Muerte en Toledo 18 #4
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18 #4

Apagando la linterna para evitar ser vistos, atraviesan el templo hasta quedar frente a las seis cariátides.

Las mujeres pilar los miran a la luz de las estrellas y la menguante luna.

Observan, al acercarse a ellas, que no son iguales, sino que cada una está dotada de expresión, mirada y peinados diferentes, y hasta de posturas ligeramente variadas.

Sus rostros, serenos, bellos, mantienen los jugosos labios cerrados, como en un silencio recogido y eterno, y sus ojos, aunque solemnes, miran todos al frente, al Partenón, en una suerte de dulce devoción a la par que de firme convicción.

—Sus ropas son idénticas, pero no así sus peinados —apunta Alvar, fascinado por la perfección de las esculturas.

—Van vestidas con el peplo jónico y los peinados son rituales, ¿veis las trenzas?

Algunas parten en dos los abundantes cabellos para hacerlos caer a los lados del cuello, y otras se subdividen en múltiples ondas y se precipitan sobre los hombros, la espalda y el pecho —señala Juan de Aspa, tan fascinado como ellos por la belleza puesta por la mano del hombre en la piedra.

—¿Maestro? —pregunta Tello rompiendo el embeleso del sabio.

—¿Qué pasa, Tello?

—Este lugar y estas esculturas están a la vista de todo el mundo. ¿Cómo iba Aristóteles a esconder aquí un libro? Más aún, ¿cómo iba a permanecer oculto aquí durante más de mil quinientos años?

Juan de Aspa se vuelve hacia él con gesto desconcertado, como si de repente se le hubiera caído encima el cielo.

—Lleváis razón... —se le escapa al viejo monje, y su rostro, siempre lleno de feliz travesura, tiene ahora una expresión que oscila entre el desconcierto, la frustración y el enfado—. ¡Ya decía yo que ese cabrón malnacido de Aristóteles no nos lo iba a poner tan fácil!

—Calmaos, maestro Juan —lo aquieta al-Ricutí sin poder reprimir una tímida sonrisa ante el enojo del sabio.

—¿Que me calme?

—Bueno, lo que ha dicho Tello tiene mucha lógica. Es difícil creer que Aristóteles escondiera aquí la segunda parte del Secretum Secretorum . Así que lo que debemos buscar es una pista, un mensaje dejado por el Estagirita y que, sin duda y al fin, nos llevará hasta el escondite del libro.

Al-Ricutí suena muy convincente, así que se ponen a ello.

Los sabios, y con ellos Tello y Alvar, se dispersan entre las cariátides, examinándolas de cerca, buscando en ellas una señal, una marca, una palabra grabada discretamente en algún lugar oculto...

, lo que sea que pueda darles una pista. El tiempo pasa y no hallan nada.

—Este es el tercer pórtico del templo —musita, reflexivo, Yehuda mientras palpa los pliegues del peplo que cubre a una de las estatuas en busca de una huidiza señal.

—Y hemos deducido que la marca que dejó el tridente en el mar contenido en el pozo, al señalar en su dirección, indicaba que esta era la figurada Caria, la de las cariátides, que menciona el acertijo —agrega al-Ricutí mientras, poniéndose de puntillas, trata de ver mejor los pliegues de mármol que se forman bajo los pétreos senos de una de las cariátides 7 por si acaso es allí, en ese punto menos visible, donde Aristóteles dejó su marca.

—Dos veces tres: tercer pórtico, tres puntas marcadas en la roca por el tridente.

¿Será en la tercera cariátide donde debamos buscar?

—sugiere Juan de Aspa, todavía enfurruñado por las maldades de Aristóteles y apresurándose a examinar la escultura que hace tres contando desde la izquierda, y, al no hallar nada en ella, a continuación, se apresura a escudriñar a su vecina: la que hace tres contando desde la derecha.

Pero fracasa con las dos, no hay marca o señal alguna en ellas.

Sin embargo, advierte algo: todas las cariátides miran al frente, al sur. Allí está el Partenón y más allá de él... ¿qué? No lo sabe o, siendo honesto, no lo recuerda. Pero algo ronda la cabeza de Juan de Aspa, algo que sabe y trata de recordar.

—¿Qué se supone que hacen aquí las cariátides?

La pregunta de al-Ricutí es un fogonazo que, durante un instante, atrae luz a la memoria del viejo monje, pero solo un instante, y tan breve que no logra retenerlo.

—¿Además de soportar sobre sus cabezas el entablamento del tercer pórtico del Erecteion?

Bueno, se supone que están rindiendo su devoción a Atenea...

Por eso miran al Partenón —dice no muy seguro—, pero, ante todo, están aquí porque custodian, por así decir, la tumba del primer rey de Atenas: Técrope, quien, según cuentan, llegó de Egipto para convertirse en el primer rey de Atenas, para luego fundar las doce ciudades del Ática, dirimir la disputa que entre sí sostenían Poseidón y Atenea por la posesión de Atenas, y enseñar a sus súbditos el arte de la lectura y la escritura —termina de ilustrarlos.

—Bueno, eso casa bastante bien con lo que buscamos —suelta Yehuda.

—¿A qué os referís? —interroga al-Ricutí deteniendo su examen de las esculturas.

—A que buscamos la segunda parte o continuación de un libro, y aquí, bajo las cariátides y por lo que acabo de oír, está la tumba de quien enseñó a los griegos a escribir y, por lo tanto, a hacer libros.

Todo eso parece alentador, o eso quieren creer. Dejan de lado el examen de las estatuas, que nada les ha revelado, y se agrupan en el centro del pórtico para seguir reflexionando juntos.

—No me cuadra que las cariátides miren al Partenón para rendir devoción a Atenea —opina al-Ricutí acariciándose la perfilada barba negra.

—¿Por qué no?

—Pues veréis, maestro Juan de Aspa: porque, según habéis dicho vos mismo, las cariátides eran muchachas ligadas al culto de Artemisa y no de Atenea.

Al oír aquello, Juan de Aspa abre mucho los ojos y, de nuevo, siente que algo se le remueve en el fondo de la memoria. Algo importante, algo que se le escapa por los pelos, pero que, sin duda, debe recordar para hallar la solución a este endiablado y aristotélico enigma.

Su memoria rebusca y rebusca, pero no halla.

—Maestro Juan, ¿no podéis decirnos más sobre las cariátides o sobre ese rey cuya tumba custodian? —lo anima Yehuda, quien, conociéndolo desde hace tantos años, se ha percatado de que su amigo está buscando algo en su mente. Algo que quizá halle si se le hacen las preguntas adecuadas.

La demanda de Yehuda no obtiene inmediata respuesta, de modo que parece perdida entre las sombras que allí, flanqueados por las altas cariátides, parecen más espesas que en el resto de la acrópolis.

—Bueno..., ahora que con vuestras preguntas se me ha refrescado la memoria, a la lengua se me viene una frase que al respecto del origen de las cariátides anota Pausanias en su libro III de la Descripción de Grecia .

Dice así: «El tercer desvío desde el camino recto dobla a la derecha y lleva a Carias y al santuario de Artemisa.

Carias es el lugar consagrado a Artemisa y a las ninfas, y allí, al aire libre, se levanta una imagen de la diosa ante la que las cariátides danzan».

—¿El tercer desvío? —se pregunta en voz alta al-Ricutí—. ¿Acaso no hemos seguido nosotros mismos un camino con tres desvíos? ¿Acaso no estamos ahora en el tercero de ellos?

—No os entiendo, maestro al-Ricutí —balbucea un desconcertado Juan de Aspa.

—Pensadlo así: el primero de nuestros desvíos, por así decir, lo tomamos anoche, cuando hallamos la grieta del diluvio en el interior de las ruinas del templo del Zeus Olímpico.

En correspondencia, el segundo de esos desvíos nos llevó hasta el interior del Erecteion para escrutar el pozo de Poseidón, que, a su vez, nos ha llevado a este lugar, el tercero de los desvíos: la tumba del rey Técrope guardada por las cariátides.

Ahora, tras haber seguido el camino recto, debemos «doblar a la derecha».

El que lleva al santuario de Artemisa ante el que danzan las cariátides.

—Es demasiado forzado... —concluye Yehuda—, os estáis dejando llevar por las...

—¿Casualidades? —lo interrumpe al-Ricutí—. Bien, decidme entonces hacia dónde miran las cariátides que nos rodean.

—Hacia el Partenón —concede Yehuda, quien no ve qué se logra con eso. Es evidente, y ya lo señaló el maestro Juan de Aspa.

—En efecto. Pero vayamos más allá de lo inmediato, de lo evidente. ¿Qué se ve tras el Partenón, es decir, en la misma dirección que señalaba el tridente de Poseidón y que ahora también señalan los ojos de las cariátides?

Yehuda, Juan de Aspa, Tello y Alvar sondean la oscuridad y, cómo no, tras el Partenón —pues la mole de mármol del gran templo no las oculta por completo—, y siguiendo las miradas de las cariátides, se advierten las ruinas de un santuario situado al sur de la acrópolis, cerca de la entrada de los Propileos.

—¡Por todos los santos del cielo! —exclama Juan de Aspa dándose una palmada en la frente, apresando al fin lo que desde hacía rato le rondaba la cabeza y que ahora, gracias a la mayéutica desplegada por al-Ricutí, aferra con los fuertes dedos de la mente—. ¡El santuario de Artemisa Brauronia!

—¿Artemisa qué? —se sorprende Yehuda.

—Artemisa de Braurón. Era la Artemisa que se adoraba en Atenas, pero su templo principal no estaba aquí, sino en Braurón.

¿Y sabéis qué? ¡La ciudad de Braurón y su templo de Artemisa fueron fundados por Técrope, el rey de Atenas que enseñó la escritura a los griegos y cuya tumba custodian las cariátides!

—¡Vamos a las ruinas del pequeño santuario! —les propone al-Ricutí.