17
En el palacio fortificado que los borgoñones y franceses han erigido en la acrópolis de Atenas, resuenan música y alegres voces.
Juan de La Roche, hijo del duque de Atenas, ha puesto todo su empeño en honrar con un gran banquete a la emperatriz de Constantinopla.
Puesto que el ducado de Atenas no es un lugar ni atrasado ni pobre, para entretener a sus invitados, Juan de La Roche ha traído esta noche a palacio a un grupo de acróbatas búlgaros que acometen briosas danzas guerreras con antorchas y espadas, amén de a un bufón tan feo y de tan diminuta estatura que su lengua mordaz apenas se tiene que esforzar para hacer reír a los presentes.
Risas, burlas, vino y alegría. Buena combinación tras una opulenta cena en la que se han servido pescados del mar, cordero, cabrito, venado y faisán.
Y ahora, a la señal que el joven señor, Juan de La Roche, da con una alegre palmada, los bailarines búlgaros y el bufón enano se retiran para dejar su sitio al trovador recién llegado desde Provenza, quien, de inmediato, atraída la atención del público, comienza a desgranar en canciones las gestas de los doce paladines de Carlomagno.
La voz del trovador es magia revestida de música y poesía.
La emperatriz, sentada a la diestra de Juan de La Roche, está bellísima, luce cual si fuera un sol nuevo entre los hombres.
Satisfecho por su papel de gran anfitrión, Juan de La Roche se permite una sonrisa y ordena que le llenen de nuevo la copa.
Pero, al llevársela a los labios, un movimiento atrae su atención y, por el rabillo del ojo, observa cómo, uno tras otro, los tres sabios y tras ellos el alto caballero castellano que los guarda salen de la animada sala con un sigilo que no cuadra con haber participado de una opípara cena regada por tanto buen vino.
Tello casi no ha tocado el vino. Tampoco han bebido los demás, o eso afirman. Aunque Tello duda de que sea cierto en el caso del viejo Juan de Aspa, que presenta unas mejillas encarnadas y la barba sospechosamente perfumada, por así decir, con los jugos de Baco.
—El vino despeja la cabeza de los sabios —sentencia el alegre monje cuando advierte la mirada reprobadora del caballero.
Achispado o no, ya es tarde para preocuparse por eso. Ahora tienen por delante la noche y, con ella, la posibilidad de salir a hurtadillas de la acrópolis para ir al templo del Zeus Olímpico y localizar en su arruinado interior la grieta del diluvio.
Haciendo el menor ruido posible, aprovechando el amparo que les brindan los edificios, se encaminan al punto de encuentro evitando las rondas de los guardias.
—¿Alvar? —pregunta Tello a las sombras que reinan bajo el sector menos vigilado de la muralla de la acrópolis.
Entonces las sombras contestan.
—Aquí, tío. Apresuraos, los centinelas no tardarán mucho en volver a pasar por aquí.
Alvar no ha asistido al banquete, pues el joven señor Juan de La Roche lo ha tomado por un simple escudero al que no había por qué honrar.
Así, le dio la oportunidad de localizar el sector más desguarnecido de las murallas, y de preparar, además, todo lo necesario para trasponerlas sin que nadie lo advirtiera.
—¿Tienes dispuesta la escala de cuerda? —le pregunta Tello.
—Aquí mismo, y también llevo conmigo una larga soga y una linterna.
En efecto, embreada para que la oscuridad la oculte por completo, del muro pende una escala de cuerda por la que, de inmediato, trepa Tello con la agilidad de un gran gato con sus afinados sentidos en alerta.
Al llegar al adarve de la muralla, se queda inmóvil y escucha. Nada se oye, da un tirón de la escala, es la señal para que suba el siguiente.
El siguiente es Juan de Aspa, quien, aunque supuestamente tiene la cabeza «avivada» por el vino además de ciertos problemas de equilibrio, no se mata porque Dios no quiere y, sobre todo, porque Tello lo sujeta a tiempo.
—Está bien, quizá no debí tomarme la quinta copa de vino —susurra, excusándose y como respuesta a la reprobadora mirada que Tello le lanza.
Tras Juan de Aspa, con dificultad por su gran tamaño y por sus muchos años, va Yehuda y, tras el médico judío, al-Ricutí, que sube deprisa y sin esfuerzo, apoyando bien los pies en las traviesas de cuerda.
El último en trepar es Alvar. De inmediato desata, recoge, enrolla y se carga al hombro la escala, para, a continuación, sujetar un extremo a un merlón de la muralla y desenrollarla de nuevo dejándola caer por el lado contrario del muro.
Y bajan al exterior de la fortaleza. Sin contratiempo. Al menos hasta que Alvar desciende a su vez y Tello se percata del problema que ello les impone.
—¿Y la escala? Si la dejamos ahí, los guardias la verán.
—No os preocupéis, tío, al-Ricutí ya lo previó y me enseñó a hacer esto.
—Y dando un fuerte tirón a un largo cabo sujeto a la escala, esta se suelta y cae al suelo para que el joven Alvar la pueda recoger, enrollar y ocultar bajo unas piedras, mientras Tello se queda con la boca abierta sin saber cómo Alvar ha podido desatar la escala atada a un merlón de la muralla situado diez varas por encima.
—Es algo simple: un nudo corredizo o, si lo preferís, un ballestrinque corredizo con gaza —le explica al-Ricutí—.
Veréis, los nudos, como todo en este mundo, solo son matemáticas.
—Como Tello sigue con la misma cara de asombro, el maestre andalusí se lo explica de forma fácil, tal y como hizo horas antes con Alvar—.
Tomas el extremo superior de la escala y haces un nudo corredizo en torno al lugar donde quieres sujetarla, cuidando, eso sí, de dejar uno de los cabos tan largo como quede la escala y colocándolo en paralelo a ella.
El nudo, en cuanto cargues peso, se tensará, pero, en cuanto bajes y ya no soporte carga, bastará con que tomes el cabo y des un par de tirones fuertes para que se afloje.
De este modo se liberará la escala, que caerá a tus pies.
Siempre es bueno aprender y, pertrechado con esa nueva lección, Tello los conduce por la abrupta ladera de la mole rocosa de la acrópolis, con precaución para que no se rompan la cabeza despeñándose y hagan el menor ruido posible.
Tello tiene experiencia en esas cosas. En más de una ocasión, en las guerras contra los moros en Andalucía y en las que libró en Italia luchando por Pisa, se vio encabezando una fila de hombres silenciosos que avanzaban en lo más crudo de la noche, para acercarse a una torre o a una fortaleza y darle asalto sin que los centinelas se apercibieran a tiempo del infierno que se les venía encima.
«Tienes ojos de gato y pies de oso», le decían sus camaradas, y es cierto.
Tello tiene pies seguros que saben pisar sin hacer ruido y ve mejor en la oscuridad que la mayoría de los hombres.
Así que no tardan en alejarse y, cuando dejan atrás el terreno más difícil y las casas de Atenas se les muestran ante ellos bajo la menguada luz lunar, se atreven a encender una linterna y fingir que son extranjeros en busca de taberna.
—¡Ahí están las ruinas del templo! —señala a los demás tras un cuarto de hora de disimulo nocturno.
Se quedan detenidos a cincuenta pasos de ellas, cobijados bajo los aleros de una casa de madera, observando, vigilando, aguardando a tener la certeza de que nadie los sigue y de que nadie podrá verlos cuando corran hasta las ruinas y se metan dentro de ellas.
La tienen. Así que cinco sombras corren en la noche y se introducen en las ruinas del que fuera el mayor templo del mundo.
Hay luna menguante, y las sombras que proyectan las colosales columnas avivan la oscuridad que reina en el interior del arruinado edificio que, con la mayor parte de sus tejados derrumbados y buena parte de sus muros derruidos, se les muestra sembrado de montones de cascajo que se alternan con profundos socavones.
—¿Qué buscamos exactamente? —pregunta Tello a los sabios, preocupado por la inmensidad del edificio que debe explorar y las añadidas dificultades que proveen la noche cerrada y el caótico interior que ha ido imponiéndose a la antigua simetría, conforme techo y muros se desmoronaban.
—Una grieta como de media vara de ancho y seis pies de largo. Una en la que no pueda verse el fondo —le informa Juan de Aspa con un susurro bien silabeado que informa a Tello de que la caminata nocturna y el aire fresco han despejado los vapores etílicos que acosaban al viejo sabio.
Es un comienzo, desde luego. Pero buscar una grieta en el suelo en un edificio gigantesco y destrozado es como buscar una aguja en un pajar.
—Debemos avanzar hacia lo que fue el recinto sagrado de Gea Olímpica.
Allí donde se honró a la diosa de la tierra con una escultura de bronce debe de estar la grieta del diluvio —dice ahora Juan de Aspa, quien, tras orientarse mirando las enormes columnas corintias, se encarama como una vieja cabra a un montón de cascajo y, desde él, se adentra un poco más en el templo.
Luna menguante, sombras tan oscuras como el hierro viejo y cinco hombres que avanzan por un dédalo de mármoles quebrados, tejas partidas y vigas carcomidas.
—¡Cuidado aquí! —les advierte Tello, marchando detrás de Juan de Aspa y teniendo mejor vista nocturna que su guía.
Medio sepultada por enormes pedazos de mármol, hay una serpenteante grieta de varios pasos de largo y media vara de ancho.
—¡La grieta del diluvio de Deucalión! —exclama Juan de Aspa como si fuera un avezado descubridor señalando un oculto objetivo a una panda de pardillos cuando, en realidad, y un instante antes, estaba a punto de precipitarse al abismo sin percatarse siquiera de que lo tenía a un paso de sus pies.
—¿Estáis seguro, maestre?
—Sí, buen caballero. Este es el lugar que buscamos.