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—¡Mirad, ahí está el ágora y, en ella, medio insertas en la arruinada muralla romana, se ven aún las columnas de la Estoa de Atalo de Pérgamo y, un poco más allá, el templo de Teseo! —grita el viejo Juan de Aspa, exultante.
Siguen avanzando y, un poco más lejos, un edificio descomunal, arruinado en su mayor parte, los saluda con columnas que, sin duda, debieron de erigir los dioses de los días antiguos, pues los hombres, en verdad, no pudieron construir tal maravilla.
—¡Ahí tenéis el templo del Zeus Olímpico de Atenas! —les informa Juan de Aspa con lágrimas en los ojos de pura dicha.
Y es normal que llore. Es mucha la gloria y la belleza que retiene el gigantesco edificio, que, en su tiempo, cuando fue terminado por el emperador Adriano, casi setecientos años después de haber sido comenzado, fue el mayor templo de la tierra 4 .
—Ese templo se levantó sobre otro antiquísimo, erigido por los supervivientes del diluvio de Deucalión para venerar la grieta que el perdón de Zeus abrió en la tierra para que por ella se vaciaran las aguas que anegaron la tierra como castigo que él mismo dispensó a los hombres por su impiedad.
—El monje metido a guía hace un significativo gesto a sus compañeros sabios para darles a entender que, en efecto, en algún lugar de las descomunales ruinas de aquel templo, deberán encontrar la grieta del diluvio que forma parte del enigma planteado por Aristóteles—.
Siglos más tarde, en 515 antes del nacimiento de Nuestro Señor, el tirano de Atenas, Pisístrato, comenzó a construir este maravilloso edificio, pero sus conciudadanos, seguros de que el tirano estaba poseído por la soberbia, no lo vieron con buenos ojos y, cinco años más tarde, al expulsar a Pisístrato del poder, pararon las obras.
Así que durante siglos nada se hizo. Pero hacia el 174 antes del nacimiento de Cristo, el gran rey de Asia, Antíoco IV Epífanes, entregó a Atenas fondos para reanudar las obras.
El proyecto era titánico y, de nuevo, quedó inacabado, hasta que en el 129 de la era de Nuestro Señor, el emperador romano, Adriano, ordenó concluir el templo.
—¿Cómo pudieron levantar esas columnas? —se maravilla Yehuda—. Son aún más altas que las alzadas por los venecianos y superan incluso a las que vimos en Siracusa.
—Pues eso, que sean tan altas y gigantescas como torres, es solo una fracción minúscula de los prodigios que albergó en su tiempo.
Una estatua colosal de Zeus hecha de marfil y oro, y arriba, en los frontones y por todas partes, maravillosas esculturas y relieves que hoy nos parecerían obra de ángeles...
—sigue explicando a sus compañeros, a la comitiva al completo y a un buen puñado de curiosos atenienses que, aunque llevan viendo toda la vida las ruinas del templo de Zeus, nunca las habían visto con los entusiasmados ojos de Juan de Aspa.
—¿Qué altura tienen esas columnas? —pregunta Sancha, que no puede apartar los ojos de las enormes moles de mármol magníficamente labradas.
—Miden algo más de veinte varas castellanas de altura y en total hay ciento cuatro columnas. El edificio, en su conjunto, mide un poco más de ciento quince varas de largo y casi cincuenta de ancho, y todo él está hecho en mármol traído desde el monte Pentélico 5 .
En ese momento, Yehuda abre la boca para hacer otra pregunta, pero entonces al-Ricutí, que acaba de fijarse en que el señor del lugar, Juan de La Roche, los mira con intensidad, le hace una discreta seña para que se calle.
Así que reanudan el ascenso. Están por la empinada ladera de la acrópolis y pronto, dejando a un lado las ruinas del teatro de Dionisos, zigzaguean por calles estrechas y por una senda que podrían defender sin esfuerzo un puñado de hombres.
Llegan ante las puertas que cierran los Propileos: la antigua entrada monumental al recinto sagrado de la acrópolis que ahora, flanqueada por dos potentes pero toscas torres francas, se les muestra impresionante, pese a que buena parte del techo que la cubría se desmoronó hace tiempo.
—¡Abrid las puertas al hijo del duque de Atenas y a su señora feudal, la emperatriz María de Brienne! —ordena, protocolariamente, el joven Juan de La Roche.
Con un chirriante sonido, las grandes puertas de roble guarnecidas de hierro se van abriendo ante ellos para invitarlos a entrar en la acrópolis de Atenas.
Nunca olvidarán aquel día. Al subir un último repecho, se ven ante el Partenón, el gran templo de mármol elevado para gloria de la diosa Atenea.
Desde hace ya más de ochocientos años, es una iglesia consagrada al culto de la Virgen María.
Por suerte, aún conserva sus maravillosos relieves y muchas de las esculturas antiguas que cantan el poder de la vieja diosa protectora de Atenas y de los tiempos, ya legendarios, en que los hombres eran tan formidables que podían construir edificios como el que ahora miran con asombro desbocado.
El Partenón, flanqueado por un anacrónico campanario, también rechina con el cercano y borgoñón palacio de los señores de La Roche y con las demás residencias y torres levantadas por la nueva nobleza de Atenas, integrada por barones y caballeros cuyos padres nacieron muy lejos de allí, en Borgoña y Francia.
—El Erecteion —susurra Juan de Aspa señalándoles un segundo edificio antiguo convertido también en iglesia y que luce unas increíbles columnas en forma de mujer, las cariátides.
Tratan de no quedarse con la boca abierta mirando en la dirección que les han señalado, pero recuerdan que será allí donde, si todo va bien y resuelven la primera parte del enigma oculto en el templo de Zeus, tendrán que subir a buscar la segunda parte del Secretum Secretorum .
De nuevo, el joven Juan de La Roche se les queda mirando y, en su rostro, ya plenamente asentada, hay una interrogadora expresión.
Y es que aquellos sabios llegados con la emperatriz desde el lejano Occidente saben mucho y se muestran muy interesados por los viejos templos.
En Castilla, mientras tanto, don Nuño González de Lara sigue tejiendo su tela de araña.
El rey vuelve a confiar en él, pero no del todo, ya que Alfonso no le ha revelado lo que él sabe por otros medios: que ha enviado a Oriente una expedición que, camuflada en la comitiva de la emperatriz María de Brienne, tiene como misión hallar un gran tesoro con el cual poner de nuevo en marcha su proyecto imperial.
Le preocupa que no le confíe algo que él ya sabe porque es la prueba de que, después de todo, Alfonso todavía no confía plenamente en él.