Muerte en Toledo 17 #2
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17 #2

Los tres sabios se despliegan en torno a la grieta.

¿Qué buscan? No lo saben. Solo saben que Aristóteles, más de mil quinientos ochenta años atrás, estuvo allí, en una noche como aquella, ocultando algo que contenía pistas para hallar un condenado libro.

Supuestamente, esto les va a prevenir de los mortales peligros que, al parecer, custodian un tesoro que aún no han encontrado.

Una duda los asalta a todos. ¿Y si Aristóteles se burló de cuantos quisiesen buscar su tesoro y en realidad allí no hay nada? Bueno, es una posibilidad, aunque Juan de Aspa, buen conocedor del Estagirita, no la contempla.

Por lo pronto, el viejo monje comprueba que, en efecto y como decían los antiguos griegos, aquella grieta abierta en el suelo parece no tener fondo.

—Hace un minuto que arrojé una piedra y todavía no he oído el ruido que debería hacer al golpear el fondo... —murmura lleno de asombro.

—¿Nos atrevemos a encender la linterna? —pregunta al-Ricutí.

—No nos queda más remedio —consiente Juan de Aspa y, a la luz del ingenio, se agachan en torno a la grieta o a lo que de ella queda al descubierto.

A la luz escasa que portan, las sombras que los envuelven, lejos de disminuir, parecen crecer hasta volverse grotescas. En algún lugar del viejo templo, una lechuza emite su agudo chillido y luego, como un rayo alado, silencioso y blanco, vuela sobre ellos.

—Y si la grieta no tiene fondo, ¿cómo vamos a encontrar lo que Aristóteles arrojara a ella?

La pregunta de Alvar es la que Tello estaba haciéndose, e insta a que los tres sabios se queden muy quietos, como cayendo en algo simple, diáfano, pero que no habían pensado.

—Pues ahora que lo dices, muchacho... —balbucea Yehuda mientras se atusa la larga barba que, en la oscuridad, de tan blanca, tiene un brillo fantasmal.

Durante un largo momento, uno casi insoportable, los cinco se quedan callados y quietos, mirando fijamente una grieta insondable en la que, quizá, Aristóteles escondió algo.

—Quizá... —comienza a decir Tello como si quisiera exponer lo que está pensando.

Advierte que los rostros de los otros cuatro se vuelven hacia él, y se anima a continuar—: Quizá ordenó a uno de sus esclavos que se descolgara por la grieta para buscar un hueco o un asidero donde depositar algo u ocultarlo.

Si no recuerdo mal, maestre Juan de Aspa, en cierta ocasión dijisteis que Aristóteles tenía muchos esclavos.

Tantos que en una ocasión compró mil de una sola vez.

¿Acaso no pudo venir aquí con alguno de ellos, uno pequeño, ágil, atarle una soga a la cintura y ordenar que lo descolgaran por el interior de la grieta hasta que hallase un escondrijo?

—Eso tiene sentido... —asiente, dubitativo, Juan de Aspa.

No obstante, como si quisiera preguntarle a la propia grieta, Juan de Aspa arroja otra piedra a ella y, una vez más, durante lo que les parece un tiempo interminable, todos aguardan a que se oiga el lejano eco del golpear de la piedra contra el fondo.

Pero fue en vano. No se oye nada, excepto el aleteo de un murciélago y el lejano ladrido de un perro.

Así que, como ninguna otra idea se les viene a la cabeza, deciden poner la de Tello a prueba.

Alvar ha traído consigo una cuerda que debe medir sus buenas treinta varas.

Ata un extremo a lo que parece el desmoronado altar de la diosa Gea y ofrece el otro a su tío, que, de inmediato, traza una suerte de arnés sobre su cuerpo para obtener así un buen amarre.

—¡Listo! —informa. Alvar y los tres sabios agarran la soga mientras que el caballero, sin tenerlas todas consigo, se dispone a descolgarse por una grieta que no tiene fondo. Un abismo tan insondable que fue capaz de tragarse las aguas del diluvio.

Se adentra y, pulgada a pulgada, Alvar y los tres sabios van soltando cuerda. Tello, con la linterna en una mano, busca a tientas, con la otra y los pies, un agarre que no encuentra; sigue bajando por la grieta, atrapado entre dos paredes de roca tan lisas como espejos.

—¿Veis algo? —pregunta al-Ricutí.

—Roca, tan lisa, tan dura como el plano de una buena espada y nada más.

—Fijaos bien. Quizá se trate de buscar una señal más que un escondite —le advierte Yehuda.

—Harina y miel... —murmura Juan de Aspa, perdido en vete tú a saber qué.

—¿Qué decís, maestre Juan? —pregunta Alvar mientras sigue soltando cuerda.

—Cuenta Pausanias que los griegos antiguos arrojaban a esta grieta ofrendas de harina y miel.

A Alvar, al que empiezan a dolerle los brazos por el esfuerzo de retener la cuerda de la que pende su tío, le parece muy curiosa la costumbre, desde luego, pero preferiría que, en vez de contar historias extrañas, el viejo sabio pusiera un poco más de empeño en ayudar con la soga.

Pero no, Juan de Aspa sigue aferrado distraídamente al cable, con un gesto tan reconcentrado que, a la difusa luz que presta la menguante luna, parece un espectro que no logra solidificarse.

—Pausanias dice que mezclaban la harina con la miel y luego, con la pasta resultante, modelaban figurillas con forma humana que arrojaban al abismo para enviarlos a la diosa Gea cual si fueran mensajeros...

—¡No puedo bajar más! —advierte entonces Tello desde el interior de la grieta—. ¡El abismo se estrecha tanto que ya no puedo seguir deslizándome!

Lo izan con lentitud y con los brazos a punto de desfallecer. Quedan los cinco al borde de la grieta, sentados en el suelo, cuatro de ellos con expresión de derrota, y el quinto, Juan de Aspa, metido en sus propios pensamientos.

—Como mensajeros enviados al negro abismo... —sigue murmurando.

Al-Ricutí y Yehuda intercambian una rápida mirada interrogándose sobre qué se trae entre manos su compañero, y Tello, recuperado ya el ánimo, mira al cielo nocturno en busca de estrellas que le digan la hora.

Pronto tendrán que volver a la acrópolis si no quieren ser descubiertos y despertar sospechas.

—¡Lo tengo!

El grito de Juan de Aspa casi les revienta el corazón del susto.

—¡Maldita sea! —explota Tello, que ya tenía la espada a medio desenvainar.

—Escuchadme, creo que he resuelto el problema de cómo dejó aquí su mensaje secreto ese cabrón de Aristóteles.

—¿Cómo lo hizo? —preguntan todos casi a la par.

—Con tres cuerdas y un pedacito de carbón —les revela dejándolos como estaban: sin entender nada—.

La clave está en la harina y la miel que los griegos arrojaban a esta grieta sagrada.

No lo hacían de cualquier manera, sino que modelaban figuras vagamente humanas que, según creían, podían llevar mensajes a Gea, diosa de la tierra.

¿Cómo llevaban los mensajes las figurillas modeladas con harina y miel?

Os lo diré. Una vez hechas, les introducían en la masa pequeñas tablillas de cera o de plomo con textos escritos en los que se detallaban sus ruegos a la divinidad.

Algo así como: «Gea, devuélveme la salud» o «Gea, castiga a mi enemigo con la enfermedad».

—¿Y qué tiene que ver eso con el mensaje escondido aquí por Aristóteles? —pregunta Tello, un tanto exasperado.