Muerte en Toledo 18 #5
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Mientras caminan, Juan de Aspa trata de ordenar en su cabeza todas las piezas del acertijo.

Descarta la solución más obvia: que el libro que buscan esté oculto en las ruinas del pequeño santuario de Artemisa del Braurón hacia el que van.

Aunque, en efecto, está al sur, siguiendo la dirección marcada por la mirada de las cariátides y el tridente de Poseidón, tiene el mismo problema irresoluble que les planteaba el pórtico de las cariátides: está a la vista de todo el mundo, y Aristóteles, un hombre tan famoso y conocido en Atenas, habría atraído la atención de todos si se hubiera presentado allí, en la acrópolis, y se hubiera puesto a esconder aquello en alguno de sus concurridos santuarios.

Juan de Aspa se lo va explicando a los demás conforme llegan a las ruinas que se alzan no muy lejos de los Propileos.

Sin dejar de meditar sobre el enigma que les plantea Aristóteles y en lo que Pausanias dice sobre cómo llegar al santuario primordial que dio origen a las cariátides, cuando llega, busca con ojo experto donde estuvo situada la cella del templo, el lugar más santo, allí donde se alzó antaño la estatua de la diosa Artemisa.

Durante un momento que parece interminable, el viejo sabio se queda allí: mirando en dirección a las cariátides, a las danzantes muchachas que rendían culto a la diosa con sus bailes y que allí, en la acrópolis, son guardianas eternas de la tumba del rey Técrope.

—¡Lo tengo, lo tengo!

Debe de ser cierto porque, pese a sus sesenta y tres años, da brincos dignos de una cabra montés.

—¿Lo tenéis? —pregunta un Yehuda esperanzado.

—Poneos aquí a mi lado, maestro y amigo —indica al hebreo, que obedece de inmediato.

Bajo la luna decreciente, los dos viejos sabios ofrecen una curiosa estampa.

—Venid vos también, maestre al-Ricutí, que el triunfo nos pertenece a los tres —el andalusí acude a la llamada justo antes de que Juan de Aspa, feliz, exultante, estalle en un torrente de palabras—: ¡Tal y como dijo el maestre al-Ricutí, todo encaja!

Tres desvíos, tres divinidades, tres templos.

El Zeus Olímpico nos llevó a la grieta del diluvio y, desde ella, fuimos a Poseidón, cuyo tridente nos señaló las cariátides consagradas a Artemisa, esas custodias de la tumba de Técrope, fundador de Braurón y del templo de Artemisa que allí se levanta a orillas del mar.

Era ese, en tiempos de Aristóteles, un lugar solitario, situado a ocho leguas de Atenas.

Un sitio donde Aristóteles hubiera tenido muy fácil acudir sin llamar la atención, un sitio ideal para esconder algo tan pequeño como un libro.

Y ahora os revelaré lo mejor. ¿Sabéis qué ocurría una vez al año en ese templo de Artemisa de Braurón?

¡Pues que las muchachas atenienses, al igual que las originales cariátides de Caria de Laconia, acudían a danzar en honor de la diosa!

¿Sabéis en cuál noche ocurría tal cosa? ¡El 14 de septiembre!

¡La misma fecha en que ese cabrón malnacido quiso que buscásemos su condenado tesoro!

—estalla, y al-Ricutí y Yehuda, bajo la tenue luz de una luna menguante, abren mucho los ojos y sonríen como niños ante la maravilla más grande.

—Y ahora lo último. ¿Sabéis qué tenéis a la derecha?

Imaginad: estamos aquí, en la cella del santuario que en la acrópolis se elevaba en honor de Artemisa Brauronia, mirando a donde se hallaba su estatua y, más allá de ella y de los ahora caídos muros, estaríamos también enfrentando las miradas de las cariátides y la señal del tridente de Poseidón.

Pues bien, repito, ¿sabéis qué queda a nuestra derecha?

¡A ocho leguas a nuestra derecha está el templo de Artemisa de Braurón!

¡Así que todo encaja, por Dios y sus ángeles que todo encaja!

Al menos eso dice Juan de Aspa, y nadie sabe más sobre Aristóteles y su mundo que este pequeño y vivaz sabio. Pero aun así...

—No perdemos nada por ir allí —concluye Tello—. Si ese lugar está en la costa, a ocho leguas de aquí, pasaremos por allí cuando pongamos rumbo a Negroponte.

Eso les da a todos cierta tranquilidad. Se miran satisfechos, dándose aliento, apoyándose, como queriendo convencerse de que, en efecto, el complicado razonamiento que han seguido para solventar los acertijos de Aristóteles es algo más que ilusión.

En cualquier caso, acierten o yerren, para comprobarlo, partirán en breve hacia Braurón y las ruinas de su templo de Artemisa.

—Estamos un paso más cerca del tesoro —se atreve a decir Alvar. Los jóvenes son optimistas.

Entonces se encienden antorchas. Muchas.

Rodeándolos. A su luz ven a los hombres de guerra del joven señor Juan de La Roche, quien les sonríe con satisfecho gesto triunfal, mientras sus ballesteros les apuntan con ballestas cargadas de fría amenaza y, a su lado, para mayor asombro si cabe, revestida con toda su gloria, está la emperatriz María de Brienne.

Un paso por detrás de ella, rota en lágrimas, una muchacha: Margarita, la joven dama de Alvar.

—Siento que esto acabe así, mis señores —les dice la emperatriz—. Pero ese tesoro del que hablabais pertenece a Constantinopla y al ducado de Atenas —les explica, y su voz ya no es la de una gentil y bondadosa dama, sino la de una mujer nacida para gobernar un imperio.

Tello se queda helado. Mira a los ojos azules de la emperatriz y en ellos ve una insondable tristeza, pero, junto a ella, hay una voluntad de hierro, la de alguien que está dispuesto a aplastar lo que siente, aquello en lo que cree, con tal de imponer lo que considera su deber.

Tras María de Brienne, entre sombras y luz cambiante de antorchas, está Margarita llorando sin freno.

—Se lo tuve que decir, Alvar, se lo tuve que contar —dice entre sollozos la joven—; perdóname, perdóname, amado.

Alvar no puede hablar. Sentir a los quince años el beso de la traición es demasiado para un corazón tan joven y limpio como el suyo.

—Os hemos protegido, mi señora emperatriz...

—protesta Tello, desconcertado, decepcionado, roto por aquel golpe inesperado que le propina alguien a quien admira y por quien se ha jugado la vida una y otra vez—.

No puede ser, no es justo... Mi rey, vuestro primo, ha pagado el rescate de vuestro hijo...

No podéis traicionarnos de manera tan artera —insiste, con la voz y el ánimo rotos, sin poder ocultar el dolor que también le inflige saber que esta mujer, la madre del niño que rescató en Venecia jugándose la vida, esté ahora ahí, al frente de un grupo de hombres armados que los amenazan con matarlos.

—Tu rey, Tello, cobró ya por su plata —le espeta, implacable, María de Brienne, sumando a su tristeza unas gotas de rabia—.

En Sevilla tuve que entregarme a él, pues una emperatriz siempre paga por lo que recibe, y yo soy la soberana de un imperio arruinado, una mujer a la que el poderoso monarca de Castilla no quiso eximir de tan onerosa deuda.

Pero arruinado o no, me debo a él, a mi imperio, y ese tesoro que buscáis en secreto está en Negroponte, y esa isla es parte de Constantinopla.

—Y de Atenas —se apresura a recordar el señor Juan de La Roche.

—Así es —concede la emperatriz—; por tanto, el tesoro es nuestro, y no os dejaremos libres hasta que nos reveléis dónde se halla. ¡Prendedlos y arrojadlos a las mazmorras!

Y a las mazmorras los arrojan.