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En Egipto.
A William lo han molido a palos. Eso es parte de su educación como mameluco: sacarle el orgullo y someterlo a la disciplina implacable que debe regir la vida de los esclavos guerreros del sultán.
A veces, cuando el dolor y la humillación le parecen insufribles, le da por preguntarse cómo es posible que alguien como él, un espía inglés al servicio de Ricardo de Cornualles, haya terminado allí y de aquella guisa: en Egipto y como esclavo destinado a convertirse en mameluco.
Todo por el jodido azar, porque, cuando su galea pirata quedó destrozada por el maléfico ingenio que Tello Bermúdez y los suyos dispusieron sobre la cima del promontorio rojo, William y sus ladrones del mar se vieron obligados a buscar refugio en la bahía y, al poco, aparecieron en ella los moros del lugar, quienes, cayendo sobre ellos, mataron a muchos y apresaron al resto.
Y entre los que fueron hechos cautivos estuvo William, y su destino fue el mercado de esclavos.
Allí, expuesto como si fuera un buey, fue comprado, y luego metido en la apestosa bodega de una nave genovesa que lo llevó a Alejandría para ser de nuevo vendido, a fuer de dolor y miedo, y transformado en propiedad del sultán de Egipto, que, al contrario que los demás soberanos del orbe, tiene a bien rodearse de un ejército de esclavos: los mamelucos.
Su vida pasada, la del ladrón inglés que terminó convertido en espía y marchando a Castilla para ponerse a cargo de los agentes de Ricardo de Cornualles en dicho reino, ha quedado atrás, y ahora, delante de él, solo queda la esclavitud, la humillación y el dolor.
Dolor... Está tirado en el suelo, cubierto de sangre y moscas que acuden en tropel a saciarse con ella.
Y cada picadura de mosca, cada estremecimiento de dolor, cada quemadura dispensada por el inclemente sol, se la debe a Tello Bermúdez, ya que, si el condenado caballero del rey Alfonso X no hubiese destrozado su galera, él, William de Amesbury, seguiría siendo un hombre libre y no un guiñapo ensangrentado.
Roto, agotado, aturdido, pero siguiendo su instinto, el inglés trata de arrastrarse hasta la mezquina porción de sombra que le brinda una de las columnas que delinean el patio de adiestramiento.
Sin embargo, no va a ir a ninguna parte, porque el instructor le apoya el pie en la nuca e, implacable, le grita palabras que William no puede comprender.
Pero la lengua del látigo sí que la entiende y le «dice» que se ponga en pie y tome el arco para volver a la línea de arqueros que están siendo adiestrados.
William, tambaleándose, chorreando sangre, ennegrecido de moscas bajo un sol que no ofrece tregua, vuelve a empuñar el arma, inseguro y torpe. No se trata de su arco largo inglés, sino de un arco recurvado y asimétrico diseñado para disparar desde el lomo de un caballo.
Pero el látigo hace maravillas. Temiendo que el instructor lo haga «hablar» de nuevo, William se concentra por completo en empuñar con fuerza y de forma correcta el arco mameluco.
Habituado desde niño a ejercitarse con el arco largo inglés, la increíble fuerza necesaria para tensar el arco compuesto no le es ajena y, pulgada a pulgada, lleva la cuerda hasta justo detrás de su oreja derecha, mientras se recuerda a sí mismo que este arco es asimétrico, por lo que la pala inferior es más corta y eso obliga a ajustar la puntería antes de soltar la flecha.
Ruega a Dios que esta vez no falle, y la suelta.
Vuela la flecha y, cien pasos más allá, en un suspiro, se clava en el corazón de la silueta de madera que les sirve de diana.
El instructor suelta un gruñido de satisfacción y, como premio, entrega a William un pellejo de agua del que el inglés bebe con ansia y cuyo acuático resto usa para lavarse la sangre y espantar a las moscas.
Entonces se oye una tremenda algarabía y, tras ella, tambores marciales, a su ritmo, una brillante comitiva penetra en el patio de adiestramiento, haciendo que el instructor y el resto de los mamelucos se apresuren a gritar a los reclutas que se arrodillen y bajen la mirada, pues Qutuz, sultán de Egipto, quiere ver a los esclavos destinados a convertirse en sus soldados.
Qutuz tiene cuarenta años, es alto y fuerte, de ojos levemente rasgados, verdes y feroces, piel muy blanca, casi sonrosada, cabellos dorados y barba que no se decide a ser ni dorada ni bermeja, sino una confusión de oro y cobre.
En cuanto a su ropa, Qutuz lleva un turbante rojo y verde que luce como broche una enorme esmeralda flanqueada por rubíes.
Viste ropajes de brillante seda cuajada de oro y gemas, ceñidos por una faja de hilos de oro y por un tahalí de cuero repujado del que pende un soberbio sable turco.
Y no solo eso: en los labios, una crueldad sin par y mejor forjada que el acero de la espada.
Qutuz, capturado en las estepas de Transoxiana cuando solo tenía quince años y llevado a Egipto para ser transformado en mameluco, se ha abierto paso hasta el trono a base de valor, conjura y terror.
Ahora pasea ante los esclavos arrodillados. La mayoría de ellos son cumanos y corasmios, como el propio Qutuz; otros son circasianos, alanos o turcomanos, y también se pueden ver entre ellos algunos rusos, georgianos y francos 1 .
—¿Cuántos son? —pregunta al instructor jefe.
—Trescientos, poderoso sultán. Son los de más edad. En el siguiente patio se adiestran los jóvenes y los niños. Pero estos perros viejos estarán listos en cuatro meses para servirte en la batalla.
Qutuz asiente. Luego mira al cielo, como buscando el sol. El solsticio pasó hace más de un mes y el equinoccio se aproxima y, con él, lo que más teme.
—Necesitamos más, muchos más. ¿No os habéis enterado?
—pregunta con rostro duro como martillo golpeando—.
¡Los mongoles vienen! Y llegarán pronto.
Hace unos días, en el noroeste de Mesopotamia, arrasaron la ciudad de Mayiarfarqirin 2 .
¡Mataron a su emir, mataron a los hombres, mataron a las mujeres y a los niños!
¡Hasta a los perros mataron! Así que escuchad: ¡los mongoles vienen, y yo, Qutuz, sultán de Egipto, tendré que salir a enfrentarlos!
Silencio. La escolta del sultán, sus consejeros, los instructores, los cortesanos, todos guardan silencio mientras los esclavos destinados a ser soldados permanecen arrodillados con los ojos clavados en el suelo.
Silencio en espera de que lleguen los mongoles. De que el día del juicio final se sustancie en una vorágine espantosa de jinetes imparables blandiendo sables y tensando arcos infernales.
La gran horda de Hulagu Khan se aproxima y todos saben lo que los mongoles hicieron en Bagdad y lo que, sin duda, pretenden hacer en Siria y terminarán haciendo en Egipto si Qutuz, el sultán de hierro, no consigue vencerlos.
—¡Compra hasta el último hombre o muchacho que traigan a Egipto los comerciantes venecianos y genoveses! —ordena al instructor jefe quebrando el silencio.
Tras la orden, sigue revisando sus «últimas adquisiciones». Y al fin se detiene ante el rubio y ensangrentado William.
—¿De dónde viene este hombre?
—Es un frany del lejano poniente, allí donde las tierras viven sin sol y bajo una lluvia perenne. Nos lo vendieron unos mercaderes barbar procedentes de Tremecén 3 —se apresura a informarle el instructor.
—¿Hablas algo de árabe? —pregunta Qutuz al postrado William mientras le pone una fusta bajo la barbilla y lo obliga a levantar el rostro y mirarlo a los ojos.
Entonces cruzan una larga mirada verde y helada. Ambos tienen los mismos ojos implacables, los dos son rubios y pálidos, y por las venas de ambos corre la misma sangre maldita.
Son muchas cosas en común y, ya se sabe, cuando el diablo se mira al espejo, le gusta lo que ve: su reflejo.
Egidio el Nigromante se baja de la mula y se frota las posaderas. Ya no es un jovencito y, de todas formas, fue siempre hombre de libros y no de cabalgatas. A su lado, aún sin desmontar, está el joven Miguel, y un poco por detrás, los seis rufianes que han contratado como guardianes.
—¿Te fías de ellos, maestre Egidio? —pregunta el joven monje en un susurro nervioso.
Egidio gira la cabeza y sonríe con alegría a los asesinos que ha comprado para que le den protección en aquella isla envuelta en caos y violencia.
En apariencia alegre, se mete la mano en la bolsa y arroja al jefe de los mercenarios una moneda de oro que el bruto, un gigantón calvo y barbudo, coge al vuelo y se lleva a los dientes para ponerla a prueba.
—Yo, hijo mío, dejé de hacer esas cosas cuando mi madre me destetó.
—¿Hacer qué, maestre?
—Fiarme de alguien —le espeta ensanchando aún más la sonrisa y montando de nuevo sobre su mula—.
Pero estate tranquilo, muchacho. Les hemos pagado bien y soy generoso con el dinero de don Nuño González de Lara.
Así que, durante un tiempo al menos, se portarán como es debido y cuidarán de nosotros.
Los problemas, escúchame bien, comenzarán cuando hallemos el tesoro.
Entonces, te lo aseguro, les entrará prisa por cortarnos el cuello.
Miguel, al oír aquello, no puede evitar dar un respingo y volverse un poco para mirar al jefe de los mercenarios, y este, aquilatada la calidad de la moneda que Egidio el Nigromante le ha arrojado, le ofrece al joven una sonrisa repleta de dientes podridos y satisfecha maldad.
Sin tenerlas todas consigo, Miguel deja de mirarlo y talonea a su mula para hacerla trotar tras la de Egidio, que sube por las empinadas y boscosas laderas del monte Dirfis 4 , desde cuyas norteñas cumbres se domina el canal del Euripo, bajo cuyas turbulentas aguas duerme el tesoro de Aristóteles.
Volver a la acrópolis sin que nadie lo advirtiera no fue fácil, pero lo lograron antes de que amaneciera. Pese a no dormir más de un par de horas, Alvar, tras el desayuno, como cada día que era posible hacerlo, se ejercitó con la espada bajo la supervisión de su tío.