Muerte en Toledo 17 #3
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—Mucho. Quedaos con esto: arrojaban a esta grieta mensajeros a las profundidades portando cortos mensajes escritos, ¿de acuerdo?

Pues bien, los griegos conocían un curioso método para poder escribir sobre una pared de roca aunque esta quedara muy por debajo de su posición.

Lo denominaban tuo schoinia . Es decir, «dos cuerdas».

Lo revela Cayo Julio Solino en su Colección de hechos memorables 1 y funcionaba así: fabricaban un soporte pesado pero pequeño y móvil mediante el uso de ruedecillas, a cuyo extremo sujetaban un tizón, una barra de grasa mezclada con ocre o cualquier otro material con el que pudieran pintar o marcar una superficie rocosa y lisa.

Montado el ingenio, a continuación el escriba se tendía al borde del abismo y ataba al soporte antes descrito dos cuerdas finas pero resistentes.

Una de ellas servía para controlar el movimiento de arriba abajo y la otra, para mover el tizón de izquierda a derecha.

El tizón, pegado a la pared por el peso del soporte a donde estaba sujeto, iba trazando letras conforme el escriba, alternando tensión y suelta, ora de una cuerda, ora de la otra, hasta componer así un texto que, inevitablemente, debía ser corto, sencillo, que quedaría trazado de forma tosca, pero legible.

Tello se rasca la cabeza. Intenta imaginar aquello. A su lado, Alvar hace tiempo que ha desistido de la empresa. Pero al-Ricutí y Yehuda están como poseídos por un espíritu maravilloso: extasiados, maravillados, casi al borde de las lágrimas de pura emoción.

—Bueno, es una hipótesis, desde luego —les dice Juan de Aspa, satisfecho, a la par que un poco turbado por la reacción de estupefacción que su erudición y su ingenio ha provocado en sus sabios compañeros—.

Pero me apuesto lo que queráis a que si ahora, en vez de al caballero Tello, atamos la cuerda al joven Alvar y lo vamos descolgando hasta más allá del punto alcanzado por su tío, nuestro joven amigo hallará unas letras en griego.

Así que atan la cuerda en torno a las axilas, las ingles y la cintura de Alvar y, con sumo cuidado, provisto de la linterna, lo descuelgan con lentitud hasta que llega a la angostura de la grieta que detuvo a su tío, pero que a él, más menudo, no le impide seguir bajando unas varas más. Suficientes.

—¡Letras, por todos los santos, letras! ¡Aquí hay letras, maestres!

Arriba, los sabios se felicitan por el hallazgo, y lo hacen con tanto entusiasmo que se olvidan de la cuerda, la cual, de no estar sujeta por un hombre tan fuerte como Tello, se habría soltado y habría precipitado a un abismo sin fondo al joven Alvar, quien, aterrorizado por el súbito tirón que sufre la cuerda por mor del descuido de los eruditos y por la fuerza con la que Tello tiene que contrarrestarlo, grita presa del pánico.

—¡No te alteres en exceso, joven Alvar! —vocifera Juan de Aspa sujetando de nuevo la cuerda que había soltado para abrazarse con al-Ricutí y Yehuda, quienes, avergonzados, vuelven también a aferrar la soga—. ¿No ves que ahora necesitarás estar tranquilo para memorizar el texto que estás viendo?

—¿Y cómo voy a memorizar un texto escrito con un alfabeto que desconozco y en una lengua que no hablo?

A veces los jóvenes hacen las preguntas más juiciosas.

—Olvídate de eso, muchacho. No necesitas conocer el alfabeto griego ni hablar esa lengua.

Mira las letras, míralas como si fueran dibujos, métetelos en la mollera y, cuando estés seguro de que puedes dibujar esos signos con los ojos cerrados, ¡grita y te subimos!

—le ordena Juan de Aspa, y Alvar, que no las tiene todas consigo, traga saliva y fija hasta la última porción de su mente en la tarea de memorizar las letras griegas que, mil quinientos ochenta y más años atrás, un filósofo griego escribió en la pared de un abismo mediante un ingenioso truco.

—¡Podéis subirme! —clama unos diez minutos más tarde, cuando Tello y los demás tienen ya manos y brazos entumecidos por el esfuerzo.

Entonces lo suben. Temblando, agotado, con los ojos cerrados y murmurando cosas incomprensibles.

No obstante, no hay mucho tiempo para que se reponga: la noche se acerca a su fin y deben volver lo antes posible.

—¿Muchacho?

—¿Sí, tío?

—Abre los ojos y trata de dibujar en el polvo que cubre el suelo lo que has visto —lo anima entonces al-Ricutí.

El joven sacude la cabeza, se acuclilla y, usando como pluma uno de sus dedos, comienza a trazar toscas letras griegas que para él no son sino dibujos: τρίαινα Ποσειδ ῶνος τὴν πέτραν ἔπληξε, καὶ ἐν Ἀθήναις θάλασσαν ἐξέβλυσε, ἣ μέχρι Καρίας ἤγαγε .

Eso es lo que escribe Alvar en el polvo y Juan de Aspa lee en voz alta las palabras dejadas por Aristóteles:

— Hē tríaina Poseidônos te¯` n pétran éplēxe, kaì en Athe¯´nais thálassan exéblyse, he¯` mékhrī Karías e¯´gage — pronuncia con solemne entonación.

Tras una pausa de noche y expectación, el viejo monje declama la traducción:

—«El tridente de Poseidón golpeó la roca haciendo brotar un mar en Atenas que hasta Caria lleva».

De nuevo, silencio. Todos esperan algo. Pero no hay más: solo palabras oscuras de esas que componen enigmas.

—¿Eso es todo? —dice al fin un frustrado Tello.

—Es suficiente —le responde Juan de Aspa—, sabemos que estas palabras están relacionadas con el pozo de Poseidón del Erecteion. Sin duda, cuando estemos asomados a él, cobrarán sentido.

Eso es optimismo. Pero a Tello le duelen todos los músculos del cuerpo, y Alvar, extenuado, sigue temblando en el suelo, y la noche vuelve a ser cruzada por una blanca lechuza en busca de ratones distraídos.

Tanto como ellos, pues, detrás de una de las colosales columnas corintias del templo, una figura envuelta en un manto oscuro los observa con atención.