Muerte en Toledo 16 #4
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—Os veo preocupado, mi señor rey. ¿Hay algo que os desvela y queráis contarme? ¿Os reserváis algún asunto que os quita el sueño? —pregunta, persuasivo—. Los problemas, cuando se comparten con los amigos, aligeran su peso. Confiad en mí, mi señor rey, y aliviaos.

Alfonso no ha dormido bien esa noche. En efecto, los problemas lo mantienen en un desvelo: los reyes de Navarra y Aragón intrigan contra él y, en esas intrigas, le consta, están implicados miembros de la familia real de Castilla y no pocos grandes señores y ricos hombres de sus reinos.

Además, hace dos días, en secreto, le fue entregada una carta de Tello Bermúdez enviada desde Siracusa en la que el caballero le daba cuenta de cómo unas galeas piratas trataron de abordar la urca en el estrecho de la mar y de cómo, días más tarde, una de esas mismas naves, mandada por un hombre que parecía inglés y quien, es evidente, era el mismo que trató de secuestrar en Sevilla a doña Isabel y a su criada, volvió a intentar apresarla en una ensenada africana.

Sin duda, concluía Tello Bermúdez en su carta, los enemigos en la sombra del rey seguían empeñados en abortar la búsqueda del tesoro y contaban para ello con buenos informes que les permitían conocer el destino de una expedición que se suponía secreta.

Dicho de otro modo, los traidores saben mucho y también buscan, aunque sea a tientas, por así decir, el tesoro.

Dichoso tesoro... Ha arriesgado mucho entregando cincuenta quintales de plata a su prima, la emperatriz María de Brienne, y, si lograran encontrarlo y traerlo a Castilla, no solo recuperaría el dinero, sino que lo multiplicaría por diez.

Aún más, lograría ser el dueño de una montaña de plata desde cuya cumbre —le gusta imaginarse subido a ella— dominará el Sacro Imperio.

No obstante, todo eso es fantasía si Tello Bermúdez y los sabios no logran culminar la empresa y ese afán sigue amenazado por múltiples peligros.

—¿No queréis libraros de vuestras cuitas e incertidumbres? —insiste de nuevo Nuño, con una comprensiva y alentadora sonrisa que trata de quebrar el reflexivo silencio de su soberano.

Alfonso mira a los ojos grises de su consejero y amigo.

El rey está cansado y abatido. Le convendría tanto aligerar sus preocupaciones...

Claro que quiere confiar en él..., lo necesita, y, sin duda, Nuño, con su inteligencia, podría aportarle mucho.

El rey no puede evitar dudar sobre si debe o no dejarse llevar por su deseo de compartirlo todo con ese hombre al que tanto ha favorecido y que tantos buenos consejos le ha dado en el pasado

Entonces, Alfonso sucumbe a un fuerte impulso, decide contestar y abre la boca para comenzar a sincerarse con quien durante años fue su confidente más íntimo.

Es hora de dar ese paso. Se detiene aunque no sabe por qué, pero en su mente, como una advertencia, está la imagen del rostro firme y franco de Tello Bermúdez.

—Me preocupa que mi suegro, el rey Jaime de Aragón, se decida a mover guerra contra nosotros —miente, o casi.

Es cierto que eso le preocupa, pero no tanto como arriesgarse a desvelar su proyecto secreto: la búsqueda del tesoro.

Nuño González de Lara asiente, como si creyera lo que acaba de oír, y durante la siguiente hora debate con el rey sobre la política que se ha de seguir frente a Aragón.

Pero en su corazón una voz interior se revuelve con rabia y murmura con rencor contra el rey: «No confíes en mí, no me importa.

No necesito que me confíes nada. Yo ya sé lo suficiente como para hacer fracasar tu loca empresa.

Si ese tesoro existe, será mío y no tuyo».

Eso piensa, eso oye en su ambiciosa cabeza.

Pero, aunque la rencorosa e inaudible voz es persuasiva, una corrosiva duda la acompaña.

¿Dónde están el canónigo Martín Pérez, Egidio el Nigromante y el joven Miguel?

¿Habrán dado ya con el tesoro? ¿Habrán iniciado siquiera su búsqueda?

O, por el contrario, ¿estarán aguardando a que aparezcan Tello Bermúdez y los suyos para seguirlos y arrebatárselo?

Sobre todo, nada sabe... Y eso lo inquieta sobremanera, pues el canónigo debía de haberle escrito desde Pisa y, sin embargo, ningún mensaje ha recibido.

—Ahora sois vos, don Nuño, quien parecéis preocupado en exceso. ¿Queréis confiarme lo que os aflige? —Y en la pregunta aletea una pizca de suspicacia.

Nuño, sorprendido, trata de sonreír y de componer una expresión que parezca sincera, pero el resultado es poco convincente. Tanto que se ve obligado a ocultarse detrás de una rastrera mentira:

—A veces, mi señor rey, me turba el recuerdo de mi llorada hija —se excusa, y la falsa invocación de su hija muerta le hace sentir muy sucio. Quizá por ello, las lágrimas que acuden a sus ojos no son por completo falsas.

Y Alfonso, que había vuelto a sentir un ramalazo de desconfianza, se siente ahora un poco mal por ello y, sin saber muy bien qué hacer, deja de ser rey un instante y aprieta el hombro de su consejero y amigo en un gesto de cariño.