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William de Amesbury, ladrón y espía metido a pirata por imposición del destino, tiene los pies metidos en agua podrida y, en la oscuridad, se mira las manos cargadas de cadenas.
Al final naufragaron en la ensenada del promontorio rojo y, al cabo, al segundo día de desdicha en la solitaria playa, apareció en ella una partida de jinetes moros provenientes de Mostaganem.
Hubo una pequeña batalla, desde luego, pero, finalmente, los jinetes moros se impusieron y perpetraron una espantosa matanza.
A él no lo mataron. Les llamó la atención su piel pálida, sus ojos de verde frío, sus cabellos rubios y su habilidad con el largo arco inglés.
Así que se lo llevaron preso a la ciudad y, tras tres semanas en una mazmorra atestada de desgraciados como él, terminaron por venderlo como esclavo al mismísimo sultán de Egipto.
Allí lo envían, metido en el pantoque apestoso de una galera, para pasar a ser enrolado en los ejércitos del sultán como mameluco, que, por lo visto, es el nombre que dan a los soldados esclavos.
Mientras William se aproxima a Alejandría de Egipto cargado de cadenas, Tello y los suyos llegan a Atenas.
Lo primero que contemplan desde el mar les roba el aliento.
Sobre una inmensa y alta roca rectangular, se pueden ver magníficos templos de mármol ceñidos por toscas murallas y torres construidas a toda prisa, para transformar en castillo lo que, durante siglos, fue asombro del mundo y gloria de Pericles y Fidias 2 .
Luego, al aproximarse al puerto del Pireo, Atenas se les mostró como una pequeña ciudad acurrucada bajo la sombra de la mole de la acrópolis.
Despliega un dédalo de estrechas y polvorientas calles, flanqueadas por miserables casas de adobe, madera y ladrillo entre las que aún se pueden ver enormes columnas de mármol y ruinas gigantescas y sorprendentes.
Esta es la Atenas de su siglo: una pequeña ciudad que no suma ni diez mil pobladores, la mayoría griegos, y, el resto, una pequeña élite, franceses e italianos que sobreviven entre monumentos colosales pero arruinados, y que ya nadie puede explicar, ni por supuesto aspirar a reconstruir o, siquiera, remedar.
Recordando así a todos que ellos, habitantes de este tiempo, son como enanos que habitan las ruinas de un mundo antaño vivido por gigantes.
—¡Atenas! —grita, feliz, Juan de Aspa, y a su llamado gozoso acuden al-Ricutí y Yehuda.
Para los tres sabios, Atenas, patria de Sócrates, de Platón, Aristóteles, Jenofonte y de tantos y tantos otros filósofos y grandes sabios, es un lugar mítico que habitaba solo en polvorientos libros y, ahora, ante sus ojos, se hace realidad tangible.
Y decepcionante. La ciudad no es la que aparece en los viejos manuscritos y en la que nombres resonantes como Arístides, Temístocles, Pericles o Alcibíades gobernaron, sino una pequeña urbe.
Más bien una gran aldea, hecha a base de juntar humildes casas de campesinos y artesanos griegos, entre las que, en un lado y en otro, sobresalen las casonas y torres de sus nuevos señores francos y en donde destacan, como si fueran los colosales huesos del esqueleto de un mítico gigante, columnas de mármol, restos de edificios y ruinas de toda clase que recuerdan que, mil seiscientos años atrás, la destartalada aldea de hoy fue ayer la ciudad más rica, deslumbrante y populosa del Mediterráneo.
Pero ya no lo es. Cuando desembarcan en el Pireo, el jefe del puerto envía de inmediato noticia a la acrópolis, la cual, aunque situada dos leguas tierra adentro, domina todo el Ática cual si fuera un águila descomunal de mármol.
Tienen que aguardar varias horas hasta que, atravesando los olivares y campos que separan Atenas del Pireo, se presenta, todo él seda y acero, el joven señor Juan de La Roche, quien está al frente de un grupo de treinta caballeros, gendarmes y escuderos que refrenan los caballos a escasos pasos de la comitiva de la emperatriz.
Vestida con toda la pompa imperial, recibe, erguida y hierática, al joven señor, que, siguiendo los usos feudales imperantes en el Oriente latino, desmonta, toma la mano que le alarga María de Brienne, se inclina, hinca una rodilla en tierra y la besa.
—Alzaos, buen vasallo —dice la emperatriz con voz suave pero solemne.
—Bienvenida seáis, mi señora emperatriz.
He dado orden de que os sean preparadas habitaciones en el castillo de la acrópolis.
Mi padre, supongo que ya lo sabéis, ha marchado a Francia, y la mayor parte de los barones de estos señoríos están lejos, en el norte, combatiendo contra los griegos de Nicea, pero aquí estaréis segura y se os rendirán los honores que os son debidos.
Tello dispone que sus hombres, la guardia de castellanos que fue seleccionada para escoltar a la emperatriz, se queden en el puerto, guardando la urca. De modo que solo los tres sabios, Isabel, Sancha y Alvar irán con él y la comitiva imperial hasta Atenas y su acrópolis.
El camino hasta ellas es senda extraña para ellos: la tierra está reseca, pues se hallan en pleno verano, y el trigo y la cebada han sido segados dejando rastrojos quemados por el sol, mientras que los viejísimos olivares muestran sus frutos, todavía diminutos y verdes, cubiertos de polvo.
—Antaño —comienza a contarles Juan de Aspa, que, como traductor de Aristóteles, sabe mucho sobre el pasado de aquella tierra— el Ática era un país opulento, pues contaba con ricas minas de plata en el monte Laurión, una industria laboriosa, la famosa miel del monte Himeto y el no menos célebre aceite de sus centenarios olivos.
Poseía una enorme población. Si Ateneo de Náucratis no nos miente en su Banquete de los eruditos , en 311 antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, esto es, a tan solo once años de la muerte de Aristóteles, el tirano Alejandro de Falero mandó hacer un censo que arrojó la cifra de veinte mil ciudadanos, todos varones adultos, pues no se incluía ni a niños ni a mujeres.
A dicha cifra se debía sumar la de diez mil metecos varones adultos, que es como llamaban a los que tenían origen o procedencia extranjera.
Así que si al total se le suman mujeres y niños, y las personas libres, Atenas debería de rondar las noventa mil.
A ellas se agregaban cuatrocientos mil esclavos de todas las edades y de ambos sexos.
—¡Tanta gente en un país tan pequeño 3 ! —se sorprende al-Ricutí.
—¿Y por qué tantos esclavos? —interroga Isabel, tan asombrada como los sabios junto a los que cabalga.
—Creo, mi señora Isabel, que la Atenas de aquellos tiempos era el lugar más poblado de la tierra a la par que el más cruel —explica el monje, que, por lo general, suele ofrecer un semblante cargado de picardía y alegría, pero que ahora lleva el rostro ensombrecido—.
Amo a Aristóteles. Llevo toda la vida estudiando sus textos y su época.
He copiado y traducido sus obras y me he maravillado mil veces ante su desbordante saber, curiosidad y perspicacia.
No creo que haya habido hombre más inteligente que él desde que Dios hizo el mundo y, sin embargo...
—Se detiene como si le costara decir lo que queda por ser dicho—.
Sin embargo, toda esa inteligencia, toda esa sabiduría no le impedía ser extremadamente cruel, hasta el punto de que veía a sus semejantes, cuando tenían la desdicha de ser convertidos en esclavos, como a simples «herramientas parlantes», ya que así, de forma tan terrible, tan poco humana, los definía.
Eso, escuchadme bien, es una advertencia para todos nosotros: ser un sabio, ser una persona inteligente, culta, amante de la belleza, no te exime de convertirte en un ser deleznable y sin piedad.
No es el conocimiento ni la inteligencia lo que hacen a un hombre bueno, sino tener corazón bondadoso.
Un poco por delante, en la cabeza de la comitiva, Tello cabalga junto a Juan de La Roche, el príncipe Felipe y la emperatriz.
Ante ellos, tras una revuelta del camino, aparecen las primeras casas de la disminuida Atenas.
La ciudad no cuenta con murallas dignas de ese nombre, pues tanto los antiguos muros griegos que la enlazaban con el Pireo como las murallas romanas levantadas a toda prisa a mediados del siglo III para defenderla de los godos y los hérulos ha tiempo que quedaron arruinadas.
Ahora solo son terraplenes informes o montones de cascajo entre los que en un sitio y en otro se ven dispersos grupos de casas miserables.
Lo que tienen delante no es una ciudad compacta, sino una suerte de suburbios salpicados de huertas, olivares, moreras y campos.
Allí donde hay una fábrica de seda —el principal producto que demandan los comerciantes venecianos—, del que Atenas es sobresaliente productor, las casas parecen más sólidas, más opulentas y, entre ellas, para defender el taller textil, se alza una torre.
Pero solo en las laderas de la montaña que suben hasta la acrópolis las viviendas se apiñan en barrios de calles intrincadas y estrechas.
—¡El castillo de la acrópolis! —les señala, orgulloso, el joven Juan de La Roche.
Ya se puede apreciar que, en efecto, sobre la enorme peña no solo se alzan los viejos y enormes templos griegos, sino también un palacio de estilo francés, algunas casas fortificadas, varios campanarios y, rodeando el conjunto, una muralla y unas torres levantadas por el abuelo de Juan de La Roche, Otón de La Roche, primer duque franco de Atenas y Tebas.
El conjunto es singular y causa extrañeza. La monumentalidad, el equilibrio y la belleza que aún conservan los edificios de los antiguos contrastan notablemente con las construcciones recientes, bastas, macizas, hoscas.
Se dirigen hacia allí. Atraviesan los dispersos barrios de esta extraña Atenas donde las destartaladas casas, las pequeñas iglesias griegas, las torres francesas y los talleres de seda se entreveran con edificios colosales de mármol.