Muerte en Toledo 19
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Alvar contó a Margarita el verdadero motivo de su viaje a Oriente porque quería convencerla de que se quedara con él.

Pronto, le dijo, hallarían un gran tesoro, y el rey Alfonso los premiaría por ello y él sería armado caballero y recibiría tierras y honores.

Se casarían y serían felices, todas esas cosas que un muchacho de quince años suele decir a la chica de la que está enamorado.

Una chica que adora a su señora, a María de Brienne, emperatriz de Constantinopla.

Una mujer, una madre para ella, que vive torturada por la precaria situación de su imperio y por la necesidad continua y perentoria de dinero.

Un dinero que, por lo que le confesó Alvar a Margarita, se hallaba, en cantidades inimaginables, en algún lugar de la isla de Negroponte.

Se trataba de una niña desgarrada entre dos lealtades: la que debe a su adorada emperatriz, y la que quiere ofrecer al muchacho del que está perdidamente enamorada.

Por eso, ahora Alvar está sentado en la oscuridad de una celda excavada en las entrañas de la acrópolis. Llora con amargura por la traición de la primera mujer a la que ama.

A su lado, sin decir nada, lleno de desazón y de un poco de fría ira, está su tío, Tello. Sus pensamientos van de María de Brienne a Sancha e Isabel. ¿Cómo es posible que la emperatriz les esté haciendo esto? Y sobre todo, ¿qué va a ser de Sancha y de Isabel?

—Debemos salir de aquí.

Las palabras las ha dicho al-Ricutí, y nadie contesta.

Lo obvio cuando se torna imposible no requiere comentario alguno.

Una maciza puerta de hierro les cierra el paso, y al otro lado montan guardia dos carceleros armados.

No hay, pues, forma alguna de escapar. Todo ha terminado y solo quedan dos caminos: negarse a hablar y pudrirse allí, en una noche perpetua colmada de ratas, o contar todo lo que saben y propiciar así que el tesoro termine en manos de la emperatriz y del joven señor de Atenas.

Arriba, donde la luz reina, Isabel y Sancha permanecen recluidas.

Juan de La Roche se ha cuidado de mantener bajo vigilancia severa a la dama Isabel y un soldado monta guardia de forma permanente en la puerta de la estancia que le ha sido destinada.

¿Quién se toma la molestia de poner bajo custodia a una simple sirvienta?

Ahora, mientras el soldado vigila ante la puerta de roble, dentro se oyen arcadas, palabras de angustia, llantos de mujer y los ruidos que se pueden esperar de alguien que vomita y que se siente muy mal.

Todo eso es lo que escucha el lancero al que se le ha ordenado impedir que la dama Isabel salga de su habitación sin que lo autorice el señor Juan de La Roche.

Vigilar a una noble dama siempre es motivo de desazón para un simple soldado, pues ser descortés con ella puede atraerle una severa reprimenda por parte de su señor y, a la par, si se muestra en exceso indulgente, también puede motivar que se desencadene su enojo.

Así que el guardia no las tiene todas consigo oyendo los lamentos, los llantos, las arcadas y los gemidos de la señora.

¿Debería dar aviso de que se encuentra enferma?

El primero de sus impulsos lo lleva a ello, pero luego se queda quieto.

No olvida que le han dejado claro que se le castigaría si abandona su puesto, aunque sea solo por un momento.

Entonces llaman con premura desde adentro y se apresura a abrir el ventanuco que tiene la puerta, para encontrarse mirando cara a cara a la asustada sirvienta de la dama.

—¡Mi señora necesita algunas hierbas que le asienten el estómago y le calmen los dolores! ¡Ve enseguida a pedirlas, te lo ruego! Está muy enferma y, si algo le ocurriera...

El soldado se halla ante la disyuntiva que temía. ¿Se niega y en ese caso asume la responsabilidad de que la dama enferme más o, incluso, de que muera, o abandona su puesto para pedir ayuda?

—Entiendo que vaciles, buen hombre. Tu deber es quedarte aquí, y el mío, asistir a mi señora.

Dime dónde puedo hallar al boticario en este castillo e iré corriendo a por las hierbas.

—Lo dice de forma tan directa, tan segura, tal como lo habría dicho cualquier otro día y en cualquier otra circunstancia que el hombretón, nervioso, aliviado de que ella le ofrezca la solución a su dilema, no vacila ni un instante más y le franquea el paso.

Se trata solo de una sirvienta. Al fin y al cabo, la que importa es la otra: la señora. La moza no irá a ninguna parte sin ella, sino que, sin duda, correrá como una cervatilla hasta donde está el boticario, cogerá las hierbas y regresará a toda prisa para dispensárselas a su ama.

Esta última las necesita. Ahora que la sirvienta se ha ido, el guardia se atreve a mirar por el ventanuco la intimidad de la estancia que ocupa la señora, y lo que ve lo asusta: la mujer, pálida como un fantasma, exánime, está tendida sobre la cama, agotada, respirando trabajosamente.

Sancha ha logrado salir. Vestida con sus ropas sencillas, morena, callada, discreta.

Una perfecta sirvienta, pues no ha sido otra cosa durante toda su vida.

Pero ahora no. Ahora ha cambiado. Ahora no solo ama, sino que se sabe amada, y su hombre está encerrado en una mazmorra, y ella, por Dios que así lo hará, lo va a sacar de allí.

Diez minutos más tarde está frente al boticario. Un hombre viejo, arrugado como una pasa, de ojillos inquietos y calvo como una manzana.

—Dame mandrágora, maestre boticario —dice Sancha con tono firme.

—¿Mandrágora, niña? Eso es peligroso.

—Mi señora, la dama Isabel, amiga de la emperatriz, la necesita para sus dolores. En Castilla se la daban los médicos y la emperatriz le ha dicho que tú se la darías. ¿Quieres que le diga a la emperatriz que te la pida ella?

El boticario duda un momento y mira con intensidad a los ojos de la muchacha que tiene enfrente, una chica guapa y morena que no aparta la mirada y que sirve a la dama castellana que llegó con la comitiva de la emperatriz.

—Te la daré, por supuesto. Pero escucha bien: solo una pizca en agua caliente o en vino, como prefieras.

Si te pasas con la dosis, la dejarás dormida todo el día y, si abusas, puedes matar a tu señora.

Así que, recuerda, solo una pizca. —Tras la advertencia, se gira y busca un tarro del que extrae un poco de mandrágora molida, la cual, tras meter en una bolsita, entrega a Sancha.

Ahora a las cocinas. Sancha entra en ellas con la misma seguridad de la de quien ha recibido órdenes que no se pueden discutir, y exige una jarra de buen vino que recibe de inmediato junto con una copa.

Luego, decidida, sin mirar ni a un lado ni a otro, pues nadie detiene a una persona que sabe a dónde va, regresa a la estancia donde yace su ama.

Al verla venir, el soldado que monta guardia le franquea el paso.

—Tu señora se ha quedado dormida —le dice para tranquilizarla—, creo que está algo mejor.

—Eres un buen hombre —le contesta ella, agradecida—. Mira, la dejaré descansar. El vino que le traigo puede esperar.

—¿Vino?

—Sí, el boticario me ha dicho que es mejor para disolver en él las hierbas que me ha dado para mi señora. ¿Quieres probarlo? Aquí hay más que de sobra y, según me han dicho, es el mejor que tienen. De hecho, es el que beben el duque y sus hijos.

Sin esperar respuesta, le llena un generoso vaso que el lancero bebe con delectación mientras ella le sonríe.

—Eres muy guapa.

—¿Te gusto? —se insinúa ella.

—Eres bellísima —le contesta relamiéndose como un enorme gato ante su presa.

—¿Y si aprovechamos que mi señora duerme?

El lancero siente una punzada de deseo que le recorre desde la entrepierna hasta la nuca y sonríe bobaliconamente.

El vino se le está subiendo un poco a la cabeza, y es raro que así sea, pues solo ha bebido una copa.

Pero el vino de los señores es fuerte y dulce, y él está acostumbrado a caldos bastos.

Además, ¿qué importa un poco de mareo? La moza sigue sonriéndole tentadoramente y él no puede quitar los ojos de ella.

—¡Eres una niña muy traviesa!

—Mucho —le dice ella entreabriendo los labios y rozándose con él.

—¡Súbete las faldas! —exige él, cada vez más excitado y también más mareado.

Ella obedece y, con lentitud, en exceso despacio, se va subiendo las faldas hasta las caderas ante aquel lancero que no puede apartar los ojos de sus torneadas y morenas piernas y que, dando un traspiés, se tambalea de forma peligrosa.

—Voy a gozarte bien, niña mala... —dice con voz ya pastosa, tratando de darle la vuelta a Sancha para tomarla por las caderas.

Será en sueños, ya que el lancero, tambaleándose ya de manera alarmante, se lleva la mano a la cabeza y quizá, solo quizá, empieza a sospechar que aquella «niña mala» es eso, una niña muy mala que lo ha narcotizado.

Entonces se cae al suelo como un leño: de golpe y dándose un tremendo porrazo en la cabeza. El vino aliñado con una buena cantidad de mandrágora hace un efecto rápido y rotundo.

Sancha, medio para asegurarse de que está dormido, medio por rabia y desprecio, le propina una patada y luego, presta, le quita las llaves y abre la puerta.

—Todo listo, señora —informa a Isabel, quien, sabiendo lo que iba a pasar, ya aguardaba junto a la puerta.

—Este estúpido se lo creyó todo —dice Isabel, traviesamente divertida, mientras que a su vez da un puntapié al inmóvil lancero que yace en el suelo.

Están libres. Dos mujeres que andan presurosas y que no llaman la atención, porque en el castillo de la acrópolis hay muchas: sirvientas, nobles, las esposas de los soldados...

, mujeres que van y vienen, como estas dos que, tranquilas, sonrientes, inocentes, seguras de lo que hacen y a donde van, atraviesan el patio de armas.

Al llegar delante de las caballerizas, Isabel se separa de Sancha y se dirige a ellas, mientras que la muchacha morena aprieta el paso, enfila al palacio y, una vez dentro, fingiendo formar parte del servicio, baja hasta las entrañas del gran edificio.