Muerte en Toledo 18 #3
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18 #3

El templo, debido a lo desnivelado del terreno donde se asienta, no tiene simetría alguna y se despliega en varios niveles, por lo que caminar a oscuras por su interior es arriesgarse a precipitarse por los escalones que comunican unos espacios con otros.

Solo la humilde luz de un puñado de velas dispuestas a los pies del icono de la Virgen con el Niño sostiene aún la lucha contra las sombras y les ofrece un leve resguardo contra la oscuridad más profunda.

Tras ellos, en la entrada, han dejado los restos reutilizados de lo que Juan de Aspa les ha dicho que, antaño, fue un altar dedicado a Zeus.

Tras él, han sorteado otro consagrado a Poseidón, convertido en mesa sagrada de una capilla cristiana.

Por todos los lados, en las paredes, se advierten frescos.

Los unos, muy antiguos y desvaídos, conservan con maestría inigualable el recuerdo de las historias del viejo paganismo; los otros, más recientes, pero más torpemente ejecutados, celebran el triunfo de la nueva fe.

Bajan unos escalones y pasan al segundo cuerpo o recinto que alberga el templo, el occidental, y ante ellos, envuelto en una oscuridad casi absoluta, se abre un pozo del cual, para su asombro, procede un rumor como de olas que rompen contra la costa.

Se acercan con cuidado al pozo, un negro abismo que parece contener un mar lejano, invisible, infinito, casi mágico.

Los cinco se quedan allí, rodean el pozo, miran a su ignoto seno, escuchan el mar, como si, en vez de estar en el interior de un edificio situado a dos leguas de la costa más cercana, estuviesen sobre la arena de una playa.

—Es el momento de arriesgarnos —les dice Juan de Aspa, con lo que los saca del ensueño y los devuelve a la realidad: tienen que encontrar la continuación del Secretum Secretorum de Aristóteles si quieren seguir camino hacia Negroponte para buscar allí su tesoro.

Al momento, Alvar enciende la linterna que porta y, a su luz, miran dentro del pozo.

Ven una oscura caída y, al fondo, lo que parece una lámina de agua; en la roca, bien marcada, bien visible, la señal del impacto brutal de un tridente.

—El tridente de Poseidón golpeó la roca haciendo brotar un mar en Atenas que hasta Caria lleva —entona Juan de Aspa, recordándoles el enigma que hallaron escrito y oculto en las profundidades de la grieta del diluvio.

—¿Será cierto que el dios Poseidón golpeó la roca con su tridente para hacer brotar aquí el mar? —se pregunta Alvar, a quien Juan de Aspa le ha contado el antiguo mito griego y que ahora, al escuchar el batir de unas olas invisibles y ver la marca del tridente, no lo considera ya tan fantasioso.

—Los griegos lo creían así —le responde al-Ricutí—, y los hombres, pertenezcan a la nación que pertenezcan y oren al dios que oren, necesitan de milagros y prodigios. Así que piensa en esto, joven Alvar. ¿Qué ocurre cuando necesitas algo?

Alvar se toma su tiempo en contestar y luego, seguro de tener la respuesta, contesta.

—Que lo buscas.

—¡Eso es! Y el que busca...

—Encuentra.

—Y justamente de tan sencilla manera, buscando, hemos hallado el «mar» y la marca del tridente a los que, sin duda, hace referencia el acertijo de ese cabrón de Aristóteles.

—Los llama al orden Juan de Aspa con un carraspeo y agregando algo más—.

La pregunta que debe ocuparnos ahora es: ¿dónde estará el resto de lo que debemos encontrar?

—Tras el interrogante, repite el enigma—: El tridente de Poseidón golpeó la roca haciendo brotar un mar en Atenas que hasta Caria lleva.

—El tridente golpeó aquí —señala Yehuda— y el mar que hizo brotar de la roca es el pozo que se abre a nuestros pies, pero ¿qué quiere decir «hasta Caria lleva»?

—Caria es una región de Asia Menor. Está situada enfrente de la gran isla de Rodas —aclara al-Ricutí, que ha leído con provecho a los geógrafos árabes y a los antiguos griegos.

—¡Imposible! Caria está al otro lado del mar Egeo. ¿Cómo va a llevar este pozo hasta allí? —se altera Yehuda, cuyos setenta años se rebelan contra la perspectiva de alargar, aún más si cabe, aquel viaje interminable.

—Si fuera así, querido Yehuda, se nos acaba el tiempo: estamos a primeros de agosto y el 14 de septiembre, recordadlo, debemos estar midiendo la altura de la constelación del Delfín a orillas del canal del Euripo —le contesta al-Ricutí, preocupado y un tanto desanimado.

Esas preguntas y esas consideraciones sumergen en honda reflexión a los sabios e inquietan sobremanera a Tello y Alvar.

El primero no deja de pensar en que sería duro encajar el fracaso ahora, tras más de tres meses de viaje y peligros.

Si no llegan a tiempo al canal de Euripo, tendrían que esperar todo un año en Oriente para aguardar a que volviera a ser 14 de septiembre, y eso, en verdad, le parece inviable.

El segundo, por su parte, no puede quitarse de la cabeza a Margarita, la joven dama de la que está enamorado y con la que hace tan solo dos noches perdió su varonil virginidad.

¿Irse ahora a Caria? No sabe mucho del gran mundo, pero, por lo visto, se trata de un país lejano que se aparta de Negroponte y, aunque sabe que allí, en aquella isla y de forma definitiva, se separarán de la comitiva de la emperatriz y que entonces llegará el momento de la amarga despedida, eso será mejor que perderla de inmediato, mañana mismo, para abandonar Atenas en busca de esa Caria lejana e ignota de la que los sabios hablan.

—Inclínate y mete la linterna en el pozo, joven Alvar —le pide Juan de Aspa, y lo saca de sus cuitas amorosas.

Alvar obedece presto: a la luz más directa que ahora proyecta la linterna, las aguas del fondo, tan inmóviles, parecen un embrujo aún más aterrador, si cabe, pues su quietud hace incomprensible el continuo batir de las olas que oyen, pero que no ven 5 .

Largo rato se quedan así, mirando las aguas saladas y serenas de las que brota el apagado rumor de un fuerte oleaje y, envuelto en ese sonido hipnótico, Alvar medita sobre los misterios del amor.

¿Cómo puede doler tanto querer a alguien?

Le duele..., le duele pensar en la despedida...

¿Por qué tiene que separarse de ella? No tiene respuesta y, por eso, su mente busca la manera de que Margarita y él permanezcan juntos.

La ama, y ella le ha dicho que no puede vivir sin él, y él es un caballero...

, bueno, aún no lo es, pero pronto lo será, y un caballero no debe condenar a su dama a una muerte en vida.

—No se me ocurre nada... —balbucea al-Ricutí, ajeno a las cuitas de Alvar y sacando a este de su doloroso laberinto—. No hay nada que nos permita deducir qué quiso decir Aristóteles —concluye desesperado.

—¿De verdad? —pregunta, travieso, Juan de Aspa, a cuyo rostro acaba de acudir una idea—.

El tridente de Poseidón golpeó la roca haciendo brotar un mar en Atenas que hasta Caria lleva —repite, una vez más, el condenado acertijo—.

En efecto, hay en todo esto «algo» que nos va a conducir a lo que ese viejo chivo malvado de Aristóteles quiso escondernos. ¿Sabéis qué? Una palabra.

—¿Una palabra?

—Sí, mi querido maestro al-Ricutí, una palabra: Caria .

—Eso ya lo hemos sopesado: Caria está demasiado lejos para que podamos tomarla en consideración —interviene Yehuda.

—En modo alguno, maestre. Os lo explicaré. La Caria a la que hace referencia el enigma no es la de Asia, sino la pequeña ciudad de Esparta que uno podía hallar cerca de las fronteras de Laconia con Arcadia 6 . ¿Y sabéis por qué es esa Caria y no la asiática a la que Aristóteles se refiere?

Al-Ricutí y Yehuda niegan con la cabeza, y Tello y Alvar, presintiendo que se les va a revelar al fin el lugar donde está escondido lo que buscan, se tensan, a la par que, de manera involuntaria, estiran el cuello como si así se acercaran más a la respuesta.

—¿Dónde estamos?

Una nueva pregunta de Juan de Aspa. Eso no es lo que esperaban, sino una respuesta. Pero ahí tienen al alegre y viejo monje, al experto copista y traductor de Aristóteles, con su mejor sonrisa de malicioso erudito.

—En el antiguo templo del Ereteion —contesta al-Ricutí.

—¿Y cómo es conocido también?

—Como el de las cariátides —responde ahora Yehuda, no muy seguro, por cierto.

—¡En efecto! Así lo llaman también por las seis cariátides o muchachas columna que adornan su pórtico meridional.

¿Por qué las llamaban así: cariátides, esto es, «las de Caria»?

Porque creían que representaban a las más bellas mujeres de Grecia, que se criaban en la ciudad de Caria, la de Esparta, y no en la Caria asiática.

—¿Debemos viajar a Esparta? —pregunta Tello alarmado, por la perspectiva de un viaje al corazón de Morea que casi sería más corto que uno a la Caria de Asia Menor.

—No, buen caballero. Debemos viajar solo dieciséis pasos hacia el sur para alcanzar allí un pórtico y subirle las faldas a alguna de las seis cariátides que lo soportan —responde con un divertido guiño—, pues la marca del tridente de Poseidón que veis en esa roca del pozo señala al sur, al pórtico de las cariátides.

Dicho de otro modo, de forma figurada, claro, «el mar de Atenas», el que veis ahí abajo encerrado en el pozo, nos lleva, en efecto, a Caria.

Ya que era en Caria de Esparta donde, en origen, se podía encontrar a las cariátides, esto es, a las bellas muchachas que danzaban allí en el santuario de Artemisa, y que, ahora y para siempre, se hallan aquí mismo.

Lo dice así, con su mejor cara de pícaro sabio y una sonrisa que parece mecida por las olas que escuchan y, de repente, ya no les parecen ominosas, sino alegres, como si en lugar de estar asomados a un pozo sombrío se hallaran en una playa bajo el sol.