme tranca que bloquea las puertas, la alzan, descorren el rotundo cerrojo que las asegura, y las empujan hacia fuera hasta abrirlas de par en par para que pasen por ellas, a galope tendido, Isabel, Sancha y los tres sabios.
—¡Es nuestro turno! —grita Tello montando de un salto sobre el lomo de su caballo.
Justo a tiempo. Ya vuelan virotes de ballesta hacia ellos y una veintena de alarmados soldados corren arbolando lanzas y espadas.
Alvar sube de un brinco a su caballo, y su tío, que sujetaba al bruto por las riendas, se las entrega y pica espuelas para galopar tras los demás.
Pero Alvar, con su caballo caracoleando, ya que lo está obligando a girar para enfilar las puertas, se queda helado.
Allí, en el patio de armas, mirándolo con ojos arrasados en lágrimas, está Margarita.
Es un instante de esos que te cambian la vida. Ella le tiende las manos, como despidiéndose para siempre, y él, con rabia incontenible, pica espuelas. En vez de seguir a su tío, galopa hacia ella cargando como un demonio.
Un caballo de guerra es un animal terrible y, si se te echa encima, tienes muchas posibilidades de morir pisoteado. Alvar espolea de forma salvaje el suyo en dirección a Margarita, y la niña, paralizada, llorando, aguarda la justa muerte.
Algún día se la llevará, como a todos. Pero no hoy.
Alvar pasa a su lado como una centella, se inclina en su montura y, de un tirón, agarrándola con fuerza, iza a Margarita a la cruz del caballo.
La envuelve con sus brazos y siente cómo silban a su alrededor las flechas.
Sin hacer caso de los hombres que gritan y maldicen, hace girar de nuevo a su bestia y la dirige hacia las puertas que cruza aullando como un lobo. Se desata la locura.
Ahí van ocho locos a caballo cuyas monturas, azotadas, espoleadas, asustadas, alargan el paso, trastabillan, resbalan de manera peligrosa al borde del abismo mientras sus jinetes tratan de no salir disparados de sus lomos y romperse la cabeza.
Como no se la rompen, desde las almenas del castillo de la acrópolis los arqueros y ballesteros allí destacados a toda prisa les disparan sin cesar flechas y virotes que buscan desmontarlos hiriéndolos o cobrándose sus vidas.
Por si tampoco eso bastara para detener su fuga, tan rápido como ha sido posible reunirlo, sale tras ellos un grupo de jinetes armados.
La emperatriz María de Brienne también está ya en las almenas. Rodeada de sus damas, escoltada por sus hombres de armas, contempla la huida de quienes fueron sus protectores y amigos.
Los ve huir mientras sobre ellos cae una lluvia de saetas y gritos de alarma.
Los caballos resbalan y corcovean, y, al contemplar todo aquello, en el pecho siente, una vez más, una tormenta de emociones: tristeza por haberlos traicionado, rabia porque se le escapan, frustración porque con su fuga le arrebatan la esperanza de hacerse con el tesoro y, con él, la oportunidad de rehacer el imperio de Constantinopla y legarle a su hijo un trono seguro y próspero en vez de un estado empobrecido que se derrumba.
—No lo entiendo... —murmura a su lado Felipe, su hijo—. El caballero Tello me rescató y deberíamos estar protegiéndolo en vez de enviar hombres de guerra a prenderlo —apunta desconcertado, inocente.
María tiene lágrimas en las mejillas. Ella tampoco lo entiende y, sin embargo, sabe muy bien qué hace y por qué lo está haciendo.
—Me temo, hijo mío, que las cosas en realidad importantes que he tenido que hacer por ti nunca llegarás a entenderlas.
Mientras María de Brienne aún está pronunciando esas palabras, el caballo de al-Ricutí resbala y se va al suelo.
—¡Son nuestros! —grita Juan de La Roche, apostado también en las almenas, a unos pasos de donde se encuentran la emperatriz y su hijo—. ¡Mirad cómo se detienen a auxiliarlo!
En efecto, mientras el caballo caído relincha de dolor, pues se ha roto una pata, su jinete trata de ponerse penosamente en pie y, aunque las flechas arrecian, Isabel, dirigiendo su corcel hacia el hombre que ama, no las evita, sino que, metiéndose entre el diluvio de hierro y madera que le lanzan desde las murallas, llega hasta donde cojea su amor, quien, al verla venir, a toda prisa salta a la grupa del animal y se aferra a la cintura de su amazona.
Esta, arreando a gritos y espoleando a su brioso caballo, escapa de nuevo a galope tendido.