16
Grecia hervía de ejércitos en guerra. La noticia los alcanzó en los puertos de Dalmacia.
—Era justo lo que nos faltaba —se limitó a decir Tello con aire fatalista a los tres sabios.
Era cierto. Era lo que les faltaba. Ingresar en Atenas y dirigirse luego a la isla de Negroponte para proseguir la búsqueda de un enorme tesoro sin que los codiciosos nobles locales no se pusieran en alerta ya era notable hazaña.
Realizarla en mitad de una guerra sería algo que rozaría lo imposible.
Mientras ellos navegaban, los señoríos, reinos e imperios del Oriente cristiano batallaban entre sí: Guillermo II, príncipe de Acaya, había reunido a sus vasallos de Morea, Atenas, Argos, Tebas y Nauplia para marchar al norte en auxilio del déspota de Epiro, y Manfredo, rey de Sicilia, les enviaba cuatrocientos caballeros alemanes como ayuda para que combatieran a Miguel VIII Paleólogo, verdadero emperador en la sombra del imperio de Nicea.
Durante el viaje, todos habían experimentado hacia María de Brienne una sincera devoción.
En verdad, la emperatriz, bella, sabia y bondadosa, no podía despertar otra cosa entre los que la conocían.
Pero esa simpatía no entrañaba que le revelaran la verdadera misión que el rey Alfonso les había encomendado: buscar y hallar el tesoro ocultado por Aristóteles.
Al fin y al cabo, María, antes que nada, era emperatriz de un imperio arruinado, y si sospechaba que existía la posibilidad de reclamar un tesoro oculto en las aguas de una isla, la de Negroponte, que, en teoría, era un feudo sujeto a su trono constantinopolitano, no dudaría en hacerlo.
Se apoderaría, así, de una plata que, en vez de terminar en manos de Alfonso X para sufragar su sueño de ser coronado emperador de Occidente, acabaría por ayudar al Imperio de Oriente a restablecer su perdido esplendor.
Por eso, la discreción sobre ese asunto era absoluta y solo los tres sabios, Isabel, Sancha, Alvar y Tello estaban al corriente.
—¿Quién gobierna en Atenas y en Negroponte? —pregunta Tello a la emperatriz justo cuando la urca pasa frente al castillo veneciano de Corón, en el sur de Morea 1 .
María de Brienne se toma su tiempo en contestar. A su lado, su hijo Felipe, pálido, delgado y todavía débil, pero ya sin fiebre, estaba tratando de recordar, auxiliado por su madre, su lengua nativa: el francés, pues en los diez años pasados en Venecia la ha olvidado casi por completo.
—Quien en realidad gobierna en todos los estados latinos de Oriente es Venecia.
Mirad, ahí tenéis una de sus muchas fortalezas: la de Corón —dice, y señala un castillo encaramado sobre un alto acantilado en forma de garra desde el que se domina una playa, un pequeño puerto y un río que, bajando de la montaña, salto a salto, mueve las pesadas ruedas de varios molinos de agua para llenar una amplia poza desde la que, al fin, alcanza el mar—.
Son los venecianos los que controlan el comercio, y todos los señores latinos de Oriente están endeudados con ellos.
Todos, desde mi marido, el emperador, hasta el último barón franco o italiano de Grecia deben dinero a la Serenísima República —explica, con mucho rencor y una buena dosis de desengaño.
Tello conoce parte de la historia. En 1204, un ejército de cruzados constituido por las tropas de señores franceses, flamencos, borgoñones, provenzales, italianos y alemanes fue conducido por los venecianos, y no al islámico Egipto o a la disputada Tierra Santa, como habían prometido, sino a la cristiana Constantinopla, que fue asaltada y sometida a un espantoso saqueo en el que fueron asesinadas miles de personas, destruidas o robadas las magníficas obras de arte que adornaban la urbe y profanadas sus iglesias y hasta las tumbas imperiales.
La violencia, la lujuria y la codicia que cruzados y venecianos desencadenaron fue tal que arruinaron por completo la que hasta entonces había sido la ciudad más poblada y rica del mundo cristiano.
El desenfreno, la impiedad y la locura llegaron a tal punto que, en Santa Sofía, la iglesia más grande jamás construida y el lugar más santo de la ciudad, los cruzados se dedicaron a violar monjas sobre el altar principal mientras una prostituta francesa, borracha y semidesnuda, los animaba sentada en el trono patriarcal.
Detrás de esa pesadilla estuvo Venecia. Fue la Serenísima República la que, tras endeudar a los cruzados dándoles pasaje en sus barcos y proveyéndoles de víveres, exigió que se le pagara de inmediato conquistando Constantinopla, ya que Venecia quería para sí el control del oriente mediterráneo y usó a su antojo el poder de aquellos cruzados que, en vez de luchar por la Cruz, lo hicieron por los intereses de una república de banqueros y comerciantes.
Así surgió el Imperio latino de Constantinopla.
Pero, desde su primer día, quedó endeudado con Venecia, y fueron los intereses de esta última y no los de los nuevos Estados surgidos sobre las ruinas del viejo Imperio romano de Oriente los que prevalecieron y los que, cincuenta y cinco años después, siguen prevaleciendo.
Además, hablar de Imperio latino de Constantinopla es ser muy optimista: año tras año, el imperio surgido de los horrores de 1204 ha ido perdiendo terreno frente al verdadero heredero del Imperio de Constantino y Justiniano: el imperio griego de Nicea.
Si eso no fuera ya mengua suficiente, la nueva Constantinopla latina, arruinada y despoblada, no constituye un poder unido, sino un mosaico de pequeños estados que, en teoría, pero solo en teoría, son sus vasallos y le deben obediencia: el principado de Acaya, los señoríos de Atenas, Tebas, Argos y Nauplio, la Triarquía de Negroponte y el ducado de Naxos, pero que en la práctica hacen y deshacen a su entera conveniencia.
En todo eso piensa Tello mientras la emperatriz mira con rencor a la fortaleza veneciana de Corón.
—Si, además de querer saber quién manda en realidad y en la sombra, queréis saber quién es el señor de Atenas, os diré que su nombre es Guido de La Roche.
Aunque, según me dijeron en el último puerto que tocamos, ha marchado a Francia en busca de apoyo y es su hijo, Juan, con quien tendremos que tratar —retoma María de Brienne—.
En cuanto a Negroponte, la isla está dividida en tres señoríos, y las disputas que mantienen entre sí sus señores, los triarcas, y con Venecia, Atenas y Acaya son tan constantes que podemos decir que la isla vive en estado de guerra permanente.
El panorama es desolador. Tello se queda mirando al cambiante mar y, aunque se dice que afrontarán las dificultades cuando lleguen, no puede dejar de pensar en cómo lo harán.
Porque no va a ser fácil y, aunque logren hallar el tesoro, salir con él de una tierra tan peligrosa constituirá una hazaña tan grande o más que la primera.
—Se os ve en exceso preocupado —le dice María de Brienne, ajena a los verdaderos desvelos que turban al caballero—.
No os preocupéis en demasía por lo que os he dicho.
Al fin y al cabo, Atenas es uno de mis feudos, y su señor nos abrirá las puertas de su castillo, la antigua acrópolis.
Y en cuanto a Negroponte, nuestro destino final, los triarcas que la rigen son pendencieros, sin duda, pero no levantarán su mano contra mí ni contra quien llegue bajo el manto de mi protección.
Además, recordad, una vez que toquemos puerto en Calcis, la ciudad principal de la isla, allí estará aguardándome una nave constantinopolitana para llevarme de regreso a casa y vuestras aventuras habrán, al fin, finalizado —termina para alentarlo y añade una sonrisa agradecida.
Ella no puede saberlo, por supuesto, pero Tello sí que lo sabe: las aventuras, y con ellas los peligros, apenas han comenzado.
Quienes empiezan ya a afrontar los problemas y desafíos que Aristóteles sembró para proteger su tesoro son el joven Miguel y Egidio el Nigromante.
Han arribado a Calcis, capital de Negroponte, que, con su castillo latino a medio construir y sus aguas peligrosas, los recibe con su peor cara.
Desde el barco pisano recién amarrado, a lo lejos, ven espesas humaredas que se alzan desde los campos que rodean la ciudad.
—¿Qué son esos lejanos incendios? —pregunta Egidio el Nigromante a uno de los marineros pisanos que regresan de hablar con el jefe del puerto.
—¡Guerra! Los triarcas, los señores de esta isla, están en guerra entre sí y contra los señores de Acaya y Atenas.
La primera apoya a dos de ellos, y la segunda, al tercero; y Venecia, como siempre, no toma partido por ninguno, mientras aguarda, con paciencia, a recoger los despojos y les presta dinero a todos para que puedan seguir matándose.
Miguel y Egidio intercambian una mirada al oír aquello. Los dos piensan lo mismo: buscar un tesoro en mitad de una guerra lo complica todo aún más si cabe.
Ese pensamiento los lleva a otro: «Será mejor no deshacerme aún de mi compañero», piensan a la par, y sin saber que el otro concluye lo mismo.
Una buena idea. Además, en el infierno, o quién sabe si en el cielo, los demonios o los ángeles traviesos deben de estar riéndose a costa de ellos, pues, si un poco antes planeaban cómo asesinar al otro, ahora se percatan de que, si quieren sobrevivir en esta tierra peligrosa, tendrán que confiar el uno en el otro hasta hallar el tesoro y salir de Negroponte.
Unas horas más tarde, montados sobre dos recias mulas y arrastrando tras de sí una tercera cargada con herramientas y víveres, Miguel y Egidio el Nigromante salen de Calcis en dirección al alto monte que domina la entrada norte del canal del Euripo, bajo cuyas tumultuosas aguas van a buscar el tesoro de Aristóteles.