Muerte en Toledo 18 #2
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18 #2

Tello era un exigente maestro, pues sabía que la vida de un caballero destinado a labrarse fama y hacienda con el frío hierro no permitía errores, porque, cuando los tenías, nunca volvías a cometerlos; los muertos, simplemente, nunca se equivocan.

Tello, además y al contrario que la mayor parte de los caballeros, exigía de aquellos a los que consentía en enseñar su oficio que aprendieran a usar la espada con ambas manos.

También en añadir a esa disciplina no solo la de la lanza, el escudo y la daga, sino también las de la maza y el hacha de guerra.

Así que una sesión de armas con semejante maestro era agotadora y atraía mucha atención, y hoy, convocados por el resonar de las armas y los gritos y gruñidos de los contendientes, en torno a ellos se ha reunido una pequeña multitud.

Rodeando a los dos combatientes, cubiertos ya de sudor y hasta de un poco de sangre, se han reunido sirvientes desocupados, algunos oficiales del palacio del duque de Atenas, un buen puñado de soldados francos de la guarnición del castillo y no pocas damas.

Una de ellas es Margarita, la enamorada de Alvar. La chica, guapa y traviesa, muestra hoy, sin embargo, un semblante preocupado que su joven aprendiz de caballero, Alvar, advierte de inmediato. Algo le pesa en el ánimo y le resta concentración.

Cuando, esquivando una estocada de su tío, gira sobre sus talones y, ufano por la habilidad que acaba de demostrar, ofrece a su dama una sonrisa, ella, una vez más, no se la corresponde. Todo lo contrario, Margarita está a punto de romper a llorar.

Sorprendido, decepcionado, preocupado, Alvar tarda más de lo conveniente en cambiar de posición, subir el escudo y adoptar la guardia del halcón.

La consecuencia inmediata: la espada de Tello le golpea con crudeza el hombro del brazo con el que sujeta el escudo, lo desarma y le hace gritar de dolor.

—¿En qué estabas pensando? ¡Si esto hubiese ocurrido en el campo de batalla o en un duelo a muerte, si en vez de con el plano, te hubiera golpeado con el filo, estarías agonizando a mis pies! —le regaña Tello mientras Alvar se frota el hombro dolorido.

—Lo siento, tío... —se disculpa mientras busca de nuevo los ojos de Margarita, quien, para completar su sorpresa, está llorando.

En la tarde, Tello sube a la muralla y mira a lo lejos, hacia el mar azul que, si Dios quiere, debe llevarlos a completar su misión y que luego también ha de servirles de camino para arribar a San Juan de Acre, para encontrarse allí con la médico que sanará a su hermana.

Su hermana Isabel tiene de forma continua náuseas que, con frecuencia, la hacen vomitar y a menudo derivan en dolorosos espasmos y calambres abdominales que la privan de apetito.

Su mal comenzó hace años y, aunque son muchos los físicos que la han examinado y más de uno, tras pronosticar su enfermedad, le impuso tratamiento, el mal persiste y, día tras día, Isabel se consume.

Ya en Venecia, cuando Isabel no podía oírlos, al-Ricutí, roto de pena, le confesó que no creía que Isabel aguantara lo que quedaba de viaje.

—En cuanto toma un bocado, comienzan los dolores y las náuseas —le explicaba—, solo admite ya algunas verduras y frutas. Lo demás, la carne, el pan, los huevos y hasta la leche, agrava su estado.

Eso le había dicho su amigo moro. Su amigo, pero también el hombre que amaba a Isabel y al que ella, claramente, quería.

Eso, no lo niega, le ha costado encajarlo.

Es probable que tampoco se miente al respecto, jamás lo habría consentido si no sospechara que su hermana se muere.

No tiene derecho alguno a prohibirle que vuelva a amar en sus últimos días.

Sobre todo porque fue él quien se llevó a las guerras de Italia al marido de Isabel para que muriera allí, y la dejó a ella viuda y huérfano a Alvar.

—Amigo, cuánto te echo de menos... ¿Podré perdonarme tu ausencia? —se lamenta evocando la imagen de quien fuera su hermano de armas y esposo de Isabel, y dejando salir de su conciencia, en forma de susurro, el dolor inabarcable con el que carga.

El marido de su hermana era su mejor amigo y, aunque sabe que la culpa de su muerte no fue suya, también sabe que nunca podrá perdonarse no haber podido salvarle la vida.

Llegó tarde... Aunque estaba solo a unos pasos, llegó tarde. En la batalla, una corta distancia basta para que la muerte se lleve a tu amigo a un lugar donde nunca lo podrás alcanzar.

Con esa pena reavivada, baja del adarve de la muralla de la acrópolis y, al pasar por el pequeño patio de armas, recuerda la reprimenda que esa mañana le echó a Alvar cuando el muchacho se descuidó durante los ejercicios con la espada y el escudo.

Está siendo demasiado duro con su sobrino, sin duda, pero lo es porque no quiere verlo como vio a su padre: entre sus brazos y herido de muerte.

—No, Alvar no acabará así... —se dice para no acrecentar lo que le turba y le duele.

Puede que no se engañe del todo, pues su sobrino es el alumno más diestro que ha tenido, y él, Tello Bermúdez, hará de él un caballero imbatible.

Imbatible y enamorado. Al aproximarse al Erecteion camino de la casona donde están las habitaciones que les han sido dispuestas, ve fugazmente a Alvar con Margarita.

Los dos jóvenes estaban devorándose a besos y, al oír sus pasos, han salido corriendo para esconderse tras una cariátide.

Tello se hace el distraído y finge no verlos cuando pasa a su lado.

Luego, ya en su habitación, se descalza y se tumba en la cama aguardando la hora de la cena.

Debe descansar hasta entonces; esa noche, cuando todos duerman, entrarán de forma sigilosa en el Erecteion y tratarán de resolver el acertijo que hallaron en la grieta.

Así que cierra los ojos y se queda dormido. Entonces una mano le tapa la boca.

Al abrir los ojos, comprueba que pertenece a un ángel. Uno moreno, de ojos de infinito abismo nocturno y piel de bronce y trigo.

—Eres una hechicera —murmura él besándole la mano con la que le tapa la boca.

—Así es. Usé mi magia para entrar aquí sin hacer ruido y ahora te lanzaré el más poderoso de mis conjuros —le contesta ella recogiéndose las faldas en torno a las caderas con una picardía que no le conocía. Se sube a la cama, lo ciñe con sus torneadas piernas, lo lleva dentro de ella y lo monta.

La magia que Sancha empleó fue muy poderosa. Tanto que Tello ascendió a los cielos, cayó en el delirio, ardió en un fuego húmedo y cayó felizmente vencido.

Agotados, mecidos por esa plenitud que arrulla a los amantes, se quedan muy quietos en la cama. Él, que la conoce desde niña, que nunca la miró como mujer, se sorprende ahora de no haberse dado cuenta antes de que era imposible amar a otra.

—Casémonos —le dice acariciándole el rostro moreno.

—No puede ser... Lo sé y no me importa. Solo soy una sirvienta, y tú, un caballero.

Seguiré sirviendo en tu casa y tú me tomarás como amante.

No me importa, Tello, de veras que no. Seré lo que soy ahora, y tú, pues no puede ser de otra manera, te casarás con una dama noble que aporte una buena dote a tu casa y te dé hijos de buena sangre.

Yo estaré ahí, donde nadie sepa de mí, pero a tu lado, y así podrás amarme sin avergonzarte.

Tello se queda quieto al oírla. No se engaña, nunca ha sabido hacerlo, y sabe que Sancha tiene razón.

No tiene duda alguna de que el mundo, su mundo, el de los dos, no admitirá otra cosa.

Es triste, pero, si a Isabel y a al-Ricutí los separa la fe, a ellos los separan el linaje y la sangre: él es un Bermúdez, un caballero, hijo, nieto y bisnieto de caballeros, y ella es una mujer sin más nombre que el de Sancha ni más linaje que el que da la tierra cuando se la labra.

El mundo es como es y ellos no pueden cambiarlo.

Y, sin embargo, los inmensos ojos negros de Sancha están llenos de felicidad, de profunda alegría.

Su sueño, amar a este hombre, se ha hecho realidad.

No le importa lo más mínimo que sea otra la que pase por ser su esposa.

Él es ya más suyo de lo que nunca será de otra.

—Te quiero —le dice a Tello—. Te quiero y me basta con eso.

Él la besa y luego la mira de nuevo con tanta intensidad que ella cree que la va a hacer arder.

—Te juro aquí y ahora que tú, Sancha, por mi honor de caballero, serás mi esposa.

La mujer no acierta a decir nada, un nudo le apresa la garganta, y las lágrimas, dulces, brotan como lo hacen las estrellas en las insondables profundidades de los cielos.

—¿Por qué? —logra hacer salir de sus labios, y se siente muy tonta por decirlo.

—Porque soy Tello Bermúdez y no puedo ser otra cosa.

Y porque tú, Sancha, sin que necesites nombre ni linaje para ello, eres mi dama; y también porque el mundo está ahí fuera —suelta señalando con la mano—, mientras que nosotros —y ahora lleva la mano al pecho de ella y luego al suyo— estamos aquí, muy adentro el uno del otro.

Así que no voy a sacarte de mi corazón por mucho que un puñado de cretinos nos señale con el dedo. ¡Al infierno con el mundo!

Al decir aquello, lo cual la pilla por sorpresa, le muerde una oreja y le arranca una sonrisa que se torna risa y, a su luz, a la de esa risa femenina, regresa la pasión.

Así se prende una nueva llama en la que ella, desnuda como la primera mañana, es milagro de piel dorada y cabellos oscuros, y en la que las manos y los labios de él, ahora tornado también hechicero, invocan los conjuros del placer.

Llega de nuevo la hora de seguir combatiendo contra el ingenio de Aristóteles.

Todos deben estar durmiendo en el palacio del duque de Atenas y los guardias ya tienen bastante vigilando puertas y murallas.

Así que todo debería ir bien para ellos: cinco sombras en la madrugada abren las puertas de la iglesia dedicada a la Virgen María, que, mil años atrás, aún era el templo santuario del Erecteion.